por Fabiana Frayssinet / Fotos: FILE
Del 10 de marzo al 19 de abril, Río de Janeiro es anfitriona del Festival Internacional de Lenguaje Electrónico (FILE), un evento destinado a exponer las piezas de arte creadas a partir de computadoras, con énfasis en la interacción con el público. Aquí las más representativas.
Una muestra de arte digital que expresa la filosofía de los nuevos tiempos. Así se presenta el Festival Internacional de Lenguaje Electrónico (FILE), que desde el 10 de marzo y hasta el 19 de abril invadió las instalaciones del Museo Oi Futuro, de Río de Janeiro, con énfasis en la interacción con el público.
Arte digital, en rigor, llaman a las obras artísticas que mejor expresan la era actual, "que ha dado en llamarse la era de los medios", según explica María Arlette Goncalves, directora del Museo OI Futuro. De manera que así como en el pasado los artistas utilizaban pinceles o cinceles, hoy los instrumentos de trabajo son las nuevas tecnologías de la información. Desde los llamados "web art" y "software art" a la "tv internética", la computación gráfica y la robótica.
"Yo creo que todas las conjugaciones son posibles. Uno vive en la época de la convergencia de los lenguajes y de las expresiones. Hoy es todo al mismo tiempo y ahora", reflexiona la directora. Lenguajes que se confunden en una nueva torre de babel del mundo digital y electrónico”, apuntó.
La expresión estética de la tecnología que a veces facilita y otras complica nuestras vidas, en un arte que, según Goncalves, sólo cambió la forma de expresión pero no la esencia, "que es transmitir el pensamiento humano de cada era".
"Es un arte que superó los límites del espacio y del tiempo. Uno tiene obras que están en tiempo real en cualquier parte del mundo. Uno se comunica con otros espacios en infinitas ventanas que se abren una detrás de otra", explica al referirse a los submundos que abre cada clic en internet.
En la obra Crepúsculo de los ídolos, del creador brasileño Jarbas Jacome, la pantalla del televisor permite a los asistentes interactuar con su programación si le hablan en un tono medio, imponerse sobre ella gritan y absorber su figura hasta desaparecer si callan. ¿Magia? No, todo es resultado de "un mecanismo de interacción que distorsiona la imagen de la televisión a través de efectos visuales, cuya intensidad varía de acuerdo al sonido que el espectador produce, con su voz, captada por un micrófono", explica el catálogo.
La pieza Ar magic Sistem, de los artistas españoles Clara Boj y Diego Díaz, permite que dos o más personas intercambien sus rostros con el cuerpo del otro, a través de una proyección de video en un espejo. No se trata de otra cosa que del antiguo "espejo mágico" de los parques de diversiones, en la nueva versión del arte digital.
Roaming, de los brasileños Soraya Braz y Fabio Bon, expresa otra realidad cada vez más cotidiana, la de los teléfonos móviles, a veces imprescindibles y otras veces odiados. La obra consiste en un panel compuesto por pequeños sensores de radiofrecuencia que accionan lucecitas de colores cuando captan algún celular próximo con un resultado artístico que nunca es igual a sí mismo.
En Antorcha mágica, de los españoles Julio Obelleiro y Alberto García, el pincel es un haz de luz emitido por una linterna dirigida por el espectador, que reproduce en una pantalla un universo mágico de estrellas, asteroides y planetas.
Skininstrument es un sintetizador musical que produce sonidos a partir de la propia piel. A través de una imperceptible corriente eléctrica, los jugadores hacen parte de una especie de orquesta del futuro. Cuando se tocan entre sí, el circuito comienza a generar sonidos. Y para los que creen que tecnología es cosa de gente "fría"... es la intensidad del contacto la que determina la frecuencia del sonido.
The Viewer, realizada por la artista española Casilda Sánchez y el mencionado Obelleiro, es como un "Gran hermano" al revés. Un espectador virtual persigue con su mirada al espectador real, el público. "El foco no está en el arte en sí sino en la relación de la obra con el visitante", explica Sánchez.
The Scalable City, del estadounidense Sheldon Brown, resulta una bellísima manifestación de la computación gráfica, que permite construir y destruir una ciudad, aunque sin demasiado control sobre el producto final.
Presence, del canadiense Hughes Bruyere, quien en una pantalla de doble cara reproduce sombras caprichosas de tu propio cuerpo.
Según Goncalves, son una nueva y prolífica generación de artistas. "Creo que ya no vivimos una era de únicos y grandes nombres. Es difícil apuntar un Leonardo da Vinci del ciberarte", opina.
Un arte a veces inmediato, que para resucitar necesitara de nuevo de las manos de un creador que lo reconstruya en un nuevo espacio.
El problema en el futuro será encontrar restauradores para esa tarea. "Ciertamente surgirán tecnologías que permitan el rescate de estas obras", responde Goncalves. Un desafío y un "compromiso", según la directora del museo. "La tecnología avanza pero tiene que rescatar lo que ya produjo", reflexiona.
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