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Martes 6 de Julio de 2010

Atacama

La cárcel del desierto

por Manuel Rizzi / Fotos: Guido Cozzi / Anne Montfort

Al norte de Chile y en el medio del desierto más árido de la tierra, se encuentran los restos de la Oficina Salitrera Chacabuco. En esas ruinas, ubicadas en las afueras de la ciudad de Antofagasta, funcionó un campamento de mineros. Pero tras el derrocamiento de Salvador Allende, la dictadura de Augusto Pinochet instaló un campo de concentración de presos políticos que estuvo en pie hasta 1976. Tras su cierre, un prisionero se quedó a vivir allí para cumplir una misión: contarle a todo viajero que llegara al lugar su historia de locura y muerte. Todavía hoy algunos de los ex detenidos y sus familiares atraviesan el desierto para ejercitar la memoria y evitar que este gulag caiga en el olvido.

Latitud sur: 23º 26' 17". El trópico de Capricornio corta a la Tierra como una rodaja de naranja. Sobre esa línea imaginaria se suceden algunos de los territorios más inhóspitos del planeta: el desierto del Kalahari hace sufrir a Africa mientras que el calor parte las rocas de Australia. Cuando esa misma línea cruza Sudamérica, se conforma el desolado territorio de Atacama que abarca más de 40 mil millas. Algunos lo consideran como "el lugar más árido del mundo" pues los fenómenos climatológicos se conjugan para componer un páramo donde sólo proliferan unos pocos cactus y arbustos.

 

En los suelos de estos solitarios parajes es frecuente hallar grandes yacimientos de salitre, una mezcla de nitrato de sodio y nitrato de potasio que, antaño, era usado para producir fertilizantes, conservantes de alimentos, fósforos y explosivos. Aquellos que pretendían controlar estos minerales estratégicos supieron incitar luchas fraticidas en el norte de Chile y el sur de Perú. Sin embargo, hay un sitio que sintetiza la crueldad climática y la humana: es el campo de concentración instalado en noviembre de 1973 -poco después del golpe de Estado gestado por Augusto Pinochet para derrocar al gobierno de Salvador Allende- en las ruinas de un antiguo campamento salitrero.

 

Hasta ese punto infernal, ubicado en las afueras de la ciudad de Antofagasta, se dirigen muchos turistas políticos, fotógrafos aventureros y cronistas sedientos de historias. Por esta pedregosa comarca se internan los valientes en busca de relatos que impulsen a los lectores a superar sus propios y mundanos problemas. Con esas nobles intenciones partimos a bordo de un jeep, sin aire acondicionado, por las rutas que suben, bajan y zigzaguean por las ásperas laderas de la cordillera de los Andes.

 

En el camino nos cruzamos con algunas vicuñas y guanacos, esos bellos animales de color café que miran, sin demasiado interés, a los pocos vehículos que rasgan el monótono pasaje. Al introducirse uno en un desierto, suele estar dispuesto a soportar el sufrimiento de su garganta frente a la escasez de agua. Pero jamás se prepara para afrontar la sequedad de las fosas nasales: la falta de humedad y el abundante polvo provocan un ardor insoportable en esas diminutas cavidades.

 

El viento diurno es como el soplido de un radiador, abrasador e incesante. En cambio, por la noche, se vuelve helado y cortante como un cuchillo, al tiempo que el cielo se transforma en una superficie lisa como un mármol negro que sólo es manchado por unas estrellas que titilan ajenas a los dramas terrenales. Las personas, los animales, los caminos, las casas: todo lo que existe sobre esa extensión está cubierto por las molestas arenillas que se deslizan desde los inmensos cerros, quietos como gigantes dormidos. "En este desierto, todo da la impresión de ser gris, inmóvil y eterno", comenta uno de los viajeros mientras nos acercamos al gulag chileno. Los alambres de púas y los carteles que recomiendan "Peligro, zona minada" nos dan la amable bienvenida. Colgados 35 años atrás, todavía siguen logrando su cometido: contagiar miedo.

 

 

Un pueblo dormido. Eso parece el campo de concentración. La empresa Anglo Nitrate Company Limited fundó la Oficina Salitrera Chacabuco en 1922. Alentados por las grandes ganancias, se levantó un núcleo productivo y otro urbano con todas las comodidades adecuadas para atender a una población de 5 mil personas. La mayoría eran hombres y sólo unos pocos arribaron acompañados de sus mujeres e hijos. "Tenía que ser muy loca o muy celosa la esposa de un gerente para quererlo acompañar a esta letanía", recuerda algún memorioso.

 

El escritor Hernán Rivera Letelier, que en su juventud vivió y trabajó en uno de estos campamentos, afirmó en una entrevista concedida a ALMA MAGAZINE que las únicas mujeres que perfumaban las pampas andinas eran las prostitutas. "En general llegaban desde las ciudades en los días de pago y permanecían una semana", explicó el último ganador del Premio Alfaguara.

 

Así fue que, en 1924, la Chacabuco comenzó sus operaciones. Pero la rentabilidad de las minas de salitre, que habían proliferado a partir de 1884, menguó con los adelantos de la industria química y el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Con el armisticio alemán, este producto perdió valor y el cierre de los pueblos salitreros se convirtió en una epidemia arrolladora. De ese modo, en 1945, esta oficina dejó de funcionar, y al igual que otros muchos pueblos, fue abandonada.

 

No fue extraño entonces que el presidente Salvador Allende -que se había desempeñado en esta zona como médico en la década de 1950- haya declarado a la Chacabuco monumento nacional poco después de asumir. Tras su derrocamiento, paradójicamente, este lugar se convirtió en un centro de reclusión consagrado a encerrar a sus propios seguidores, inspirado en los campos utilizados por las tropas inglesas durante la guerra anglo-boer, a finales del siglo XIX en Sudáfrica, y en los nefastos antecedentes de la Alemania nazi y la Rusia stalinista. Si bien no existe una cifra exacta, se calcula que, por este antro, pasaron unos 3 mil prisioneros.

 

 

El hombre atrapado. Hasta hace poco tiempo, en la puerta de la cárcel, se encontraba a Roberto Zaldívar. Al verlo, nadie podría imaginarse que él fue uno de los prisioneros. Mucho menos podría suponerse que, una vez liberado, él quiso quedarse allí. A lo largo de los años, varios equipos de documentalistas de diferentes televisoras internacionales se acercaron con sus cámaras para filmarlo por ser el único preso que no quiso huir de la mazmorra donde había sido ilegalmente encerrado. A punto de cumplir 80 años, falleció pocos meses atrás, y Chile perdió a este valiente siempre dispuesto a dar testimonio sobre su paso por el infierno.

 

Su ajado rostro expresaba, además del obvio dolor, la paz que posee todo aquel que puede vivir sin rencor y es capaz de mantener sus propias convicciones. "El campo de Chacabuco funcionó en pleno durante casi dos años y empezó a vaciarse recién cuando muchos de los detenidos comenzaron a ser trasladados a Ritoque, Melinka y Valparaíso. O, simplemente, fueron tirados al océano. Luego de que fuera desmantelado, los militares se encargaron de minar la zona para amedrentar a aquellos que querían confirmar los relatos de los sobrevivientes. La idea era que Chacabuco fuera devorado por el desierto y el paso del tiempo, pero aquí estoy yo", clamaba como si fuera un predicador en el desierto de la amnesia.

 

En cierta ocasión, tras la salida de Pinochet de la Casa de la Moneda, un grupo de soldados interesados en conocer la historia del salitre llegó hasta este polvoriento reducto y un comandante le pidió a Zaldívar que contara todo lo que sabía. Entonces, él arremetió con su historia: "Les conté sobre los prisioneros encerrados como bestias en las barracas, del hambre y las torturas. Todos escucharon en silencio y nadie se atrevió a pedir que me callara".

 

Cuando alguien le preguntaba por qué había decidido quedarse en estas ruinas, Zaldívar sin inmutarse reconocía: "Sé que puedo volver hoy mismo a mi hogar. Pero mi lugar está entre los muros de estas casas, custodiando la memoria de mis compañeros".

 

 

Un turista particular. A lo lejos, un auto aparece como un fantasma sobrevolando los caminos del olvido. En su interior está José. Con su pelo blanco y su memoria intacta, este anciano le pidió a sus nietos e hijos que lo llevaran hasta Chacabuco para cerrar su historia. "Primero, fui encerrado en el Estadio Nacional, en Santiago de Chile. Hasta que, un día, nos metieron en unos buses a punta de pistolas. Arriba, tres soldados, con ametralladoras custodiaban cada vehículo. Partimos en caravana, seguidos por jeeps militares: la ciudad estaba desierta y sólo podíamos ver que algunos vecinos nos saludaban sacando pequeños pañuelos desde las ventanas", cuenta sin poder dejar de emocionarse al recordar esa imagen final.

 

"Al llegar, nos hicieron formar y desnudarnos", suspira al contemplar los restos del cerco electrificado. "Vivíamos dentro del sector alambrado", relata el anciano mientras camina ante los largos pabellones construidos con paredes de adobe y techos de zinc. "Cuando arribamos, ninguna casa tenía puertas ni ventanas ni electricidad. En vez de vidrios, poseían bolsas de arpillera y el viento se colaba a su antojo." Durante el día, las casas eran un horno y, al caer el sol, se convertían en un refrigerador. Los servicios de este dantesco albergue dejaban mucho que desear: las letrinas eran una covacha hedionda y las duchas insuficientes para atender a tantos alojados.

 

"Una vez fui forzado a recoger los excrementos con las manos. Además, fui golpeado con un palo solamente porque no les gustaba mi segundo nombre", se lamenta como si ese dolor continuara en su cuerpo. También describe a un general que obligaba a los detenidos a almorzar mientras él les apuntaba a la cabeza a varios pasos de distancia. "Desde adentro, el desierto parecía más grande e inabarcable: por eso nadie pensaba en escaparse", chista José frente a su nieto que, hoy, cuenta con la misma edad que tenía él cuando conoció el rostro de la infamia.

 

 

Extraños visitantes. Otro auto surge en medio de la nada. El conductor es un cuarentón con un raro acento europeo. Viene acompañado por una mujer alta y rubia como las protagonistas de las películas del sueco Ingmar Bergman. Entrados en confianza, contará su historia: él es uno de los tantos chilenos nacidos en Suecia y había traído por primera vez a su esposa para enseñarle sus orígenes. "Mi padre estuvo casi un año antes de poder partir. Aquí conoció los lados opuestos del ser humano: la bajeza absoluta y la solidaridad más cándida. Con sus compañeros consolidó lazos de amistad que, en la actualidad, no pueden forjarse en ningún lado", narra Ernesto con su pronunciación escandinava.

 

"Mi padre contaba que durante la noche los sacaban de la cama y los obligaban a formar a la intemperie. Años después, cuando yo de niño le decía que en Suecia hacía mucho frío, él me respondía que nada se comparaba con el viento de Chacabuco porque ese te helaba el alma", y sonríe al recordar la anécdota. "A veces se quedaba callado y, de pronto, se le caían las lágrimas. Nunca quise preguntar qué era lo que lo hacía sufrir tanto. Supe que aquí los sometían a trabajos forzados", confiesa antes de perderse en las humildes casas que, décadas atrás, cobijaron a su progenitor.

 

A punto de caerse, los muros luchan por mantenerse vivos al igual que muchos recuerdos. Ambos enfrentan a un antagonista implacable: el paso del tiempo. En las paredes de los pabellones, los presos acostumbraban escribir consignas políticas, datos y mensajes para sus familiares. Pero, en 1976, cuando ordenaron cerrar este penal, los militares taparon, pintaron o rayaron todos los graffitis para borrar cualquier evidencia. "No querían que se supiera lo que aquí había pasado. Ni quiénes eran los que habían sido encerrados, pues muchos terminaron desparecidos o asesinados. Tampoco querían que se pudiera denunciar a los responsables de estas salvajadas", explica Zaldívar.

 

Con insistencia, Ernesto se dedica a intentar descifrar los mensajes tapados por el pincel militar. En la mayoría de los casos es imposible desentrañar algo: ciertas letras se aprecian sin llegar a componer palabra alguna. Como si fueran detectives históricos, como si fueran arqueólogos, los dos ciudadanos suecos intentan dilucidar los mensajes escondidos hasta que, finalmente, en el marco de una puerta descubren una frase legible. "Jamás te olvidé", escribió alguien hace 35 años. Hoy por hoy, nadie puede saber si refiere a un familiar querido, a un amor lejano o a un utópico ideal. Sea lo que fuera, es una invitación a ejercer el santo oficio de la memoria.

 

 

El regreso. Al abandonar estas ruinas todos quedamos apesadumbrados. "¿Cómo podemos seguir creyendo en un mundo mejor?", dice uno de los visitantes, herido por el oprobio. Acaso la respuesta esté en el mismo desierto de Atacama, el territorio más árido de la tierra, donde la vida parece francamente imposible. Sin embargo, cada cuatro años todo florece: las semillas, sin que nadie lo sospeche, quedan almacenadas entre las rocas y se activan con las lluvias aportadas por el Fenómeno del Niño para pintar a este páramo como si fuera una gigantesca acuarela. Más de 200 especies de vegetales renacen para tornar a este escenario seco y gris en una maravillosa obra de arte. Tal vez, de la misma forma, los ideales y los sueños más nobles permanezcan latentes y aguarden tiempos más fértiles para brotar.

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