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Jueves 14 de Mayo de 2009

Carnaval de Barranquilla

El existencialismo barranquillero

por Diego Erlan / Fotos: Carlos Capella / Fredy Builes / Jeremy Horner

Es una de las fiestas populares más tradicionales de Colombia y de América Latina. Un periodista argentino seleccionado por la Fundación Nuevo Periodismo de Gabriel García Márquez estuvo allí y cuenta su experiencia. Lejos del estigma de violencia que aflige a ciertas regiones del país aunque no librado de sus manchas, el Carnaval de Barranquilla es el reflejo de la vitalidad, la alegría y el respeto de la tradición de los colombianos. Aquí, la crónica por esa cultura fundada, a su vez, por otras tres: la indígena, la europea y la africana.

 

El turbante de Ignacio Pereira luce orgulloso el escudo de Colombia. El gesto concentrado, la boca tiesa, abre el pecho y resaltan los colores fluorescentes de su pantalón, penca, gola y pechera de su traje del Congo. Fue elegido como jefe de cuadrilla. Y por eso el gesto. En pocos minutos, cuando comience el desfile de la Guacherna, será el líder en lo musical y en lo emocional, será quien marque los movimientos de los guerreros de esta danza, una de las más elegantes del Carnaval de Barranquilla, la misma que bailaban cuatro siglos atrás los reyes africanos. Y por eso le cabe el lujo que sea. Podría tener joyas, tejidos de oro, pulseras de plata o diamantes incrustados. Pero sólo son lentejuelas. Y plumas. Y alambre. En la cabeza Pereira lleva un pañuelo blanco; en la mirada, lentes oscuros. No habla. Aguarda que Mokané levante la bandera roja con letras amarillas y comience el desfile. Y también los aplausos del público y las descargas eléctricas que azotarán su cadera y los gritos afónicos que le darán fuerza: ¡Viva el Congo Reformado!


-Quien lo vive es quien lo goza –dice Julio Sánchez Stevenson, director de la danza Congo Reformado, en el living de su casa en el barrio de Buena Esperanza, un día antes de la Guacherna–.


Es el eslogan del Carnaval de Barranquilla y aunque la frase atesora una verdad que sólo entiende aquel que transpiró y derrapó las treinta cuadras de la Vía 44, los habitantes de la ciudad la repiten como autómatas bien programados.


“Quien lo vive es quien lo goza” dice un taxista de bigote y camisa hawaiana, y lo dice Wilfrido Escorcia Salas, el Rey Momo 2009, y lo dice la reina Marianna Schlegel Donado a la salida de una producción fotográfica, y lo dicen las treinta reinas de los barrios populares, que ensayan hasta las once de la noche en la Casa del Carnaval, aunque las luces del barrio se hayan cortado, para llegar con la coreografía bien aprendida al Desfile de las Flores. También lo dice la antropóloga Mirtha Buelvas al hablar sobre esta fiesta en la que confluyen las tradiciones culturales de tres pueblos: el indígena, el europeo y el africano. Son cuatro días (y algunos más si se cuentan los festejos de precarnaval) donde la única regla es que no hay ninguna.


En las calles de la ciudad, Gatúbelas de tacos remolonean entre oficiales de policía, una mujer de 70 años mueve los pechos de gelatina sin quitarse el antifaz o un grupo de cuatro hombres vestidos como guerrilleros de las FARC empujan a un quinto que lleva las manos en la nuca. Es la inversión carnavalesca. Todos se burlan de todos. Todos dejan la voz en las gradas del público que festeja y a veces grita con desprecio:


-¡Baila, monocuco!


El monocuco es un disfraz de tradición europea que representa al bufón de reparto y, con el tiempo, fue adquirido por aquellos que no saben bailar. Son los típicos invitados extranjeros que descubren una fiesta en la que todos intentan adorar la vida y de ese modo exorcizar la muerte.


En Barranquilla se baila así


Al final del video de Hips Don’t Lie, Shakira baila alrededor de un monocuco, una marimonda y un grupo de Congo. Son todos personajes tradicionales del Carnaval de Barranquilla. Y aunque la cantante podría ser considerada hija dilecta de la ciudad, en la casa de Julio Sánchez no se escucha a Shakira en la radio sino el himno de la fiesta: ¡Mama Ron!, un tema que, al igual que el slogan, se escuchará en cada esquina y a cada momento.


Sobre la mesa hay un bowl con frutas de plástico; a un costado, una heladera café con leche y una Biblia abierta en el Salmo 63. Sánchez descorre la cortina que conecta a un largo pasillo y a las habitaciones, acerca algunas sillas e invita a sentarse. Junto a Ignacio Pereira y Mokané quiere explicar de qué va esta vaina del Congo Reformado.


-Eran golpes de guerra de tribus africanas –dice Sánchez y acerca un tambor–.


Dice que hay un golpe para convocar a bailar y otro que se llama golpe callejero y es el que se escuchaba cuando las diferentes danzas se encontraban en los patios del barrio del Bosque o en el Rebolo y agarraban palos para recordar aquellos enfrentamientos tribales. Sánchez dice que gritaban “¡Viva el Congo Grande! ¡Viva el Torito! ¡Viva la que no tiene miedo!” Y golpea el tambor.


Pereira empieza a mover las piernas y no hacen falta súplicas para que gane el centro de la escena y en jeans y camiseta amarilla se dedique a revolear sus largos brazos negros al ritmo del tambor y los versos de Sánchez. Mokaná asiente.


-El que no sea explosivo no puede ser congo. Es un baile de fuerza y expresión.


En la tradición de guerreros africanos, la danza del Congo podía ser la antesala del fin o el acceso a la gloria. Y de alguna manera, el goce del carnavalero es esa adrenalina. El escritor colombiano Andrés Caicedo diferenciaba entre las personas que “son sentadas” y aquellas que sacuden la cadera en la pista. Ese es el goce. Es la lucha entre la música y el silencio; el enfrentamiento entre los conceptos de vida y muerte.


-¿Alguna vez se murió algún familiar de ustedes en carnaval?
-Mi papá, en sábado de carnaval –dice Mokaná–. Pero acá somos carnavaleros todo el año. Después del entierro de Joselito seguimos. La muerte entre nosotros no sabe a nada. Vivimos en el presente. A la muerte ni la miramos ni la pensamos.
-Pero la sienten.
-Cuando pienso en ella me agarro un ron y me pongo a bailar –Mokaná abre los ojos, deja las palabras suspendidas–.
-¿Y qué piensan de la religión?
-Para mí es un mito, como Joselito –dice Mokaná–.
-¿Y creen en Dios?


Mokaná se ríe y dice que ése es otro lío.


-Pero oíme una cosa –Pereira se acomoda en la silla–. Hubo un man al que le dieron quince balas en todo el cuerpo –dice Pereira mientras se golpea el abdomen–. Y lo levantó un evangélico en una moto y lo llevó al hospital.


Mokaná se ríe y Pereira habla cada vez más rápido.


-Ahora ese man está vivo. Por la gracia de Dios, para que sepas.


Sánchez empieza a tocar el tambor. Pereira sigue.


-Y un día ese man se fue para Venezuela porque el enemigo de él es la misma ley de Colombia –Pereira se dirige a Mokaná–. Y ese man está vivo. Cuando fuimos a pagar lo que debíamos en el hospital, eso ya estaba pago. Lo atendieron gratis, Julio.


Sánchez asiente y toca el tambor.


-Aquí llegamos a un punto bien bueno –interrumpe Mokaná–.


Dice que ésa es la cultura que tiene Barranquilla o más bien toda Colombia. Pereira vuelve a acomodarse en el asiento. Sin mirarlo, Mokaná explica que al llegar los invasores europeos se encuentran con supersticiosos impresionados por el brujo. Dice que a ellos los arrasaron con la cultura y por eso la sociedad no avanza. A Mokaná le gusta darle a todo un marco teórico. Le fascina la mitología, la cultura egipcia y dice al oído que tiene enciclopedias en su casa.


El más allá


Al salir de la casa de Sánchez, Pereira se toma el bus en la esquina del barrio y se ubica en el segundo asiento después del molinete, abre la ventanilla y saca el brazo; los ojos en las rayas blancas y rojas de la camiseta del Junior que viste el chofer. Sus rodillas se acurrucan en el poco espacio que hay entre los asientos y así viaja hasta el cementerio Jardines del Recuerdo. Tiene 43 años y hace veintidós que trabaja como sepulturero. Tiene que cavar pozos llenos de piedras, tiene que arreglar el césped de las tumbas que no están abandonadas, tiene que hacer autopsias y “sacarles las vísceras a los cadáveres”.


-Ya estoy acostumbrado a toda esa vaina –dice y es una de las pocas cosas que dice durante el viaje que atraviesa toda la ciudad hasta la zona de Puerto Colombia–. En el trayecto piensa en pedirse el día de la Guacherna para poder prepararse; en Giovanni, su hijo de cuatro años, y en el que espera de Viviana, su novia cocinera, para dentro de cinco meses.


Durante el viaje recuerda una historia que ocurrió en el cementerio en el que trabaja. Un man que se encontró en la ruta a una mujer vestida de novia, y Pereira, la mirada fija en la calle, relata la historia de ese man que invitó a la mujer a tomar un trago, después a una fiesta, bailó con ella y al salir le prestó su chaqueta y la dejó en la casa. Al día siguiente cuando el man volvió a buscarla donde la dejó le dijeron que la mujer había muerto cinco años antes. Entonces el man llegó hasta el cementerio y encontró su chaqueta de cuero sobre una tumba en la que pudo leer el nombre de la mujer que había conocido.


-Ahora el man vive en Bogotá. Quedó loco.


Al bajarse del bus se cruza con dos compañeros sepultureros que le gritan algo y Pereira asiente y levanta la mano. Se debe ir a cambiar. Pero antes recorre el lugar y señala las tumbas ilustres. Rafael Orozco, célebre cantante de Vallenato, asesinado por la mafia en 1992; Samuel Orlando Mengüeta Alarcón, capo narco asesinado en la cárcel; Charly Aimerich Piragua Márquez, un “jovencito” al que mataron los narcos. Barranquilla no es una ciudad violenta. No tiene el estigma del narcotráfico como Medellín o Cali y ni siquiera de la guerrilla, aunque las clases populares busquen respaldar su identidad colombiana con esa identidad trágica que, según el escritor William Ospina, ha trazado la historia de este país del Caribe: “El caso de la sociedad colombiana en los últimos cincuenta años es el caso de un Estado criminal que criminalizó al país” (¿Dónde está la franja amarilla?, 1997). Lo dice también el joven alcalde de la ciudad, Alex Char: “Mientras en el país había sangre, aquí había carnaval. Por eso el Desfile de las Flores”.


Hijos del carnaval


Hay un discurso establecido en Barranquilla. Durante el carnaval no hay muertes. Ni homicidios. Incluso se arriesga un dato histórico: entre octubre y noviembre se ha registrado en la ciudad un incremento del número de nacimientos. Generaciones que nacieron en la misma fecha: nueve meses después del carnaval, paradójicamente en una ciudad que nunca nació, si se tiene en cuenta que no aparecen registros de su fundación por ningún lado, en un país que busca resucitar de la violencia todo el tiempo.


-Para nosotros la vida es más importante que la muerte –dice Humberto Pernett–. Ese es el existencialismo barranquillero. El eterno retorno. La vida vuelve una y otra vez: quien lo vive es quien lo goza –dice este hombre que atiende la puerta de su casa recién levantado de la siesta, los ojos ensangrentados de sueño, el pelo revuelto–. Es arquitecto y también el fundador y director de uno de los grupos más tradicionales y numerosos del carnaval: el Cipote Garabato.


En el living de Pernett reina una enorme fotografía del grupo. La historia de la danza está apuntada en el Manual de Inducción de la Corporación Grupo Folclórico Cipote Garabato, y tiene su origen en las colonias americanas, durante las fiestas que los negros esclavos organizaban al finalizar la cosecha. Es una expresión folclórica que durante el siglo XIX se trasladó de Cartagena de Indias a Barranquilla y es en la única donde se representa literalmente la lucha entre la vida y la muerte. En la foto enmarcada y colgada en la pared del living se los puede ver: la parca, con su habitual vestuario negro con el dibujo del esqueleto y la guadaña, y la vida, con el traje de cualquiera de los otros bailarines de la danza. Mientras la muerte –que es lo único que desde la ciencia no podemos saber en qué consiste– es la que tiene una representación universalmente conocida, en cambio la vida no tiene ningún elemento distintivo. La vida sólo es movimiento.


-Es increíble matar a la muerte, lo sé, pero nosotros lo hacemos.


Pernett creó el Cipote Garabato junto a un grupo de profesionales en la universidad: no querían dejar morir el folclore, dice Pernett aunque acepta que ahora esta danza tiene que entender el tiempo en el que está inmersa. Que acepta participar en eventos en hoteles de cuatro estrellas junto a una piscina y de esa manera el grupo puede sostenerse.


-Nosotros no hacemos “es-pec-tá-cu-lo” –dice con gesto despectivo cuando alguien golpea la puerta–.


Pernett no se levanta. Por el pasillo aparece su hija Heidi, que abre la puerta y encuentra a una chica joven que quiere saber cuándo podrá retirar el disfraz. Heidi mira al padre, deja la puerta abierta y se aleja. Pernett le dice a la chica que pase a las siete, y que traiga zapatos negros. Cuando la chica se va, Pernett dice que no soporta que le digan disfraz.


- Lo nuestro es vestuario, pero los jóvenes no lo entienden. Le dicen disfraz.


Pernett dice que armó una escuela para que los más chicos aprendan el baile y los símbolos del garabato. Que los jóvenes tienen que continuar la tradición.


-Si se muere el folclore, nos quedamos sin ciudad –dice Pernett–. Si pensamos en la muerte se termina el carnaval.


Heidi vuelve a caminar por el pasillo hasta perderse en su habitación. Tiene 18 años y en la tapa del Manual de Inducción se la puede ver sonriente. Ahora tiene tenis All Star verdes, pantalón de jean y una bandana en la cabeza. Le gusta pensar que más allá de la vida no hay nada. Aunque no le guste hablar demasiado dice que estudia diseño gráfico, que su tía le paga los estudios, que en algún momento de su vida tuvo tendencias suicidas. A veces ya no aguanta que todo el tiempo haya personas dando vueltas por su casa, pidiendo el vestuario respectivo y los horarios de ensayo. Por eso se encierra en su habitación, sube el volumen de su equipo de música y se acuesta en la cama a escuchar jazz. Quiere olvidarse un rato de la tradición. Le gustaría vivir un tiempo en Barcelona y estudiar Bellas Artes.


-¿Y por qué no lo haces?
-Mi tía no quiere darme la plata.


A Heidi le gustaría ser artista plástica como su tío Nito.


-¿Lo conoces?
-¿A quién?
-A Nito Pernett.


Hoteles existenciales


En Barranquilla a Nito Pernett se lo conoce como Nito Show. No para de hablar. Cruza las piernas y al segundo las descruza, mira siempre al horizonte con los ojos duros y cada tres frases cita a Shakespeare, a Joaquín Sabina, a Mercedes Sosa. Tiene un sombrero de ala ancha con una cinta roja, verde y amarilla y una camisa chillona que acumula los colores del realismo mágico. En la inauguración de su muestra de pinturas en el Hotel Country International saluda a sus invitados y atiende un teléfono celular que no es el suyo. Es artista plástico. Es titiritero. Es actor. Es la vida.


-Exacto. Interpreto el personaje de la Vida en el Cipote Garabato.


El carnaval, explica Nito, es todo al revés. Dice que en todo el festejo hay teatro, máscaras, los hombres actúan, se disfrazan: se trata de vivir lo que no son.


-Al hombre del Caribe no le gusta la muerte.


Nito incorpora su metro cincuenta, acerca una copa de ron con jugo de naranja y pregunta si ya la conocí. En ese mismo momento la muerte está descalza, sentada sobre una mesa en el hotel Puerta del Sol. Tardó cuarenta minutos en maquillarse y ahora mira el piso mientras cuarenta parejas del Cipote Garabato siguen las indicaciones del coreógrafo. Se llama Eduardo Guzmán, tiene 26 años y desde los once forma parte del grupo.


-¿Te gusta interpretar a este personaje?
-Sí, me siento libre, aunque me causó problemas porque en mi familia son evangelistas. Pero es una época perfecta para ser la muerte. Es lo único que tenemos en la vida.


El año anterior casi lo echan del grupo por fumar marihuana y emborracharse, pero estuvieron un año sin encontrar reemplazante mejor así que tuvieron que volver a llamarlo. Ahora algunos del grupo le acercan un shot de ron y las chicas más jóvenes le piden tomarse fotos. La muerte saca una lengua roja que llega hasta el mentón y hace hang loose.


-Sos famoso.
-Sí. En el carnaval hay muchas camisetas que tienen estampada mi cara. Es así.


En el principio


El día de la Guacherna las calles de Barranquilla están colapsadas. No hay taxis. Hay gorilas enormes que saltan. Hay clones de Pablo Escobar. Hay chicas de pelucas turquesas con antifaz y purpurina que se parecen más a los cráneos del culto a los muertos de Jericó (7000 a.C.) que a Natalie Portman en Closer.


Hay monocucos por todas partes.


En el Barrio de Buena Esperanza, el Congo Reformado se prepara para el desfile. Mokaná se acerca y muestra su turbante con la imagen de Tutankamón, Ignacio presenta a su novia Viviana y Sánchez comienza a arriar a los integrantes de su grupo hasta la esquina de la carrera 21 por donde intenta avanzar una ambulancia. Sánchez levanta los brazos para detener a un bus de la línea Delicias Olaya que acepta llevarlos hasta el lugar donde comenzarán este preámbulo dionisíaco del Carnaval de Barranquilla.


Al fondo del bus comienza a escucharse el tambor, los gritos de ¡Mama Ron! y ¡Viva el Congo Reformado! y ¡Viva el carnaval! Detrás del chofer, un hombre de bigote de bolero (finito, rectangular) saca de su morral una petaca de aguardiente y un vaso de plástico. Convida.


-Soy pecador porque soy un ser humano –dice y asegura que en esta época es el único momento que permite excederse–. Sólo me dedico a la carne en carnaval.


El hombre tiende la mano. Se llama Jorge Rodríguez.


-¿Pastor evangélico?
-Para la gloria de Dios y estoy aquí para enviar un mensaje a los que están en el pecado –Rodríguez escupe–. Saca la petaca de la bandolera y sirve otro shot.
-¿Cuál es el mensaje?
-Que hay un Dios.


Mokaná, al fondo, no lo escucha. Rodríguez estuvo cinco años en la cárcel por tráfico de drogas, era mula, y asegura que eso fue un plan de Dios, que fue lo más lindo porque conoció a su libertador.


-Me dejé llevar por Satanás –Rodríguez transpira–. Jesucristo me hizo libre de la droga –continúa y explica que la diversión es darle libertad al cuerpo–.


Acepta que en esta ciudad, como en toda Colombia, hay violencia, hay mucha en los barrios de Suroccidente y eso no cambia más: es problema de las drogas y el desempleo.


-¿Quieres conocer a alguien? Tengo un amigo, que es el pastor Rodrigo Arenas. Es un ex terrorista, el que puso la bomba en el hotel Royal de Barranquilla.


No respondo. Me doy vuelta y veo a Pereira que está sentado en el bus junto a Viviana. No habla. Sostiene su turbante con una mano y la abraza. De vez en cuando la mira, le da un beso en la frente y le toca la panza.

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