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Lunes 25 de Febrero de 2013

Charles Chaplin

Carlitos, la película

por Raúl García Luna / Fotos: Justin Goldstein / Michael Semple / Harvey Johns / David Hoffner / Mick Hudson / Judy Moon / Peter Kane

Fue el prototipo del inmigrante que se sobrepone a la pobreza. Actor y director genial, le gustaban las adolescentes. Lo juzgaron por corrupción de menores y por comunista. Tuvo muchas mujeres y muchos hijos, y filmó muchísimas películas. Y creó a Carlitos, el personaje más célebre de la historia del cine.

Toma 1:
Carlitos desmemoriado


Sabe que se llama Charles Spencer y que nació a fines del siglo XIX, pero no en qué año, que fue muy pobre y ahora es muy rico, que hizo películas mudas y se empecinó en seguir haciéndolas así, hasta una década después de adoptar Hollywood el sistema sonoro. Sabe que es muy inglés y muy famoso, que lo han perseguido por deudas de amor y de ideas, y que nunca nadie le quitó su sueño de un mundo mejor. Lo que no sabe es qué hace ahí a esas horas de la noche, en mitad de un escenario teatral o estudio de filmación, todo en blanco y negro y otra vez frente a ese vagabundo de andrajoso frac, raído bombín, bastoncito de caña y bigotito a lo Hitler, que le pregunta:
–¿Fuiste feliz, Chas?
Así lo llamaban de niño su madre, la actriz de variedades Hanna Hili, hija de un zapatero remendón, y su hermanastro mayor Sydney, hijo de un ignoto actor judío, primer amor de Hanna. Chas: contracción de Charles y Spencer, mote que odiaba tanto como aquel hotel de poca monta londinense en que malvivió hasta los 10 años. 

–No me digas Chas, vagabundo– contesta Chaplin.

–Si tú no me llamas Charlie, Charlot o Carlitos, como todo el mundo, yo no te llamo Charles, sir.

–¿Sir? –balbucea él, y recuerda que en 1975 la reina Isabel II lo nombró Caballero de la Corona en el palacio de Buckingham y con los mismos periodistas que tres décadas atrás lo agredían ahora rendidos a sus pies.
–¿Estoy soñando, vagabundo?
–No, Chas. Es sólo que eres demasiado viejo…
Chaplin se estremece, él, que en tantas películas se burló del poder y jamás se amilanó ante un juez, un policía o un censor. Y su fantasmal inquisidor insiste:
–¿Tú, feliz? ¿Cuándo? ¿Cuando nació el primero de tus demasiados hijos, insaciable padrillo? ¿Cuando tu primera esposa-niña, Mildred Harris, falsamente embarazada, te exigió el divorcio para luego morir alcoholizada en las calles? ¿Cuando Joan Barry, a la que consideraste muy vieja para ti, pasó el resto de su vida medio loca y con una hija que ante un tribunal juraste no haber engendrado? ¿Cuando lo traicionaste al buen Mack Sennett, rey del humor fílmico, que te enseñó todos sus trucos y a quien no le diste ni un dólar de tus excesivas ganancias? ¿Cuándo fuiste feliz tú, Chas?…
–Cuando te descubrí a ti, Charlie –solloza Chaplin, pero Carlitos no cede:
–Eres insufrible, Charles… Sobreviviste a la furia xenófoba del cazador de comunistas Joseph McCarthy, padeciste el exilio por presión de John Edgar Hoover, jefe corrupto del FBI, acosaste a tus actrices. ¿Y todo por qué? Por no ir nunca al grano, por no hablarle de amor a ninguna de tus demasiadas mujeres, que te gustaban adolescentes y vírgenes, sinvergüenza…
Chaplin llora. Carlitos le roza un hombro con el bastón y le dice con dulzura:
–Y eso no lo escribiste en tu autobiografía de 1964. A ver, tienes 88 años y hace 20 que estás postrado en esta mansión suiza de Vevey, con las piernas bajo una manta irlandesa y tu fiel esposa Oona criando a tus últimos ocho hijos…
–Bueno, ¿a qué has venido hoy, Charlot?
–A llevarte, padre.

 



Toma 2:
Carlitos traicionero


Y de pronto, Chas es Charles a los 29 años, con un megáfono de latón y tras una cámara a manivela, tomando un primer plano del pequeño Jackie Coogan, quien desde la caja de un vil camión de orfanato les ruega a sus captores que no lo separen de su padrino callejero: el hambriento antihéroe de The Gold Rush, el entrañable soñador de City Lights, el rebelde operario de Modern Times y Carlitos panadero, Carlitos bombero, Carlitos marinero, Carlitos boxeador y tantos otros Carlitos que hicieron las delicias del mundo entero.
Y la película continúa.
Fin de la Primera Guerra. Dempsey noquea a Willard. Charles Lindbergh cruza el Atlántico en avión. Estallan la Gran Depresión y el desempleo. Y en el ficticio país de Tomania, el tirano Hynkel planea apoderarse del mundo por medio de sus Hijos de la Doble Cruz: ejércitos que persiguen a disidentes y semitas… Por otro lado hay un peluquero judío y ex soldado idéntico a Hynkel, bigotito incluido, al que confunden con éste y lo obligan a dar un discurso público. ¿Y qué dice el asustado impostor? Que él ama la paz y que si la democracia es buena, entonces que haya menos ricos y menos pobres.
The End con final abierto. The Great Dictator se rodó en 1939-40, y aún no se sabía hasta dónde podía llegar Hitler. Pero a Chaplin los Hoover y McCarthy de su patria adoptiva ya no le darían paz. Primero, por su falta de respeto cívico y moral. Segundo, porque tras tantos años de residencia en Estados Unidos jamás se dignó solicitar la ciudadanía norteamericana. Tercero, porque los agentes del FBI sabían de su amistad con los sindicalistas de Obreros Rojos. Cuarto, porque entonces él pagaría algún impuesto revolucionario para financiar sus actividades subversivas. Quinto, ¿un comunista millonario? Cosa juzgada: lo echarían del país.
En 1941, Charles acababa de distanciarse de Paulette Goddard y de casarse con su última Lolita, de 21 años cumplidos y por lo que ya no se lo podía acusar de corrupción de menores: la actriz Joan Barry, otro desastre amoroso de un Charles más proclive a la exaltación sexual que a la construcción de una familia que él pregonaba indispensable para un afecto duradero.
–Enfermo, hipócrita –trinaba Hoover durante el juicio en el que Joan, reciente madre, exigió la aplicación de la Ley Mann: manutención de su bebé hasta la mayoría de edad, y Charles aceptó, pero…
–¡Maldita vieja! –se quejaba ante su azorado hermanastro–. ¡Zorra decrépita!
–¿Cómo que vieja? –le decía Sydney–. Tú tienes más de 50 años, ¿y ella es la vieja? Además, ¿con quién hablabas hace un momento? No es la primera vez que te encuentro hablando solo, Chas.
–Con el vagabundo…
–¿Qué vagabundo, Chas?
–Se me aparece y me hace preguntas. Quiere saber si obro bien, si soy feliz… ¿Me culpará por lo del Gordo y el Flaco, hermanito?
Sydney lo calmaba, pero sabía que Charles no había sido solidario con sus amigos Stan Laurel y Oliver Hardy en sus días de decadencia, que no los había ayudado sólo por razones de competencia comercial. Ese dúo de clowns a la inglesa destrozaba casas enteras con anárquica alegría, despreciando los bienes materiales y la convivencia familiar. Detalle que los burócratas de la época no pasaron por alto. Y sin el auxilio de su viejo colega, terminaron mal. Una traición que el periodista y escritor argentino Osvaldo Soriano radiografió en su mejor novela: Triste, solitario y final.

 



Toma 3:
Carlitos atemorizado


¿Había olvidado de dónde venía y quién era? ¿Era por eso que, dormido y hasta despierto, se le aparecía el vagabundo, ese raro clown que había inventado para depositar en él lo mejor de sí mismo: su fragilidad, su dolor, su emoción, su humor, sus contradicciones de artista y de hombre? Chaplin no dejó de plantearse ese dilema ético hasta el último de sus días.
Les temía a la pobreza y a la soledad. Y a los 55 años conoció a la hija del dramaturgo Eugene O’Neill: Oona, irlandesa de apenas 17 años, quien lo acompañaría por el resto de su larga vida. Con ella no necesitó apelar al autoritarismo por miedo al rechazo. El círculo vicioso se había roto y sentía que era la mujer soñada. Más allá de su inolvidable Hetty Kelly, por supuesto. Temperamental y de risa contagiosa, Oona sería la compañera ideal para ese genio opaco y mezquino fuera de los sets.
–¿Nunca me dirás que me quieres? –le decía ella.
–¿Es necesario, Oona? –replicaba él.
Y ella, lejos de enojarse, bebía otra copa de bourbon, le servía otra taza de té con una sola gota de leche y dos exactos terrones de azúcar, e ironizaba:
–Eres un chiquilín, abuelito. A ver, cuéntame tu próxima película…
–Es la historia de un falso galán que, ya vejete y necesitado, enamora a las damas pudientes y luego… Bueno, si puedes, imagínate el resto…
–¿Me tomas por una ama de casa? ¿O te olvidas de quién soy hija, de quién aprendí a interpretar libretos? ¡Vamos, confiésalo! ¡Ese vejete las mata y se queda con sus ahorros! ¿No es cierto, sinvergüenza?
Charles parpadeó, y Oona repreguntó:
–¿Y cómo se llama ese maldito viejo verde?…
–Señor Verdoux –respondió Charles.
Y en 1947, tras dirigir y protagonizar Monsieur Verdoux, cayó bajo la lupa del macartismo, cuyo blanco móvil fue la fauna hollywoodense y los escritores, los dramaturgos y hasta algún que otro poeta antiliberal. La caza de brujas político-cultural era un hecho, y hubo talentosos directores de cine como Elia Kazan y pésimos actores como Ronald Reagan que llegaron a delatar a sus pares ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas. Circo romano en el que Charles comparecería en 1949, sospechado de ser judío y comunista, sin probársele nada. Año en que se desilusionó de la democracia capitalista, tras haberla defendido a su modo del fascismo y del estalinismo.
Y Hoover lo declaró persona no grata y Charles, extenuado, se embarcó de vacaciones rumbo a Europa. El barco pasaba cerca de la Estatua de la Libertad cuando Oona corrió a popa, le leyó un sórdido radiograma y le explicó:
–No puedes volver a pisar Estados Unidos. Si lo haces, el Departamento de Inmigración te encarcelará sin juicio previo. Lo siento, querido…
Charles miró la silueta de New York y dijo con voz brumosa:
–Mi vida pasa delante de mis ojos como si fuese una película. Y en el último rollo entras tú, Oona, al rescate de nuestro tesoro familiar y artístico de esta tierra generosa e injusta. ¿Entiendes?
–Entiendo –dijo la valiente Oona, y exigió que un bote la devolviese a la orilla, y en un par de meses levantó todas las inversiones económicas de Chaplin en Estados Unidos.

 



Toma 4:
Carlitos y los demás


A Charles los tiempos se le mezclaban en su agobiada memoria, y en esas olas de nostalgia flotaban rostros que no podía olvidar, y otros de los que ya nada sabría. Pero nosotros sí lo sabemos, y aquí están: su madre, Hanna, la abuela de Geraldine Chaplin, pasó sus últimos días en una casita frente al mar que Charles le compró en la costa oeste de Estados Unidos. Ella habría muerto entre 1928 y 1930, eso nunca quedaría esclarecido.
Pero, ¿qué importancia tiene? Cuando una madre se va, todos quedamos huérfanos. Sydney se instaló en el sur de Francia al terminar la Segunda Guerra Mundial, pero jamás dejó de visitar a su hermanastro todos los veranos en Vevey, Suiza, hasta fallecer el día en que Charles cumplía 76 años.
Fred Karno, primer empleador teatral de Charles, cayó en una irremontable bancarrota en 1926 y murió quince años después. Hetty Kelly, su primer amor, se casó a los 16 ó 17 años con un policía inglés y falleció a los 25, de una gripe que derivó en bronconeumonía. Charles nunca la olvidó. Mack Sennett, mentor de Chaplin, decayó al llegar el cine sonoro y en 1937, ya casi olvidado por sus pares de Hollywood, recibió un Oscar por su aporte de pionero cómico.
Mabel Normand, actriz que fue ocasional directora sustituta de Sennett y a la que Charles detestaba, terminó involucrada en escándalos de sexo y drogas, y en el asesinato de un realizador de cine en 1922. Edna Purviance, máxima estrella de Charles, protagonizó más de 30 películas cómicas y fue la primera actriz que se retiró. Pero Charles, que la había sacado de una oficina para volverla actriz, le siguió pagando un salario hasta su deceso.
El pirata romántico Douglas Fairbanks, cofundador de la United Artists junto con Chaplin, D. W. Griffith y Mary Pickford en 1919, murió de un infarto en 1939. El mito asegura que dormía con un florido pañuelo de seda encasquetado en la cabeza, y una eterna sonrisa en los labios. Mary Pickford, la novia de todos, ganó salarios tan abultados como los de Charles y vivió hasta los 86 años.
Otra leyenda del celuloide. Mildred Harris, primera esposa de Charles y la primera que le exigió el divorcio por abandono de hogar, murió alcoholizada en sitios de dudosa categoría. J. Edgar Hoover dirigió el FBI durante más de medio siglo. Soltero y goloso, a través de una vasta red de espías averiguaba los secretos sexuales de personajes influyentes que él juzgaba peligrosos para Estados Unidos, y los extorsionaba o manipulaba de modo ilegal. El informe secreto sobre Chaplin superaba los 1.900 folios, con cientos de fotografías.
Charles Spencer junior, uno de los dos hijos varones de la actriz Lolita McMurray o Lita Grey, segunda esposa de Charles, falleció en 1968. Paulette Goddard, tercera mujer de Chaplin, se retiró de los sets en 1966. Y con su siguiente marido se fue a vivir muy cerca de la mansión de los Chaplin en Vevey. Su relación con Oona era buena, y con Charles nunca había sido mala amante ni mala amiga. Tras el escandaloso affaire con Charles, Joan Barry pasó el resto de su vida en callejones y manicomios. Se ignora cuándo y dónde murió. Pero su hija única, de la que Charles juró no ser el padre, percibió de él la mensualidad acordada hasta los 21 años.
Joseph Scott, el abogado que representó a la Barry en su querella contra Chaplin, acusó al creador de Limelight de degenerado y violador. Nadie se acuerda de él. Oona O’Neill, la cuarta mujer y más duradera Lolita de su vida, renunció a su ciudadanía norteamericana en solidaridad con su esposo y lo sobrevivió 14 años más, hasta 1991. Nunca dejó de llorarlo, ella, que jamás había llorado por nada ni por nadie.

 



Toma 5:
Carlitos anecdótico


En cuanto a ese Charles viejo y amnésico que había filmado 67 películas antes de cumplir los 30 años, 5 de ellas con sonido, ya podía despedirse de este mundo y dejarse llevar a otra parte, si es que existía otra parte. Pero era ateo y no se resignaba a morir.
–Vamos, padre –le dijo Carlitos.
–No tengo ganas. ¿No podrías ir tú solo? –dijo él.
–No, esto no lo puedo hacer por usted, sir Chaplin. Yo sólo he venido a ayudarlo.
–Bueno, pero… ¿y si antes recordamos mi vida?
–Ya lo hemos hecho, Charles.
–¿Cuándo? Anda, no me tomes el pelo y dime qué más quieres saber.
–Está bien. A ver, Francia 1932 o 1933. Paulette Goddard. Un ágape diplomático. Un sujeto molesto. Una pelea…
Luz, cámara, acción.
Tout París está en esa fiesta. Charles no es el invitado de honor, pero todos se mueren por pedirle un autógrafo o escuchar alguna confidencia acerca de qué siente tan lejos de su Londres natal, cómo creó a Charlot y qué significa éste en términos sociológicos.
–Uf, rameras e intelectuales –le dice por lo bajo Charles a Paulette, y ella le ruega:
–Pórtate bien. Europa ha cambiado, ¿no ves?
–Sí, ya veo –dice Charles, entre damas y caballeros, frente a un sujeto cuyo elogio de Hitler a nadie parece molestar:
–Es el líder que la Nueva Europa necesita –dice el sujeto–. Patria común, ley de hierro, trabajo ordenado, erradicación de la usura y de sus emisarios: los judíos…
Charles finge toser, y el tipo lo reconoce y le espeta con falsa amabilidad:
–¡Ah, pero si es Chaplin, el Charles Lindbergh del arte cinematográfico! ¡Un placer, mi amigo americano!
Y Charles reacciona de un modo que lo pinta de cuerpo entero:
–Primero, yo no soy su amigo. Segundo, más amigo suyo será Lindbergh. Tercero, soy inglés hasta la médula. Cuarto…
–Cuarto… es judío –lo interrumpe el sujeto molesto, sonriendo.
–Lamentablemente, no tengo ese honor –replica Charles–. Y usted es un idiota, como ese líder que tanto admira. ¡Fuera de acá, maldito nazi!
–¡No le permito, maldito burgués!
–¿Yo burgués?
–¿Yo nazi?
Y se arma una tremolina de película en la que, para completar la toma, sólo faltan las clásicas persecuciones con guerras de pasteles de crema. Y Charles es expulsado del ágape junto con Paulette y una docena de admiradoras.
Corte, se imprime.
–¿Te sientes mal por lo de aquella noche? –le pregunta Carlitos.
–No –se ríe Chaplin–. Lo que pasa es que nunca supe cómo terminar una película…
–Y por eso al final siempre me mostrabas yéndome hacia el fondo del paisaje, solo y listo para otra aventura…
–Claro.
–Y bien, Charles, la aventura de hoy es… irnos juntos.
–¿Tú crees, Charlie?
–Ya es hora, padre.
–Entonces abrázame y vamos.
–Sí, vamos…

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