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Lunes 16 de Julio de 2012

Daido Moriyama

Perro vagabundo

por Ulises Parigi / Fotos: Gentileza Los Angeles County Museum of Art

Las fotografías en blanco y negro, de fuerte contraste y ángulos inesperados, ilustran diversos períodos de su carrera. A fines de julio finaliza la imperdible y antológica Fracture: Daido Moriyama. A no perdérsela.

“Cuando camino por la ciudad sacando fotos nunca tengo un plan previo. Soy como un perro: decido adónde ir por el olor de las cosas. Y cuando estoy cansado, me detengo y me echo a la sombra”, son más que palabras. Le pertenecen al japonés Daido Moriyama y son la evidencia de una tarea ciclópea. La de un artista que no ha dejado de fisgonear y husmear en los más ásperos rincones de ciudades como Tokio. No por nada su testamento filosófico es el libro Memories of a dog (Memorias de un perro), publicado en 1984. En estos días, una impactante retrospectiva sobre su obra en Los Angeles County Museum of Art (LACMA) es una oportunidad única para cotejar qué hay detrás de las producciones de un fotógrafo que retrata la deriva urbana “con grano, difuso y fuera de foco”. Compuesta por una combinación del blanco y negro de sus trabajos más conocidos con nuevas series en color, Fracture: Daido Moriyama permanecerá abierta hasta el 31 de julio.

 

Deriva sin fin


Daido Moriyama (Osaka, 1938) es para muchos el último vagabundo de la fotografía. Estudió diseño gráfico y luego trabajó como ayudante de Takeji Iwamiya, un fotógrafo profesional dedicado a la arquitectura. Se trasladó a vivir a Tokio en 1961 y durante tres años fue aprendiz del gran Eikoh Hosoe. Los referentes que cita con frecuencia Moriyama son las fotos urbanas de William Klein en Nueva York, la obra gráfica de Andy Warhol y los libros de Jack Kerouac y Yukio Mishima.

 

Moriyama siempre ha dicho que llegó a la fotografía por culpa de un amor frustrado. En Memories of a dog confesó: “Tenía veinte años cuando conocí a una joven con la que salí tres meses. De pronto, sin explicación alguna, ella dejó de llamarme y comencé a seguirla, hasta que me dijo que dejara de hacerlo pues se estaba por casar. La revelación me destruyó, fui incapaz de seguir realizando mi trabajo como diseñador gráfico. Como no podía renunciar, comencé a elegir trabajos que no requirieran dibujo sino fotos, lo que me llevó a concurrir con asiduidad al estudio fotográfico de Takeji Iwamiya, uno de los fotógrafos más conocidos del Japón. Con el tiempo, me fui acostumbrando a la atmósfera de su estudio y comencé a visitarlo sin ninguna excusa laboral. Las heridas de mi amor no se habían cerrado, pero mi encuentro con el mundo de la fotografía me liberó de mi vida como recluso”.


Practicante de una suerte de deriva como la que proponían los situacionistas franceses –una caminata sin fin ni objetivo específicos, siguiendo la llamada del momento–, Moriyama irrumpió como un asaltante nocturno en el panorama de la fotografía de los años 60, con sus series de fotos desprovistas de finura técnica y movidas por el azar del instante. El legendario diseñador gráfico e ilustrador Tadanori Yokoo escribió: “Muchas de las fotos de Moriyama provienen del punto de vista de un voyeur o un violador. Su mirada, desde la ventana de un auto en movimiento o desde las sombras, es la de un criminal: la obra de alguien que habla sin mirar a la gente a los ojos”. Sus paseos nocturnos y sin rumbo por las calles laberínticas del distrito de Shinjuku eran una fresca exploración de los misterios urbanos y una forma pertinente de documentalismo.

 

El mismo Moriyama afirmó: “La fotografía es una acción de fijar el tiempo y no de expresar el mundo. La cámara es una herramienta inadecuada para extraer la visión del mundo o la de la belleza. Si un fotógrafo intenta incorporarse felizmente al mundo usando la perspectiva tradicional con la cámara, terminará cayendo en el agujero de la idea que ha excavado por sí mismo. La fotografía es un medio que sólo existe fijando momentáneamente el descubrimiento y la cognición que se encuentran en el imparable mundo exterior”.


Dicen que desde sus inicios como freelance en 1964 ha producido más de 10 mil copias –una parte de ellas están editadas en sus más de 40 libros–, poseído por un ansia que él considera “animal”. De tanto en tanto, este salvaje cronista del vértigo y la falta de humanidad de las grandes urbes, de la náusea emocional que provocan, de la entrega de la tradición y la cultura al dictado brutal del consumismo, regresa a los museos, que reclaman su obra pese a que al fotógrafo no le gusten demasiado las reglas estrictas de las pinacotecas –comisariados, selección, colocación en paredes, etc.–.

 

Fracture incluye una amplia selección de aquellas series, en blanco y negro y de estilo are, bure y boke (en japonés: con grano, difuso y fuera de foco), realizadas huyendo de todo artificio y con cámaras compactas y económicas point-and-shoot que, según ha admitido, nunca ha comprado, porque se las prestan o regalan sus amigos. “Mis fotos son generalmente fuera de foco, crudas, sucias. Pero si uno se pone a pensar, un ser humano normal puede percibir en un solo día un infinito número de imágenes, y aunque algunas están en foco, la mayoría apenas se alcanzan a ver con el rabillo del ojo. No es que quiera excusarme; es que sospecho que ésa es la estructura subterránea y el origen crucial de mi estilo fotográfico”, reveló Moriyama.

 

Este acérrimo saboteador de cánones y explorador de la fiebre vital contemporánea estima que ningún acercamiento clásico tiene ya sentido. Por eso la belleza no le interesa. Los protagonistas de sus fotografías son casi siempre seres anónimos: transeúntes sin nombre que esperan, marchan o se alejan. Gracias a su forma de mirar y de reproducir lo captado, observamos y comprendemos que la soledad es ternura y que los retratos colectivos pueden ser a la vez tristes y dulces.

 

Sin embargo, la exposición del LACMA también posee atractivos añadidos al repaso histórico: hay fotos en color de las nuevas series que Moriyama está efectuando desde 2011, un documental en video de las cacerías del autor explorando a pie las calles de Tokio y una amplísima muestra de las publicaciones del documentalista; un apasionado de la edición de libros, que prepara y maqueta él mismo, diseñándolos con cortes a sangre de las imágenes (cuando la mancha llega hasta el extremo de las páginas) y sin añadir ni una sola palabra.

 

Fracture: Daido Moriyama se exhibe hasta el 31 de julio. Los Angeles County Museum of Art, 5905 Wilshire Boulevard, Los Angeles.

www.lacma.org

 

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