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Martes 23 de Octubre de 2012

Daron Acemoglu

La clave de la prosperidad se encuentra en las instituciones políticas

por J. Luis Martín (http://trumanfactor.com) / Fotos: Gentileza del MIT

Su trabajo académico ha mejorado la comprensión del papel de las instituciones en el desarrollo económico. Catedrático en el MIT, tras años de dedicación exclusiva al trabajo académico, ha resumido muchos de sus resultados en un fantástico y accesible libro dirigido al gran público. En Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity and Poverty (recientemente editado en castellano), coescrito con James Robinson, uno de sus colaboradores habituales, defienden que las causas definitivas del éxito o fracaso económicos se encuentran enraizadas dentro de las instituciones de cada país. A partir de la distinción entre instituciones políticas y económicas, argumentan que estas pueden tener un carácter inclusivo –es decir, estar diseñadas para el beneficio de la ciudadanía– o extractivo –diseñadas para extraer rentas y perpetuar el poder de las élites– y que entender cómo evolucionan dichas instituciones el conflicto entre ambos tipos de poder es crucial para alcanzar el desarrollo.

Daron Acemoglu es profesor de Economía y ocupa la cátedra Elizabeth y James Killian en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). En 2005 recibió la medalla John Bates Clark, otorgada a economistas menores de 40 años que han contribuido de manera significativa al pensamiento y conocimiento económico. En 2010 la revista Foreign Policy lo señaló como uno de los 100 pensadores más influyentes. Acemoglu habla acerca de Why Nations Fail: The Origins of Power, Prosperity and Poverty, su último libro, escrito junto a James Robinson, politólogo de la Universidad de Harvard y renombrado experto en América Latina y Africa.

 

ALMA MAGAZINE: ¿Qué le llevó a buscar el origen del crecimiento económico en las instituciones políticas?

DARON ACEMOGLU: James Robinson y yo hemos estado trabajando en el desarrollo económico durante casi 17 años. Lo que nos hizo comenzar esta investigación fue la convicción de que la política y la economía no se pueden separar. Por ejemplo, no hay manera coherente de entender por qué Africa es tan subdesarrollada, sin pensar en la política de Africa y la política de desarrollo. Why Nations Fail es nuestro intento de sintetizar y ampliar nuestro trabajo en esta área, a la vez que lo hacemos accesible a un público amplio. Pensamos que llegar a un público amplio era especialmente importante porque gran parte de las ideas acerca de lo que hace que algunas naciones sean pobres, tanto en los círculos políticos como en la prensa, son simplemente erróneas. Algunos de ellos siguen haciendo hincapié en factores como la geografía o una idea nebulosa de “cultura nacional”. Otros piensan que todo se basa en un liderazgo iluminado y buenos consejos por parte de expertos en política. Pero si nos fijamos en la historia y en la evidencia empírica, está claro que la clave de la prosperidad se encuentra en las instituciones, no en la cultura ni en la geografía. La historia también deja igualmente claro que las malas instituciones no han emergido debido a errores de líderes políticos, sino a que así han sido diseñadas, porque han jugado un papel político y económico útil en beneficio de los políticamente poderosos en la sociedad. Más explícitamente, algunos tipos de instituciones económicas, que nosotros denominamos “inclusivas”, ofrecen incentivos para la inversión y la innovación y sirven las bases para un campo de juego nivelado para que gran parte de la población pueda desplegar su talento. Estas instituciones económicas generan prosperidad. Sin embargo, la mayoría de las sociedades se rigen por instituciones “extractoras”, que crean derechos de propiedad inseguros, no permiten contratos y desalientan la innovación y la adopción de tecnología. Y lo más importante, en lugar de crear un campo de juego nivelado, instauran condiciones que favorecen a un pequeño segmento de la sociedad y, a veces, incluso coaccionan a la gente para que trabaje a cambio de salarios bajos en ocupaciones en las que no deberían estar y les prohíbe desempeñar las ocupaciones que desean. Nosotros las llamamos instituciones “extractoras” porque han sido diseñadas por los poderosos políticamente para extraer los recursos de la mayoría.

 

AM: ¿Cómo se perpetúan esas instituciones “extractoras”?

D.A.: Ahí es donde la política y las instituciones políticas entran en juego. Estas instituciones económicas extractoras son apoyadas y preservadas por las instituciones políticas que concentran el poder en manos de la élite, a pesar de que lo hacen a costa de gran parte de la sociedad. Sin instituciones políticas extractoras que garanticen la concentración de poder ilimitado a favor de la élite, las instituciones económicas de extracción no pueden sobrevivir. Es en este sentido que sostenemos que la prosperidad es una cuestión de instituciones políticas y la política. Sin embargo, parece que hoy se produce una situación paradójica, pues precisamente aquellas sociedades abiertas con estructuras políticas y economías avanzadas están siendo testigo de cada vez mayores desigualdades sociales ¿Qué está causando esta reversión? No estoy seguro de que sea tan paradójico. Los sistemas políticos inclusivos y abiertos generan innovación y crecimiento, y esto a veces viene con una mayor desigualdad. Así mismo, estos sistemas están siempre bajo la amenaza de grupos de interés que quieren acumular más poder político y transformarlo en ventajas económicas y riqueza. El aumento de la desigualdad que estamos viendo en Estados Unidos y en varias economías europeas es el resultado de estas dos fuerzas. En primer lugar, tenemos a las nuevas tecnologías y a la globalización aumentando la desigualdad. En segundo lugar, contamos con importantes cambios políticos que han facilitado las cosas a los más ricos, especialmente en el sector financiero (por ejemplo, con los subsidios implícitos y explícitos del gobierno para que asuman más riesgos). Aunque no son muy paradójicos, estos cambios son una amenaza para las instituciones inclusivas. Si la desigualdad económica crece demasiado, ésta a su vez genera mayor desigualdad política. Lo estamos viendo muy claramente en Estados Unidos, donde el sistema ahora está mucho más a favor de los deseos de los más ricos a costa del resto de la sociedad. Esta creciente desigualdad política puede allanar el camino para un cambio en la naturaleza de las instituciones políticas, lo que hoy en día se está convirtiendo en un verdadero peligro para Estados Unidos.

 

AM: Precisamente, el movimiento Occupy Wall Street surge como plataforma de denuncia ciudadana en contra del aumento de esas desigualdades económicas y del control de las instituciones políticas por parte de las élites económicas. ¿Qué paralelismos hay entre este movimiento y la primavera árabe?

D.A.: Hay paralelismos importantes. Los movimientos sociales que surgieron con la primavera árabe derrocaron a algunos de los regímenes más extractores del mundo. Y estos regímenes en Egipto, Túnez y Libia (y por supuesto, Siria) fueron los causantes de la pobreza de sus pueblos. Así que hay una gran esperanza. Pero el proceso que estamos presenciando en Medio Oriente y en el norte de Africa es engañoso. En Why Nations Fail explicamos cómo revoluciones similares llegaron al poder bajo la promesa de un cambio para terminar creando un régimen extractor similar al anterior, a veces con diferentes personas al mando. Esto es debido a la naturaleza extractora de las instituciones que heredaron. La falta de límites significa que los nuevos gobernantes tienen la oportunidad de hacerse cargo de la extracción. Las buenas instituciones son aquellas que crean obstáculos que impiden este tipo de comportamiento. No obstante, también hay lugar para el optimismo: el genio ha escapado de la botella, la gente sabe que puede salir a la calle a protestar y derribar a los regímenes extractores. Esto es muy importante. La situación no es tan mala en Estados Unidos, por supuesto. Así que los manifestantes no tienen que temer por su vida. En todo caso, están jugando un papel similar de movimiento de base, desafiando al sistema político desde fuera. Los movimientos de base de este tipo son muy importantes y son una muestra muy optimista de la capacidad de resistencia que las sociedades demuestran frente a los graves problemas que estamos enfrentando. Se trata de una llamada de atención y pondrá a prueba al sistema. Aunque en última instancia, los movimientos de base no pueden ejercer liderazgo como movimientos de base. Tienen que ser institucionalizados y esto es parte del gran desafío al que también se enfrentan los movimientos sociales de protesta de Medio Oriente y del norte de Africa. Un ejemplo ilustrativo en este contexto proviene de Estados Unidos. Durante la “edad dorada” a finales del siglo XIX, Estados Unidos se enfrentó a problemas similares: la enorme desigualdad económica, la política en manos de una élite rica, instituciones políticas debilitándose día a día. En respuesta a esto se crearon movimientos de base como los Populistas y más tarde los Progresistas. Sus quejas y sus protestas son una reminiscencia del movimiento Occupy o los indignados en España. Pero sobre todo, dejaron de ser movimientos de protesta. Se convirtieron en una enorme influencia, cambiando tanto las instituciones económicas como las políticas de Estados Unidos, cuando llegaron a presionar a ambos partidos mayoritarios. De hecho, una serie de presidentes muy poderosos de ambos partidos (Theodore Roosevelt, William Taft y Woodrow Wilson) eran esencialmente progresistas.

 

AM: Se supone que el libre mercado prospera en un entorno donde el poder político tiene límites marcados. Sin embargo, se expande la idea de que los mercados son demasiado libres y que este es el origen del actual deterioro del sistema. ¿Dónde debemos centrar el debate: más regulación de los mercados o mayor responsabilidad política y separación de poderes?

D.A.: Nuestra opinión es que los mayores peligros provienen de la política. Por supuesto que es importante tener lo que llamamos “mercados inclusivos” en vez de puro laissez-faire. Por lo tanto, cierto grado de regulación es necesaria para los mercados inclusivos, que son la mejor garantía para el crecimiento económico. No obstante, los mercados globales no son incompatibles con la desigualdad económica. De hecho, es necesario cierto grado de desigualdad económica de cara a proporcionar incentivos para la inversión y la innovación. El verdadero peligro es cuando la desigualdad económica se asocia con la desigualdad política.

 

AM: Usted propone que ni la cultura ni la geografía determinan el éxito económico. Sin embargo, algunos señalan que la crisis actual en Europa está poniendo de manifiesto profundas diferencias culturales, las cuales alimentan las asimetrías y evitan que el sueño de un “Estados Unidos de Europa” se materialice. ¿El problema es realmente institucional?

D.A.: Sí, totalmente, es institucional. Obviamente, la cultura interpretada en sentido amplio forma parte de las instituciones políticas. Por ejemplo, lo que puede esperarse de los políticos y de los partidos políticos influirá en cómo la gente se involucre en la política. Al subrayar la primacía de la política y de las instituciones sobre la cultura, estamos haciendo hincapié en que cosas como las culturas nacionales o culturas étnicas son de segundo orden en relación a los incentivos institucionales. No se puede explicar la pobreza de Africa o Haití con la cultura. Del mismo modo, no creo que se pueda explicar por qué Grecia y España se enfrentan a los problemas que hoy se enfrentan con una especie de contraste entre la cultura germánica y la cultura mediterránea. En Grecia, por ejemplo, la gente no trabaja duro y evade impuestos debido a valores inherentes o a alguna disposición étnica hacia tal comportamiento, sino por incentivos. Los políticos crearon un sistema en el que el esfuerzo no era premiado, la evasión de impuestos era fácil (casi se animaba a ella), y el clientelismo hizo que el espíritu empresarial y la innovación fueran menos atractivas. La gran diferencia entre quienes defienden las instituciones y los que se apoyan en la idea de cultura es la siguiente: si las instituciones son la fuente de los problemas, cuando cambien las instituciones, la conducta también cambiará. Si la cuestión es cultural, entonces nada cambiará demasiado con nuevos incentivos. Así que el punto de vista institucional es más optimista. Y podemos ver cómo esto ha funcionado, por ejemplo, en China: los “valores” de China eran muy distintos bajo la revolución cultural de Mao. Mírelos ahora. Me atrevería a sugerir que cambiarían aún más si China fuera políticamente más abierta y más democrática. Lo mismo es aplicable a Grecia y España. Arregle la política, mejore las instituciones, emprenda reformas estructurales que estimulen la inversión y la innovación y favorezca condiciones de competencia equitativas para la población en general. Entonces el pueblo griego y el español serán tan trabajadores y tan innovadores como lo son los europeos del norte.

 

 

 

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