por Eli Clifton & Jim Lobe / Fotos: Brian Snyder / Rick Friedman / Pete Souza
Duro revés para la administración Obama. La inesperada derrota en Massachusetts –el estado de los Kennedy– en manos del republicano Scott Brown, quien aprovechó el fastidio de los votantes para vencer a la demócrata Martha Coakley, quizá invirtió el eje del sistema político. El triunfo de Brown selló un final amargo para el primer año de Barack Obama en la presidencia; además, significó la pérdida de un escaño de vital importancia en el Senado para llevar a cabo una serie de reformas. Algunos sostienen que esto anticipa graves problemas políticos para el oficialismo hacia finales de este año, cuando se realicen elecciones nacionales para renovar asientos en la Cámara de Representantes, el Senado y varios gobiernos estatales.
La reforma del sistema de salud y otras iniciativas fundamentales del gobierno de Barack Obama están en duda luego de que su partido perdiera un escaño clave en el Senado, en una elección especial en el estado de Massachusetts. Los demócratas tenían en su poder 60 bancas en la Cámara Alta, de un total de 100. El sexagésimo escaño era el necesario para frenar cualquier medida de la oposición que frustrara las iniciativas legislativas del oficialismo. Pero el martes 19 de enero, un día antes de que se cumpliera el primer aniversario de la asunción de Obama al poder, la senadora demócrata por Massachusetts, Martha Coakley, perdió frente a Scott Brown, quien le dio a los republicanos su escaño número 41.
Fue especialmente paradójico que la derrota tuviese lugar en una elección especial por la banca que quedó vacía con la muerte del senador Ted Kennedy, un político que muchos consideraban la personificación del demócrata progresista y un defensor de larga data de la reforma del sistema de salud. La mayoría que tenían los demócratas en el Senado era considerada la piedra angular de la campaña de la Casa Blanca para aprobar una serie de proyectos legislativos, entre ellos la reforma del sistema de salud, iniciativas sobre comercio y cambio climático, y una mayor regulación de los mercados financieros.
La sorpresiva victoria de Brown en Massachussets -un estado considerado un baluarte demócrata en general- se atribuye principalmente a la deslucida popularidad de las políticas del gobierno, así como a la incapacidad de Coakley para ofrecer un contrapeso a la estrategia de su rival, que equiparó la campaña a un referéndum sobre el primer año de gestión de Obama. También se estima que influyó en el resultado final el que Obama no haya visitado Massachusetts para hacer campaña y recaudar fondos más temprano durante la contienda electoral.
La derrota de Coakley es el revés más reciente para el gobierno en un año que dejó a muchos demócratas cada vez más abatidos y frustrados por el incumplimiento de las promesas que Obama hiciera en su campaña electoral. En el meollo de los proyectos políticos de la Casa Blanca está la reforma del sistema de salud, que sólo sería posible si los demócratas mantienen el control de 60 votos en el Senado. Pero la muerte de Kennedy y su reemplazo por un republicano genera dudas sobre la capacidad de los demócratas para universalizar la atención médica en este país.
Brown aprovechó la disconformidad del electorado republicano e independiente con el plan oficialista de reforma sanitaria y armó así una alianza de apoyos en Massachusetts, reforzada en buena parte por la caída en los porcentajes de aprobación de las gestiones de Obama y del Congreso con mayoría demócrata.
"Es verdad, un candidato menos inepto podría haber derrotado a Scott Brown, pero si Obama y sus propuestas hubieran sido más populares en Massachusetts, hasta Coakley habría ganado, y por 10 puntos o más", escribió el periodista John B. Judis en la publicación The New Republic. Una encuesta realizada días antes de la elección halló que el 20% de los encuestados en Massachusetts que votaron por Obama pensaban sufragar por Brown. Entre éstos, sólo el 22% aprobaba la gestión presidencial y el 13% respaldaba el proyecto de reforma de la salud.
La resistencia a la reforma sanitaria impulsada por el gobierno tuvo que ver en la pérdida de la sexagésima banca senatorial, pero algunos analistas también culpan a la Casa Blanca por no haberse percatado de lo reñida que estaba la contienda en Massachusetts y del creciente apoyo que recibía la candidatura de Brown. Recién el domingo previo Obama viajó a Massachusetts para apoyar la campaña de Coakley, en la que fue su única visita a la zona con tal fin.
Stephen Walt, profesor de asuntos internacionales en la Universidad de Harvard, atribuyó la derrota a la incapacidad del gobierno para contrarrestar el creciente movimiento del Partido Republicano por frustrar los proyectos políticos del oficialismo. "El gobierno de Obama realizó una campaña magnífica y una tarea excelente al enmarcar los temas y definir su candidato en 2008. Sin embargo, una vez en el poder, pasó inmediatamente de la política en general a las políticas concretas -y existe una diferencia- mientras los republicanos hicieron exactamente lo contrario", escribió Walt en su blog. "En lugar de seguir encuadrando los temas y definir una narrativa clara acerca de lo que estaban logrando, los demócratas permitieron que la maquinaria de ataques de los republicanos construyera una narrativa totalmente ficticia pero efectiva que ayudó claramente a Brown en Massachusetts", opinó.
El presidente Obama reconoció tener parte de la responsabilidad por la derrota, y que su gobierno había perdido contacto con la sociedad estadounidense. "Si hay algo que lamento este año es que estuvimos tan ocupados simplemente haciendo cosas y lidiando con las crisis inmediatas... que creo que perdimos algo de ese sentido de hablar directamente con el pueblo estadounidense acerca de cuáles son sus valores fundamentales y por qué tenemos que asegurarnos de que esas instituciones estén a la altura de esos valores", dijo Obama al periodista George Stephanopoulos, del noticioso de la cadena de televisión ABC.
La frustración del electorado demócrata crece mientras la Casa Blanca parece paralizada por los desafíos de la política exterior, particularmente por la guerra en Afganistán y los intentos fallidos por mejorar las relaciones entre Israel y Palestina, y por una política interna cada vez más definida por la incapacidad del oficialismo para lograr que se apruebe la reforma del sistema de salud.
La victoria de Brown cerró un año que comenzó con la asunción de Obama, con la aprobación del 62%, y con el control de los demócratas en el Congreso, pero que terminó con la pérdida de la banca que les otorgaba la mayoría necesaria en el Senado, una política exterior y nacional estancada, y la popularidad del presidente en torno al 50%. Mientras los analistas procuran comprender las consecuencias de los comicios en Massachusetts, los demócratas pretenden hallar las culpas por la pérdida de Coakley.
El demócrata conservador Lanny J. Davis acusó al ala izquierda de su partido. "Nosotros los liberales debemos recuperar el Partido Demócrata con las posturas neodemócratas de Bill Clinton y las aspiraciones de bipartidistas de Barack Obama, un partido dispuesto a negociar con los conservadores y los republicanos aunque eso signifique reformas graduales de la atención médica y otros temas que no necesariamente impliquen soluciones con una gran intervención estatal", escribió Davis en el periódico Wall Street Journal.
Sin embargo, Robert Borosage, presidente del centro de investigación Institute for America's Future, discrepa con esa opinión. "Obama llena la Casa Blanca y su equipo económico con ex funcionarios de Clinton, dedica un tercio de su plan de estímulo a recortes fiscales ineficaces, rescata a los bancos sin reorganizarlos, pierde meses buscando el respaldo bipartidista a la atención médica... e insiste en gravar las prestaciones de salud y no a los ricos. ¿Y la culpa es de la 'izquierda'?", escribió en el blog de su organización.
En los próximos días, Obama deberá reconsiderar con cuidado sus opciones políticas luego de la fuerte bofetada que su gestión recibió en Massachusetts. Aunque en este momento los demócratas lamen sus heridas y procuran definir por qué el abrumador respaldo político que tenían hace un año parece mostrar señales de desmoronarse. El portavoz de la Casa Blanca, Robert Gibbs, resumió la reacción de Obama ante la reñida contienda electoral en Massachusetts: "No está contento".
El peso de la derrota en el exterior
El hecho de que Obama comience su segundo año en el cargo más debilitado políticamente a nivel interno seguramente también reducirá su libertad de acción en la escena internacional. Sin una mayoría a prueba de obstrucciones en la Cámara Alta, será más difícil aprobar una importante ley para reducir las emisiones de gases invernadero de Estados Unidos, que la mayoría de los observadores ven como necesaria para que se alcance un nuevo tratado internacional vinculante sobre cambio climático que tome el lugar del Protocolo de Kyoto.
Lo mismo se aplica en gran medida a las esperanzas de Obama de lograr la ratificación del largamente pendiente Tratado para la Prohibición Completa de los Ensayos Nucleares, que expertos consideran clave para la credibilidad de la ambiciosa agenda contra la proliferación atómica que presentó al detalle en un discurso en abril de 2009.
Para prevalecer en ambos temas, Obama tendrá que invertir un precioso capital político, incluso para atraer demócratas conservadores, que forman el sector más vulnerable de cara a las elecciones legislativas de mediados de noviembre, ni que hablar a miembros del Partido Republicano. Una demora o un fracaso en estas iniciativas significarían un duro golpe a su credibilidad internacional, especialmente entre los aliados europeos de Washington, y a sus esfuerzos para promover una mayor cooperación multilateral.
Asimismo, la percibida debilidad de Obama y las preocupaciones electorales de los demócratas en el Congreso legislativo seguramente le restarán fuerza para presionar a Israel a que haga compromisos significativos en una propuesta "solución de los dos estados" con los palestinos, a pesar de las afirmaciones de su enviado especial, George Mitchell, de que Washington espera concluir un acuerdo dentro de dos años.
Pero la continuada parálisis en ese frente, sin embargo, preocupa profundamente a muchos funcionarios de la administración y expertos independientes, quienes creen que debilita las fuerzas moderadas en todo el mundo árabe y más allá, para beneficio de Irán y Al Qaeda. Algunos, incluso los aliados árabes más cercanos a Washington, alertan sobre una posible nueva Intifada, dependiendo de cómo Estados Unidos e Israel reaccionen. Ese levantamiento podría elevar el sentimiento antiestadounidense en la región a los niveles sin precedentes alcanzados por el gobierno del ex presidente George Bush.
Mientras, la fragilidad de la situación política en Irak, especialmente tras la proscripción de candidatos sunitas por parte de la comisión electoral, causa temores de que renazca una nueva guerra sectaria. Especialistas alertan que la crisis podría obligar a Washington a revisar por completo su estrategia. Al mismo tiempo, altos funcionarios militares estadounidenses predicen un año sangriento en Afganistán. A la vez, la OTAN intenta revertir la percepción de que la insurgencia de los talibanes está ganando la guerra.
Sin embargo, es Asia Pacífico la región que le ofrece al gobierno de Obama los mayores desafíos a largo plazo. Luego de casi 15 años de relativa calma, las relaciones entre Estados Unidos y China podrían ingresar en una seria tensión, ante acusaciones de censura y espionaje por internet contra Beijing, y las protestas chinas contra Washington por un acuerdo de venta de armas a Taiwán. Al mismo tiempo, la victoria electoral del Partido Democrático de Japón, cuya plataforma de política exterior llamaba a revisar las relaciones de seguridad con Estados Unidos y estrechar vínculos con Beijing y el resto del continente asiático, también causa inquietud en Washington.
Se vienen días difíciles para Obama, sin duda.
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