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Martes 17 de Julio de 2012

Egipto

Primavera con tormentas

por Adam Morrow / Fotos: Abdel Rashad / Hosni Hossam

Después de vencer al ex primer ministro, Ahmed Shafiq, y a pesar de la histórica victoria, Morsi deberá afrontar grandes desafíos bajo el régimen del consejo militar: este organismo acaba de aprobar nuevas restricciones a la autoridad del presidente entrante y, además, conservará el control del presupuesto y de la legislación de Egipto.

El flamante presidente de Egipto, Mohamed Morsi, de la Hermandad Musulmana –la histórica organización islamista fundada en 1928 y que ha pasado la mayor parte de su historia entre la represión y el ostracismo–, deberá sortear varios y duros obstáculos políticos en un país con un fuerte dominio del ejército. Luego de jurar el sábado 30 de junio el cargo ante la Alta Corte Constitucional, Morsi se ha transformado oficialmente en el quinto presidente de la República, pero el primero elegido democráticamente y el primer civil que asume el cargo desde que los oficiales libres comandados por Gamal Abdel Nasser dieran el golpe de Estado en 1952 para deponer al rey Faruk. La asunción ha sido retransmitida en directo por la televisión pública egipcia, por lo que quedará registrada en la memoria colectiva del país como uno de los momentos más simbólicos del proceso de cambios profundos que puso en marcha la rebelión de enero y febrero de 2011.

 

La comisión electoral anunció finalmente el domingo 24 de junio el resultado de la controvertida segunda vuelta de las elecciones presidenciales, realizadas los días 16 y 17, entre Morsi y su rival Ahmed Shafiq, el ex primer ministro del régimen de Hosni Mubarak (1981-2011), dirigente del entonces gobernante Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas (SCAF, por sus siglas en inglés). Morsi ganó con el 51.7% (unos 13,2 millones votos) contra el 48.3% de Shafiq (unos 12,3 millones). Sin embargo, incluso antes de que fuese formalmente nombrado presidente, se tuvo que enfrentar a enormes inconvenientes políticos debido a una serie de recientes decisiones judiciales y decretos militares que socavan considerablemente el Parlamento y la presidencia.

 

El 14 de junio, la Alta Corte Constitucional (HHC, por sus siglas en inglés) dictaminó que la ley de elecciones parlamentarias –que reguló las elecciones legislativas del año pasado– era inconstitucional. Al día siguiente, el SCAF ordenó la disolución de la Asamblea Popular (la cámara baja del democráticamente elegido Parlamento de Egipto), la mitad de la cual estaba en manos del Partido Libertad y Justicia, en el que se expresa políticamente la Hermandad Musulmana. La medida dejó a expertos legales rascándose la cabeza. “El fallo no presentó ninguna justificación legal para disolver toda la Asamblea. El tribunal sólo encontró que un tercio de los escaños, los reservados a dirigentes independientes pero impugnados por candidatos con afiliaciones partidarias, eran cuestionables”, manifestó Atef al-Banna, profesor de derecho constitucional en la Universidad de El Cairo.

 

No obstante, el consejo militar fue más lejos el 17 de junio cuando emitió un “apéndice” a la Declaración Constitucional (presentada por el SCAF en la estela del levantamiento de la plaza Tahrir el año pasado y aprobada mediante referendo popular). Divulgado al cierre de las urnas después de la segunda ronda de las elecciones presidenciales, y antes del conteo de votos, el apéndice amplía considerablemente los poderes del SCAF a expensas del Parlamento y, más importante aún, de la presidencia. Por un lado, transfiere plenos poderes legislativos junto con el control sobre el proceso de redacción de la constitución, de la ahora disuelta Asamblea del Pueblo al SCAF. En segundo lugar, traspasa grandes prerrogativas ejecutivas, incluido el poder de declarar la guerra, de la presidencia al consejo militar; y en tercer lugar, estipula que el nuevo presidente deberá prestar juramento, en ausencia de un parlamento operativo, ante la Alta Corte Constitucional.

 

“Este 'apéndice' hace de Egipto un Estado militar dentro de otro aparentemente democrático. De acuerdo con sus términos, el presidente de Egipto tendrá que compartir su autoridad ejecutiva obtenida mediante un mandato democrático con el SCAF. La iniciativa representa nada menos que un golpe blando contra la transición democrática posrevolucionaria”, advirtió el analista político, Abdullah al-Sennawi. Por su parte, Al-Banna no fue menos crítico sobre el apéndice de la controversia: “La Declaración Constitucional del año pasado fue sometida a un referendo popular para su aprobación. Técnicamente, por lo tanto, este apéndice también debe estar sujeto a la aprobación de la ciudadanía”.

 

Desde el 19 de junio, decenas de miles de manifestantes de tendencia islamista encabezados por la Hermandad Musulmana estuvieron acampando en la plaza Tahrir para exigir la reincorporación de la cámara baja del Parlamento, y la cancelación del apéndice constitucional del SCAF. La directiva de que el presidente electo debía jurar ante la Alta Corte Constitucional presentó a la Hermandad Musulmana otro dilema. En los últimos días previos a la investidura, la Hermandad emitió comunicados contradictorios sobre cuál sería la institución ante la cual prestaría juramento Morsi. Algunos decían que lo haría frente al Parlamento disuelto, otros que lo realizaría ante la Alta Corte Constitucional, y otro más, que lo llevaría a cabo en una ceremonia en la plaza Tahrir.

 

El miércoles 27 de junio, la oficina presidencial declaró que Morsi anunciaría definitivamente la ubicación de la ceremonia de asunción al día siguiente. Sin embargo, antes del amanecer del jueves 28, la prensa estatal citó a una fuente oficial diciendo: “Si Morsi no está jurando ante la HHC el sábado 30… el SCAF se reserva el derecho de declarar sin efecto el cargo de presidente”. Ante esto, Shukr reconoció: “Morsi puede haber ganado las elecciones, pero la lucha en curso entre el SCAF y la Hermandad para obtener el control del país está lejos de terminar”.

 

Al final, y flanqueado por Faruk Sultan, presidente de la Alta Corte Constitucional, Morsi juró allí mismo: “Juro por Dios que protegeré de forma sincera el sistema republicano y respetaré la Constitución y el Estado de derecho”. Tras la jura formal, el flamante mandatario se comprometió con el “renacimiento de una nación fuerte, con su pueblo, su historia, sus instituciones y su corte constitucional”. Asimismo, Morsi elogió, a pesar de que fue el órgano judicial que disolvió el Parlamento, la “independencia” y la “eficacia” de la Alta Corte Constitucional, prometió velar por su “libertad” y respetar sus veredictos.

 

Al terminar el acto, Morsi se dirigió a la Universidad de El Cairo para pronunciar su discurso de investidura en un auditorio repleto de personalidades. Entre ellas, Husein Tantaui, el jefe del SCAF; Kamal Ganzuri, el primer ministro saliente; líderes políticos y representantes de las instituciones religiosas. La llegada del séquito presidencial a la universidad donde Morsi se graduó en ingeniería fue recibida con salvas de honor por una unidad del ejército.

 

Tras una ovación por parte del auditorio, Morsi llevó a cabo su tercer juramento y su tercer discurso en menos de 24 horas. Los primeros fueron el viernes 29 de junio en la plaza Tahrir, en la que el aún presidente electo se dio un auténtico baño de masas. Allí, juró que el poder del pueblo está por encima de todo y nadie puede restarle facultades al presidente. Además, prometió hacer lo posible para liberar al jeque ciego Omar Abdel-Rahman, líder espiritual de un grupo de hombres encarcelados en Estados Unidos por un atentado con explosivos en el World Trade Center en 1993. También ofreció liberar a los manifestantes egipcios que han sido detenidos y son juzgados por tribunales militares. Mientras que en su último discurso, Morsi reiteró los ejes centrales del mensaje que repitió durante esos últimos días: su voluntad de construir un país “democrático, civil, libre y moderno”, en el que cristianos y musulmanes convivan en paz.

 

Desde el estrado, Morsi rindió un homenaje a los heridos y mártires de la revolución, algunos de cuyos familiares estaban entre el público sosteniendo grandes fotografías de sus seres queridos. “Hemos conseguido unos logros gloriosos a los que no renunciaremos, y que han nacido del sufrimiento, de la pérdida de más mil mártires. Lo dije y lo repito: la sangre de los mártires está en mi cuello. Este pueblo hizo caer ese injusto régimen y corrigió la marcha de la autoridad de una manera civilizada. Yo les digo a quienes temen que la marcha se desvíe a otros caminos: el pueblo me eligió para que continúe”, expresó entre los vítores de los asistentes.

 

En su mensaje, perfectamente medido, Morsi exteriorizó su respeto a las Fuerzas Armadas, a las que agradeció su papel en la gestión del país durante la fase transitoria. Ahora bien, recordó que el Parlamento, disuelto tras una sentencia de la Alta Corte Constitucional, es quien detenta la soberanía popular. “El ejército es el escudo del país, y volverá a ejercer sus funciones de proteger las fronteras y la seguridad nacional”, proclamó ante la atenta mirada del mariscal Tantaui. A pesar de que aún no están perfilados de forma clara cuáles serán sus competencias, la investidura de Morsi encarna un auténtico seísmo en la escena política de Egipto. Y es claro que, dada la importancia geoestratégica del gigante árabe (85 millones de habitantes), su onda expansiva se hará sentir en toda la región.

 

En el frente internacional, el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, envió una carta al flamante presidente para pedirle que respete el tratado de paz firmado en 1979 por los dos países, según indicó un alto funcionario israelí. En esta misiva, Netanyahu destacó “el deseo de Israel de continuar la cooperación y fortalecer la paz”. A su vez, el presidente israelí, Shimon Peres, dirigió un mensaje de felicitación a su homólogo egipcio, en el que subrayó que “al contrario que la guerra, la paz es una victoria para las dos partes”. Desde el anuncio de su victoria, Morsi se comprometió a respetar todos los textos internacionales firmados por Egipto, entre ellos el que rubricó para establecer la paz con Israel: “Llevamos un mensaje de paz al mundo y con él llevamos un mensaje de rectitud moral y justicia. Y como siempre hemos prometido, hacemos hincapié en el compromiso de Egipto con los tratados y acuerdos internacionales. Cumpliremos con dichos tratados y acuerdos”.

 

La llegada de Morsi al palacio presidencial simboliza el ascenso de una nueva clase social en Egipto, imposibilitada hasta hace poco del ejercicio de cualquier resorte de poder. La gran pregunta que se efectúan los egipcios es hasta qué punto el arribo de los islamistas a la cúspide del Estado causará cambios notables en su vida cotidiana. Probablemente, ello dependa del pulso que libren la Hermandad y la cúpula del ejército por ejercer el poder real, más allá de su aspecto puramente formal.

 

 

 

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