por Cynthia Sabat / Fotos: Kim Kulish
El antiguo sueño de una biblioteca mundial está tomando forma a la altura de los tiempos que corren. En la sede de la UNESCO en París, hace unas semanas fue presentada en sociedad la Biblioteca Digital Mundial (BDM), un proyecto precursor a la hora de consignar en una vasta colección multimedia manuscritos, mapas, libros, películas, grabaciones sonoras, fotografías y grabados, y disponerla en la web, apta para todo público y de forma gratuita. Todas estas buenas nuevas no frenan la serie de frentes que abre tanto el cambio de soporte –¿cómo eran y cómo son las prácticas físicas y espirituales en torno a la lectura?– como la pelea por el mercado de la impetuosa e-lectura. ¡A leer digitalmente que se acaba el mundo!
El futuro ya llegó. Esta frase dicha y escrita tantas veces, comienza a resonar como un eco metálico y amenazante en los pasillos silenciosos de las grandes bibliotecas. Asaltadas por los fabulosos avances tecnológicos de los últimos años, las editoriales se vieron de repente obligadas a replantearse todos sus supuestos, todas sus previsiones. Con más incertidumbre que optimismo, con más miedos que convicciones, hoy los editores se ven inmersos, al igual que los escritores y los lectores, en una confusión propia de un momento de cambio profundo, que puede compararse a ese hito en la historia de la humanidad que fue la creación de la imprenta por Johannes Gutenberg.
A la luz (y a las sombras) de la primera década del nuevo milenio, un sueño que marcó el desarrollo de la civilización se renueva: el de una biblioteca total. Una biblioteca que contenga todos los libros producidos por el hombre en todas las épocas, en todos los idiomas y al alcance de todos. Lo paradójico es que esta idea tome semejante fuerza en la que para algunos es “la era del fin de las utopías”, y cuando una lectura superficial de la realidad podría arrojar la conclusión de que se lee cada vez menos. Nada más falaz que esta afirmación: en la actualidad se escribe y se lee como nunca antes en la historia. La revolución que se viene produciendo tanto en los soportes de lectura como en sus prácticas, llevó a algunos a decretarle la muerte prematura al libro, y a subestimar el papel de los blogs, los diarios electrónicos y las redes sociales.
En tiempos de crisis todo lo sólido se desvanece en el aire y, más que intentar dar respuestas, lo mejor será preocuparse por formular las preguntas correctas. ¿Qué ventajas tiene aún hoy el libro tal como lo conocemos?; ¿los lectores se terminan o transmutan?; ¿la idea de un “original” de la obra literaria o artística llegó a su fin?; más allá de las fantasías, ¿es posible una biblioteca total?
Alejandría, siglo XXI
La idea de la Biblioteca Digital Mundial (World Digital Library) que acaba de presentarse oficialmente en París nació en 2005. El director de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, James H. Billington, definió el concepto durante un discurso en la UNESCO que tituló “Una visión de la Biblioteca Digital Mundial”. Ese mismo año, Google donó tres millones de dólares para su desarrollo. El objetivo fundamental del proyecto es el de reunir una importante colección de manuscritos, mapas, libros, películas, grabaciones sonoras, fotografías y grabados, y disponerla en la web, sin restricciones para el público y de forma gratuita. Esta colección multimedia de documentos hasta ahora inaccesibles para el público masivo, incluye joyas como la Declaración de la Independencia de Estados Unidos; antiguos manuscritos chinos; mapas del Nuevo Mundo o extrañas películas de los hermanos Lumière de finales del siglo XIX. Además, cualquier usuario alrededor del mundo puede acceder con sólo un click a la Biblia del Diablo, un manuscrito del siglo XIII de gran tamaño, o el Hyakumanto Darani, uno de los primeros documentos en los que se utilizó la técnica de impresión, en el año 764.
El proyecto del que participan empresas como Google y Microsoft, se nutre principalmente del aporte de la Biblioteca del Congreso estadounidense, y conjuntamente de la Biblioteca de Alejandría, la Biblioteca Nacional de Brasil, la Biblioteca Nacional de Egipto, la Biblioteca Nacional de Rusia y la Biblioteca Estatal Rusa. Sus responsables esperan enriquecer el archivo con los aportes del resto de los países, para que el proyecto sea realmente global. Los documentos originales (hasta el momento suman 1.170), en más de 40 idiomas, se presentan clasificados según región del mundo, período histórico, temática o tipo de soporte (manuscrito, libro, revista, grabado, carta, video, grabación sonora o fotografía). Por el momento, la BDM se ofrece en siete lenguas, las lenguas oficiales de la UNESCO (inglés, francés, español, árabe, chino y ruso) más el portugués, pero se espera ampliar la oferta lingüística a medida que avance el proyecto.
Aunque el sitio web se encuentra en su primera etapa, y aún le falta optimizar su navegabilidad, el propósito retoma el espíritu universalista iniciado en el siglo III a. C., con la Biblioteca de Alejandría, que reunió cerca de 700 mil volúmenes. El sistema que se utilizó fue el de exigir a todo barco o caravana que llegaba a la ciudad que dejara los libros que tuviere para ser copiados por sus escribas. ¿Qué hubiera pasado si la Biblioteca de Alejandría y su proyecto hubieran continuado hasta nuestros días? Todavía el misterio rodea las circunstancias de su desaparición. Los estudiosos tienen teorías, no obstante ninguna de ellas logró explicar el enigma. La UNESCO promovió la creación de una nueva Biblioteca de Alejandría, que fue inaugurada en la misma ciudad en 2003.
Cambio de hábitos
Cuando uno escribe “Google Book Search” en Google, la búsqueda arroja 254 millones de páginas en 0,10 segundos. Las primeras que aparecen listadas dan cuenta de los orígenes del proyecto. En noviembre de 2005 ya se anunciaba la intención del motor de búsqueda más popular del mundo de digitalizar 15 millones de libros y ponerlos a disposición de los usuarios. En ese momento, Google contaba con 10 mil obras clásicas online, y las previsiones estimaban que le tomaría una década llegar a aquella cifra millonaria. Hoy, Google Book Search ha extendido su uso a nivel masivo, y lleva digitalizados 7,5 millones de libros de los 55 millones producidos en la historia del hombre.
La empresa es tan extraordinaria, que es casi imposible comprender sus alcances. ¿Quién puede asegurar que vislumbra cabalmente sus dimensiones? Más allá de la avalancha de reparos sobre los vapuleados derechos de autor y de los elogios desmedidos que el proyecto despierta, el lema parece ser “apocalípticos y digitalizados”. Google logró un acuerdo extrajudicial con asociaciones de autores y editores de Estados Unidos para digitalizar libros y vender su lectura online, tomando a sus autores como socios. Más allá de las polémicas que plantean las estrategias conquistadoras de Google, algo es seguro: el acceso a los libros ha cambiado para siempre.
José Burucúa es doctor en Historia del Arte y usuario de Google Book Search. Como investigador académico se acostumbró a utilizarlo en sus tareas diarias. “Estoy trabajando en un proyecto para el cual necesitaba acceder a un libro de egiptología de 1740, y lo encontré en Google Book Search. El hecho de que haya una cantidad inmensa de libros a disposición en la web genera una actividad y un intercambio imposible de calcular”, y afirma sin dudarlo: “No hay nada comparable en la historia de la humanidad“. Burucúa no es de los escépticos, ni siquiera de los cautos: cree que los beneficios del proyecto son tan contundentes que prácticamente no ve peligros en el horizonte. Lo que subraya es que estos cambios, lejos de negar al objeto libro, impulsan a reflexionar a fondo acerca de la relación entre el lector y su texto. “No es una relación abstracta; el texto siempre llega al lector por alguna vía y en algún soporte, que puede tener una gran incidencia en su relación con el texto. El libro como soporte brinda una experiencia de lectura que impregna lo que el lector logre captar del texto. Puede hacer anotaciones al margen, puede doblar la punta de la hoja, por ejemplo. Si uno accede al texto por medio de una pantalla la experiencia es completamente distinta. La posibilidad de tener un acceso ilimitado al texto brinda una libertad y una autonomía casi absolutas. Esto nos hace pensar acerca de qué significa poseer un libro y leerlo, o qué significó en el pasado tener un rollo y leerlo. ¿Cómo eran y cómo son las prácticas físicas y espirituales en torno a la lectura? Estos cambios renuevan los estudios acerca de la historia de la lectura.”
Hoy compiten la seguridad que brinda manipular un objeto noble y conocido (el libro), contra las ventajas que brinda la nueva posibilidad de búsqueda de información tanto dentro de un libro digital como entre varios.
Volver al futuro
Quizás el nombre no sea fácil de recordar, pero ya le es familiar a quienes han incursionado en el mundo del e-book. El Kindle DX es la tercera generación de lectores de libros y contenidos digitales lanzada por Amazon, que puede almacenar 3.500 libros (dos mil más que su antecesor, el Kindle 2). Con una pantalla de 9,7 pulgadas y 1200 x 824 píxeles de resolución, en lo que supone un aumento del 60% respecto a su predecesor. Amazon lleva vendidos 800 mil unidades de las primeras dos versiones, y cree que este hermano mayor extra large que acaba de lanzar será un éxito.
La batalla por el mercado de la pujante e-lectura está al rojo vivo: el Sony Reader innovó en su diseño y tamaño de pantalla (6 pulgadas), pero deberá aggiornarse en su próximo lanzamiento; Plastic Logic trabaja a contrarreloj para presentar en 2010 su dispositivo de papel digital, con una pantalla de 8,5 por 11 pulgadas; el iLiad de iRex Technologies ofrece wi fi (algo que el flamante Kindle DX también brinda como ventaja, además de poder recibir nuevos libros en 60 segundos). Pero la batalla no es batalla si no se suma Apple: el mundo tecnológico apuesta a que, cuando lo haga, pondrá en jaque a sus competidores e innovará completamente el segmento.
Los lectores digitales permiten acceder a diarios, blogs y libros, y la experiencia de lectura depende de la claridad con la que se puede leer en pantalla. Ahora bien, ¿cuál es el rol de las editoriales en este contexto? Robert Baensch, consultor especializado en la industria editorial, aseguró recientemente que las editoriales tienen que entender que el libro impreso y encuadernado es solamente uno de los formatos posibles. De la misma manera que la industria discográfica y la cinematográfica tuvieron que reformular sus negocios a partir de la explosión digital, también la industria editorial tiene ahora que asumir el desafío. “Las publicaciones científicas ya comprendieron el tema. Ellas fueron las primeras en saber que debían manejar una combinación de textos impresos y textos online”, señaló Baensch. “Nos llevó tres mil años pasar del papiro al pergamino; después otros 1.500 años para hacer la transición al papel. En cambio, el pasaje de papel a píxeles requirió sólo tres décadas”, remarcó el especialista, advirtiendo que esta aceleración exponencial hace que las predicciones hacia el futuro siempre sean inciertas.
A la vez, el paradigma digital no deja de plantear sus dilemas. Mientras los cambios desconciertan por su velocidad y su imprevisibilidad, como un virus que muta de forma aleatoria a la velocidad de la luz, la saturación que produce daría la impresión de no resignar lugar para la sensibilidad, para los sentimientos ligados a la lectura. Alejandro Piscitelli, filósofo e investigador de nuevas tecnologías, lo advirtió de esta manera: “Si el fin de la lectura sobre papel asusta, es porque para muchos leer no es sólo conocer, sino que leer es sentir, pensar, imaginar, creer y sobre todo autoconstruirnos socialmente en el mundo del sentido y el simbolismo, y finalmente prepararnos para participar de las conversaciones que nos hacen humanos”.
Roger Chartier es el intelectual que ha estudiado con más profundidad y curiosidad las transformaciones en los soportes y los hábitos de lectura y escritura a través del tiempo. En una conferencia que brindó a fines de los 90 sugería que el texto electrónico podría hacer posible el sueño de Alejandría, y entreveía un futuro del libro tal como lo conocemos y el texto electrónico “en coexistencia no necesariamente pacífica”. Asimismo reparó en que esta revolución se da tanto en el soporte como en la práctica de lectura, y notó la recuperación de un gesto. “Al leer en la pantalla el lector contemporáneo recupera algo de la postura del lector de la antigüedad, pero –con una diferencia que no es desdeñable– lee un rollo que se desenrolla verticalmente y que está dotado de todos los puntos de referencia propios a la forma que tiene el libro desde los primeros siglos de la era cristiana: paginación, índice, tablas. El cruce de las dos lógicas que han regulado los usos de los soportes anteriores de lo escrito (el volumen, luego el códice) define entonces, de hecho una relación con el texto totalmente original.”
En la idea de “sueño” de la biblioteca total está la fantasía, el espejismo, la ilusión óptica. Los miles de libros que caben en la palma de una mano han sido privados por la tecnología de su materialidad y su singularidad, de su olor a viejo, de la textura de su tapa, y de la belleza de su lomo. Tampoco son capaces de retener las marcas de alguien que lo leyó antes que nosotros. La posesión de tantos libros como el deseo pretenda será el alivio para una secreta legión de lectores melancólicos.
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