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Jueves 26 de Agosto de 2010

Emily Blunt

Reina y diablo

por Gonzalo Paz / Fotos: Julia Wyatt

El origen fue una pequeña disfunción al hablar, hoy es una de las gemas del cine mejor tratadas por la crítica y sus pares. Con menos de una década como actriz, la británica logró posicionarse ante el gran público por sus roles maquiavélicos, tan viperinos como adorables, en The Devil Wears Prada y My Summer of Love. Lejos de estancarse, Emily Blunt regaló facetas impensadas en The Young Victoria y The Wolfman. Siempre seductora, recientemente casada, simple y despreocupada, se divierte cuando en la calle alguien la confunde con una prima lejana.

Acaso Emily Blunt (Londres, 1983) no reúna dos de las condiciones fundamentales para lograr el preciado título de America's Sweetest Heart. La primera -obvio- tiene que ver con su lugar de nacimiento. La segunda es un tanto más sutil. Allí donde Amy Adams y Anne Hathaway -dos ex colegas con las que compartió escenas en The Devil Wears Prada (2006) y Sunshine Cleaning (2008)- le ganan por varias yardas: cierta inocencia en la mirada, una bondad rebosante en sus mejillas. La malvada perfecta sabía dónde radicaba el secreto de su éxito: "Tengo ojos de zorro. Cuando estaba en la escuela decían: 'Emily nunca podrá ser presidenta del curso porque nunca se sabe en qué está pensando'". Acaso, la británica nunca llegaría a ser la novia ideal de los norteamericanos, pero sin dudas podría ocupar el lugar de la amante perfecta. Una escena en Charlie Wilson's War (2007) bastó para que ocupara ese sitial, rodeada de humo y una camisa que dejaba entrever un sostén de encaje blanco.

 

Cuando parecía que a Emily se la encasillaría -algo que Hollywood sabe hacer a la perfección- en roles maquiavélicos, manipuladores y adorables, la actriz sorprendió con su portarretrato de una monarca adolescente en The Young Victoria (2009) ("Una muchacha joven, enamorada, impulsiva, rebelde y con un rol a desempeñar, un trabajo para el que no sabe si está preparada. Me vi completamente reflejada") y su Gwen Conliffe, la musa de Benicio Del Toro en The Wolfman. La caja de pandora se ha abierto y sólo Emily conoce qué más se esconde allí.

 

De su núcleo familiar se sabe que es la segunda de cuatro hermanos, que su padre es un reputado abogado criminalista y que su madre, ex aspirante a actriz, es maestra. Incluso que su tío paterno es un político conservador. A los 8 años recibía una rigurosa educación en Ibstock Place School, por ese entonces sus padres percibieron un pronunciado tartamudeo en su hija. "La cosa era tan grave que prácticamente dejé de hablar. Era muy difícil para mí porque, en realidad, era muy entrometida y tenía muchas cosas que quería decir, así que intentaba empujar las palabras hacia afuera, pero era muy frustrante", recordó. Su madre la llevó a fonoaudiólogos y terapias de relajación aunque sin buenos resultados.

 

Un profesor sugirió que Emily probara suerte en una obra escolar. "Hablar sobre el escenario me aterrorizaba, pero mi maestro era brillante y me dijo: '¿Por qué no lo intentas con un acento del norte de Inglaterra?'. Lo hice y de esa manera me distancié de mi dificultad. Al hacer un personaje con otra voz, me liberé." Ya sin esa atadura, en la escuela de Hurtwood House Blunt se destacó en deportes, canto, cello y teatro; así fue como un agente la contactó a los 17 años al verla actuar en un festival de teatro en Edinburgh.

 

Emily tuvo su rito de iniciación en series históricas de la BBC y en 2001 compartió tablas con Judi Dench en The Royal Family. "Estaba asustada por trabajar con Judi, pero en cuanto la conocí, me di cuenta de que era amable y cálida. La miraba actuar y manejarse con la gente. Tiene una gracia natural, pero, al mismo tiempo, es bastante traviesa. Me hacía reír mucho." El rol que la catapultó fue el de Tamsin en My Summer of Love (2004). Una fría y malcriada niña rica que enamora a una compañera de escuela. La película sobre "esa atracción irrefrenable que muchas chicas sienten hacia otras chicas de actitudes más firmes", le allanó el terreno para otro papel complicado como la hija de Bill Nighy en la serie televisiva Gideon's daughter.

 

Por ser Natasha obtuvo un impensado Globo de Oro a la par del éxito por The Devil Wears Prada -rol que le valió su segunda nominación a ese premio, y este año volvió a serlo por su Victoria-. En la comedia encarnaba a la pelirroja, anoréxica, nerviosa y devota asistente de Meryl Streep, tan extrema y graciosa que Entertaiment Weekly la catalogó como la mejor "roba escenas" de esa temporada. Para ese entonces, Blunt había elegido Vancouver para vivir con su novio, el crooner Michael Bublé. Pero al susceptible cambio de papeles en el cine, le siguió una nueva relación con el actor John Krasinski -acaban de pasar por el altar en una ceremonia privada- y una nueva casa en esa ciudad de Canadá. Aunque nunca puede separarse del todo de Londres.

 

Así, entre novedades y tradiciones, Blunt llega en este mes a las salas de cine con The Adjustment Bureau, una película de suspenso, romance y ciencia ficción basada en un cuento corto de Philip K. Dick. Su coestrella es Matt Damon, quien interpreta a un político en ascenso que debe decidir entre un destino predeterminado o el amor a primera vista con una bailarina. El objeto de deseo es, una vez más, Emily Blunt.

 

ALMA MAGAZINE: En muy poco tiempo has estado en proyectos cinematográficos de alto perfil, ¿cómo te ha sentado toda esta vorágine?

EMILY BLUNT: No sé si lo asimilo de esa forma. Sé que ha sido terriblemente divertido. Soy muy feliz de haber estado embarcada en películas de bajo presupuesto porque soy fan de ellas y porque creo que los mejores guiones están ahí. Pero también soy devota de películas de alto presupuesto como Gulliver's Travels. Me atrajo mucho ya que es inteligente y graciosa. Cualquier cosa que tenga un alto perfil sin tener como prioridad su presupuesto me convence. Estoy en búsqueda de eso.

 

AM: ¿No te sientes cansada en algún momento?

E.B.: Los últimos años fueron un viaje muy fuerte, y creo que estoy lista para un descanso. Es surrealista. Tuve la posibilidad de trabajar con los mejores actores que hay por aquí. En The Wolfman, por ejemplo, actué con Benicio Del Toro y Anthony Hopkins, a quienes admiré durante mucho tiempo. Y ahora acabo de trabajar con Matt Damon. La magia de esta profesión es la camaradería que fomentas, cómo aceleras las amistades. Perteneces a una familia disfuncional y después les dices adiós. Disfruté cada una de las películas de las que he participado. Son todas diferentes. Mientras pueda hacer papeles distintos, seré feliz.

 

AM: ¿Cómo fue interpretar a una bailarina en The Adjustment Bureau?

E.B.: Fue muy duro. De lo más difícil e intimidante que he tenido que hacer. Es una experiencia de mucha exposición en la que tienes que alcanzar algo excelso. Y la verdad es que no sé si soy una persona tan meticulosa. Tuve miedo de quedar como una idiota mientras me enseñaban los pasos. Estaba como: "No puedo hacer eso, sabes que no puedo, no hay forma de que baile en puntas de pie y que no me caiga sobre mi trasero". Pero es una experiencia hermosa de atravesar, sobre todo cuando ves el resultado. Gracias a Dios no fue ballet tradicional porque ahí sí que hubiese quedado hecha trizas. Lo que me gusta de la danza es que toda tu vida se percibe en la forma en que bailas, y eso es muy cercano a la actuación.

 

AM: Además has incorporado algo nuevo a tus habilidades...

E.B.: Mandé a construir una barra en mi casa. (Risas) La verdad es que no sé si incorporo herramientas nuevas. A veces sí. Se quedan contigo de alguna forma. Has succionado esa información. Pero para ser honesta, lo de la danza fue mucho. Me encanta comer y no puedo lucir como una escultura. Así se ven los bailarines. Son increíbles.

 

AM: Has dicho que te gusta hacer papeles diferentes. Sin embargo, en tus comienzos te has hecho notar por roles de arpía aunque en un punto queribles. ¿El cambio de papeles fue algo premeditado?

E.B.: Siempre busco personajes que estén un poco fuera de foco. Me gusta interpretar a gente complicada y difícil de definir en una sola mirada. Sé que buscaba roles más dramáticos, pero siempre me ofrecían comedias. ¡Dios! Imagina si tengo que hacer a Emily por el resto de mi vida (N. del R.: su personaje en The Devil Wears Prada). Sería horrible. Aunque fue una bendición hacer ese filme. Sentí una diferencia cuando se estrenó. La gente empezó a relacionarme con un éxito y como los productores miran los números... Puedes ser la mejor actriz para determinado papel, pero si antes no has participado de un filme taquillero es difícil que te elijan. Recuerdo que decidí interpretar a Emily más allá del límite. Me la imaginaba neurótica pero tierna en un punto. Su trabajo se había vuelto su vida y eso siempre es algo malo. Es un personaje maravilloso. Con Stanley Tucci hicimos una apuesta: quién sobreactuaría más con su papel. Debo decir que le gané.

 

AM: Meryl Streep habló maravillas de ti y de Anne Hathaway, ¿fue tu madrina en alguna forma?

E.B.: Que alguien como Meryl diga eso es increíble. La admiro tanto. Me asombra cómo separa su faceta pública de su vida privada pese a llevar tantos años en primera línea, recibiendo premios y premios. Ha sabido encontrar el equilibrio perfecto para ella y los suyos. Recuerdo que antes de empezar a rodar, tras una lectura de guión, nos dijo a mí y a Annie que era un placer trabajar con nosotras, que éramos estupendas y que eso era la última cosa amable que nos decía hasta que hubiésemos terminado la película. (Risas)

 

AM: En cierta forma todo se ha dado de un modo muy natural, ¿hubo algún papel por el que peleaste con uñas y dientes?

E.B.: El de la reina Victoria, sin dudas. Fue mi primer protagónico absoluto. Y el primer rol por el que luché de verdad. Y eso que de pequeña no soñaba en ser princesa ni me imaginaba vestida de novia camino al altar. Yo era uno más de los niños: sucia y en pantalón corto. Y detestaba el color rosa.

 

AM: ¿Qué era lo que más te atraía del personaje?

E.B.: La gente se olvida de que la reina Victoria fue en algún momento una adolescente. Pero era rara en el sentido de que no manejaba muy bien el protocolo ni cumplía con los ritos sociales. Tenía un carácter fuerte e impulsivo. De alguna manera era mucho más moderna que sus contemporáneos.

 

AM: ¿Te seducía hacer un filme de época con todo ese vestuario? ¿Ayudó para meterse en el personaje?

E.B.: ¡El corsé! Intenta mostrarte joven, alegre y enamorada con algo oprimiéndote el cuerpo y machacando tus órganos internos. Es horrible. Doloroso. Pero ayudó para que consiguiese esa sensación de desasosiego.

 

AM: La reina Victoria pasó en muy poco tiempo a ser una de las mujeres más conocidas del mundo. ¿Cómo te llevas con la popularidad repentina?

E.B.: Es algo que viene con el oficio. Es decir, amo ser actriz, es un trabajo maravilloso y sé que tengo mucha suerte. Pero también sé que toda rosa tiene sus espinas. Y la notoriedad viene en el mismo paquete. O la tomas o la dejas. Aprendes a golpes que no tienes que hablar de todo. Ahora estoy aquí, luciendo mi faceta pública, pero ésta no soy realmente yo.

 

AM: ¿Qué te ayuda a mantener los pies sobre la tierra?

E.B.: Estar en Londres, por ejemplo. Mi hermana mayor vive a una calle de mi casa y ¡allí puedo pasear! ¡Encontrarme con gente por la calle! En Los Angeles nadie anda a pie. Es un lugar pensado para los autos. Si me reconocen, piensan que fuimos juntos a la escuela o que alguna vez trabajamos en el mismo lugar. Nadie logra identificarme. "¿No eres mi prima, esa que no veo hace mucho, mucho tiempo?" Pocos me han dicho: "¿Eres Emily Bunt, verdad?". (Risas) La cosa es más bien: "¿Tú salías en The Devil Wears Prada, no? Sí... pero era la otra asistente. ¡La que no era Anne Hathaway!". Y a veces me reconocen por los paparazzis.

 

AM: ¿Es algo a lo que no te acostumbras?

E.B.: No me molestaban hasta que me tomaron unas fotos con John (Krasinski) dentro de Whole Foods. Fue abusivo. Un atraco. Son como ladrones con cámaras. Y es, de hecho, lo que son. No me enojo tanto, entiendo que para ellos es parte del trato... Pero después tienes que masticar bronca cuando tu hermana te cuenta que en YouTube hay un video en el que estás en un café y al que filma le dicen: "Haz un zoom entre sus piernas". Y pueden hacer ese maldito zoom. Más allá de eso, no me veo con guardaespaldas. No los necesito ni tengo el deseo de tenerlos. Es una opción muy simple de vida. No quiero que mi curiosidad por las cosas se altere por ellos. Da un poco de miedo pensar que puedes perder el interés por los paparazzis. El mundo es un lugar hermoso y perdería ese sentido para mí si me volviese algo así como una celebridad.

 

AM: ¿Cuánto se encarnan en ti los personajes?

E.B.: Muchísimo. Realmente es muy cansador. Por eso trato de hacer cosas distintas. Es interesante porque cuando terminas de hacerlo, debes decirle adiós a algo en lo que te has convertido. Es un mundo muy interesante e intenso. Y al terminar la filmación, llega la fiesta donde alguno de la producción, completamente borracho y que nunca te ha hablado, te dice que se ha enamorado de ti. Es un desquicio. Debes seguir adelante y esperar que los nuevos roles te levanten como tú los levantas a ellos. Pero es agotador en una primera instancia. No siento que trabaje demasiado. De verdad. Mi hermana, por ejemplo, trabaja todos los días. Actuar no requiere de eso. Y no es una mala profesión: un día estás vestida de Prada y, al siguiente, te ponen una corona. ¿Qué más se puede pedir?

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