por Eric Hazan / Fotos: Gentileza Errata Naturae
De la defensa de París de 1814 a las revueltas que estallaron recientemente en la periferia parisina, pasando por las jornadas de junio de 1848 y de la Comuna de 1871, por el París de los desarrapados de Baudelaire, por los oscuros días de la Ocupación nazi o por las discutibles y últimas “renovaciones” de la ciudad. Gracias a un conocimiento exhaustivo de los diversos barrios de la capital francesa, así como de la historia política, social y artística de cada uno de esos lugares, Eric Hazan nos propone un ensayo que es, además, una suerte de guía de viaje con la que avanzar, calle a calle, por un París cuya fuerza insurgente se trasforma sin pausa mientras sigue, a un tiempo, intacta. Una reflexión lúcida e imprescindible sobre la estructura urbanística de París, que analiza sus sucesivas transformaciones en relación a un aspecto concreto: su potencial subversivo y las diversas estrategias que han tratado de aplacarlo a través de la propia reconfiguración de la villa. Aquí las páginas que abren París en tensión.
"¡Por desgracia, el viejo París desaparece con una rapidez aterradora!" Balzac lo escribió al comienzo de Los pequeños burgueses a propósito del torniquete de Saint-Jean, "ingenuo detalle" que ya no existía más que sobre el cartel de un comerciante de vinos. Baudelaire, algunos años después, cruza el barrio de Carrusel en demolición: "El viejo París terminó (la forma de una ciudad / cambia más aprisa, ¡ah!, que el corazón de un mortal)". Podríamos continuar lamentándonos, con los surrealistas horrorizados ante el avance del bulevar Haussmann, que destruyó los pasajes de Thermomètre y de Baromètre, su feudo, de los que ya no quedan más que las fotos de Marville; o con Jean-François Vilar, maestro de la novela negra, que hace de la destrucción de la estación de la Bastilla y del cine Paramount el melancólico decorado de Bastille Tango; o con Guy Debord en Panegírico: "Quien ve las orillas del Sena ve nuestras penas: ya no quedan más que las columnas caídas de un hormiguero de esclavos motorizados".
Los textos reunidos en este libro no siguen esta línea, sea cual fuere su grandeza. Quizá precisamente no es de grandeza de lo que se trata, ni de lamentos (ningún "¡Por desgracia!"); ni mucho menos de ese sentimiento bobo que es la nostalgia. A pesar de la variedad de los temas -históricos, literarios, urbanísticos, coléricos- es posible, siendo indulgentes, encontrarles una coherencia propiamente política. Tengo la convicción de que París sigue siendo lo que ha sido durante más de dos siglos: el gran campo de batalla de la guerra civil en Francia entre aristócratas y sans-culottes -y poco importan los nombres que les podamos dar hoy. Es cierto que, por el momento, este campo de batalla se reduce a algunos lugares emblemáticos, como Barbès, Belleville, la estación de París Norte. Pero si vamos más allá de la circunvalación de Georges Pompidou (¡qué presciencia tuvo este apoderado de la banca Rothschild!), entonces, ¡qué bella perspectiva de las subprefecturas quemadas y de inaceptable subversión! "No he escrito este libro para mis mujeres, mis hijas o mis hermanas", escribe Baudelaire en un proyecto de prefacio para Las flores del mal. Con total humildad, yo diría exactamente lo contrario, y añadiría que los que critican sin intentar destruir son los mismos de los que se ríe Robespierre, los que quieren "una revolución sin revolución".
Algunas arrugas de más
Para comprender lo que ha cambiado París en los últimos diez años, haría falta regresar después de una larga ausencia. En vez de eso, en este tiempo no he abandonado la ciudad más que durante breves estancias, aunque la veo cambiar como quien observa cada día las arrugas en los ojos de un rostro amado. Y es que el París de intramuros se ha convertido en una ciudad de evolución lenta.
Hace falta mucho tiempo para que en un barrio los cafés cabilios se transformen en bares de moda, para que las tiendas de ropa chinas ganen una o dos calles, o para que la renovación, como ellos dicen, empuje a los pobres un paso más allá de la circunvalación.
Las transformaciones físicas de París pueden leerse como una lucha incesante entre el espíritu del lugar y el espíritu del tiempo. Sirva como ejemplo la plaza sin nombre formada por la ampliación de la calle de Mouffetard, en la zona de la iglesia de Saint-Médard. Allí, los viejos colmados, los puestos callejeros, los árboles inmensos que proyectan su sombra sobre el pórtico de la iglesia, los restos del pequeño cementerio donde se agolpaban los convulsos sobre la tumba del diácono Pâris bajo el reinado de Luis XV, dos grandes cafés, uno frente a otro: todo este hacinamiento de épocas, estilos y acontecimientos le imprime a la plaza un carácter que no se puede comparar a ningún otro. Los parisinos de siempre saben que por allí, bajo sus pies, pasa el Bièvre, en su descenso hacia el Jardin des Plantes, y que de este lugar salía la gran carretera hacia Italia. Espíritu del lugar, sí, pero también el espíritu del tiempo ha logrado anotarse un tanto: el centro de la plaza está ocupado por un enorme parterre florido con una fuente en el medio. La acción conjunta de Obras Públicas y de la Dirección de Zonas Verdes ha intentado lo imposible: transformar esta plaza en una de las miles de rotondas que adornan las carreteras francesas.
El respeto por el espíritu del lugar no tiene nada que ver con la triste idea de patrimonio, al igual que la desconfianza respecto al espíritu del tiempo no significa el rechazo de lo contemporáneo. A lo largo de los últimos veinte o treinta años, ciertas implantaciones han conseguido, además, crear un nuevo espíritu del lugar: la pirámide de Pei le ha dado vida al patio del Louvre de Napoleón III, antaño garaje polvoriento para los conservadores del museo, y no muy lejos de allí se ha organizado todo un barrio nuevo, con sus defectos y virtudes, alrededor de Beaubourg. (No digo "Centro Pompidou", porque Pompidou tenía un gusto artístico deplorable -con un despacho decorado por Agam- y además se opuso al proyecto de Piano y Rogers, que fue adoptado gracias al contumaz presidente del jurado, el gran Jean Prouvé.)
A la inversa, por así decirlo, el encanto de ciertos lugares se ha disipado después de diez años sin cambios en el decorado histórico. En la plaza de Saint-Sulpice, el Café de la Mairie solía ser un agradable establecimiento donde tomar un café al despuntar el día -además, allí escribí un pasaje de La invención de París sobre la propia plaza, en homenaje a Georges Perec, quien la eligió para su Tentativa de agotar un lugar parisino-. El marco es más o menos el mismo, pero ahora evito el lugar por su clientela, compuesta de turistas chics y damas elegantes que descansan después de sus compras en las tiendas cercanas. Evitarlo, sí, pero ¿adónde ir? La respuesta no es simple, por lo escaso de terrazas interesantes en la histórica rive gauche.
Entre los agentes activos del deterioro urbano de estos diez últimos años en París pondría en primer lugar a la Dirección de Zonas Verdes. La "vegetalización" -es su palabra- es un proceso rampante en todos los barrios, que afecta a lugares que pedían tan sólo que los dejaran en paz. En el trayecto desde el antiguo muro de los Fermiers Généraux, los bulevares de Rochechouart y de Clichy -de Barbès a la plaza de Clichy, pasando por Pigalle y el Moulin Rouge- estaban divididos por un terraplén central que servía unas veces de garaje, otras de campo de fútbol para los chavales del barrio, otras como lugar donde beber una última lata de cerveza en un banco, frecuentado sobre todo por turistas de Europa del Este que salían de los sex-shops o de los kebabs vecinos. En resumen, un espacio baldío, como los que hacen falta para oxigenar la ciudad. Pero al Ayuntamiento de París no le gustan los espacios baldíos. A lo largo de todos estos viejos bulevares ha colocado plantaciones: en el interior de una valla metálica, esas plantas de una fealdad particular que encontramos por todo París, seleccionadas para no florecer jamás y cubrirse rápidamente de un polvo siniestro.
Puede suceder también que la vegetalización esté garantizada gracias a arbustos en jardineras o maceteros gigantes, como por ejemplo en la calle de Rosiers, en el antiguo barrio judío del Marais. Ligados al mantenimiento del pavimento con un canal central, estos troncos enclenques le han dado el tiro de gracia a esta calle que conservaba algo, hace ya diez años, de su pasado askenazí-proletario.
Pero no hay que exagerar. Estos últimos años no han conocido un desastre comparable a la destrucción del alto Belleville en los años 60 o a la destrucción de la plaza de la Bastilla por la implantación de la Opera de Carlos Ott veinte años después. Incluso han visto algunos logros, como el paseo suspendido sobre el antiguo viaducto que conducía a la estación de la Bastilla, o la pasarela de Marc Mimram, que une de manera ingeniosa el Museo d'Orsay y el Jardín de las Tullerías. En realidad, la impresión -muy extendida- de que París ha cambiado mucho en estos últimos tiempos está muy justificada, pero no se ha modificado tanto el marco externo como la manera en que la ciudad es habitada.
Esta evolución tiene una localización precisa. En la rive gauche casi nada ha cambiado. Más allá del gran barrio chino del distrito XIII, la población sigue siendo uniformemente blanca y burguesa. Los negros son barrenderos; los árabes, tenderos; a la policía se la ve poco; y las calles históricas están tan limpias como las zonas peatonales de las ciudades de provincia. Simplemente, todo ha envejecido un poco. El simpático mendigo que oficia desde siempre en los cinco metros que van de la librería La Hune, en Saint-Germain-des-Prés, al quiosco de periódicos vecino ahora tiene el pelo cano y lleva gafas para leer los libros que le pasan los libreros. Nada más sucede en la rive gauche, mientras que en mi juventud raramente cruzábamos el Sena: la rive droite era para nosotros como un desierto lejano.
Este lado del río no es más homogéneo hoy que durante las insurrecciones de junio de 1848 o durante la Comuna de 1871. En lo que llamamos, de manera más bien irónica, "los barrios buenos" -al oeste de una línea que va de Les Halles al mercadillo de Saint-Ouen por la calle Poissonnière y el bulevar Barbès-, casi nada ha cambiado en diez años. Batignolles, la explanada de Monceau, el arrabal de Saint-Honoré, Auteuil y Passy dormitan apaciblemente.
La avenida de los Campos Elíseos ha evolucionado a peor -escribí durante los últimos años del siglo pasado que evocaba "la sección duty free de un aeropuerto internacional, decorado con un estilo entre pseudo-haussmanniano y neobauhaus": sigue siendo así, pero la categoría del aeropuerto se ha degradado, y ya apenas se puede beber algo más allá de las cadenas de falsas pizzerías, de los auténticos fast food o de los cafés decorados en estilo art-déco de pacotilla.
El París popular ocupa el este -el noreste, más bien- de la ciudad. A menudo se oye decir que también se está aburguesando, que los precarios, los pobres, los inmigrantes poco a poco se están viendo arrastrados por la progresión irrefrenable de los intelectuales, artistas, diseñadores, periodistas y fotógrafos, que cultivan en estos barrios su inconformismo de fachada y su antirracismo benigno, mientras suben los alquileres. Esta opinión es matizable. Es cierto que determinados lugares, antaño poco frecuentados, se han convertido en los puntos de encuentro nocturnos de una juventud más o menos dorada: las orillas del canal de Saint-Martin, los alrededores de la plaza Gambetta, la calle de Oberkampf en el cruce con Saint-Maur. En este preciso lugar, asistí hace quince años al comienzo de un fenómeno: en dicho rincón, entonces perdido, un antiguo "bougnat" -antes llamábamos así a los comercios de bebidas regentados por auverneses donde se despachaban también madera y carbón en el piso de arriba- fue transformado en un café chic, el Café Charbon y, tras su éxito, los bares proliferaron hasta invadir la calle de Oberkampf y la de Saint-Maur, a lo largo de cien metros de un lado y otro. También es cierto que las calles muy pobres y deterioradas de hace diez años, como la calle de Myrha o Doudeauville, al norte de la Gota de Oro, se van renovando progresivamente, lo que ha llevado a la expulsión de su frágil población de africanos, habitualmente sin papeles ni trabajo.
Pero, afortunadamente, el París popular resiste bastante mejor de lo que se cree. Los chinos de Belleville, los árabes de la Gota de Oro, sostenidos por sólidos negociantes argelinos propietarios de sus locales, los turcos del mercado de la puerta de Saint-Denis, los africanos del mercado de Dejean (recientemente amenazado, es cierto)...
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