Alma Magazine.com
Domingo 28 de Febrero de 2010

Esquimales

Los cazadores de ballenas

por Felipe Real / Fotos: Layne Kennedy / Flip Nicklin / Michio Hoshino

Inuit es el verdadero nombre del pueblo esquimal. Para subsistir en el hostil escenario, los esquimales practican desde tiempos inmemoriales la caza de ballenas, enfrentando la pequeñez del hombre con la magnificencia de la naturaleza. Aunque el ritual es doloroso, sangriento y “ecológicamente incorrecto”, es digno de ser visto y merece ser comprendido. Ya que el cambio climático y la contaminación de los mares son las amenazas reales que ponen en peligro tanto a ese pueblo como a los cetáceos.

El cazador daba la impresión de estar congelado. Era una estatua con su rostro apuntando al Polo Norte y tras su espalda tenía a todo el continente. Hacía horas que miraba al horizonte con un aire épico mientras su brazo sostenía el arpón. En los últimos tres días a duras penas se había movido unos metros. Hasta que de pronto se llevó una mano a los ojos e hizo fuerza para mirar a lo lejos. "Ya llegan las ballenas", dijo el jefe a los demás esquimales que dormitaban en una tienda de campaña sobre el hielo. En sus rostros ajados como papiros pudo leerse un raro gesto de satisfacción, propio de quienes creen que deben matar para poder vivir.

 

Esta cacería se produce allí, donde termina la capa de hielo que cubre al mar ártico, en las afueras del poblado de Barrow, Alaska. Desde el aire, el caserío más boreal de América del Norte luce, gracias a sus chimeneas, como una mancha de mugre sobre el más puro de los mantos. Desde hace milenios, el Artico se viste de blanco absoluto y así lo seguirá haciendo mientras el frío se proclame como el amo de este universo y no sea derrotado por el calentamiento global. Los esquimales intuyen los cambios que se avecinan. "Desde hace 30 años nuestros hombres notan que cada vez hay que caminar más para cazar, que el hielo se achica y los inviernos son más débiles", comentan con incertidumbre. De persistir la tendencia, este grupo humano que pobló gran parte de los actuales territorios árticos de Estados Unidos, Canadá, Rusia y Groenlandia tendrá sus días contados.

 

Ellos llegaron a la región hace 12 mil años, después de partir del nordeste de Asia y cruzar por el estrecho de Bering. Pero debieron radicarse en la tundra al ser repelidos por los pueblos que ya habitaban en lo que sería Alaska y Yukón. Incluso, el famoso gentilicio "esquimales" fue puesto en forma despectiva por las tribus rivales y alude a "devoradores de carne cruda". Pocos en el mundo saben que su verdadero nombre es "inuit" y que denota "el pueblo" o "los humanos".

 

A lo largo de su historia, no conformaron ni un estado ni una liga y, sin embargo, pudieron mantener su uniformidad cultural y su identidad en un área inmensa y hostil como pocas. Todavía el 70% de la población de Barrow tiene al menos unas gotas de sangre inuit. Sin embargo, más allá de esta aldea, en los últimos 100 años su pueblo se fue mezclando con los blancos y perdieron contacto entre sí al quedar aislados por las fronteras. Hoy en día, unos 100 mil siguen manifestando su pertenencia y unos pocos continúan viviendo de forma nómade. La mayoría combina parte de sus costumbres con varias dosis de modernidad. Incluso, tienen un empleo formal de medio tiempo y el resto del día lo dedican a mantener su ancestral estilo de vida. La pregunta clave es: ¿Hasta cuándo?.

 

Las ballenas bonete siguen lejos de la costa. El jefe de los cazadores, Ronnie, achina sus ojos, perdidos entre los inmensos pómulos, intentando ver más allá. Es en vano: esos cetáceos de hasta 66 pies no quieren acercarse. Cada diez minutos expulsan aire desde sus espiráculos como si se burlaran de los humanos, pues ninguno se anima a salir a buscarlas en los umiaq, esos añejos botes de madera. Mientras tanto, Ronnie se esconde en su abrigo, que no es de piel de foca como cualquiera podría suponer, sino de una conocida marca al igual que sus gafas de sol. "La esencia inuit está en otra parte", suele repetir sin precisar dónde se encuentra. ¿Podrá encontrarla con su equipo de GPS?

 

En voz baja Ronnie le da órdenes a sus ocho compañeros para que continúen haciendo lo mismo que hace tres días: esperar, esperar y esperar frente a la inmensidad de ese páramo. Aunque no están tristes ni aburridos. Para todos aquellos que hace tiempo perdimos los conocimientos de caza, el esperar es algo insoportable. Desde que alguien inventó el fast-food bajo la premisa "el tiempo es dinero", el apetito debió someterse a la dictadura de lo instantáneo. No obstante, para ellos, la espera es parte de la actividad que desarrollan. No siguen rastros ni hay veloces persecuciones, sólo se limitan a hacer unas defensas de hielo para frenar los vientos y que, en el peor de los casos, servirán como base para un iglú.

 

El tiempo de espera es donde los muchachos hablan con sus mayores, donde les cuentan las leyendas tradicionales y les inculcan los valores de su pueblo. Parte de su identidad aparenta residir no sólo en la caza, sino en sus costumbres alimenticias. "La comida aquí es muy cara y la necesitamos para subsistir. Si no matásemos ballenas, dejaríamos de ser nosotros mismos", plantea Ronnie aunque con sus arpones hieran a los ecologistas de todo el mundo que aman a estos seres gigantes. "Si no nos dejan cazarlas, entonces deberíamos caminar hasta el McDonalds más cercano que está en Anchorage o Seattle", ironiza el líder y los muchachos ríen expulsando vapor de sus bocas.

 

Al campamento también trajeron carne de caribú y, a falta de freezer, sólo basta dejarla en una caja a la intemperie para que se mantenga congelada. Luego la sazonarán sólo con el amarillento aceite de foca o la prepararán en un potente guiso con su cocina portátil. Si se les inquiere señalando que sus ancestros la comían cruda, mueven sus hombros y responden: "¿Cómo querían que cocinaran la carne en esa época? ¿De qué árboles podían sacar la leña?".

 

La caza de ballenas le desagrada a la opinión pública mundial. Y eso está muy bien: capitaneada por grandes empresas japonesas, la industria ballenera es un predador insaciable que no acepta las duras regulaciones impuestas por los países junto a la International Whaling Commission (IWC, por sus siglas en inglés). A dicha institución, según denuncian organizaciones ecologistas como Greenpeace, han ingresado en los últimos años algunos países africanos y otros como Mongolia -que carece de acceso al mar-, reclutados por la Agencia Pesquera de Japón para defender sus intereses y evitar sanciones a la comercialización de carne de ballena envasada. Asimismo, Noruega e Islandia volvieron a perseguirlas con la coartada de que lo hacen para "promover las investigaciones científicas". Además, irrisoriamente, las acusan de devorar demasiados peces y arruinar su industria de congelados. Pero ésas no son las únicas amenazas: al mismo tiempo de la sobreexplotación pesquera y los choques con embarcaciones, estos mamíferos sufren la contaminación de los mares, los ruidos provocados por los sonares y las consecuencias indirectas del cambio climático como el derretimiento de los hielos árticos. El impacto de las actividades humanas sobre los océanos terminará por generar consecuencias dramáticas.

 

Tras décadas de depredación, en el mar ártico quedan, actualmente, unas 25 mil ballenas bonete, menos de la mitad de lo que había hace un siglo atrás y muchas especies no han podido recuperar su población. Frente a este marco, la captura anual de cerca de 25 ballenas bonete por parte de los inuit, ante el férreo control de las autoridades estadounidenses y canadienses, no se consideraría una cifra relevante. Así como los televidentes de todo el mundo se enamoraron de la imagen de los botes ecologistas bloqueando los cañones de los buques balleneros, igual empatía generan estos sujetos de ojos rasgados luchando contra el cetáceo, el viento helado y la erosión de su cultura.

 

El jefe pide silencio. Ahora cree que bajo el hielo en el cual están parados se mueve algo. Y entonces la espera termina y los corazones comienzan a latir de prisa. "Tal vez golpee el hielo con su cabeza y lo rompa para respirar", dice uno de los jóvenes. "No, eso ocurriría si estuviésemos lejos del límite del campo de hielo", aclara otro. "Silencio", chista alguno mientras Ronnie avanza con seguridad y elige un sitio para que tres encapuchados emprendan la construcción de un hoyo con un taladro de hierro a motor. Hasta que, de pronto, logran ver el agua y los curiosos empiezan a turnarse para asomar la cabeza y apuntar su oreja hacia las profundidades marinas.

 

"Puedo sentirla", clama uno que cree reconocer el cantar de las ballenas, esas melodías simples y fantásticamente embriagantes. Con un gesto, el jefe se hace un lugar sobre el hoyo, aguarda unos instantes, y arroja el arpón de hierro con una carga de explosivos; otra licencia que se permiten de la modernidad. Por un instante, reina la tensión y el suspenso hasta que un "mugido" gutural y acuoso hace temblar el hielo. La presa intenta escapar a mar abierto, pero ya está enganchada. Corcovea, intentando evitar lo inevitable. Es cuestión de tiempo: enseguida se cansará, emergerá para respirar y recibirá otro lanzazo. Si es necesario, una partida saldrá en el bote a remo y le dará el tiro de gracia.

 

De pronto, una multitud llega al lugar a pie, en trineos y en motos de nieve: fueron alertados por mensaje de texto. Todos se ponen bajo las órdenes del líder y toman la inmensa soga para comenzar a cinchar. "Tiren, tiren", repiten. A los veinte minutos, la cola empieza a salir y el animal la mueve intentando espantar a los humanos, que vistos desde lejos se asemejan a burdas hormigas. Continúan apretando y el animal se precipita a subir con su negro cuerpo sobre el hielo blanco. Ni los ochenta vecinos que aparecieron de la nada pueden igualar su masa corporal: 58 pies de largo. Sus ojos parecen humanos y nos avisan que conoce su final. La boca se abre en una suave señal de dolor y su sordo llanto no hace otra cosa que darnos una pena inmensa. En un instante, todas nuestras justificaciones sociológicas se desvanecen. "Bueno, las vacas también son mamíferos y sufren pero uno sólo las ve cuando ya están hechas hamburguesas", puede pensar uno para enmendar ante nuestros ojos foráneos la culpa que provoca su muerte.

 

Pero Ronnie piensa en otras cuestiones: él debe dar el arponazo final, todo un honor. Luego será el turno de cortar la primera lonja de carne, bautizando el hielo de sangre: la mancha roja que irá creciendo minuto a minuto y se extenderá por todo el campamento. Ante la mirada de todos, él dividirá un pedazo para cada uno y se lo llevarán para compartir con su familia, sin olvidar de alimentar a los perros -que son tan vitales e importantes para escapar de los peligros del frío como lo son los buenos amigos en una cruel ciudad-. Los más jóvenes encabezarán el ordenamiento de las lonjas rectangulares -de un colorado furioso y del tamaño de una mesa- a lo largo del inmenso cadáver. A las dos horas, aproximadamente, la ballena se ha convertido en cien filetes gigantes y unos trescientos cubos de carne. Hasta las vísceras se llevarán. "En una ballena todo sirve, hasta el aliento", reza un dicho. Las únicas evidencias que quedarán son las aletas, unos huesos y el hielo rosado, pisoteado por todos.

 

El panorama puede parecer tenebroso. Pero no lo es. Los pobladores ancestrales de esta tierra están satisfechos: ante sus ojos se produjo un milagro que no sólo es la captura de ese magnífico ejemplar sino la reunión de todos los vecinos dispersos en este territorio helado. El motivo único no es la comida. También los moviliza otra cuestión, más espiritual, que los nutre al igual que los alimentos: lo hacen por el simple hecho de reunirse y repetir, como hace mil años, este ejercicio de solidaridad comunitaria. Quieren revitalizar la vieja moraleja de que "la unión hace la fuerza" en tiempos de individualismo y fast-food. Y eso no es poca cosa cuando este pueblo, pacífico y hospitalario, yace acorralado por las mismas amenazas que las ballenas.

 


 

Ballenas bicentenarias: Una leyenda que se vuelve realidad


Los inuit siempre han respetado a las ballenas. No sólo por sus propiedades nutritivas sino también por su longevidad. Según varias leyendas, los cazadores han tenido que enfrentar una y otra vez -a lo largo de los años- a las mismas ballenas. Estos relatos evocan a la novela de Herman Melville protagonizada por el capitán Ahab y el cachalote blanco Moby Dick. Durante mucho tiempo estas historias fueron consideradas exageradas e interpretadas como si fueran míticas. Pero hace poco, un grupo inuit capturó un ejemplar que en su dorso tenía clavados arpones de piedra y hueso. Los lugareños se asombraron porque hacía por lo menos 90 años que esas piezas no se usaban más. Entonces, llevaron esas pruebas ante los científicos del Instituto Scripps de Oceanografía. Después de analizarlas, confirmaron que tenían más de un siglo de antigüedad. Por lo cual, arribaron a la conclusión de que algunas ballenas pueden vivir más de cien años. Algunos expertos se animan a estimar que, en buenas condiciones ambientales, alcanzan los doscientos años.

Calificar artículo

27 Votos

Espacio de lectores Deje su comentario

Seguir los comentarios por email.