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Medicina Estética y Cirugía Plástica - La evolución de la belleza

Medicina Estética y Cirugía Plástica

La evolución de la belleza

Viernes 13 de Julio de 2012

Estambul

En el mágico Cuerno de Oro

por Abel González / Carolina F. Moadeb / Fotos: Necati Kisakürek / Sükufe Sakir / Ahmet Agaoglu / Selim Zorlutuna / Hamdi Taner / Agah Sanli / Ali Yavas / Azra Perver

Protagonista de la más fabulosa aventura del pensamiento, fue el centro del Imperio Romano de Oriente cuando su nombre era Bizancio y envidia del mundo cuando se llamó Constantinopla. Rebautizada Estambul en 1930, la moderna urbe, heredera del poderoso Imperio Otomano, conserva en su espíritu los fastos de su antigua magia.   

Desplegada sobre las dos orillas del Bósforo –ese sinuoso, estrecho marítimo que une el Mar Negro con el de Mármara y separa Asia de Europa–, la legendaria Estambul parece haber nacido de un sueño… o de una pesadilla. En el año 657 antes de Cristo, un puñado de colonos de la ciudad griega de Megara, abandonados por los dioses y mortificados por las continuas penurias, dejaron sus tierras en busca de un lugar más propicio para establecerse. Los sacerdotes del Oráculo de Delfos le aconsejaron a Byzas, que los lideraba, que estableciera a su gente en una zona opuesta al país de los ciegos. En busca de ese desconocido sitio, que imaginaban como un jardín del Olimpo, remontaron hacia el norte el Mar Egeo, navegaron por el Helosponto (el actual estrecho de los Dardanelos) y llegaron al Mar de Mármara, donde estuvieron a punto de naufragar. Agotados, buscaron refugio en la orilla occidental del Bósforo, y vieron en la margen oriental un caserío al cual prefirieron no acercarse.

 

Al explorar el lugar al que habían llegado descubrieron una entrada del mar en forma de cuerno que constituía un magnífico puerto natural. Las tierras eran fértiles y había abundante agua dulce. Byzas pensó que si los pobladores de la otra orilla no habían elegido este maravilloso lugar para vivir debía ser porque eran ciegos. La ciudad que fundó “en el sitio opuesto al país de los ciegos” fue bautizada con el nombre Bizancio en honor suyo. Es la misma que en el año 306 se llamaría Constantinopla y Estambul en 1930, la gema más preciada de la actual República de Turquía.

 

La primitiva Bizancio se construyó a lo largo de ese maravilloso puerto natural descubierto por Byzas llamado el Cuerno de Oro (el Haliç), que desde el comienzo jugó un rol principal en la prosperidad y desarrollo de la ciudad. Esa suerte de ría estrecha divide el lado europeo de Estambul en dos sectores: la increíble ciudad vieja y el barrio de Gálata, con sus miles de comercios. En este puerto de aguas tranquilas y profundas se concentraron las flotas bizantinas y otomanas y por allí pasaron desde Alejandro Magno hasta los caballeros templarios. El distrito es de una impactante belleza natural. El Puente de Gálata que lo cruza es uno de los lugares más pintorescos y también uno de los puntos más agitados de la urbe con casi 15 millones de habitantes y 2 mil mezquitas en que se ha transformado Estambul. Curiosamente, por la tarde, cuando la actividad cede un poco, decenas de personas se instalan allí con sus cañas de pescar para contemplar, de paso, el bello ocaso que pinta de dorado y púrpura las aguas del Cuerno de Oro.


Una ciudad infinita


Cuando el escritor francés Stendhal viajaba para conocer otros países, cosa que hacía con envidiable frecuencia, se dejaba llevar por lo que él llamaba “impulsos del alma”. El método del autor de The Red and the Black era muy simple: sin ningún plan previo hablaba con la gente del pueblo para seguir después la ruta que ellos le indicaban. Si alguien le decía que un sitio era bello y acogedor, allí iba él para verlo y comprobar si esa afirmación era cierta. Lo divertido del método de Stendhal es que el camino que uno sigue nunca es recto: avanza y retrocede, va de un lado para el otro sin brújula fija, siguiendo los dictados del corazón más que de la razón. Claro que los viajeros que pasan por Turquía deben estar atentos y tomar algunas simples precauciones, ya que Estambul es una metrópolis netamente musulmana y muchas de sus calles, de noche, no suelen estar muy bien iluminadas. Para evitar sorpresas conviene consultar los itinerarios con los agentes de viaje, los guías o los conserjes de los hoteles.

 

De todas maneras, la mayoría de la gente es realmente cordial en Estambul y está siempre dispuesta a ayudar al visitante, que disfruta mucho la simpatía de los turcos. Una buena experiencia es ir el primer día a Kumkapi, que es un barrio de inconfundibles callejuelas lleno de restaurantes de pescado, de músicos ambulantes, de gente de todo el mundo que canta y baila en cualquier lado. No se puede andar dos pasos por ese territorio mágico sin que a uno lo quieran sentar a una mesa de algún restaurante. Es difícil no sucumbir al ambiente festivo del barrio. Allí se come la mejor meze de Estambul. Esta entrada típica que consiste en una sucesión de pequeñas porciones, al modo de las tapas españolas, unas más ricas que las otras: berenjenas asadas, pulpo, camarones, pimientos a las brasas, queso, yogur, calamares, acompañando todo con raki –una suerte de anís seco y fuerte que es la bebida nacional de Turquía– y con el increíble pan oriental, tibio y fragante, que cualquier panadería de Estambul realiza dos veces al día.

 

Itinerario histórico

 

Hay un circuito que habilita a vislumbrar el pasado de esta ciudad, una de las más antiguas y legendarias de la historia de la humanidad. Este itinerario histórico depara grandes sorpresas. El hipódromo, o más bien lo que queda de él –sus tres obeliscos– es del período romano. Aquí se celebraban los grandes momentos de la época bizantina, se aclamaba a los generales victoriosos y a los emperadores, y se ejecutaba a los herejes y a los rebeldes. Durante la ocupación latina (1204-1261) fue saqueado y destruido, y a la llegada de los turcos (1453) ya estaba en ruinas. Más tarde se usaron sus restos para la edificación de la Mezquita Azul. El nombre turco de esta épica mezquita es Sultán Ahmet Camii (Camii se pronuncia “yami” y significa mezquita), porque fue mandada a construir por Ahmet I entre 1609 y 1616. Es la única en Estambul que tiene seis minaretes. El nombre se lo debe a su decoración interior de azulejos azules de Iznik (ciudad célebre por su producción de cerámica) con motivos florales. La mezquita es parte de un complejo que incluye una escuela coránica (madraza), un mausoleo (türbe), una escuela elemental y un comedor para gente de bajos recursos (imaret).

 

La iglesia de Santa Sofía fue erigida por Constantino el Grande y reconstruida por el emperador Justiniano en el año 537. En 1453, Mehmet el Conquistador la convirtió en mezquita. Mustafá Kemal Atatürk, que fundó en Turquía la actual república laica, transformó a Santa Sofía en un museo en 1934. Es uno de los edificios más fantásticos de todos los tiempos y conserva delicados mosaicos de la época bizantina. 

 

Recorrer los palacios y las mezquitas de Estambul resulta apasionante. Algunas son bellísimas, como la que hizo levantar Solimán el Magnífico, el sultán que llevó al Imperio Otomano a su máxima extensión y que fue uno de los grandes monarcas de su tiempo junto a Carlos V de España y Eduardo VIII de Inglaterra, que se dividían el mundo en el siglo XVI.

 

El palacio Topkapi se alza sobre un cabo en la confluencia del Bósforo con el Cuerno de Oro. Tres millas de murallas rodean este palacio, que ocupa un área de 435 mil millas cuadradas, el doble que el Vaticano y la mitad de Mónaco. En este laberinto de palacios opulentos vivieron los sultanes y su corte durante el Imperio Otomano. Hoy es un museo para el asombro. Allí se contemplan las reliquias del profeta Mahoma y se exhiben las más ricas colecciones imperiales. De entre las múltiples partes que tiene este palacete, una de las más importantes es el Tesoro que cuenta con algunos de los objetos más valiosos del mundo: el diamante del cucharero (una gema de 88 quilates que perteneció a Letizia Ramolino, madre de Napoleón) o el puñal topkapi (el arma más costosa del universo, construido en oro con esmeraldas incrustadas).

 

Para finalizar, es recomendable un paseo en barco por el Bósforo. Los precios son realmente accesibles y las vistas, tanto de día como de noche, son fantásticas. Durante el recorrido se pueden observar varios palacios (Beylerbeyi, Ciragan y Dolmabahçe, entre ellos) y disfrutar de la animada vida de Estambul. A lo largo de todo el trayecto el visitante comprobará cómo el ambiente de la ciudad no se reduce sólo al centro histórico (especialmente en verano).

 

Delicias cotidianas


Caminar por la calle Istiklal, una de las más populosas de Estambul, permite conocer mejor el espíritu de esta metrópoli contradictoria y enigmática. Es peatonal y muy comercial, alegre y bulliciosa. Un tranvía la recorre en toda su longitud y está festoneada por una ringlera de comercios y restaurantes a lo largo de sus dos millas. Hay cientos de ellos, que ponen sus mesas largas (a veces comunitarias) unas al lado de las otras.

 

A pocos pasos de ahí, el otro extremo es el Pera Palace, un elegante y refinado hotel de ambiente literario y novelesco. Fue construido en 1892 para recibir a los viajeros que llegaban en el Orient Express, ese tren de leyenda donde todo era posible, desde el amor al crimen. Ernest Hemingway, Greta Garbo, Sarah Bernhardt, Alfred Hitchcock y Mata Hari se alojaron en sus lujosas habitaciones. Agatha Christie escribió en una de las suites su novela más famosa: Murder on the Orient Express. Tomar en el bar del hotel un té de manzana o una copa de raki es un auténtico placer.

 

Pero si uno quiere conocer realmente Estambul tiene que transitar y perderse en el Gran Bazar, una ciudad dentro de la ciudad. Es un laberinto de 30 hectáreas techadas, que alberga 4.400 comercios dispuestos en 61 largas calles y donde trabajan en forma permanente 25 mil personas. Alhajas de oro, piedras preciosas, libros raros, artículos de cuero de todo el mundo, tapices y alfombras que cuestan fortunas pueblan sus estanterías. Ahí todo es comercio y regateo de precios. Una actividad que sólo se detiene cuando los comerciantes cierran las tiendas para rezar en alguna de las dos mezquitas del mercado. Ahí Estambul es, definitivamente, el enigmático, impenetrable Oriente.

 

El llamado de la noche


La noche en Estambul comienza con una cena, ligera o más copiosa, en alguno de los locales característicos de la ciudad. En el barrio de Kumkapi se puede poder comer el exquisito blau fish, un pescado del Bósforo. Para los amantes del glamour y los ambientes más exclusivos, muchos restaurantes de la capital financiera turca están situados en terrazas con extraordinarias vistas que por la noche transmutan en bares de cócteles. Son elegantes y con una decoración de alto vuelo. El local clásico por excelencia es el Babylon Alaçati, muy cerca de la plaza Tünel. Se trata de una terraza abierta al mar, que forma parte de un resort turístico.

 

Para continuar la noche después de alimentarse, la mejor zona sin duda es la de la plaza Taksim y la calle Istiklal: pubs y bares con todo tipo de música autóctona; muy cerca, las tabernas de la calle Balik Pazari también prometen diversión. Algo similar sucede si nos internamos en los bares de la calle Nevizade, con su ambiente de bailarinas callejeras de danza del vientre. Si bien la atracción principal para ver Estambul desde las “alturas” es la Torre Gálata, el restaurante 360 Istanbul –ubicado en Taksim– es ideal para regocijarse con unas increíbles vistas aéreas en 360 grados mientras se disfruta de un delicioso cóctel al mismo tiempo. Para los que gusten de las discotecas, dos de las más legendarias de Estambul son Reina y Sortie, emplazadas en el barrio de Ortaköv. Las noches pueden ser largas y agradables en Estambul. El viajero simplemente necesita encontrar el lugar correcto que empareje sus deseos.

 

 

 

 

 

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