por Mario Osava / Fotos: Matthew Ashton / Alessandro Della Bella
Abanderado de un funcionamiento vistoso, España es por primera vez campeón mundial de fútbol. El logro de la escuadra española viene a rebatir la teoría de que el “juego bonito” está divorciado del triunfo. Pese al costado festivo de los hinchas que brindan un espectáculo aparte en las tribunas y a las cifras astronómicas que ganan las grandes estrellas –el argentino Lionel Messi y el portugués Cristiano Ronaldo son los estandartes–, uno de los deportes más populares en el mundo entero está bajo la mira de investigadores académicos y analistas políticos, que ven en el fútbol no sólo un espectáculo de masas sino también un negocio de unos pocos. ¿Quién dijo que es una mafia?
La Copa Mundial de la FIFA, presentada y sentida masivamente como una disputa entre países que ponen en juego la honra nacional, es un negocio privado, controlado por pequeños grupos de personas que explotan el patriotismo y fomentan rivalidades en su mercadeo. La advertencia de Arlei Damo, profesor de la Universidad Federal de Rio Grande do Sul (UFRGS), identifica características "mafiosas" en la FIFA (Federación Internacional de Fútbol Asociado), que "monopoliza" este deporte profesional en el mundo agrupando las federaciones nacionales y regionales. Se trata de "un cuerpo cerrado que no brinda cuentas a nadie" y no permite que se conozca cuánto gana con un torneo mundial que se realiza cada cuatro años, ni el destino de tanto dinero, señaló Damo. Dicta reglas, tiene su propia justicia y no acepta que sus miembros recurran a los tribunales de los países.
Graduado en educación física y doctorado en antropología social, Damo ya tiene tres libros publicados sobre fútbol y se suma a una creciente cantidad de investigadores académicos que estudian ese deporte. La extraordinaria capacidad de movilización del fútbol no se debe al deporte en sí mismo, "un juego sin sentido, de narrativa fragmentada", sino al hecho de ser un poderoso "bien simbólico" y recurrir a mecanismos de adhesión, como el nacionalismo y el "fanatismo por un equipo", según el antropólogo.
Las multitudes que van a los estadios o se emocionan con el campeonato mundial no lo hacen por el deporte, sino para apoyar su club o la selección que se hace símbolo de la nación, observó. El patriotismo capturado hace que mujeres y muchos que "no entienden" ni aprecian el fútbol se vuelvan hinchas fervorosos. Las rivalidades son un elemento clave. La adhesión a un club, en Brasil determinada por influencia de un "pariente consanguíneo" masculino en el 80% de los casos, tiene que ser definitiva como la familia, la infidelidad se penaliza con un estigma social.
La selección de este país, como las del resto del mundo, no es un equipo del país sino de la Confederación Brasileña de Fútbol, un ente privado que no responde al Estado ni a la población, cuyos rumbos son decididos por algunos clubes poderosos, destacó Damo. La FIFA explota la ambigüedad y cierta creencia de que se trata de una institución multilateral, intergubernamental, aunque sea privada. Se vanagloria de tener más miembros que la Organización de Naciones Unidas -208 frente a 192- y no permite extranjeros en una selección, sólo nativos o naturalizados, para no perder el poder atractivo del nacionalismo, acotó Damo.
Ese cuadro institucional, sin control del Estado y la sociedad, favorece la corrupción que denuncian periodistas como el escocés Andrew Jennings. No por casualidad la sede de la FIFA está en Suiza, cuya legislación flexible permitió la impunidad en un caso de sobornos denunciado por Jennings, involucrando propinas ofrecidas por ISL (International Sport and Leisure) que negociaba derechos televisivos y publicidad de la federación mundial. En las organizaciones que comandan el fútbol en todo el mundo suelen eternizarse los dirigentes, otro hecho propicio a la corrupción. La FIFA fue presidida de 1974 a 1998 por el brasileño João Havelange, que antes dirigió la Confederación Brasileña por 16 años.
Pero el éxito "inexplicable" del fútbol en todo el mundo, haciéndose el deporte preferido en la mayoría de los países donde penetró, lo pone por encima de esos problemas, según Simoni Lahud, antropóloga de la Universidad Federal Fluminense, de Niteroi, ciudad vecina a Río de Janeiro. Esa expansión global del fútbol, un triunfo que legitima el poder de la FIFA, generó por todos lados una "pasión popular" que le resta repercusión a la corrupción e interferencias del comando futbolístico en decisiones nacionales, como la construcción de estadios, la forma de organizar la Copa Mundial, explicó.
En un "mundo transnacionalizado", los deportes se constituyeron en "uno de los pocos lugares para la representación nacional", especialmente en Brasil, donde "la nación tiene pocas vías de expresión y por eso pone todas las fichas en el fútbol", en palabras de la investigadora. Argentina tiene una situación distinta, con el nacionalismo manifestándose en muchas áreas, como la política y conflictos territoriales, en consecuencia allí la "pasión de los clubes" es tan fuerte como por la selección nacional, sostuvo.
Las diferencias se reflejaron en la distinta forma de reaccionar ante el fracaso en la última Copa Mundial, en Sudáfrica. Mientras los argentinos recibieron "con fiestas a su selección" pese a que debió dejar la competencia tras ser goleada cuatro a cero por Alemania, los brasileños reaccionaron "con piedras" contra sus jugadores, derrotados en cuartas de finales por Holanda por dos goles contra uno. Curiosamente ese nacionalismo pegado al fútbol en Brasil "nació de una derrota", cuando perdió el partido final de la Copa Mundial de 1950 frente a Uruguay por dos goles contra uno, recordó Lahu. El trauma nacional, tras el triunfo del pequeño vecino país que echó por tierra el amplio favoritismo brasileño, marcó a la sociedad de este país y, posiblemente por eso, triunfar se hizo una obsesión nacional.
El fútbol, de todas formas, se hizo tan importante para la vida de miles de millones de seres humanos y un negocio tan gigantesco, que su gobernanza tiende también a atraer la atención no sólo de investigadores académicos. El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, por ejemplo, sugirió limitar el tiempo de mandato presidencial de la Confederación Brasileña de Fútbol (CBF) a ocho años, como hacían los sindicatos bajo su dirección en los años 70. Ricardo Teixeira, ex yerno de Havelange, preside la CBF desde hace 21 años. Y el suizo Blatter comanda la FIFA desde 1998. En Argentina, el presidente de la AFA (Asociación Argentina de Fútbol) es Julio Grondona -y vicepresidente de la FIFA-, quien está al frente de la institución desde 1979.
La trampa paga
El delantero uruguayo Luis Suárez pasó a ser uno de los héroes de la última Copa Mundial cuando impidió con las manos el gol de Ghana, que realizaría el sueño africano de tener una selección entre las cuatro mejores del torneo. La falta fue castigada con su expulsión del partido. El argentino Carlos Tévez y el brasileño Luis Fabiano también fueron festejados por sus compatriotas por hacer goles en situaciones visiblemente ilegales en partidos iniciales del campeonato, que obtuvo por primera vez la selección de España.
La máxima del juego limpio (fair play) en el fútbol altamente competitivo actual es que un jugador detenga el ataque de su equipo echando fuera la pelota para permitir la asistencia médica de un adversario caído en la cancha. Aunque la respuesta casi nunca es justa, puesto que el equipo beneficiado generalmente saca ventaja devolviendo el balón mucho más lejos de su arco. Nadie admite la verdad en contra de su equipo en momentos cruciales.
Es inimaginable, por ejemplo, que el portero de Alemania reconociese que la pelota tirada por el inglés Frank Lampard había entrado a su arco. El juez uruguayo Jorge Larrionda, a instancias de su auxiliar, no otorgó el gol pese a que luego la transmisión de televisión mostró que había botado detrás de la línea de gol y vuelto al campo. Si se hubiese validado ese gol, Inglaterra probablemente no se habría expuesto tanto a los mortales contraataques que le dieron finalmente el triunfo a los alemanes por 4 a 1, resultado que les permitió pasar a los octavos de final y luego obtener el tercer puesto en la Copa. Tampoco nadie se imagina a Tévez admitiendo ante el árbitro que estaba en posición fuera de juego al hacer el primer gol en el partido de su selección contra México, así como tampoco a Fabiano renunciando a la anotación que hizo de forma espectacular en el juego entre Brasil y Costa de Marfil, pero tras controlar la pelota con los brazos dos veces seguidas.
"Es un deporte en que la mentira, la simulación y la violencia física son parte inseparable del juego", subrayó Drauzio Varella, médico y escritor brasileño, en un artículo publicado en el periódico Folha de São Paulo, donde cuenta su decepción al asistir por primera vez a un partido de equipos profesionales en un estadio. La realidad destruyó sus ilusiones construidas por narrativas radiofónicas, de un juego heroico y caballeresco. Además de cometer errores, como los niños jugando en las calles, los futbolistas eran maliciosos y "malcriados, escupían en el suelo", comprobó el niño que décadas después escribiría Carandiru, sobre los presos en la que fue la mayor cárcel de Brasil, cerrada en 2002.
No obstante, el fútbol apasiona también por esas imperfecciones e injusticias que generan polémicas, arguyen los dirigentes que rechazan el uso de medios tecnológicos durante los partidos para dirimir dudas y evitar errores de los árbitros. Suárez es "un tramposo, no un héroe", sentenció el director técnico de Ghana, el serbio Milovan Rajevac, expresando una natural reacción. Es que el acto in extremis del jugador uruguayo, sustituyendo ilegalmente al portero ya superado, tuvo un desenlace dramático.
En ese instante se creyó que el sacrificio de Suárez había sido inútil para su equipo, ya que el juez marcó penalti, además de expulsarlo. Pero Asamoah Gyan, el delantero de Ghana, perdió la oportunidad, ya que su disparo dio en el travesaño y se fue afuera de la cancha tras lo cual finalizó el partido. Al concluir igualados en un gol, el partido se decidió en penaltis con el triunfo de Uruguay, que luego obtuvo el cuarto puesto en la competencia.
Menos mal que la Copa terminó, según la mayoría de los comentaristas, con el triunfo del juego bonito y limpio de los españoles frente a una selección holandesa que abusó de la violencia, abandonando su estilo que encantó a los aficionados del fútbol en los años 70 y fue adoptado justamente por sus adversarios del partido final en Sudáfrica.
La ética y la estética ganaron un aliento, después de décadas perdidas ante el "fútbol de resultados" derivado de la creencia de que "jugar bonito", como los seleccionados de Hungría en 1954, Holanda en 1974 y Brasil en 1982, conduce a una derrota. La esperanza de una inversión de la tendencia afronta, sin embargo, condiciones demasiado adversas del fútbol actual, en el que predomina la disputa, con el triunfo justificando todos los medios, incluso los que violan los reglamentos. Su evolución como gran negocio, regulado principalmente por sus propios interesados, agrava su carácter guerrero.
Más que el espectáculo futbolístico en sí mismo, el mercadeo prioriza rivalidades, alejándose del espíritu de "entendimiento" que tuvieron inicialmente los deportes, "manipulando el nacionalismo" y acentuando fracturas, observó Arlei Damo. El mundo del fútbol estimula, por ejemplo, una extremada rivalidad entre Brasil y Argentina, contrariando la política oficial de integración en el Mercado Común del Sur (Mercosur), que ambos comparten con Paraguay y Uruguay, entre otros. No es evidentemente un ambiente que permita el juego limpio ni ambiciones estéticas. Los errores inevitables de los árbitros fomentan violaciones disimuladas de las reglas, violencias y sentimientos de injusticia como los de ghaneses y por extensión de africanos, ante la "epopeya" de Suárez.
Pese a todo eso y al hecho de distribuir más tristezas y frustraciones que alegrías en la Copa Mundial gana una y pierden 31 selecciones y es así en todos los torneos, el fútbol conquistó el mundo y sigue expandiéndose. Todo "un misterio", admitió Simoni Lahud.
Cuando el fútbol sirve a los gobiernos
Texto: Emilio Godoy
El gobierno de México y las autoridades de la capital aprovecharon la oportunidad que representó la participación de la selección nacional en la Copa del Mundo, para sacar los reflectores de la crisis económica y del violento combate al narcotráfico. Una muestra del maridaje entre el balompié y la política fue la asistencia del presidente Felipe Calderón al partido inaugural en el que se enfrentaron el seleccionado de su país con la escuadra anfitriona. La cancillería difundió la visita como una gira de trabajo.
"El fútbol es un concentrador de masas, que le ayuda a la gente a desahogar sus frustraciones y la realidad de su día a día. Hoy tiene un tinte político, ya que al ser centro de concurrencia se aprovecha para insertar mensajes de campaña", particularizó el analista Juan Ibarrola. Para sondear el ánimo popular ante un eventual viaje a Sudáfrica de Calderón con motivo de la Copa, el gobierno organizó en mayo pasado una encuesta que arrojó un resultado favorable de entre 59 y 63% de los entrevistados. Así se convirtió en el primer presidente mexicano en viajar a un Mundial para presenciar un partido del equipo nacional.
Calderón, invitado por su par de Sudáfrica, Jacob Zuma, se ha reunido al menos en cuatro ocasiones con los integrantes del conjunto mexicano desde junio de 2009. "El fútbol es ahora la moda. El gobierno no es ajeno a lo que está pasando y aprovecha la situación para comunicar a la gente algún estado de ánimo o para no hacer ciertas cosas", declaró Erasmo Zarazúa, académico del Departamento de Relaciones Internacionales de la privada Universidad Iberoamericana.
El director técnico de la selección, el español Javier Aguirre, cuyo rostro acaparó portadas de periódicos y revistas nacionales, no ha escapado a los designios del poder político. "Sudáfrica apela mucho a eso, a su presidente, como en la película Invictus. Nosotros también estamos cubiertos en ese aspecto. Imagínate lo que es para los muchachos compartir con la familia del presidente", comentó Aguirre el 7 de mayo último tras enfrentar a Ecuador en un partido amistoso en Nueva Jersey.
Una semanas más tarde, Aguirre apareció en un spot transmitido por las cadenas privadas Televisa y TV Azteca en el que llamó a transitar "del México del sí se puede al México del ya se pudo". "Es 2010 y parece imposible ser el gran país seguro, justo y próspero que todos deseamos. Pero nuevamente es el momento de actuar", manifestó el entrenador en alusión a los 200 años que se cumplen de la independencia de España y los 100 años de la Revolución Mexicana.
"Si yo les digo a los jugadores 'Mira, realmente el país está ávido de buenas noticias, la economía nos llega a cuentagotas, la violencia está terrible, la sociedad no camina, hagamos nuestro papel, ¡ganemos el Mundial!' ¿Te puedes imaginar la presión?", confesó el seleccionador. Sin embargo, no sirvió de nada: en octavos de final México se despidió de la fiesta del fútbol al perder con Argentina tres a uno.
Sueño para chicos, negocio para grandes
Texto: Natalia Ruiz Díaz
De la pasión por el fútbol, al fútbol como profesión. Este deporte es anhelado por los padres como la futura ocupación de miles de niños y adolescentes de Paraguay, que inundan las academias con el sueño y la exigencia a cuestas de convertirse en ídolos. "Le encanta el fútbol y lo veo con mucho potencial", dijo Pabla Gómez, madre de un niño de 10 años que entrena diariamente en la escuela SC10 en las afueras de Asunción, y que como muchas otras sacrifica horas de espera y de transporte público, por el futuro del hijo.
En el campo contiguo, donde entrenan chicos con 13 años o más, la técnica, la habilidad y la exigencia comienzan a mandar sobre la diversión. Desde las gradas, un padre transformado en improvisado entrenador, no para de hacer indicaciones a su hijo, como "otra vez hiciste eso que no me gusta, no dejes la pelota". En este complejo entrenan unos 180 niños de entre siete y trece años. A partir de entonces, lo hacen ya como profesionales, con la intención de ser elegidos por algún club paraguayo de primera división.
"Promovemos la práctica del fútbol como un deporte, desde la perspectiva de la diversión sana", admitió Luis Romero, coordinador de SC10. Las escuelas de fútbol crecieron sin parar en el país desde 1986, cuando la selección nacional participó en el Campeonato Mundial de México, tras 24 años de ausencia. Un año después, nació la Asociación Paraguaya de Escuelas de Fútbol Infantil, dedicada a la organización de torneos de competencia y que por primera vez aglutinó a los centros de este tipo.
Rubén Maldonado, presidente de la Confederación de Escuelas de Fútbol, señaló que el fenómeno de las escuelas fue favorecido por la paulatina desaparición de las "canchitas de barrio", los campos improvisados en terrenos baldíos que los vecinos del área utilizaban tradicionalmente para jugar al fútbol. Esos espacios gratuitos prácticamente se evaporaron y fueron reemplazados por canchas de pasto sintético, en establecimientos privados. También influyó, y mucho, el que jugadores paraguayos se convirtieran en figuras del fútbol internacional e ídolos locales.
"El sueño de todo padre es que su hijo juegue a nivel profesional, pero en nuestra academia pisamos tierra. Nos corresponde enseñarles y prepararlos", subrayó Romero. Para Maldonado, "algo tiene que ver el interés de los padres de llegar a ser millonarios a través de sus hijos", cuando los llevan a una escuela de fútbol. El fútbol como medio de éxito y bonanza prendió fácilmente en un país donde el 36,6% de sus 6,2 millones de habitantes vive en condiciones de pobreza. De hecho, con excepción de las de los clubes profesionales, la mayoría de las escuelas de fútbol son iniciativa de grupos de padres.
El analista deportivo Benicio Martínez resaltó que el 90% de la selección nacional proviene de las escuelas, lo que evidencia su función de semillero de futuros astros futbolísticos, aunque insistió que "su objetivo primordial es la diversión y la disciplina para los niños".
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