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Martes 1 de Junio de 2010

Golden Gate

El puente de los suicidas

por Manuel Rizzi / Fotos: John Storey / George Steinmetz / Mark A. Johnson / Tony Craddock

El puente Golden Gate de San Francisco es el lugar del mundo donde más seres humanos han atentado contra sí mismos: desde 1937 se han suicidado más de 1.200 personas. Aunque se implementaron estrategias para evitarlo, todas las medidas fracasan. ALMA MAGAZINE indaga en las razones por las cuales eligen este monumental sitio. Cada testigo tiene una contestación diferente. Una crónica con más preguntas que respuestas.

Como una serpiente anaranjada, el puente del Golden Gate se extiende sobre la bahía de San Francisco, California. En las mañanas de niebla, esta víbora sólo asoma la cabeza y los días de sol, atrae con su dorada piel. Es uno de los íconos arquitectónicos más célebres de Estados Unidos y millones de turistas lo cruzan cada año. Entre esa multitud, se encuentran algunas personas que no regresarán jamás: desde su creación en 1937, más de 1.200 individuos se han arrojado para hallar un fatal destino. Muchos lo definen como "uno de los lugares con mayor cantidad de suicidios en el mundo entero" y aseguran que sólo puede compararse con el Monte Fuji, el volcán adonde los japoneses van a buscar una muerte voluntaria.

 

¿Por qué eligen este lugar? Esa fue la pregunta que me impulsó hasta este paraje californiano. Viajé con mi libreta de apuntes e intenté encontrar una explicación al enigma: ¿Por qué aquí? Hay personas que llegan, incluso, del exterior con la única misión de darse muerte en esta monumental construcción. La cantidad de devorados por las aguas de la bahía contrasta notoriamente con otros sitios de la misma costa Oeste: el segundo lugar más popular del país es el puente del memorial George Washington, en Seattle, que sólo cosechó 230 víctimas; mientras que el tercer puesto de este negro podio es para el puente San Diego-Coronado con sólo 200 decesos. La magnitud es asombrosa.

 

Con la intención de averiguar ese misterio, me acerqué para estudiarlo. La idea original era anotar, paso a paso, lo que vería como si fuera un suicida. Con una extensión de 1.71 millas de largo, es, tal vez, el recorrido con mayor cantidad de occisos por metro cuadrado. La primera inscripción de mi libreta reza: "La sola idea de hacerlo da angustia. Es como ir hacia el patíbulo". Luego de meditar los primeros pasos, la caminata toma ritmo y uno se entrega, como embriagado, a las perfectas líneas trazadas por el arquitecto Irving F. Morrow. Con ese ánimo, escribí: "En ningún otro lado del mundo el artificio humano y la naturaleza se conjugan de manera tan perfecta. Esta geografía es tan bella que duele. Pero, a la vez, nos brinda calma. ¿Quizá los suicidas busquen eso?". Sin embargo, esa sensación de paz es interrumpida por el zumbido de los autos y el rugido de los camiones.

 

El puente, propiamente dicho, tiene 4.200 pies. "Si uno sabe que ésta será su última caminata, el tamaño se debe ampliar", me dije. Mientras uno transita esta pasarela, quizá vea pasar su vida. Los desesperados, acaso, pasearán pensando en las oportunidades perdidas, en los golpes de suerte que no fueron, en aquel amor inconcluso que se perdió y con él las posibilidades de triunfar en la vida. Una vida sin gusto: con el sabor amargo de la angustia, con el dejo del veneno.

 

Una médica del hospital de San Francisco explicaba que "la mayor parte de los que tienen ideas suicidas están deprimidos. Los dos principales motivos por los que una persona se deprime son la pérdida del control sobre su situación vital y sus emociones y, en segundo lugar, la pérdida de toda visión positiva del futuro, la desesperación". De ser así, podría uno enunciar una larga lista de amigos, familiares y conocidos deprimidos. La enumeración podría ser tan larga como este puente. Está claro: no todos irán tan lejos. No todos llegarán a tanto. ¿Podríamos decir que la depresión es la principal epidemia de esta época?

 

Suicida reprimido. Patrick M. es uno de ellos. Ahora está intentando escribir un ensayo sobre el puente Golden Gate. Ya con más de 30 años, Patrick M. luce un look de adolescente tardío y su cabello está teñido con el color de la paja. Podríamos definirlo como una de aquellas personas que, en vez de ir al psicólogo, optan por estudiar psicología. En su caso, prefirió abocarse al estudio de las teorías de Emile Durkheim sobre el suicidio altruista y, poco a poco, se convirtió en un experto en técnicas para ultimarse y otras artes de autodestrucción.

 

Al pasar, Patrick contó que "existe un juego llamado suicide chess. Es como el ajedrez, pero al revés: el éxito se logra perdiendo la partida. Al participar nunca sabes si estás haciendo bien las cosas o no. Al terminar una sesión quedas con la cabeza embotada y te sientes mal. En ese sentido, se parece mucho a la vida real, llena de contradicciones incomprensibles".

 

Este experto no cree que los últimos casos de suicidios en el Golden Gate estén relacionados con la crisis económica. "Ese mito proliferó en la época del crack de la bolsa de Nueva York. En 1929, contaban un chiste que decía que había que hacer cola para conseguir una ventana de los edificios por donde arrojarse. Aunque los estudios demostraron que esas versiones eran exageradas", explicó con verosimilitud.

 

La contracara de esta idea es Japón, un país rico con la segunda mayor tasa de suicidios después de Rusia. Tan sólo en 2008, cerca de 30 mil nipones se quitaron la vida y el año pasado, la cifra ascendió a 32 mil. Según las autoridades, la depresión y los problemas laborales son las principales causas. Asimismo, Patrick negó que Suecia sea la meca de los inmolados: "La verdad es sencillamente que Suecia fue el primer país que comenzó a llevar estadísticas honestas sobre suicidios mientras en el mundo católico era un tabú. Por ejemplo, Perú tiene una tasa sospechosamente baja de suicidios: deben ser escondidos por los médicos".

 

La fijación de Patrick comenzó a los 16 años cuando su ídolo, Kurl Cobain -el líder de Nirvana, inventor del sonido grunge- se disparó en la boca en la cercana ciudad de Seattle. "Imagínate. Era un adolescente: escuchaba su música todo el día. Sabía sus canciones de memoria. Y el 5 de abril de 1994, en el telediario muestran su foto: subí el volumen del televisor pensando que anunciarían un nuevo disco y me entero de que él se había matado", repitió mientras sus ojos se nublaban como si la tragedia hubiera ocurrido ayer.

 

Por entonces, quedó fascinado no sólo con la figura del cantante sino también con la ideología grunge y su rechazo a la sociedad de consumo, el mercantilismo y, sobre todo, con el pesimismo existencial. Sin darse cuenta, se enamoró de esos tristes y rabiosos acordes y confundió la rebeldía con la apatía. Entregado ciegamente al no future, terminó creyendo que el tiempo no transcurría y perdió todas las posibilidades de cambio y evolución. Uno podría preguntarse si ese vulgar nihilismo no será la forma más lenta y triste de suicidarse en vida.

 

La caminata continúa. Al llegar al centro del puente, después de tanto andar, nadie tiene deseos de hablar. Uno calla por respeto: desde aquí se han lanzado casi 60 personas. Ese gentío equivale a dos equipos de fútbol más sus ayudantes y managers. Sujetos y mujeres que se sentían solos, y no se conocían entre sí, terminaron eligiendo el mismo sitio para morir. ¿Acaso habrán pensado que se unían en este final? Quizás eso los habría calmado.

 

El método no es gran cosa: sortearon la barandilla y se lanzaron. Entre 4 y 7 segundos tardaron en tocar el agua: uno, dos, tres, cuatro, cinco y splash. Son 245 pies que se escurren a una velocidad de 76 millas por hora: los fulmina el mismo impacto con la superficie. Si eso no sucede, la hipotermia los aniquila en minutos: las corrientes suelen tener una temperatura de 47°F. ¿Ninguno piensa en lo espantosa que es el agua fría? Tal vez eso los desanime. El 98% de los que lo intentan, logran su cometido. ¿Algún finado habrá estudiado las estadísticas con precisión antes de viajar a San Francisco?

 

El ángel de la guarda. Dan es policía y a veces ejerce la violencia. Pero todo esto tiene algo paradójico. Ha salvado una vida usando la única arma que merece utilizarse: las palabras. Hace unas noches, un conductor vio a una mujer, por esta misma pasarela, caminando a los tumbos, presumiblemente borracha o drogada. Por medio de su teléfono celular, se comunicó con la central de policía de San Francisco y desde allí enviaron a Dan. "Condujimos con mi compañero a toda velocidad temiendo arribar demasiado tarde", contó el oficial. Al llegar a esta área, vieron a la muchacha saltando la barandilla y los uniformados corrieron hasta el lugar.

 

"Cuando pudimos hablar con ella ya estaba sobre el borde del puente. Nos dijo que no merecía vivir y que la dejáramos sola", detalló Dan imitando, con su cuerpo, la posición de la joven. Después de un rato de tensión, conocieron la historia personal: su espíritu estaba dolido y quería autocastigarse de la peor manera. Pero el policía no quiso revelar los detalles de la vida de la chica y prefirió contar el secreto de su salvación: "Soy de los que creen que nadie quiere morir. Así que me dediqué a explicarle que se dé, a ella misma, una nueva oportunidad. Que tenía derecho a tener esperanza".

 

La esperanza. Eso sí es raro en estos días en nuestra sociedad: la esperanza es lo contrario de la desesperación. Hace no mucho tiempo, un candidato a presidente clamaba Hope para darle ánimo a su gente. "¿La esperanza es diferente de la ilusión?", me pregunté en silencio. Podría decir que la segunda es una solución ficticia, mágica, sin esfuerzo, que se acostumbra ofertar como un intento de salvación individual. Mientras que la esperanza requiere esfuerzo, trabajo y tesón en pos de un ideal amplio, familiar, grupal. Tal vez esos detalles ayuden a entender a los suicidas que proliferan en este mundo mercantilizado, entregado al placer vacío e inmediato que denunciaba Kurt Cobain. Sin embargo, tanto él como los aficionados al grunge cometieron un error: habían renunciado a su "derecho a tener esperanza" para entregarse al pesimismo existencial.

 

El fin. Aquí, en el medio del puente, uno mira al Golden Gate en perspectiva y con él puede observar toda su propia existencia: errores y aciertos, dolores y goces, derrotas personales y victorias íntimas. El agua pasa, indiferente y a toda prisa, bajo esta impresionante construcción. Esa gran corriente helada y rápida no hace otra cosa que evocar a aquel griego que dijo que "un día, un hombre puede pasar por un río. Si al día siguiente vuelve a pasar, ese hombre ya no será el mismo hombre ni ese río será el mismo". Esas palabras -que ya deben tener cerca de 3 mil años- nos permiten comprender que, aunque no nos demos cuenta, nosotros podemos cambiar y el entorno que nos rodea, también. Ojala que muchos de los que llegan a este punto en el Golden Gate las recuerden.

 

 


 

 

The Bridge: Un documental polémico


Si bien las dolorosas estadísticas del Golden Gate eran conocidas por las autoridades pertinentes, fue el documental The Bridge (2006), dirigido por Eric Steel, el responsable de exponer este drama cotidiano ante los ojos del gran público. Para producirlo, el director envió, durante un año, a varios equipos de estudiantes de la Universidad de Standford a filmar no sólo el puente sino también a las poblaciones cercanas y el litoral marino. Además, dejaron cámaras fijas, sin operador, en lugares estratégicos. De ese modo, lograron captar la muerte de seis personas y un rescate. El material fue acompañado con cuidadosas entrevistas a los testigos oculares junto a los amigos y a los familiares de los suicidas. Con una delicada poética, Steel invita a reflexionar no sólo sobre el suicidio sino también sobre nuestra sociedad, las diferentes enfermedades mentales y la responsabilidad cívica. La película fue presentada en el Festival de Tribeca y en el de San Francisco, despertando opiniones divididas: hubo quienes supieron valorar su esfuerzo y otros que la tildaron de morbosa. Aunque las imágenes más cuestionadas no difieren de las que se muestran en los telediarios, acusaron a Steel de realizar snuff movies, las películas que exhiben muertes o violaciones reales. Ante estas incriminaciones, el director -que también produjo An Inconvenient Truth- alegó que su documental es "una forma de hacer testigo al público de un problema terrible". Al mismo tiempo, confesó que "es increíblemente difícil ver morir a alguien" y que el objetivo de su trabajo es "entender mejor lo que llevó a esas personas a esa espantosa situación". Sin embargo, las autoridades californianas presentaron críticas que poco tenían que ver con lo estrictamente cinematográfico: por un lado, se quejaron porque Steel había solicitado el permiso de filmación indicando que elaboraría un documental sobre este gran monumento arquitectónico y su interacción con la naturaleza; y, por otro, deslizaron que la película, con su considerable atención mediática, había generado un incremento en los intentos de suicidio en la zona.

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