Alma Magazine.com
Nueva York - Bye Bye CBGB

Nueva York

Bye Bye CBGB

Nicholas Winton - La familia de Nicky

Nicholas Winton

La familia de Nicky

Miércoles 18 de Marzo de 2009

Katharine Hepburn

Entre todas las mujeres

por Federico Lisica / Fotos: Fotos: AP / AFP

Fundó un nuevo tipo de divismo: tangible y distante, popular y monárquico, glamoroso y pendenciero, liberal y aristocrático. Un icono que desdeñaba de ello aunque puliera su imagen a destajo. La actriz cargó con todos los apodos. Por delante estaba su talento y un nuevo rol femenino desde la gran pantalla. Fue la muchacha con tonada Nueva Inglaterra, que nunca abandonó su infancia, sus recuerdos más dolorosos, y vivió a su manera por casi una centuria.

 

“¿Quién es Katharine Hepburn? Me tomó un gran tiempo fabricar esa criatura.” Casi 96 abriles, 60 de ellos bajo el candelero público, numerosas temporadas (polémicas, heterodoxas, siempre íntimas) que se reconfiguraban cuando la autora de la frase actuaba sobre un escenario o delante de una cámara. Para la industria, la misma que durante un tiempo la detestó, será por siempre una de sus principales estrellas. Acaso un dato numérico devele aquello referido a su aura. Con cuatro estatuillas doradas, fue quien más veces ganó el Oscar como Mejor Actriz (y la segunda más nominada de la historia)… aunque nunca fuera a recibirlo. Por esas horas Katharine tenía mejores cosas para llevar a cabo.

 

La familia del Mayflower

 

La segunda hija de una familia de descendientes de colonos del Mayflower nació el 12 de mayo de 1907 en Hartford, Connecticut. Katharine llevaría el nombre de su madre, una feminista muy activa en su comunidad que luchaba por el reconocimiento de las prostitutas y encabezaba campañas por el control de la natalidad. Su padre, Thomas Hepburn, era un respetado cirujano, especialista en urología –al igual que su esposa, realizaba tareas en contra de enfermedades venéreas– y tenía como hobbie el atletismo. No eran esnobs, pero portaban su linaje con esmero. Contaban con la amistad del escritor Sinclair Lewis e intercambiaban cartas con George Bernard Shaw. “Me enseñaron a hablar fuerte”, recordó Hepburn. “Mi olfato por la realidad viene de ellos.” Era una ética basada en el trabajo duro, el respeto por sí mismo y la disciplina individual. Las duchas frías en la mañana eran de rigor, y no se toleraba el llanto o la queja. Cuando Katharine o alguno de sus 5 hermanos pedía atención, el patriarca solía decir: “Tómate una aspirina, ve a tu cuarto y recuéstate. No comprometas tu estado de ánimo con el resto”. Decidieron que Katharine estudiara en casa por su timidez y retraimiento, aunque finalmente rompió el cascarón a los 8 años en una cruzada por el voto femenino junto a su madre y pasó tardes en una fábrica repartiendo panfletos con obreros. En otro verano se cortó el pelo y decidió llamarse “Jimmy”. Con su hermano Tom, mayor por algunos pocos meses, eran inseparables. Competían en deportes y jugaban en los bosques cercanos a su casa en Fenwick.

 

La paz familiar se quebró en la mañana del 3 de abril de 1921. Kate halló a Tom colgado en el desván. El suicidio, planificado o parte de un juego enseñado por el padre, significó una tragedia sin cura para los Hepburn –pese a que se empeñaran en ocultar sus sentimientos–. “No había nada que hacer con estos asuntos, mis padres simplemente no creían en compadecerse acerca de nada”, recordaría su hija más famosa. En su caso sería exactamente al revés. Visitaba en soledad el cementerio, y de allí en más decidió festejar su cumpleaños el 8 de noviembre (día del nacimiento de Tom). Y así fue por siempre. A los 85 años, al pasar por una casa en Nueva York similar a aquella en la que murió Tom, Hepburn rompió en un llanto histérico que sorprendió a quienes la acompañaban.


Con 17 años, y un carácter a flor de piel, ingresó al tradicional Bryn Mawr College de Filadelfia. En el recinto donde había estudiado su madre se formó en arte dramático. Obtuvo su título en 1928 y al día siguiente probó suerte en una compañía de Baltimore. La aceptaron, aunque no tanto en casa. “Siempre me dijeron que sea yo misma”, objetó. “Y por Dios, eso es lo que siempre seré… yo misma”, escribió en su autobiografía –apropiadamente titulada– Me. Su debut profesional fue en el mismo año de graduación con una obra que le valió el mote de “la Zarina”. A los pocos meses se casó con un amigo del colegio, Ludlow Ogden Smith. El matrimonio con “Luddy” se parecía más a una relación de camaradas. En realidad, eso era lo que proponía Katharine y su esposo aceptaba a desgano. “En aquellos días aún era un mundo de hombres. Y tomé las medidas preventivas que pude.” Ella no quería ser llamada la señora Smith, tampoco hijos, ni una vida marital. Por delante estaba su carrera. Con el paso de los años mostró algo de remordimiento por su trato con ese compañero de aires socialistas que le dio confianza espiritual y apoyo material: “Fui una cerda. El daba. Yo tomaba. Amor incondicional, eso fue lo que me ofreció”. La relación acabó con un divorcio amistoso.

 

Su consagración en Broadway fue en 1931 con A Warrior’s Husband. David O. Selznick, responsable de la RKO, le ofreció un contrato que Katharine negoció hasta lograr un salario altísimo para una debutante. Alrededor de 1.500 dólares semanales, cuando en el teatro ganaba 100. En 1932, rodó su primera película, Double Sacrifice, con quien sería uno de sus mayores aliados, el realizador George Cukor: “Ni bien la vi, supe que era inusual, distinta, no había ninguna como ella”. Cukor la dirigió en una decena de filmes, entre ellos Little Women en el que encarnó a la andrógina Jo March, un papel que contribuyó a cimentar un nuevo modelo de heroína. En las cintas se la veía brava aunque sin perder un gramo de primor, y fuera del plató se declaraba enemiga de la sofisticación, no asistía a los eventos publicitarios y se vestía con ropa de varón como Marlene Dietrich.

 

La década del 30 se mostraba brillante para Hepburn. A los 26 años y en su cuarta película –Morning Glory– recibió su primer Oscar por el rol de una actriz que se abría paso a la fama. Contra todo pronóstico, la estrella comenzó a apagarse. Tras el estrepitoso fracaso de Sylvia Scarlett (nuevamente dirigida por Cukor), su bote comenzaba a boyar. “Oh, George”, le dijo con su tonada aniñada de Nueva Inglaterra, “tenemos que cocinar algo y pronto para nosotros”. Según Cukor, el problema era que “Kathy no se parecía a los años 30, sino a sí misma. Luego las chicas empezaron a imitarla y la década se pareció a ella”. Mary of Scotland, de John Ford, no levantó la puntería de su carrera, pero sí generó un cambio en lo sentimental. Vivió un tumultuoso romance con el director, ese hombre casado e infeliz que al final de sus días se maldecía por no haberla llevado al altar.

 

Mientras, la carrera de Hepburn iba en picada. No la tuvieron en cuenta para el protagónico en Gone with the Wind, aunque le suplicó al productor David O. Selznick para obtenerlo –sentía que el papel de Scarlett O'Hara había sido escrito para ella–. Le siguieron filmes como Holiday y Bringing Up Baby –ambos junto a Cary Grant–, considerados clásicos absolutos del género screwball, en los que enseñó su ductilidad en la comedia. Sin embargo, la poca respuesta de público le valió un nuevo apodo, y uno que casi acaba con su carrera: “Veneno para la taquilla”.

 

El agente Leland Hayward y el magnate Howard Hughes fueron sus nuevos compañeros y amantes durante los días en los que Hollywood se había sacado esa espina incontrolable. Cruzó a la Costa Este y reapareció en Broadway con The Philadelphia Story. La comedia de Philip Barry llegó a las cuatrocientas representaciones, y su trabajo recibió el aplauso unánime de crítica y público. Envalentonada, recibió un regalo de “the aviator” Hughes: los derechos para que únicamente ella pudiese hacer la versión cinematográfica. Compró su libertad a la RKO por 220 mil dólares y le ofreció el proyecto a la Metro Goldwin Mayer. Louis B. Mayer aceptó, pero no se plegó a las exigencias de la actriz para que los protagonistas fueran Clark Gable y Spencer Tracy. Allí estuvieron Cary Grant y James Stewart y Cukor como director, todos con la pólvora intacta. Consiguió una nueva nominación al Oscar pero perdió frente a Ginger Rogers. No importaba, Kate estaba de vuelta.

 

De allí en más, su mezcla de rebelión y pragmatismo, su máscara profesional despreocupada, su acento reposado y sobreagudo, y su belleza –la altura, el cuello largo, los pómulos altos, las facciones angulosas– imperecedera a cualquier canon, se fundieron con Hollywood. “Todos pensaban que yo era temeraria, incluso arrogante, pero por adentro siempre temblaba”, declaró la mujer que no se olvidaba de sus raíces. Su gran amigo George Cukor señaló: “¿Amor? Al único que verdaderamente quiso en su vida fue a ese chico que estaba en un lote de Hartford”.

 

Quien tal vez pudo competir con su hermano Tom fue Spencer Tracy. Un actor hosco de aire irlandés (y por supuesto dado a la bebida) que la conquistó en el set cuando hicieron su primera película juntos, Woman of the Year (1942). Tracy, un cabeza dura que se reía de su estilo detrás y delante de cámara, Hepburn la refinada que podía ubicarlo en su lugar. Por más de dos décadas vivieron su relación en una menguada clandestinidad ya que Tracy era católico practicante y rehusaba a divorciarse de su mujer. El team en pantalla era una especie de idílico y segundo matrimonio, en el que la guerra de los sexos terminaba encauzándose. “Hay mujeres, y además está Kate. Hay actrices, y además está Hepburn”, dijo de ella Frank Capra cuando la dirigió en State of the Union, uno de los nueve títulos en los que ella demostró la química perfecta con Tracy.

 

No obstante, los aires peleadores de Hepburn estaban intactos. Fue una de las pocas actrices que habló, y bien fuerte, en contra de la “caza de brujas” encabezada por el senador Joseph McCarthy. “El artista, desde el comienzo de los tiempos, ha expresado las aspiraciones y sueños de su pueblo”, dijo entonces. “Silencien al artista y silenciarán la voz más articulada de su pueblo.” En esas manifestaciones junto con “la roja demandante” estuvo Humphrey Bogart –con Boggie realizó The African Queen, filme por el que volvería a ser nominada al Oscar–. Aparte de filmar más clásicos, en los 50 y 60 Hepburn se dedicó a cuidar la maltrecha salud de Tracy. Su compañero por casi un cuarto de siglo murió a los pocos días de finalizado el rodaje de Guess Who´s Coming to Dinner. Por ello, Hepburn se negó a ver la película, y tampoco fue a recibir su segunda estatuilla dorada. Fallecido el actor, le preguntaron a la viuda si sabía algo del affaire de Tracy con la actriz. “Hay un rumor…”, suspiró. Hepburn no se quedó atrás y le respondió: “¿Un rumor? ¿Después de 25 años?”.

 

La larga primavera de la reina

 

Su siguiente trabajo fue The Lion in Winter, donde interpretó a la madre de Ricardo Corazón de León (se dice que el linaje de los Hepburn llegaba hasta esa figura real). Un nuevo Oscar y un regalo impensado para las generaciones venideras. Anthony Hopkins, quien encarnaba a Ricardo en la cinta, se basó en la voz de Hepburn para crear a Hannibal Lecter. Tuvo un sonado éxito con el musical de Broadway Coco basado en la modista francesa, pero los papeles en el cine fueron menguando por decisión personal aunque apareciera en Rooster Cogburn junto a John Wayne (el agua y el aceite de las figuras públicas). El mito prefería descansar en su reino, su famosa casa en la calle 49 de Manhattan, alternando estancias en Fenwick, acompañada por sus sobrinos y conviviendo con su asistente personal Phyllis Wilbourn, de quien la propia Hepburn escribió: “Phyllis y yo somos un solo cuerpo, una sola persona”. Esa relación llevó a que se recordase otra con Laura Harding, a quien se la conoció como “el marido de Kate”. Su testamento fílmico fue en 1981 con On Golden Pond, un drama familiar que le valió su cuarto Oscar y la unió por primera vez en pantalla con Henry Fonda. Antes de comenzar a filmar le dio un regalo al actor: el sombrero favorito de Tracy.


“Heredé de mi abuelo los sacudones de cabeza”, señaló para despejar dudas sobre el supuesto mal de Parkinson que la aquejaba. Por esa época, Hepburn se había transformado en un emblema del buen yankee con toda su prosapia de trabajo a cuestas. “Mi cabeza tiembla, pero les prometo que no se va a caer”, aseguraba. En la primavera de 2003, la voz que sonaba como un metal crujiente dejó de hacerlo. Algunos meses después de su muerte, Kate hacía de las suyas. Cate Blanchett jugó a ser Hepburn en The Aviator. Sería la primera personalidad ganadora de un Oscar en ser interpretada por otra y que la actuación valiese una estatuilla dorada.

 

 


 

Hepburn por Katharine

“Actuar es una profesión infantil. Pretender que eres otro mientras te vendes a ti mismo.”
“Visto este tipo de ropas para no decidir cuál usar.”
“La vida es dura. Después de todo, te mata.”
“He amado y he sido amada. Hay una gran diferencia entre ambas cosas.”
“Los enemigos son muy estimulantes.”
“La falta de trabajo destruye a la gente.”

Calificar artículo

13 Votos

Espacio de lectores Deje su comentario

Seguir los comentarios por email.