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Lunes 30 de Marzo de 2009

Khaled al-Masrí

Pasajero de una pesadilla

por Pablo Rodríguez Ruíz / Fotos: AFP / AP

Estuvo cinco meses desaparecido del mundo. La CIA lo confundió con uno de los miembros de Al Qaeda, y lo secuestró en la frontera con Macedonia. Ciudadano alemán, nacido en Kuwait de padres libaneses, fue torturado, drogado y vejado hasta terminar en una remota celda de Afganistán. Se le aplicó la figura del "traslado extraordinario", medida que los grupos de derechos humanos de todo el mundo consideran totalmente ilegal. Ahora él y la ACLU demandan a la CIA. Su estremecedor caso provocó irritación en Alemania y en Washington.

Khaled al-Masri estaba feliz el último día del año 2003. Relajado en el asiento del bus que había tomado en su ciudad, Neu-Ulm (Alemania), sólo tenía un pensamiento en la cabeza: recibir el 2004 en Macedonia con una buena mesa y brindar por el futuro. Los bajos precios que rigen en la ex provincia yugoslava para los turistas europeos son una tentación, y él se dejó tentar. Atrás quedaba una discusión con su esposa, que lo había llevado a viajar solo. Tampoco estaban con él sus cinco hijos. A los 42 años, al-Masri quería renovar su vida. Hacía 18 años que había dejado Kuwait, donde nació, y a sus padres libaneses, para radicarse en Alemania.

 

La elegida fue la ciudad de Neu-Ulm, de breve historia, porque hasta el siglo XIX sólo había sido un pintoresco suburbio de la imperial Ulm, cuna de hombres como Albert Einstein. Se transformó en un eficiente vendedor de autos. Un trabajo tranquilo y rendidor, según sus colegas. Estas vacaciones formaban parte de esas ideas de renovación. Nunca pensó, por cierto, que iban a significar el comienzo de un increíble suplicio que duró más de cinco meses. Cuando Khaled llegó a la frontera con Macedonia notó que algo raro pasaba. Sus compañeros de viaje seguían hacia el interior del estado (una provincia de fuerte influencia griega, hasta el punto que Grecia ha objetado la utilización del nombre Macedonia para ese país), mientras a él lo retenían en el sitio fronterizo. Le avisaron que su pasaporte había sido incautado y lo trasladaron a un hotel, donde lo interrogaron en inglés. Khaled no salía de su asombro: cada pregunta no respondida era seguida por un golpe, cada vez más violento y más exacerbado. Tal vez no lo sospechó en ese momento, pero la CIA lo había confundido con otra persona de nombre similar, y que figura en la lista de sospechosos por los ataques del 11 de septiembre.

 

En ese hotel vivó 23 días en condiciones denigrantes, sin poder entenderse con los captores, hasta que aparecieron en su improvisado sitio de captura "siete u ocho hombres vestidos de negro con las caras cubiertas por pasamontañas", según después relataría al diario The Washington Post. Los recién llegados se abocaron de inmediato a grabarle un video de un cuarto de hora y renovaron el interrogatorio. La palabra Al Qaeda aparecía en muchas de las preguntas, y Khaled no tenía forma de aproximarse, siquiera, a las respuestas.

 

 

Tortura, droga y violación
En una camioneta, maniatado y vendado, lo trasladaron a un lugar indeterminado –ahora piensa que era una oficina desierta– para practicarle, dijeron, una revisación médica. En realidad, el horror recién comenzaba. Lo único que recibió fueron nuevos golpes y la exigencia de desvestirse. Como se negó, le cortaron las ropas con tijeras y cuchillos y, en el suelo, lo violaron. Abandonado en el piso, oyó que le sacaban una foto tras otra, mientras los sujetos reían a carcajadas, a veces, y hacían absoluto silencio, otras. Por la fuerza le pusieron un traje azul, lo esposaron en las manos y los pies, le taparon los oídos y los ojos y, sin mediar palabra, le calzaron un pañal, lo que le hizo pensar que iba a pasar largas horas fuera de un lugar habitable. Su presentimiento se cumplió: Khaled fue subido a un avión y perdió el conocimiento. Lo habían inyectado poco antes, lo habían drogado. Era un avión alquilado por la CIA, que había llegado el día anterior de Palma de Mallorca.

 

Con Khaled a bordo, la máquina despegó del aeropuerto de Skopje, capital de Macedonia, con rumbo a Bagdad. Lo de la capital iraquí fue sólo una escala técnica: el destino final del viaje era Kabul, la capital afgana, un país en el que Estados Unidos sigue en guerra para atrapar, sin éxito aún, al hombre más relevante de Al Qaeda: Osama Bin Laden.

 

Pero Kabul es algo más que un teatro bélico: es una ciudad enclavada en un país sin ley o, por lo menos, sin ley que alcance a las tropas que se instalaron allí poco después de los masivos ataques a New York. El avión, después de dejar al secuestrado, sólo permaneció un día en la capital de Afganistán: al día siguiente ya viajaba a Timisoara (Rumania), y el 28 de enero tocaba tierra norteamericana, en Washington.



La sucia celda de un NN
Khaled despertó en un lugar frío y sucio. No necesitó ver mucho para comprobar que era una celda. Pero ignoraba a dónde había ido a parar, sólo por tener un nombre parecido a un presunto terrorista. Cuando quiso saber dónde estaba, alguien le respondió ásperamente: "Usted está en un país en donde nadie lo conoce. Si muere acá, lo enterrarán como un NN". Casi cuatro meses después, los captores cayeron en la cuenta de que, aunque aumentaran las atrocidades contra el prisionero alemán, nada obtendrían de él. A su vez, algunas denuncias se habían filtrado hasta la propia cabeza de la CIA –el entonces director George Tenet, relevado tiempo después por George W. Bush–, y Khaled fue el tema en un fugaz diálogo entre Tenet y la mujer que en ese momento era la responsable de seguridad nacional, Condoleezza Rice. "Lo dejaremos libre. No habrá ningún rastro. Ni pasajes ni asentamientos en hoteles", le habría asegurado el jefe de Inteligencia. Un hombre de aspecto amable (el primero en casi medio año) se asomó una noche a la celda de Khaled al-Masri. Hablaba en alemán (el primero en tanto tiempo) y lo confortaba con una sonrisa. "Va a quedar libre", le dijo.

 

El cautivo fue trasladado a un avión y lo ataron al asiento. En algún lugar de Albania permitieron que bajara. "Cuando me alejaba de la máquina, cuesta abajo, pensé que me iban a fusilar", recuerda ahora Khaled el terror que sintió en aquel momento. Hasta allí, la historia de un suplicio que muchos pensaban sólo ocurría en la ficción del cine. Pero no todo termina allí. Khaled no está dispuesto a olvidar esos meses en que estuvo "desaparecido" (ese macabro invento de matanza sin cadáveres, que aplicaron militares latinoamericanos), que fue golpeado, torturado y violado.

 

El tranquilo vendedor de autos de Neu-Ulm se puso desde el primer día de su libertad a trabajar por sus derechos. Lo primero, entablar un juicio por daños a la CIA. Condoleezza Rice, ya en su nuevo cargo de secretaria de Estado, salió al cruce de la información que provenía de Alemania: "Estados Unidos no practica ni acepta la tortura", aseguró, aunque siguen lloviendo las denuncias de las prácticas del ejército americano en las prisiones del exterior, especialmente en Guantánamo. El caso Khaled se enmarca en una figura que utiliza el gobierno de Bush llamada de "traslados extraordinarios" (extraordinary rendition). Según ella, los sospechosos de participar o haber participado en acciones de terrorismo internacional pueden ser secuestrados y puestos a bordo de un avión para trasladarlos a terceros países sin que medie proceso judicial alguno.

 

Para los grupos de derechos humanos, el "traslado extraordinario" es una violación de las leyes internacionales. Washington insiste en que esas operaciones son conducidas siempre dentro de la ley. Por los lugares que se eligen como destino final de los viajes, no parece ser creíble: las leyes de Afganistán, por ejemplo, siguen siendo todavía hoy una verdadera entelequia.

 

 

La ACLU vs. la CIA
Una de las consecuencias más notables del caso Khaled ha sido el juicio que entabló la ACLU (American Civil Liberties Unión) en el distrito de Alexandria, estado de Virginia. La entidad sostiene que el ex director de la CIA George Tenet y otros oficiales del organismo, "violaron las leyes de Estados Unidos y de los derechos humanos al autorizar a sus agentes a secuestrar al señor Masri". La presentación judicial define el suplicio del ciudadano alemán como "una detención prolongada y arbitraria, torturas y otros tratamientos crueles, inhumanos y degradantes". El propio Masri habló vía satélite desde Stuttgart, Alemania, en una conferencia especial de noticias ofrecida por la ACLU en Washington. Allí relató que fue "golpeado e inyectado con drogas" antes de ser llevado a Afganistán, donde se lo recluyó durante cinco meses. Agregó que fue sometido a interrogatorios "coercitivos" bajo "condiciones inhumanas".

 

En la actualidad, Masri está reclamando una indemnización por daños del orden de 75.000 dólares, además de una disculpa formal del aparato de seguridad norteamericano. La ACLU sostiene que el gobierno de Washington debe rendir cuentas por los llamados "traslados extraordinarios". "Secuestrar a un ciudadano extranjero con el propósito de detenerlo e interrogarlo fuera de la ley es contrario a los valores de Estados Unidos de América", dijo Anthony Romero, director ejecutivo de la entidad. "Nuestro gobierno ha actuado como si estuviera por encima de todas las leyes. Hoy vamos a las cortes para reafirmar que lo que manda la ley es central para nuestra identidad como nación".

 

 

Angela y Condoleezza
El caso resultó una piedra en el zapato para la flamante premier alemana Angela Merkel, que llegó al poder por un estrecho margen sosteniendo una política de centroderecha. En Berlín, la nueva canciller, que quisiera tener una relación más cercana con Washington, se entrevistó con Condoleezza Rice, y al salir de la conferencia declaró: "Estados Unidos ha reconocido haber cometido un error al detener al señor Masri". Rice evitó hablar directamente del caso, pero comentó que su país "busca rectificar cualquier error que se haya cometido". Ambas coincidieron en que "el trabajo de inteligencia es una parte esencial en la guerra contra el terror, pero no debe quebrar la ley internacional". Pero quienes escucharon en ese momento las palabras de Rice no pudieron olvidar que horas antes de viajar a Alemania había sostenido que "los traslados extraordinarios, que implican llevar por avión a los sospechosos de un país a otro, son un arma legal con la que contamos en el país". En Alemania, el Parlamento debatió el caso Khaled, y el propio ministro del Interior germano denunció un intento de Estados Unidos de pagar un dinero por el silencio del cautivo alemán, según reveló el semanario Der Spiegel.

 

El abogado de Masri, Manfred Gnjidic, lo desmintió. "Hay muchos rumores dando vuelta por allí, y todos tienen la misma intención: desacreditar a la víctima", declaró al Süddeutsche Zeitung. En cambio, un miembro clave de la coalición verde del Parlamento, Hans-Christian Ströbele, dijo a la agencia Reuters que "si el pago de ese dinero fuera verdad, sería una admisión adicional a la culpa de los americanos. Nadie paga nada si no es consciente de haber cometido un grave error".

 

El caso Khaled, lejos de estar cerrado, vuelve a mostrar una de las facetas más oscuras de la política interior y exterior que lleva a cabo Estados Unidos. Bajo la patriótica bandera de oponerse al terrorismo –que, nadie olvida, golpeó con crudeza impensada el propio corazón del país–, la administración Bush ha hecho tabla rasa con muchas de las garantías individuales que son parte inseparable del estilo de vida estadounidense y occidental. Desde las escuchas telefónicas, desmentidas y luego aceptadas, hasta la violación de la legislación internacional, todo forma parte de una cadena de despropósitos que van desmereciendo, poco a poco, la idea universal de libertad que supo transmitir este país a lo largo de muchas décadas de su historia.

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