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Jueves 1 de Octubre de 2009

Las mujeres de los narcos

Tan fantástica no fue la fiesta

por Andrés López López y Juan Camilo Ferrand / Fotos: Gentileza Santillana / Random House,

El Cartel de los sapos se convirtió en un éxito de ventas y dio origen a la serie que con el nombre de El Cartel han visto millones de televidentes dentro y fuera de Colombia. Uno de sus autores, Andrés López López, había conocido el mundo del narcotráfico desde adentro y en una prisión de Estados Unidos escribió los pormenores de la existencia de los integrantes de un cartel de drogas. Ahora junto con Juan Camilo Ferrand se inmiscuyen en las vidas de las esposas y mujeres de muchos de los más reconocidos narcotraficantes colombianos. Son seis relatos verídicos, construidos después de varios días de entrevistas y conversaciones con ellas. Las fantásticas llegó a las tiendas a mediados de septiembre publicada por Santillana bajo el sello Aguilar. Aquí, un fragmento del capítulo “Estos celos me hacen daño, me enloquecen”, la historia de la esbelta Noelia Ortega.

Ya habían pasado cuatro años desde que Noelia se casó y ésta aún no terminaba de conocer al hombre con el que lo había hecho. Yo no sabía que él fumaba marihuana. Ni siquiera sabía a qué olía la marihuana, pero a éste le dio por empezar a fumar marihuana en mi presencia. De un momento a otro sacó un cacho, y le empecé a pelear por eso.
–¡Mis hijos no van a ver esto! ¡Olvídese!
Empecé a pelearle. Le agarré la marihuana.
–Si me bota la marihuana, me voy para la calle.
–¡Pues se va para la calle!
Y empecé a tirarle la marihuana por el inodoro. Yo nunca le permití a él hacer eso delante de mis hijos. Claro que tampoco nunca la dejó. Lo hacía al escondido o en la calle. Mi hijo mayor tenía como cuatro años, y Johnny lo llevaba donde un amigo de él que era un marihuanero horrible, desde que se levantaba hasta que se acostaba andaba con un cacho de marihuana en la mano. Un día que llegó Johnny de la calle, el niño se le acercó.
–Papi, usted huele a lo mismo que huele la casa de su amigo.
–Cómo así, hijo, a qué –le preguntó el incrédulo y perdido Johnny.
–Pues a lo que huele esa casa.
–¡A marihuana! –le dijo Noelia, al tiempo que le pellizcó.
Es que ni de novios, ni de recién casados. Para mí eso fue muy raro. A pesar de su encariñamiento con la hierba, sus dos hijos eran su polo a tierra. El siempre procuró mantenerlos alejados de todo ese mundo que por momentos le copaba su tiempo. Ellos, sin embargo, lo notaban y en su ausencia confrontaban a Noelia: le preguntaban qué era lo que hacía su padre que se iba de la casa por períodos tan largos. Ella les inventaba cuanta excusa se le ocurriera, pero Johnny, al regresar, ponía las cosas en orden con cuentos e historias fantásticas de travesías por el territorio nacional.
Su hijo menor, además, sentía cierto rechazo por Rasguño. Celos, quizás, al pensar que el tiempo que pasaba su padre con él se lo quitaba a ellos. Siempre que su padre salía de la casa, el niño le preguntaba que para dónde iba.
–Papá, ¿usted por qué siempre se tiene que ir para donde ese señor? –lo increpaba el niño–. Es que a mí no me gusta que usted mantenga por allá. Qué pereza ese señor.
Los niños disfrutaban con el papá sólo cuando él estaba en la casa. Johnny no los llevaba a ningún lugar donde pensara que corrían algún riesgo porque él protegía a los niños. Jamás los puso en peligro ni los llevó a ninguna finca ni a ningún sitio donde estuvieran los demás narcos. Nunca, por ejemplo, ni siquiera los llevó a que conocieran a don Hernando. El los quería muy lejos de ese mundo corrupto y peligroso. Así son la mayoría de los narcotraficantes: violan todas las normas en la calle pero pretenden una vida recta en el seno de su familia; pretenden armar una burbuja para dejar en ella a los que quieren.
De la casa que le regalaron sus padres, Noelia se mudó con sus hijos a una muchísimo más grande y amplia, con piscina, que le regaló Johnny. Allí él aparecía regularmente con regalos para toda la familia. El era muy detallista. El día de la madre, el día de Navidad, en mi cumpleaños, él no faltaba y me regalaba plata. Yo salía y compraba lo que quisiera; además tenía también mi tarjeta de crédito que él pagaba. Lo que yo más compraba era ropa, que es lo que más nos gusta a las mujeres. Claro que cuando él llegaba borracho y no me había dado plata, yo lo cartereaba. Mejor dicho, le metía la mano al bolsillo y le robaba la plata.
De la misma forma que llegó el dinero para comprar la comodidad y la ropa por montones, llegó el momento de comprar propiedades en el extranjero. Con algún dinero que Johnny se había ganado en su próspera carrera criminal, Noelia viajó a los Estados Unidos en una época en la que todos los narcos se afanaban por tener viviendas en Miami. Johnny no era la excepción. Con una suma de dinero que Noelia declaró en el aeropuerto, más otra que por intermedio de un trabajador en los Estados Unidos le entregaron, ella adquirió una casa en Miami. Aprovechó además el viaje para abrir una cuenta bancaria y comprar los regalos para sus hijos en época navideña.
Ya de regreso en Cartago, todo volvió a la normalidad: los hijos al colegio, Noelia a cuidar de la casa y Johnny a sus andanzas de siempre. Johnny era muy perro. Una vez estábamos en la casa cuando le sonó el teléfono.
–Mija, ya vengo –le dijo tras colgar el aparato.
A los diez minutos regresó con la boca toda pintada de labial rojo.
–¡Mire lo que tiene en la cara! –le alegó Noelia, y salió corriendo de la casa.
Al momentico me fue a buscar. Es que Johnny tenía disculpa para todo: Eso fue una amiga que me chantó un beso en la boca. Otra vez, para poner otro ejemplo, siendo como las tres de la mañana, yo veo que él no está por ninguna parte; entonces me asomo y lo veo en el piso de abajo hablando por el celular en voz muy baja.
–Johnny, qué hace.
Le quité ese celular y descubrí que seguía hablando con la moza esa. Le tiré el teléfono y se lo destortillé contra la pared. Johnny era muy descarado, definitivamente, y hacía las cosas sin medir las consecuencias. Johnny habría de pagar las consecuencias años después, tras las rejas, cuando su carrera delictiva llegara a su fin. Pero no todos eran malos ratos. El tenía muchas cosas buenas, también era muy generoso. Todo lo que yo viví con él no fue malo. La plata que Johnny tuvo nunca la disfrutó porque él la conseguía para los demás. Nunca se montó ni me monté en un carro lujoso; nunca le gustó tener ropa de marca. Yo le regalaba algo de marca y a él le daba una ira. Nunca le gustaron ni los relojes ni nada. Las joyas que llegó a tener, se las regalaron los amigos porque nunca le metió un peso a eso. A él le gustaba para ayudar a los demás, para la familia, para darle gusto a los hijos, a mí, pero nunca para él, él nunca disfrutó eso. Nunca paseó, nunca viajó, nunca conoció nada. Lo único que le gustaba era el ganado y las fincas, pero nunca como los traquetos de estar en una casa lujosa. En algún momento yo sí me sentí rica, pero para él todo era igual.
Mi papá siempre nos crió con todos los lujos, todas las comodidades, nunca nos faltó nada. La única vez que yo pasé un poco de necesidad fue cuando me casé con Johnny. Y eso fue sólo al principio. Nunca vivimos en ese mundo ostentoso. A los niños en el colegio se les pagaba el bus, ni un chofer para ellos ni para mí. Lo que pasa es que a nosotras las mujeres nos gusta la buena vida. Así no tengamos una vida sentimental buena, llenamos todos esos vacíos comprando, dándonos gusto. Sacrificamos una cosa por la otra.
Claro que en mi casa Johnny nunca tuvo una queja mía. Es que él siempre sabía dónde estaba yo. Yo se lo hacía saber por respeto, y en general me porté muy bien y muy dignamente en la relación. Nunca tuvo una queja mía. Llevé una vida muy transparente, nadie tiene nada que decir de mí, ni mucho menos yo tengo algo que esconder. Es que nunca le di motivos para dudar de mi conducta porque nunca se me pasó por la mente engañarlo ni jugar con él. Otra cosa eran esas muchachitas de Cartago que lo engatusaban sólo para explotarlo económicamente. Esas sí eran terribles. Las historias de esas niñas eran estruendosas, pasaban de mano en mano: un día andaban con Rasguño, otro con otro y así hacían la ronda para conseguir su ropa y sus lujos. Es que todas esas muchachitas morían por los traquetos. Con esa mano de regalos que les mandaban, la ropa, los carros los paseos, ¡así ni modo! Por eso terminaban todas ahí enredadas y no crea que muy bien tratadas. Eran simples objetos, pero a ellas no les importaba eso. De aprecio por su propia persona no había ni rastros. Cambiaban la vida por ropa, por joyas, por paseos.
No es por nada pero Johnny sí fue un buen padre. Una vez nos llevó a la ciudad de hierro. Eso fue porque los niños lo hicieron ir y se montó en todas esas cosas, con los hijos y los amiguitos. Claro que después me confesó que lo hizo sólo para no mostrarle miedo ni a los niños ni a los amiguitos; es que él de verdad amaba a esos niños.

Otro de los aspectos realmente extraños de Johnny era que solía comprar cuanta chuchería o baratija viera en la calle, ofrecida por cualquier vendedor ambulante. Ellos lo conmovían mucho. Su forma de trabajar lo emocionaba y siempre que se cruzó con uno de ellos, lo hizo sentir bien y le compró lo que vendiera sin importar de qué se trataba. No podía ver a nadie vendiendo algo porque él se lo compraba todo. Nunca se me olvida que llegaba a la casa con carritos ambulantes, golosinas, artesanías, con los palitos que venden los Hara Krishnas, con vasijas; es que no podía ver un vendedor porque le daba pesar. (…)
Otra vez fuimos dizque a Coveñas. Nos llevó a todos, a la familia de él y a la familia mía; estaba mi mamá, sobrinos, primos, esposas, esposos, tíos, todos y los vendedores hicieron su agosto. Le vendían todo lo que llevaban, casi no nos daban tregua para disfrutar, y él compraba y compraba porque cada uno lo conmovía con una historia más triste que la del anterior. Todos los días desde la mañanita nos tocaban la puerta cargando collares, vestidos, ceviche; es que él les compraba todo. Gafas, bronceadores, artículos extraídos del mar que nosotros mismos habríamos podido recoger.

Pero bueno, andar con él era toda una aventura. Cuando andábamos de paseo, Johnny llevaba mucho billete porque él les daba gusto a todos. Comíamos lo que queríamos, montábamos en todas las atracciones, podíamos escoger lo que nos gustara, que por plata no había problema. (…)
Puede que Johnny no disfrutara de las marcas europeas ni de las joyas o artículos de afamados diseñadores, pero su esposa y sus hijos eran diferentes. En cierta ocasión en la que llevó a su hijo mayor al San Andrecito de Pereira para comprarle un reloj en cualquiera de los múltiples almacenes que traen mercancías de contrabando, el niño se asomó a una de las vitrinas con su regalo claramente dibujado en la mente.
–Papi, yo quiero un reloj.
–Escoja el que quiera, mijo.
Se les acercó entonces el vendedor.
–A la orden.
–Yo quiero un reloj Rolex o Cartier, por favor –le dijo el niño con total naturalidad.
Johnny, contrario a lo que se pensaría, no se rió. En realidad no sabía dónde meterse ante la vergüenza que le produjeron esas palabras pronunciadas por su hijo. Yo no sé de dónde el niño habrá sacado eso porque ni por parte mía ni por parte de la mamá nos escuchó nunca decir marcas. Finalmente Johnny le compró un reloj cualquiera pero el niño salió convencido de que ése era su fino Cartier. (…)
Noelia, por lo general, así existiera mucha ostentación y muchos lujos, se mantenía muy alejada de la vida delictiva y la vida social de Johnny. Yo sí fui a las fiestas de cumpleaños de los hijos de alguno o cosas así pero nunca a las fiestas esas que organizaban donde se veía de todo. Esa es una de las diferencias entre las dos generaciones de mujeres que existen al interior de los grupos de narcotraficantes: las esposas y las queridas; unas mayores, las otras menores. O incluso entre las que se vuelven esposas pero que no pasan de los 25 años. Ellas sí acuden a todas las parrandas y son partícipes, al tiempo que ellos esperan que los acompañen.
En diciembre, la señora de Rasguño –una mujer de 48 años todavía muy hermosa, perteneciente a una buena familia y víctima también de los desmanes de su esposo con la cantidad de mujeres que él tenía y las fiestas escandalosas que daban de qué hablar en toda la región– organizó una fiesta. Nos invitó a nosotras las esposas y a los empleados. Era la fiesta del grado de la hija de ellos y fue hasta el Binomio de Oro. No era una fiesta como las que uno se imagina de traquetos y como las otras que él hacía que eran toda una extravagancia, no. Esta era una fiesta muy sobria, todo fue muy bonito, con decorado hawaiano muy bien logrado. La señora de Rasguño era una persona muy decente, ha sido toda una señora, una dama en la extensión total de la palabra y esta fiesta de grado la organizó ella. Había toda clase de comida y de bebidas, todo estaba hecho con estilo y delicadeza. Era otra clase de fiesta, no las orgías de locura del marido cuando ella no estaba presente. No, a esta fiesta asistía la familia oficial, nada de amiguitas ni amantes, ni nada vulgar o fuera de lugar.
A otra fiesta decente que fui fue a los 15 de la hija de uno de los socios de ellos. Todo también estuvo en orden como debe ser, pero a fiestas raras, fincas, cabalgatas, salidas en moto, droga y sexo, nunca asistí. Mi esposo nunca quiso involucrarme en nada de eso ni a mí ni a los niños. El hacía una clara diferencia entre estos dos ambientes. Cómo será que yo no conocí la finca El Vergel. Johnny lo único que le decía a los hijos y a mí era: Me voy para donde el patrón, para donde el patrón y para donde el patrón. Eso era lo único que nosotros le escuchábamos. Nosotros hacíamos nuestra vida: yo iba al gimnasio, a llevar los niños al colegio, a recogerlos, a visitar a mi familia o a la familia de él, pero nada más. Nunca, nunca fui ni salí con esposas o mozas o amigas de traquetos.
Hoy en día, Noelia agradece que durante la crianza de sus hijos Johnny mantuviera esa distancia con ellos. Mis hijos nunca lo vieron a él con Rasguño. Es que aparte de todo, a Johnny casi nunca le conocí amigos, no ve que a él no le gustaba llevar a esa gente a la casa. Cuando estábamos los dos solos, a mí me gustaba cuidarlo. Le llevaba el desayuno a la cama porque a él le gustaba mucho que yo lo atendiera. Claro que cuando fue pasando el tiempo, a mí ya me daba pereza, entonces yo dejaba que se lo llevara la empleada, o ella cocinaba y yo se lo servía. Es que, poco a poco, él me fue cambiando. El tiempo y los problemas contribuyen al tedio en las relaciones de pareja. Pero mientras estábamos bien yo fui sumisa y abnegada. Claro que usted le pregunta esto a él y seguro le dice: Esa mujer es muy brava. Pero es que uno tiene que ser igual porque de lo contrario, barren y trapean con uno.
Ya después él se volvió tan tremendo. Yo prefería estar con mis hijos o con una amiga que con él. A mí ya no me gustaba compartir con él. Yo sí lo amé pero a veces me pregunto por qué. Y lo peor es que no he podido encontrar la respuesta. Es que nunca fui feliz.

–Mija, ¿es que nunca tuvo momentos felices conmigo? –le preguntó un día.
Y yo realmente no me acuerdo. Los momentos felices míos fueron los hijos.
–Ah, pero yo sí tuve momentos felices con usted –respondió él.
Porque yo sí se los di, ésa es la diferencia. Siempre me porté muy bien, lo consentí, lo respeté, lo ayudé; considero que fui una gran mujer, una gran esposa, porque nunca le fui infiel. El fue el primero y el único hombre en mi vida.
Una cosa sí aclaro. Nunca me tocó ver que él le hiciera algo malo a alguien. De él se podrán decir muchas cosas, pero a mí no me consta nada. El era de mal genio y no se le daba nada decirle la verdad en la cara a cualquier persona. Yo sí me enteré de algunas cosas porque al fin y al cabo el marido siempre cuenta cositas, o uno escuchaba historias; es que Cartago era un pueblo pequeño y pueblo pequeño, infierno grande. El sí cogió la fama de que cuando no era Rasguño, era él el que mandaba. Pero a mí personalmente no me consta nada. Es que yo realmente conocí a Rasguño muchos años después. Sólo lo vi una vez. Si ni siquiera iba a las fiestas de la hija cuando estaba pequeña. Ese señor no se dejaba ver. Ni yo tampoco.
–Oiga, Johnny, y su mujer dónde está que no se la conoce nadie –le preguntó Rasguño un día.
–Es que a mi mujer nadie tiene por qué conocerla –le respondió Johnny con seriedad.
Nunca le gustó involucrar la vida de nosotros con esa gente. Me pareció la mejor decisión, y muy bueno que mis hijos siempre estuvieran alejados de ese mundo horrible. Yo a veces pienso para qué se metió él en eso si nunca fue un hombre ambicioso. Siempre fue un hombre normal. Yo sí me daba gusto comprando ropa porque, eso sí, cuando iba a los Estados Unidos, le compraba a mis hijos y compraba para mí; le gastaba a mis hermanas, le llevaba regalos a todos, pero nunca esa gran vida, como podrán decir de cualquier otra persona involucrada en una situación similar. Eso nunca.
Contrario a como lo viera Noelia en su posición de esposa y madre de sus hijos, que sufría más que todo por sus infidelidades y su apego a la marihuana, para las autoridades Johnny Cano era un peligroso narcotraficante. Había pasado de ser un simple chofer y escolta de Rasguño a heredar el imperio criminal del capo. Además, la DEA lo tenía en la mira por considerarlo el encargado de controlar las operaciones de mafiosos y sicarios en el Norte del Valle. Para las autoridades, el Norte del Valle y sus zonas aledañas son todavía considerados como la joya de la corona de los mafiosos pues a través de sus ejércitos irregulares, los peligrosos capos controlan las rutas de escape ante una situación apremiante y custodian los laboratorios y cultivos de cocaína asentados en la región. Así fue y así sigue siendo.
Para septiembre de 2003 Johnny ya había sido incluido por las autoridades colombianas y estadounidenses en la lista de los grandes narcotraficantes, por quien ofrecían la suma de hasta cinco millones de dólares a quien diera información que condujera a su captura. Para esa misma época, la corte federal del distrito oriental de Nueva York, por intermedio de su fiscal Bonnie Klapper y el agente del ICE Romedio Viola, lo reclamaba en extradición bajo cargos de narcotráfico y lavado de activos. Pero la investigación de las autoridades no sólo se centraba en él. También incluía a su esposa, Noelia, por lavado de dinero.
Alertado por el monto que se ofrecía por su cabeza y la acusación de la que era objeto en los Estados Unidos, Johnny extremó las medidas de seguridad. Poco o nada sabía Noelia en aquel momento de su paradero. Mientras esperaba que diera señales de vida, ella pasaba sus días llevando a sus hijos al colegio o visitando el gimnasio. Es que yo por esa época vivía muy bien. Prácticamente él no vivía conmigo porque se mantenía escondido, y yo era la que tenía que ir a donde él estaba. Muchas veces pasaban dos y tres meses que ni nos veíamos; tampoco me provocaba que me tocara. Me daba rabia con él porque nunca pararon los chismes de que él tenía otra. Además, como casi no estaba en la casa, yo vivía contenta porque a mí me gustaba estar sola con mis hijos.
De Cartago se fueron a vivir a Medellín, donde veía aun menos a su esposo. Unas veces él mandaba por mí y nos veíamos en esas fincas donde se escondía o en apartamentos en Medellín. Recuerdo una vez que nos quedamos como ocho días en un apartamento encerrados y escondidos, y de ahí unos amigos de él nos llevaron para una finca en Llano Grande como 20 días. Salíamos de donde estábamos siempre en la noche, dábamos vueltas y vueltas y ya. Claro que él vivía muy aburrido; él decía que eso no era vida. Es que cuando yo estaba con él, pasaban esos helicópteros, y como por esos lados pasan helicópteros todo el día, a él le daba mucho susto y a mí también. Johnny reconocía desde la distancia el ruido de las aspas del aparato. Se tiraba al suelo. Se escondía debajo de algo y a mí me tocaba hacer lo mismo.

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2010-01-24 06:04:36

Mis respetos la verdad, para ser mujer de un narcotraficante se necesita de muchisima fortaleza, valor y sobre todo amor, no es nada fàcil, es horrible vivir siempre con la idea de que en cualquier momento le puedan hacer algo,lo puedan matar, o lo puedan detener, o peor aun que atenten contra los hijos o la esposa, en mi caso soy solo su novia, se que no es casado xq conozco a su familia, seguramente tiene muchas màs por ahi, pero tambien se que significo yo para el, y la verdad aguanto todo eso porque yo realmente lo quiero, no lo quiero por lo que tiene, por los carros, la ropa ni porque me compre cosas, es màs yo jamàs le eh pedido ni exigido nada, claro que a tenido detalles, costosos o no pero siempre porque el quiere hacerlos no porque yo le pida, tambien pasan dias o hasta semanas que derrepente no se nada de el, y me preocupa, pensar que algo malo le paso o que esta con alguien màs y se olvido de mi, pero despues me entero que fue porque tenia mucho trabajo o porque no podia hablar si no era màs que para sus asuntos de negocios, llevamos casi 5 meses juntos, lo eh visto muy pocas veces en comparacion con cualquier otra relacion, una relaciòn "normal", pero siempre ah estado ahi, por telefono, por mensages, al pendiente, platicamos,discutimos y hasta hay veces que solo me habla a las 4 de la mañana para dedicarme una canciòn y decirme que me quier, cosa que al principio me costaba bastante creer, pero en fin eh soportado todo esto, por que lo quiero y porque se que el tambien me quiere y necesita a alguien que lo quiera de verdad, fulanas que lo busquen por su dinero, las camionetas, fisico, o por el simple hecho de saber cuales son sus negocios le sobran, lo se y es bastante molesto, pero tambien se que como dice el texto, son mujeres que van de mano en mano, un tiempo estan con el y otro con el amigo o hasta con el contrario, con el que pague mejor, porque de una o de otra manera eso es prostituciòn, ellos las usan por un rato y les regalan cosas o les pagan la borrachera con buenos vinos, pero al final regresan con la persona que saben que realmente los quiere, porque en cierto modo somos su apoyo, hay tantas historias detràs de ellos, tanta falta de cariño que quizàs eso sea lo que nos hace quererlos tanto a tal grado de soportar tantas cosas, sus engaños,el peligro y los comentarios de la demàs gente. Se que talvez algun dia me tenga que separar de el, no es lo que yo quisiera, pero tambien se que nunca lo voy a dejar de querer, porque yo conozco al hombre que es, sus debilidades, cuanto quiere y respeta a su madre, como a luchado siempre por su familia desde que se convirtio en el hombre de la casa, al hombre que llora cuando recuerda cuando su padre los abandono, al hombre que al igual que jonnhy no piensa dos veces en darle dinero al limosnero, al que llega a cantar al restaurante, o al niño que vende semillas en el semaforo, al hombre que no puede dormir sin antes resar,yo conozco al hombre tierno y cursi que me llama por las noches para decirme, perdon por despertarte, buenas noches mi amor, te quiero mucho, descanza que Dios te bendiga, hasta mañana.

te adoro C. :)

2010-01-24 06:03:21

:)

Cantidad de Comentarios: 2