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Luchando por una vida mejor

Akira Kurosawa - El último samurái

Akira Kurosawa

El último samurái

Jueves 12 de Julio de 2012

Marlene Dietrich

Angel de leyenda

por Vicente Batista / Fotos: Guido Oberländer / Claire Herzfeld / Rudolf Peukert / Ulrike Waldoff / Henry Lovett / Jack Weisman / Ron Lowrey / Greg Simonian

Sin saberlo, cuando apenas dejaba de ser adolescente y enfrentaba a los fotógrafos publicitarios, dijo con desparpajo una frase premonitoria: “Ya que quieren piernas, tendrán piernas”. Hollywood mediante, junto a su rostro y sus enigmáticos ojos, serían la marca indeleble de la protagonista de The Blue Angel. Vivió su bisexualidad a los ojos de todos, casi con voracidad, en tiempos en que el recato parecía lo más aconsejable. En la gran guerra repudió a Hitler, fue al frente de combate con el general Patton –a quien enamoró–, y fue condecorada. Finalmente, cuando esas piernas de leyenda la abandonaron, Marlene Dietrich se recluyó en su casa parisiense y nadie supo más de ella hasta su muerte. 

El 27 de diciembre de 1901, Erich Otto Dietrich, oficial del ejército prusiano, caminaba nervioso de una a otra punta del living: Wilhelmina, su esposa, estaba a punto de dar a luz. No era primeriza, ya había tenido una niña (Elisabeth), pero ahora ansiaba darle un varón a su marido, alguien que perpetuase el apellido. No pudo ser, volvió a nacer otra niña que, sin embargo, se ocuparía de inmortalizar el apellido Dietrich. Claro que eso sería a futuro. Aquel 27 de diciembre el oficial Dietrich supo disimular su desazón y aseguró que era feliz de tener otra mujer en la familia. La niña recibió el nombre María Magdalena, y comenzó a criarse en un Berlín que derrochaba esplendor y alegría.

 

La capital alemana se había convertido en el núcleo cultural de Europa. No había indicios de que algunos años después se iba a desatar una de las grandes tragedias de ese joven siglo: la Primera Guerra Mundial. Mucho antes de ese drama universal, la pequeña María Magdalena y su hermana Elisabeth viven su propio drama familiar: Erich Otto Dietrich cae de su caballo y muere como consecuencia de ese absurda accidente. La joven viuda Wilhelmina sabe que hay que seguir adelante y, de riguroso luto, se dedica a la crianza de sus dos hijas. María Magdalena demuestra aptitudes para la música. Luego de unos meses en un conservatorio, abandona el piano y elige el violín. A los 8 años ya asombra a la familia con los mini recitales que ofrece en su casa. El coronel Eduard von Losch, de los Granaderos Reales, suele asistir a esos conciertos; también suele quedarse cuando ya los otros invitados se han marchado.

 

Wilhelmina no espera a que sus hijas le pregunten la razón de esa permanencia. “Me ha pedido en matrimonio y yo he aceptado –manifiesta–. Será vuestro padrastro”. El padre había sido sargento de caballería, el padrastro es coronel de los Granaderos Reales; María Magdalena comprende que fatalmente va a estar ligada a la trama militar. Aunque no por mucho tiempo. En 1914 estalla la Primera Guerra Mundial. El coronel von Losch va al frente, pero jamás regresa. A comienzos de 1918 Wilhelmina recibe la noticia de que su esposo ha sido gravemente herido en la frontera rusa. A Berlín sólo llegará su cadáver.

 

La madre y las dos hijas se trasladan a Weimar. Allí, María Magdalena retoma sus clases de violín. Su profesor es Robert Reitz. Cuando Wilhelmina le pregunta a su hija qué tal es Reitz como profesor, María Magdalena no escatima elogios. Le dice que Reitz es dulce y amable, aunque se cuida de contarle que con la misma dulzura que le ha revelado los secretos del violín, le ha quitado esa virginidad que a ella tanto le molestaba.

 

Visita al maestro Reitz dos o tres veces por semana. Recibe su lección de violín y luego, sólo alumbrada por un grupo de velas, se va quitando despacio la ropa hasta quedar totalmente desnuda; después deja que el ávido profesor acaricie su cuerpo joven y fresco. Esta relación se prolongará hasta finales de 1920. Ese año deja al profesor y el nombre con que la habían bautizado. A partir de ese momento será Marlene Dietrich; hay que comenzar a ganarse la vida. No es fácil.

 

Primero hace fotos para publicidad


“Ya que quieren piernas, tendrán piernas”, dice y se dispone a posar para cuanto fotógrafo se lo propone. Así llega hasta Guido Thielscher, un productor de espectáculos con coristas. Los monta en Berlín, en Hamburgo y en ciudades más pequeñas. Le propone trabajo y Marlene acepta de inmediato, pero a precio de abandonar la pensión en donde vive. Allí no admiten a bailarinas de cabaret. Esa misma noche va a comer a un restaurante en el Kurfürstendamm. En una mesa apartada ve a una rubia, menuda y bonita, que también come sola. Se llama Gerda Huber y es periodista. Se hacen amigas de inmediato: ambas mujeres comprenden que se necesitan mutuamente. Unas horas después están durmiendo juntas, abrazadas. Es la primera vez que Marlene hace el amor con una mujer; no será la última.

 

La vida de cabaret ya comienza a ser recuerdo, ahora Marlene, con 20 años recién cumplidos, es requerida como actriz para obras de calidad. Consigue un papel en The Taming of the Shrew, en el teatro Kammerspiele, dirigido por Max Reinhardt. Poco después conoce a Georg Jacoby, que está por dirigir The Little Napoleon, y la contrata para el papel de una mucama. Es la primera experiencia de Marlene en cine. También su primer amor con un director de cine. Marlene y Georg se hacen amantes, aunque de ningún modo Marlene corta su relación con Gerda.

 

Se repitieron las películas y los amantes de uno y otro sexo, hasta que la insaciable Marlene conoce a Rudolf Sieber. Como era de esperarse, el realizador se convierte en su amante, pero tiempo después le propone matrimonio. El 17 de mayo de 1924, en la Kaiser Wilhelm Gedächtniskirche de Berlín, se casan. Sin embargo, Marlene no abandona sus hábitos. Un tiempo después conoce a Claire Waldoff, quien no oculta su condición de lesbiana, y de inmediato se va a la cama con ella. Rudolf Sieber no hace un solo reproche: sabe muy bien cuáles son los gustos de su esposa. También acepta que se vaya de gira con una nueva pieza: Broadway. Willi Forst es el galán protagonista. Muy pronto se transformará en la pareja ideal para el espectáculo… y para la intimidad.

 

El matrimonio Sieber/Dietrich ya tiene descendencia: ha nacido María. Marlene demuestra ser una buena madre, aunque no abandona sus gustos sexuales y su carrera artística. En tanto, Alemania entra en una de sus peores crisis sociales y económicas. El antiguo esplendor se derrumba sin remedio y comienza a perfilarse la figura de un oscuro personaje que va cambiar el destino del siglo XX: Adolf Hitler.

 

Marlene continúa trabajando en teatro. Acepta un papel en Parents and children, de Bernard Shaw, que se monta en el Komödie Theater. Al estreno asiste Josef von Sternberg, está buscando una nueva estrella para The Blue Angel. Esa noche Von Sternberg por fin encuentra a la mujer capaz de darle vida a la sensual cabaretera de su película. Le ofrece el papel, Marlene piensa que se trata de una broma: ¿un genio como Von Sternberg le propone el protagónico de su filme? ¿A ella, una oscura intérprete de papeles secundarios? No obstante, el realizador está hablando en serio: el 4 de noviembre, Marlene llega a los estudios de UFA para vivir su primer día de filmación. Von Sternberg le besa las manos y dice que confíe en él.

 

Se produce la gran transformación. Ordena que cambien el color del cabello de la joven actriz: ahora será una rubia rojiza. Ordena que le depilen a fondo las cejas, de inmediato toma un lápiz negro y esboza cejas nuevas. Luego, con un pincelito endurecido con cera traza una línea plateada que descendiendo por la mitad de la nariz reduce el ancho de la misma. Uno de los graves problemas estéticos que Marlene no lograba superar acaba de desaparecer. Ella comprende que Von Sternberg es un genio: quiere a ese hombre, quiere que sea de ella.

 

En mitad de la filmación ya es su amante. The Blue Angel (1930) triunfa en Nueva York. El mundo top neoyorquino quiere conocer a esa actriz alemana que tan bien ha hecho el papel de la perversa Lola-Lola. La Paramount no vacila en contratarla. El 19 de abril el trasatlántico Bremen llega al puerto de Nueva York. Marlene es la pasajera de lujo. Von Sternberg la espera en Los Angeles para hablarle de su próxima película: Morocco. En esta oportunidad debe darle vida a Amy Jolly, también se trata de una mujer fatal; sin embargo, a diferencia de The Blue Angel, muere por el hombre que ama. Gary Cooper hace el papel de ese hombre. No sólo es su amante en la ficción. A Von Sternberg no le hace feliz compartirla, pero ése fue el pacto y Marlene no lo romperá bajo ningún concepto.

 

Si bien ha seducido al exigente público de Los Angeles, aún faltan algunos detalles para explotar el máximo de su belleza. Von Sternberg le ordena que se someta a una dieta estricta, es necesario que pierda unos cuantos kilos. Baja de peso y entonces se produce la segunda gran transformación. Le masajean los tobillos con el fin de adelgazarlos, le depilan definitivamente las cejas y le pintan otras más altas; le sombrean profundamente los pómulos y, al mismo tiempo, utilizan polvos para hacer más pálido su rostro. Von Sternberg, moderno Pigmalión, ha conseguido su propia Galatea, aunque en este caso no con ayuda de la diosa Venus, sino con la maestría de las maquilladoras de la Paramount.

 

Marlene está de acuerdo con el cambio y no le disgusta deambular por los estudios de la calle Marathon. Allí se cruza, habla y bromea con Claudette Colbert, con Carole Colbert, con los hermanos Marx, con Harold Lloyd y, sobre todo, con su vecino de camarín: Maurice Chevalier. En este momento Chevalier está rodando Playboy of Paris y suele tomar el té con ella. A Marlene le parece maravilloso poder comunicarse en francés. De la merienda a la cena hay solo un paso.

 

Comienzan a salir, suelen bailar hasta altas horas de la noche en el Coconut Grove, y por lo general desayunan juntos luego de prolongadas horas de amor. Morocco resulta un éxito. Los críticos coinciden en que Marlene Dietrich es una actriz insuperable. Por entonces, los representantes nazis del Reichstag se reúnen en el hotel Kaiserhof y proclaman a Hitler líder. Von Sternberg se ríe cuando lee esa noticia. “¿Hitler? –dice– No hay nada que temer, es un pobre pintor de postales”.


Sin embargo, a Marlene le preocupa: en Alemania se encuentran su esposo y su hija. La Paramount le renueva su contrato para Dishonored, una nueva película. Está a punto de convertirse en la estrella mejor paga de Hollywood. Pero no bien finalizan el rodaje, aborda el trasatlántico que la llevará a Europa. Se reencuentra con su marido y su hija. Vivir en Alemania puede ser peligroso. “Debo regresar a Hollywood”, le dice a Rudolf y anuncia que se llevará a María con ella. “Gerda Huber viene conmigo –dice–, será mi dama de compañía y la niñera de María”. Así, la antigua amante de la madre se convierte en la niñera de la hija.

 

El poder de Hitler crece en Alemania


Y junto con ese poder crece el rechazo a Marlene. El periódico Lichtbild-Bühne, de Berlín, la trata con estas palabras: “Es incompatible con nuestra revolución nacional el que nuestra artista de cine más famosa interprete papeles extranjeros en un país extranjero y bajo la batuta de directores extranjeros, hablando en inglés en lugar de hacerlo en su lengua materna”. A Marlene no parece importarle ese comentario y en los primeros días de mayo se embarca en el Europa, otra vez rumbo al viejo mundo. Se instala en un piso del centro de París dispuesta a ver lo último en arte y espectáculos. Una mañana, su secretaria le interrumpe el desayuno. Tiene el rostro demudado, trae una tarjeta en la mano. Explica que unos señores quieren verla. Resultan ser funcionarios del gobierno nazi. Uno de ellos le anuncia que el Führer los ha delegado para avisarle que las puertas de la nueva Alemania están abiertas para ella. Marlene no se inmuta.

 

Les recuerda que en la Alemania del Führer han quemado libros de Heine y de Marx, de Freud, de Mann, de Brecht y de Remarque. Declara que no le agradan las dictaduras. Sabe que con esas palabras está cerrando sus posibilidades de regresar a Alemania, pero se siente bien después de decirlas. Los tres esbirros alemanes levantan el brazo en saludo nazi y se marchan.

 

Marlene regresa a Nueva York. Aquella joven alemana que había llegado a Estados Unidos tentada por las luces de Hollywood se ha transformado en la tercera persona mejor paga de todo el país. Sus ingresos llegan a cuatrocientos mil dólares por año, y así como gana el dinero se lo gasta. Cada vez que va a una reunión, cena, cocktail o evento parecido, lo hace en compañía de algún actor o alguna actriz célebre o en camino de serlo; queda claro que con uno y otra se ha ido a la cama. Nada hace por disimularlo. Dice que no soporta las hipocresías.

 

El 1º de septiembre de 1939 las tropas del ejército alemán invaden Polonia. Comienza la Segunda Guerra Mundial. Por esos mismos días, la última película de Marlene, Destry Rides Again, es otro éxito de taquilla. El 7 de diciembre de 1941 la aviación japonesa bombardea la base norteamericana de Pearl Harbor. Estados Unidos se une a las fuerzas aliadas y entra en la guerra. Veinte días después de ese bombardeo, Marlene cumple 40 años. 

 

Ese Año Nuevo lo pasa sola en su bungalow: no tiene noticias de sus principales amantes, no sabe por dónde anda Von Sternberg ni Douglas Fairbanks ni Erich Maria Remarque. Mercedes d’Acosta ha regresado a Europa y Jean Gabin le dijo que pensaba volver a Francia, que su sitio estaba en la Resistencia. Estados Unidos acaba de entrar en la guerra y ella es ciudadana norteamericana. Por eso, a finales de 1943, no bien dejan de sonar las doce campanadas, anuncia que piensa seguir el ejemplo de otros artistas de Hollywood: irá a los frentes de combate para llevarles algo de alegría a los soldados.

 

La canción que suena en las trincheras y en el frente es Lily Marlene: “Si en el frente me hallo, lejos ¡ay! de ti / Oigo que tus pasos se acercan junto a mí… / Y sé que allá me esperas tú / Junto al farol… plena de luz / Lili… Mi dulce bien / Eres tú Lili Marlene”. El Ministerio de Propaganda alemán intenta prohibirla. Considera que sus versos y su música son muy sentimentales y que eso puede bajar la moral de la tropa. El otro motivo es que se la vincula a Marlene Dietrich. La protesta de los soldados alemanes es tan grande que el organismo nazi debe ceder.

 

La Marlene real continúa en el frente. A mediados de diciembre de 1944 conoce al célebre general George S. Patton. Ese mismo día cenan juntos y luego duermen en la misma cama. Marlene se une al batallón de Patton y no teme estar en la primera línea de fuego. Algunos lo consideran un gesto irresponsable; otros hablan de la valentía de esa bella mujer que sigue al general por todos los frentes de combate.

 

En julio de 1945, Marlene está nuevamente en Nueva York. Los periodistas la rodean, quieren que hable de su experiencia, que les cuente de la guerra. Ella viste un uniforme de enfermera con la jineta del Tercer Ejército y un escudo de la Segunda División Armada. En una manga tiene las tres tiras que representan dieciocho meses de acción en guerra. “Sólo soy un soldado que vuelve a casa”, se limita a decir. El gobierno de Estados Unidos le otorga la Medalla de la Libertad, la más alta condecoración civil. En 1950 el gobierno francés la honra con el título de Chevalier de la Légion d’Honneur. Ya es una mujer de 49 años. El 28 de junio de 1948 nace John Michael, hijo de María y William: Marlene es abuela. Pero se siente joven y con ánimo de continuar.

 

Bette Davis, Joan Crawford o Katharine Hepburn habían llegado al estrellato por su calidad actoral y su belleza. Con el paso del tiempo, la juventud y la belleza de esas mujeres era algo que pertenecía al pasado; ahora destacaban exclusivamente por su valor para la interpretación. Marlene sabe que con ella no sucede lo mismo, debe seguir descollando como verdadera estrella del espectáculo, como actriz aunque también como mujer bella y provocadora. Sabe que debe continuar siendo objeto de deseo tanto para los hombres como para las mujeres.

 

Sin abandonar la carrera cinematográfica, ofrece shows en Las Vegas. Es una mujer de más de 50 años que, sin embargo, continúa seduciendo a quienes la rodean. En el otoño de 1962 está en Washington, se dispone a asistir a una audiencia privada con el presidente John F. Kennedy. El sábado, a las seis de la tarde, se presenta en la Casa Blanca. Kennedy se acerca a ella, le besa la mano y dice que es un honor tenerla allí. Beben vino blanco y un rato después están en el dormitorio. Pero las estrellas también envejecen. Se hace difícil caminar, aquellos pasos seductores sólo son un recuerdo del pasado. 

 

A comienzos de 1982 las piernas de Marlene están completamente atrofiadas. Aunque hubiera querido levantarse, no habría podido. ¿Marlene Dietrich sin sus hermosas piernas? Inconcebible. Por propia decisión se encierra en su casa y allí se mantiene oculta, entre cuatro paredes, casi inmóvil en su cama. Moriría diez años después: el 6 de mayo de 1992. El mito había nacido muchos años antes y se mantiene indeleble hasta hoy.

 

 

 

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