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Viernes 20 de Julio de 2012

Paul Berman

La huida de los intelectuales

por Paul Berman / Fotos: Gentileza Editorial Duomo

Cuando Salman Rushdie fue condenado a muerte por el islamismo radical, un amplio conjunto de pensadores se atrevió a arriesgar su vida en su defensa. En la actualidad, sin embargo, mientras ellos están siendo ridiculizados por la prensa progresista, al mismo tiempo está surgiendo una nueva generación de islamistas llamados “moderados” que no denuncian la misoginia, el terrorismo y la intolerancia. ¿Cómo es posible que se alcance semejante retraso, y por partida doble? Paul Berman explora  este fenómeno con una argumentación fundamentada en una investigación meticulosa. Este ensayo es más una llamada de atención que una advertencia, en la que el autor retrata al intelectual huidizo y cobarde, aclarando los malentendidos en los que se incurre al hablar del terrorismo. Aquí las primeras páginas del capítulo “El filósofo y la prensa”.

Tariq Ramadan es un filósofo dinámico y carismático que, desde Europa, en los últimos quince años aproximadamente, se ha convertido en una figura popular e influyente entre varios círculos de musulmanes europeos –primero en Ginebra, donde su padre fundó el Centro Islámico en 1961, y donde se crió Ramadan; posteriormente en Lyon, la ciudad francesa más cercana a Suiza en la que atrajo la atención de jóvenes de origen norteafricano (y más tarde la de los musulmanes franceses más allá de Lyon); después, en la Islamic Foundation de Leicester, Inglaterra, donde pasó un año gracias a una beca; entre públicos aún más dispersos de la Europa occidental, que escuchaban sus grabaciones de voz y abarrotaban unas salas de conferencias en las que, por lo general, hombres y mujeres se sentaban en espacios separados; entre musulmanes de las regiones francófonas de Africa–, y del mundo entero.

 

Ramadan posee un don especial para dar forma a las cuestiones culturales llevándolas a su terreno, y para presentarlas al público general. Se trata de un don que lo acompaña desde el principio. Ya en 1993, a los treinta y dos años, promovió una campaña en Ginebra para que se cancelara el estreno de una obra de Voltaire, Mahoma o el fanatismo. Finalmente la producción se suspendió, y así fue como nació una estrella, aunque Ramadan se defendió de las acusaciones que lo vinculaban con la cancelación de la obra señalando que afirmar lo contrario era una “pura mentira”. Pero no siempre se ha salido con la suya. Cuando daba clases en la Facultad de Saussure, sus colegas se sintieron incomodados por sus argumentos a favor de la biología islámica y en contra de Darwin. También en esa ocasión Ramadan llevó el debate a su terreno. Insistió en que no era su intención suprimir el temario existente, y que lo que pretendía era, simplemente, complementarlo con un punto de vista adicional.

 

Una útil propuesta creacionista. Pero los darwinianos, a diferencia de los volterianos, no se mostraron dispuestos a ceder. Eso ocurrió en 1995, y para entonces Ramadan ya se había establecido en Lyon, en la Unión de Jóvenes Musulmanes y en la librería y editorial Tawhid. Se trataba de iniciativas algo atrevidas promovidas por inmigrantes, que de algún modo quedaban al margen de las viejas organizaciones musulmanas oficiales en Francia. Aun así, éstas dieron la bienvenida a la aparición de un filósofo joven y brillante que construía alianzas, que asistía a conferencias, que publicaba artículos de opinión en los periódicos y participaba en debates.

 

Finalmente, su rostro apareció en la televisión francesa y en las portadas de las revistas, lo que lo dio a conocer al público general del país; todo un éxito. Y sin embargo –ésa es la peculiaridad de Tariq Ramadan–, a medida que sus éxitos crecían más y más y su pensamiento iba divulgándose, no surgía el menor consenso respecto a la naturaleza de su filosofía y a lo que ésta significaba para Francia, Europa y el mundo. Algunos periodistas generalistas franceses se sintieron atraídos por él desde el principio. El especialista de Le Monde sobre islam y secularismo, lleno de admiración, aludía a él con frecuencia en términos elogiosos, y en ocasiones adoptaba como propios sus argumentos. En Le Monde diplomatique, Ramadan se convirtió no sólo en tema, sino en causa. El director le otorgaba importancia. La revista Politis lo promocionaba. Desde el activismo de extrema izquierda, algunos de los radicales antiglobalización y los enemigos acérrimos de McDonald’s veían en Ramadan –a causa de su denuncia del imperialismo estadounidense y del sionismo, así como en sus agitaciones plebeyas–, una tribuna del islam progresista, por más que sus rigores religiosos escocieran en las sensibilidades izquierdistas. Los trotskistas de la Liga Comunista Revolucionaria forjaron algo parecido a una alianza con él. Diversos activistas cristianos lo veían con buenos ojos, y lo consideraban un valioso compañero para el diálogo interreligioso; un dique contra la marea de materialismo secular; una inspiración para su propia espiritualidad revitalizada; una conciencia social motivada por lo religioso, similar a la suya, que velaba por los pobres y los oprimidos. Ramadan podía llegar a aparecer, a ojos de algunos, como un personaje moderno y elegante, como un defensor del islam que, por haber sido éste tan demonizado, representaba una última y frágil esperanza de épater les burgeois. Por su parte, algunos de los expertos franceses en islamismo también veían en él, al menos, un motivo de elogio: su esfuerzo deliberado de modernizar el islam y adaptarlo a la era liberal. El prestigioso erudito Olivier Roy, que no tenía la menor intención de escandalizar a nadie, veía a Ramadan con admiración.

 

Sin embargo, en Francia, otros disentían, y lo hacían sin apenas vacilar. Discrepaban, también, de las personas que no discrepaban con él. Los críticos insistían en que los amigos y admiradores de Ramadan en la prensa escrita se engañaban a sí mismos, en que las alianzas con él acabarían por volverse en su contra, y en que, bajo aquella superficie de urbanidad, su hombre representaba no lo mejor, sino lo peor del islam. Algunos de esos críticos eran cristianos conservadores, políticos de derechas y etnocéntricos, cuya hostilidad podía darse, tal vez, por descontada. Pero también sus aliados cristianos de izquierdas más importantes se volvieron contra él con furia, como si se sintieran traicionados.

 

Algunos de los líderes musulmanes de la línea más convencional, en Francia, lo veían con creciente reserva. Incluso el movimiento antiglobalización francés se mostraba dividido al respecto. Muchos de sus militantes contemplaban horrorizados a los píos seguidores de Ramadan acudir en masa a sus convocatorias, y a mujeres con velo atestando los estrados. Los musulmanes liberales lo detestaban. Sus mayores enemigas, en Francia, resultaron ser las feministas de izquierdas, que al ver lo que veían se estremecieron, alarmadas. Las feministas de origen musulmán lo acusaron en Libération, el periódico de izquierdas. Los políticos del Partido Socialista, a los que habría interesado captar a los votantes árabes y musulmanes, no mostraban el menor interés en él.

 

Empezaron a circular oscuros rumores. La policía española investigó sus conexiones en Lyon. En 1995, el ministro francés de Interior le denegó el permiso para regresar a Francia, lo que suscitó movilizaciones y recogidas de firmas que hicieron que el ministerio, admitiendo su error, derogara la orden. Sus detractores de la prensa escrita –inicialmente los de Lyon Mag, la revista de la ciudad de Lyon–, publicaron siniestras especulaciones sobre sus conexiones personales. El les respondió con una doble querella, una contra la publicación y otra contra uno de sus críticos, el historiador libanés Antoine Sfeir. No hubo unanimidad en el veredicto: la revista fue considerada culpable, pero el crítico quedó absuelto. A pesar de ello, la revista siguió insistiendo. Y Sfeir también.

 

Los libros sobre Ramadan llegaban a las librerías a buen ritmo. Frère Tariq, de Caroline Fourest, apareció en Francia en 2004 (en 2008 vio la luz la traducción inglesa, Brother Tariq), y ha resultado ser el más influyente de todos: un ensayo airado, alarmado, enérgico a la hora de enumerar los ingenuos tropos y estereotipos de la prensa francesa, indignado ante los periodistas que sucumben siempre a las mismas manipulaciones, indignado con los progresistas que consideran progresista a Ramadan. Pero el libro de Fourest fue sólo el primero, y en los últimos años, en Francia, le han seguido al menos seis más, entre ellos Le Sabre et le Coran (El sable y el Corán), de Paul Landau, no menos hostil y acusatorio que el de Caroline Fourest; Faut-il faire taire Tariq Ramadan? (¿Habría que silenciar a Tariq Ramadan?), de Aziz Zemouri, que concede a éste la justa posibilidad de expresar con detalle su opinión; y La Vérité sur Tariq Ramadan (La verdad sobre Tariq Ramadan), de Ian Hamel, ligeramente comprensivo con él, en ocasiones escéptico, indignado ante la hostilidad expresada por Caroline Fourest y Paul Landau). También esos libros, al contribuir a alimentar la controversia, han contribuido a un incremento de su popularidad.

 

Ramadan parece haber sabido, de modo instintivo, cómo responder a las acusaciones e insinuaciones, y sus réplicas han logrado convertir todas las adversidades en avances. Ha dado a entender que sus críticos pecaban de intolerancia contra el islam, lo que equivaldría a una forma de racismo que cualquier persona decente debería condenar. Ha argumentado que las críticas a su persona representaban un residuo de la mentalidad colonialista del pasado. Se mostraba digno, controlado, inalterable. Y, a la vez, demostraba ser un hombre polémico e incisivo. Acusó a Caroline Fourest de ser sionista militante y mentirosa. Estaba indignado. En ocasiones su indignación resultaba eficaz en el ambiente de agitación de conciencias de la Francia moderna, postimperial. Había gente que, al escuchar sus respuestas, reflexionaba. Sus defensores agitaban los puños. Y sus críticos se inquietaban más, no sólo por Ramadan, sino por la gente que, al aplaudirlo o reflexionar sobre lo que decía, parecía aceptar las categorías de su análisis, presa, al parecer, del estupor.

 

Su entrada en el mundo anglófono fue bastante discreta. La Islamic Foundation de Leicester, donde estudió y publicó entre 1996 y 1997, cuenta con el honor de haber sido la primera institución musulmana de Gran Bretaña en lanzar una campaña vociferante contra Salman Rushdie y su novela Los versos satánicos, en el año 1988, antes incluso de que el ayatolá Jomeini promulgara la fatua autorizando el asesinato del autor. Pero Ramadan no vociferaba. No llamaba la atención. En 1999 publicó su obra To be a European Muslim (El islam minoritario: cómo ser musulmán en la Europa laica) a través de la Islamic Foundation. El libro gozó de un éxito discreto.

 

Se vio como un argumento comedido a favor de unas nuevas y saludables relaciones entre la vieja Europa no musulmana y la nueva población musulmana inmigrante. Desde Estados Unidos, Daniel Pipes, crítico acérrimo del radicalismo islámico, fue uno de los expertos observadores que recibió con elogios la obra, aunque, si uno visita su página web, descubre que, desde aquella primera reseña elogiosa, Pipes no ha dejado de añadir observaciones arrepentidas sobre el gran error que, según él mismo, cometió, y en las que afirma no entender qué fue lo que le pasó. (Y no sólo eso: uno también se entera de que Ramadan, junto con uno o dos periodistas afines, ha respondido convirtiendo a Pipes en el centro de una conspiración anti-Ramadan ejecutada en nombre de los judíos.)

 

En 2001, la Islamic Foundation publicó Islam, the West and the Challenges of Modernity (Islam, Occidente y los retos de la modernidad), de Ramadan. Se trataba de un estudio filosófico, y atrajo menos atención. A pesar de ello, la controversia siguió obrando maravillas, y en la lejana localidad de South Bend, en Indiana, la University of Notre-Dame le ofreció en 2004 una plaza de profesor, plaza financiada, en parte, nada menos que por la familia Kroc, es decir, por la fortuna de McDonald’s. Ramadan aceptó. Consiguió un visado. Organizó el traslado de su familia. Pero, en el último momento, el Departamento de Seguridad Interior dio marcha atrás ante la idea de autorizar la presencia de Tariq Ramadan en territorio estadounidense. El Departamento de Estado le anuló el visado.

 

La ACLU (American Civil Liberties Union), el PEN American Center y un par de organizaciones académicas más salieron en su defensa, como era su deber, y litigaron en su nombre durante los años siguientes. Pero al hombre se le impidió la entrada en el país durante todo el mandato de Bush y durante el primer año del gobierno de Obama, lo que generó todavía más publicidad, en parte hostil, claro está. Con todo, aquella nueva oleada de notoriedad suscitó cierta comprensión para con su persona, como era natural: surgió un sentimiento de indignación hacia lo que estaba viviendo Ramadan, una exasperación ante el provincianismo estadounidense, un recuerdo temeroso de la xenofobia obtusa del macartismo. La sospecha de que, en realidad, sí existía intolerancia hacia el islam, islamofobia, algo vergonzoso. En cualquier caso, el no de Estados Unidos del año 2004 propició el sí de Gran Bretaña. El Saint Antony’s College de Oxford apareció en escena y le ofreció una plaza de adjunto a partir de 2005. Ramadan aceptó.

 

El ataque terrorista de Londres tuvo lugar en julio de ese año. Tony Blair era primer ministro. Su gobierno creó una comisión de consejeros. Ramadan fue invitado a participar, y él aceptó la invitación. Así, mediante aquella acumulación de incidentes –sus derrotas y sus fracasos–, en 2007 fue elevado a lo más alto del reconocimiento periodístico estadounidense: un reportaje en profundidad y una fotografía a página completa aparecidos en The New York Times Magazine, algo que la mitad de los escritores europeos sueñan obtener algún día, con la esperanza de alcanzar lo imposible, esto es: tener acceso a las librerías del país y pasar a formar parte de las conversaciones de los norteamericanos.

 

Ninguna otra publicación popular estadounidense ha hecho tanto en los últimos años por iluminar la vida intelectual del mundo musulmán como The New York Times Magazine, y siempre con un planteamiento serio, valiéndose de importantes recursos y en profundidad. En ese caso concreto, el Times Magazine encargó el reportaje biográfico al conocido periodista Ian Buruma, elección impecable. Buruma es holandés, aunque por lo general escribe en inglés y vive en Estados Unidos. Ha realizado reportajes sobre muchas zonas del mundo. En 2004, él y el filósofo israelí Avishai Margalit se habían unido para escribir un libro titulado Occidentalism (Occidentalismo), sobre la atracción histórica que las doctrinas europeas fascistas y antiliberales ha ejercido sobre pueblos de regiones no occidentales del mundo. Y el resultado había sido excelente, lo que atestiguaba que Buruma contaba con un conocimiento profundo de las ideologías totalitarias y extremistas, credenciales más que pertinentes en el caso que nos ocupa. Algunas de las páginas más logradas de Occidentalism examinan el impacto de las ideas nazis y fascistas en el movimiento político islamista del mundo árabe, credencial más pertinente aún en relación con Tariq Ramadan y la historia de su familia.

 

En 2006, Buruma publicó otra obra, Murder in Amsterdam (Asesinato en Amsterdam), sobre el asesinato del cineasta holandés Theo van Gogh a manos de un fanático islamista. Ese libro demostraba la familiaridad de Buruma con el movimiento islamista no sólo en Oriente Medio, sino también en su nuevo hogar de acogida, que eran los barrios decrépitos de la Europa occidental; otra pertinente credencial. Resumiendo, Ian Buruma estaba más que capacitado para escribir sobre Ramadan para The New York Times Magazine.

 

Los editores tenían sus buenas razones para encargarle el reportaje a él. Publicaron el artículo en el número del 4 de febrero de 2007. Llevaba por ingenioso título: “Tariq Ramadan has an Identity Issue”. Puede consultarse en la página web de la revista. El artículo impostaba un tono de perplejidad. Buruma parecía desconcertado ante su dificultad para acotar el tema, e incluso para concertar una entrevista, que finalmente sí consiguió. El artículo enumeraba algunas de las acusaciones políticas que se han vertido contra Ramadan en Francia: oscuros rumores, aversión de las feministas, quejas por intolerancia, sospechas instintivas. Pero Buruma explicaba que, tras examinar las acusaciones, éstas resultaban ser infundadas, o cuando menos exageradas e injustas, o distorsionadas, dado que el contexto se había omitido. Sobre ciertos aspectos controvertidos, Buruma no expresaba ninguna opinión propia y, por cortesía, permitía que Ramadan rebatiera a sus críticos. Sus argumentos parecían firmes, o al menos plausibles, por más que Buruma, en ocasiones, los recibiera con cierto escepticismo.

 

 

Traducción: Juanjo Estrella.

 

 

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