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Jueves 30 de Abril de 2009

Pueblo romaní

Tiempo de gitanos

por Agustín Atir / Fotos: AP / AFP

Sociedades como la francesa e italiana los culpan de la inseguridad y los han convertido en chivo expiatorio de sus problemas económicos. Detrás de una historia de siglos de persecución y mortificación, está latente una particular visión de las cosas: los gitanos nunca contaron con un territorio y jamás aspiraron a reunirse en un hogar nacional. En cambio, su mayor ambición consiste en perpetuar su nomadismo y poder desplazarse libremente por el mundo.

A principios de julio, el escritor siciliano Andrea Camilleri y otros 2 mil intelectuales italianos, vestidos con t-shirts negros que decían clandestino, estamparon sus huellas digitales en un gigantesco vidrio ubicado en el centro de la Piazza dell’Esquilino, en el corazón de Roma. A través de ese gesto de desafío, el novelista deseaba protestar contra la decisión del ministro del Interior, Roberto Maroni, de crear un registro de los niños de la comunidad gitana con fichas individuales en las que debían figurar su nombre completo, una foto, las huellas dactiloscópicas, la nacionalidad y la religión.

Esa medida, denunciada como “racista” e “indecente”, desencadenó las críticas de un abanico de organizaciones internacionales que incluía el Vaticano y la iglesia protestante, la Unión Europea (UE), la Cruz Roja y UNICEF. Esa iniciativa “suscita analogías históricas tan manifiestas que es inútil precisarlas”, proclamó el inglés Terry Davis, secretario general del Consejo de Europa, en una referencia transparente a las políticas raciales del nazismo. Al mismo tiempo, el gobierno desplazó 3 mil militares para respaldar a las fuerzas del orden y para reforzar la seguridad, vigilar los centros de inmigrantes y custodiar “objetivos sensibles”. Sin eufemismos, se trata de cercar a los “sin papeles”, acusados del aumento de la “sensación de inseguridad” que detectan las encuestas.

En la misma época, la revista Panorama –ideológicamente vinculada al gobierno de Silvio Berlusconi– colocó en su portada del 10 de julio la foto de un niño gitano con la leyenda “Nacido para robar”. “Apenas nacen –decía el texto–, los educan para atracar, mendigar y robar. Si no obedecen, les pegan y los maltratan. Así viven en la calle y hablan los pequeños roms que (el ministro) Maroni quiere fichar.” Esa abrumadora campaña había comenzado –como ocurre siempre– a partir de un rumor incontrolado. El 15 de mayo, una gitana de 16 años había sido acusada de haber querido secuestrar a un niño en Ponticelli. Aunque nunca se confirmó esa versión, los habitantes de ese suburbio de Nápoles organizaron verdaderos pogromos contra los campamentos de nómadas de la región. En pocos días, esas acciones de vandalismo se propagaron como un reguero de pólvora a otras regiones de Italia.

Fue en ese contexto que el ministro Maroni decidió fichar a todos los gitanos.

En Francia existen medidas similares, pero la ley votada el 20 de noviembre de 2007 pasó casi inadvertida. Aunque todavía no se difundió el decreto de aplicación, el país galo comenzó discretamente a constituir un registro de extranjeros en situación irregular que cuenta singularmente con una ficha biométrica y una muestra de saliva de los rumanos –casi todos gitanos– a fin de conservar los datos genéticos en una base de ADN. Esa comunidad canaliza en este momento las tendencias xenófobas de italianos y franceses, que desean protegerse de la llegada masiva de esos inmigrantes pobres, de piel oscura y famélicos que provienen de Rumania y de los nuevos países que surgieron en los Balcanes tras la desintegración de Yugoslavia.

“Para la gente, todos los emigrantes de Europa del Este son gitanos”
, explica el escritor polaco Andrzej Stasiuk. A lo largo de la historia, los gitanos cumplieron con frecuencia el papel de chivos expiatorios. Algunos historiadores suelen compararlos con los judíos, pero existen grandes diferencias entre ambos. Para el pueblo del Libro, su pasado refleja la historia de la humanidad. Para los roms, en cambio, el tiempo no existe: “Una vela no está hecha de cera. Sólo es llama”, dice una máxima gitana. La diferencia más importante reside probablemente en que en sus diez siglos de existencia los gitanos nunca tuvieron un territorio y –sobre todo– jamás aspiraron a reunirse en un hogar nacional. Su mayor ambición, por el contrario, consiste en perpetuar su nomadismo y poder desplazarse libremente por el mundo.

“Romanistán está ubicada donde se encuentran mis dos pies”, afirma el escritor canadiense –de origen gitano– Ronald Lee. Una característica fundamental de los gitanos es que no hablan de sus muertos. Jamás pronuncian el verdadero nombre del difunto en presencia de los payos, como llaman a quien no pertenece a la raza. En su lugar, emplean el nombre formal del registro civil. Ese silencio sobre la muerte se explica por un rechazo casi genético de la memoria y por una negación del tiempo. La vida para ellos es un presente eterno.
 
Por eso es que se sabe tan poco sobre su Holocausto en las tinieblas de la Segunda Guerra Mundial, un período que en su lengua definen como porraimos (que significa literalmente “devoración”). Víctimas de la política de exterminio de las “razas inferiores” lanzada por los Einsatzgruppen nazis, unos 600 mil gitanos fueron incinerados en los hornos crematorios, fusilados o enterrados en fosas comunes entre el Báltico y el Mar Negro. Los hijos y nietos de las víctimas se niegan a abrir ese capítulo de la historia porque “la muerte tiene un poder negativo sobre los vivos”, suelen justificarse. En el mundo de los gitanos, las cosas de las cuales no se habla son las verdaderamente importantes. Fingir olvido no es negar. Es una opción. Un arte. De todos modos, salvo en la ferocidad y en la metodología científica del exterminio, su vida durante el nazismo no cambió demasiado en relación a la discriminación, destierros, persecuciones, humillaciones, ultrajes y deportaciones que conocieron en toda su existencia desde que comenzó su éxodo en el siglo X.

Contrariamente a la leyenda –que durante largo tiempo ubicó sus orígenes en Europa Central–, la ciencia logró demostrar que el pueblo gitano procede probablemente del Punjab o, en todo caso, de algún lugar ubicado entre los actuales territorios de India y Pakistán. Su éxodo comenzó entre los siglos X y XI, cuando emigraron hacia Persia, donde residieron durante unos 300 años. Desde allí siguieron hacia Europa en los albores del siglo XV. Existen documentos que prueban la presencia de gitanos en Francia y España en 1415. En Andalucía, donde actualmente reside una comunidad de 300 mil personas, comenzaron a instalarse a partir de 1462.

Su tranquilidad duró apenas unos pocos años y, en la práctica, nunca fueron bien acogidos en ninguna parte. Desde que pusieron un pie en Europa, comenzaron a ser perseguidos. La documentación histórica muestra que las expulsiones comenzaron en 1427 cuando fueron desterrados de Pontoise (Francia), en 1439 de París, en 1471 de Suiza. En España, poco después de su llegada al trono, los reyes Fernando e Isabel repitieron el modelo experimentado años antes con judíos y musulmanes: en 1499 ordenaron la expulsión de los gitanos si no se convertían al catolicismo y adoptaban un domicilio fijo.

La Iglesia tuvo una parte de responsabilidad en esas persecuciones porque consideraban el arte de predicción y las danzas sensuales como expresiones heréticas y el nomadismo como una práctica antisocial. Para justificar la persecución durante la Edad Media se aseguraba entre susurros que los gitanos eran descendientes directos de Caín. En 1500 fueron desterrados de Alemania, en 1514 de Inglaterra y en 1540 de Bélgica. En 1594, las Cortes de Castilla prefiguraron el horror nazi con una ley que ordenaba la separación de los “gitanos de las gitanas, a fin de obtener la extinción de la raza".

Los gitanos también conocieron una suerte de noche de los cristales rotos. El 30 de agosto de 1749, el Marqués de la Ensenada –cumpliendo una orden firmada por Fernando VI– lanzó un operativo combinado en todo el país con el propósito declarado de detener y extinguir a “todos los gitanos del reino sin excepción de sexo, estado ni edad”. Esa Gran Redada, como se la recuerda en la historia, permitió detener unos 9 mil gitanos, que se sumaron a otros 3 mil que ya estaban en la cárcel. Los hombres fueron enviados a los arsenales de la marina, mientras que las mujeres y los niños terminaron en prisión.

En esa época, España y Francia los enviaba a las galeras, Portugal los deportaba a sus colonias de ultramar y Gran Bretaña los desterraba al norte del continente americano. Expulsados por la justicia inglesa que castigaba a los criminales y los vagabundos, los primeros gypsies llegaron al norte de América casi en la estela del Mayflower que transportó a los Padres Peregrinos. En esos años, en Hungría y Rumania eran vendidos como esclavos y utilizados como mano de obra gratuita. Esos destierros –más algunas migraciones espontáneas– prosiguieron hasta el siglo XIX.

Precisamente en esa época, el historiador George Borrow sostuvo que ningún país había hecho “tantas leyes destinadas a suprimir y extinguir el nombre, la raza y el modo de vivir de los gitanos como España”. Ese país tiene el discutible récord: desde 1499 dictó más de 280 pragmáticas y leyes contra el pueblo gitano. En otros países europeos tal vez fue igual o peor. La única diferencia es que siempre se procedió de manera clandestina. De todos esos agravios, los más difíciles de soportar son –acaso– las humillaciones permanentes que reciben en la vida cotidiana. Su nombre genérico es incluso discriminatorio (ver recuadro) y en Rumania todavía hay un proverbio que dice: “Visto de lejos, un gitano parece un ser humano”. En ese país aún se organizan regularmente pogromos antigitanos. En la capital, Bucarest, nadie se escandaliza por la permanencia de cuatro estatuas del mariscal Ion Antonescu, el hombre que organizó la deportación de judíos y gitanos durante la Segunda Guerra Mundial.

En las calles de Auschwitz, donde en la Segunda Guerra Mundial fueron cremados miles de gitanos, a fines de los años 90 algunos polacos cantaban el himno nacional seguido de una estrofa que decía: “Los niños gitanos a la hoguera”. Las persecuciones y mortificaciones permanentes fueron sin duda las principales razones que acentuaron el carácter nómade de los gitanos. Los destierros y exterminios prosiguieron en el siglo XX. Cuando pudieron respirar aliviados por el derrumbe del nazismo, comenzaron a padecer las arbitrariedades comunistas en los países de Europa del Este, que pretendían sedentarizarlos, pero segregados en ghettos alejados de los centros urbanos. La inestabilidad política y económica que se produjo después de la caída del comunismo aportó una bocanada de oxígeno y les abrió la perspectiva de desplazarse hacia Europa Occidental en busca de sosiego y prosperidad.

Los expertos y antropólogos afirman que Europa asiste actualmente a uno de los éxodos más importantes de la historia del pueblo gitano. Una de las principales corrientes de emigración moviliza a las grandes comunidades que residen en el sureste de Europa (Rumania, Bulgaria, Serbia, Montenegro, Bosnia-Herzegovina y Albania). Esos grupos cruzan el Adriático hacia Italia y desde allí se extienden al resto del continente. Ese fenómeno no se diferencia en absoluto del éxodo que protagonizan las otras poblaciones más pobres de la región. Eso explica los aluviones humanos que llegan a Italia desde hace algunos años. Pero, como es casi habitual, los proyectores se focalizan en particular sobre los gitanos.

Hoy en día, ese pueblo disperso en cuatro continentes –Asia, Africa, Europa y América– reúne de 15 a 20 millones de personas. En la esfera de los 27 países que integran la Unión Europea (UE), esa comunidad representa –en todo caso– la primera minoría étnica del continente. Pero es difícil evaluar con precisión esa población por sus características nómadas, la falta de vínculos y las rivalidades entre las diferentes colectividades y –más que nada– por la legislación europea que prohíbe clasificar a los habitantes de un país por religión, raza, color o pertenencia comunitaria.

Un sistema de clanes, basado esencialmente en el ejercicio de oficios diferentes y la diversidad geográfica de su implantación, explica en buena medida su fragmentación e incluso su indocilidad. El único factor que los unifica es el reflejo de defensa frente a la hostilidad de los no gitanos. Las diferencias sociales definidas por el patrimonio de los clanes, la falta de educación y la dispersión crearon –con el correr de los siglos– una diáspora sin ninguna jerarquía centralizada.

El primer esfuerzo por organizar ese universo disperso fue la reunión del primer Congreso Mundial Romaní, organizado en 1971 en Inglaterra. Los delegados de 14 países que asistieron a ese cónclave adoptaron las primeras medidas para estandardizar la lengua, crearon un himno y adoptaron una bandera. Sobre un fondo verde que simboliza la tierra fértil y celeste intenso (el cielo, expresión de libertad), aparece la chakra (rueda solar de 24 rayos que evoca la libertad del camino). Desde 1979 tienen un representante permanente en el Consejo Económico y Social de la ONU. A pesar de esos progresos, no quieren ni oír hablar de una jerarquía. La autoridad que respetan es la que impone el jefe del clan.

En los últimos años, varios países de la UE lanzaron programas para tratar de asentar a esas poblaciones errantes a fin de darles un marco legal de existencia, educación, trabajo, atención médica y protección social. Muchos de esos planes de “asimilación” se estrellaron contra el atraso de las comunidades, que no entienden la necesidad de adoptar un modo de vida completamente ajeno a sus tradiciones. Algunos antropólogos definen esa fidelidad a sus costumbres ancestrales como un fenómeno de “resistencia étnica”.

En cualquier país en el que vivan, salvo escasas excepciones, los gitanos aún son analfabetos, no poseen documentos de identidad, carecen de trabajo y de capacitación técnica para encontrar un empleo, y no tienen domicilio fijo. Sólo 7% de los gitanos de Europa Oriental terminaron sus estudios secundarios. Por lo general, viven en una casa rodante, pero en Europa Oriental aún existen miles de gitanos que sólo poseen una carreta tirada por un viejo caballo y habitan en situación de extrema pobreza. “Yo sé que es humillante pedir limosna en París o en Roma. Pero aun es peor vivir aquí sin nada”, explicó la adolescente Marianna Maltche, que debió regresar a su pueblo búlgaro de Targovich luego de ser expulsada de Francia.

Las estadísticas sobre la vida de esa comunidad en Europa Oriental son escalofriantes: según un estudio publicado en 2005 por UNICEF (Agencia de la ONU para la Infancia), 84% de los roms de Bulgaria, 88% de Rumania y 91% de Hungría viven por debajo del umbral de pobreza. Otro informe del PNUD (Programa de la ONU para el Desarrollo) revela que 15% de los gitanos de República Checa, Hungría, Rumania, Bulgaria y Eslovaquia sufren hambre casi todos los días. En la misma encuesta, realizada en esos cinco países, 14% declararon vivir en la miseria y sólo 2% se definieron como ricos.

“Nuestra única riqueza es la cultura”
, afirma el rumano Florin Cioaba, que se proclama “rey internacional de los gitanos”. Su tarjeta de visita lleva ese título. Su ostentoso Mercedes negro tiene pintadas tres letras doradas en las puertas, RGE, una aproximación al término rumano rege, que obviamente significa rey. Los miembros de su clan exhiben dentro de sus casas rodantes una foto de Cioaba con los dos símbolos del poder: un cetro y una corona de oro con piedras preciosas.


Al margen del folclore, la palabra cultura significa sobre todo el respeto a una serie de reglas que permiten proteger las costumbres y el idioma. La máxima protección es el denominado código de pureza: el marime. No se trata de un breviario de leyes, sino de un complejo compendio de comportamientos, supersticiones y tabúes que es preciso respetar a lo largo de la existencia. Por ejemplo, la toalla utilizada para secar la parte inferior del cuerpo no debe tocar nada por encima de la cintura. La ley determina que las uñas de pies y manos deben ser simplemente limadas porque es impuro cortarlas. También proscribe las relaciones entre hombres, ciertas costumbres alimenticias y determinados temas de conversación, como hablar de los muertos. Pero el marime no sanciona los casamientos entre menores de edad, lo que explica las famosas bodas entre niños de 12 años que tanto escandalizan a las sociedades occidentales.

Para los tradicionalistas, es decir la mayoría, es esencial que la mujer llegue virgen al matrimonio. Por definición, todos los payos son mahrime (impuros), puesto que no respetan el marime. Uno de los mejores frescos de la cultura y la historia multisecular de ese pueblo fue publicado en 1996 por la uruguaya Isabel Fonseca, esposa del escritor británico Martin Amis: Bury Me Standing (Enterradme de pie). Ese librotiene la virtud de haber sido construido sobre la base de numerosos testimonios, hecho poco habitual cuando se sabe que la primera ley del marime impone el secreto sobre las costumbres de la comunidad: “No dirás ni harás nada que pueda perjudicar a los roms”.

Ese fue el caso de Papusza, una analfabeta que logró convertirse en la gran voz poética de los gitanos polacos. Por haber publicado sus poemas –que debían circular sólo entre los miembros de la comunidad– fue acusada de propiciar la “asimilación” de su pueblo. La mayor autoridad gitana de Polonia, el Baro Shero (Gran Cabeza), la declaró mahrime (impura) y en 1987, 34 años después de esa “traición”, murió en la más profunda soledad.

Frente a las medidas segregacionistas adoptadas en Italia, Francia y otros países europeos, los gitanos tienen la sensación de estar asistiendo a la remake de episodios que conocieron muchas veces en su historia. Una vez más, como otras tantas veces en los últimos mil años, tienen la impresión de seguir abandonados a un lado del camino.
 


Gitanos por el mundo

Europa
Albania: 120 mil; Alemania: 140 mil; Austria: 25 mil; Bielorrusia: 15 mil; Bélgica: 35 mil; Bosnia-Herzegovina: 80 mil; Bulgaria: 500 mil a 800 mil; Croacia: 40 mil; Eslovaquia: 500 mil; España: 600 mil a 1 millón; Finlandia: 8 mil; Francia: 500 mil a 1,3 millones; Gran Bretaña: 150 mil; Grecia: 220 mil; Holanda: 40 mil; Hungría 800 mil; Irlanda: 35 mil; Italia: 600 mil; Macedonia: 240 mil; Polonia: 50 mil; Portugal: 50 mil; Rep. Checa: 300 mil; Rumania: 2,4 millones; Rusia: 600 mil; Serbia-Montenegro: 500 mil; Suecia: 40 mil; Turquía: 2 a 5 millones; Ucrania: 200 mil.
América
Argentina: 300 mil; Brasil: 1 millón; Chile: 20 mil; Colombia: 5 mil; Ecuador: mil; México: 15 mil; EE.UU. y Canadá: un millón (aprox.)

Fuentes: Roms en Europa, de Jean-Pierre Liégois; Consejo de Europa; Consejo Mundial de Iglesias



¿Parias o intocables?
Una leyenda afirma que la palabra gitano deriva del término “egiptano” porque en el siglo XV, cuando llegaron a Europa, se creía que procedían de Egipto. Aprovechando esa confusión, muchos se hacían pasar por “nobles egipcianos”. Existe incluso un salvoconducto entregado por rey Juan II de Aragón a dos “condes del Egipto Menor”. La explicación más verosímil, sin embargo, es que el nombre procede del termino griego athinganoi o atsinkanos, que literalmente significa “intocable” o “paria”. La palabra latinizada derivó en tsiganes y gitans, zingaro en Italia y cíngaro en español, mientras que la versión inglesa egyptien originó gypsie. En algunas regiones europeas desde el siglo XV también se los conoce como bohemios. Ese nombre constituyó una generalización, debido a que se desplazaban con un salvoconducto firmado por el rey de Bohemia. A su vez, la palabra calé –para referirse a una persona– y caló –que define una variante lingüística– parecen proceder del indostaní kâlâ, que significa “negro”. Aunque también se los denomina rom –que significa “hombre” o “esposo”– o romaníes, en el mundo de habla hispana la mayor parte de la comunidad prefiere el término “gitano”. A nivel internacional existe también una propuesta común para utilizar rrom, tanto para el nombre del pueblo como para el idioma. Pero todavía no hay acuerdo acerca de la existencia o no del doble fonema “r-r” en las lenguas gitanas centroeuropeas.

Por otro lado, en España y América Latina, una expresión de identidad es el uso común de la palabra payo para designar a los que no son gitanos. Los gitanos españoles también se refieren a los no gitanos como busnó y lacró. En el resto de Europa, para denominar a los no gitanos utilizan los términos gadyè o sus variantes centroeuropeas (ga?e o gadjè). De ese fonema derivó gachó, palabra muy utilizada en España para referirse a un individuo cualquiera (equivalente a “fulano”) y gachí (para referirse a una mujer).



Más acá de Babilonia
Además del idioma del país en el que residen, la mayoría de los gitanos hablan romaní. Esa lengua de origen indoeuropeo, próxima del sánscrito, nació hace más de mil años en la zona que hoy ocupan Pakistán y la India. Con el correr del tiempo se enriqueció con palabras tomadas de las lenguas que se hablaban en los países por los que transitaron los gitanos hasta llegar a Europa. Recién hace muy poco tiempo fue transcrita al alfabeto latino. La mayoría de las comunidades hablan actualmente lo que se conoce como romaní común. Existen unos 60 dialectos distintos. Las diferencias son tan marcadas que los gitanos de Europa del Este, por ejemplo, no entienden el idioma que hablan las comunidades de Europa Occidental. Los propios romaníes se agrupan en diferentes divisiones en función de diferencias territoriales, dialectales y culturales que corresponden –en términos aproximados– a las cuatro grandes familias gitanas:

 • Calé o gitanos. Presentes en el norte de Africa, la península ibérica y el sur de Francia. En general hablan caló.
 • Manuches o sintis. Se desplazan en la zona fronteriza franco-alemana y especialmente en Alsacia (Francia) y otros países germánicos (un sector de Bélgica, otra parte de Suiza y Luxemburgo). Esas comunidades hablan el sinto.
 • Kalderash. Propios de Europa Central y del sudeste. Son los que nutrieron las corrientes migratorias a América del Norte y Sudamérica. Por lo general hablan kalderash, un dialecto heredado de los gitanos caldereros, verdaderos artesanos en el trabajo con metales. En esas regiones existen otras variantes, como el romaní carpático y el vlach (ambos de Rumania) y el greko (Grecia). Sólo en Bulgaria existen 19 dialectos. Una parte de las comunidades húngaras hablan el beash, versión arcaica de la lengua rumana. Otros utilizan dialectos derivados de sus oficios de origen: los mercaderes de caballos –ahora reconvertidos en la compra-venta de automóviles y casas rodantes– de Francia y del centro de Europa hablan el lovari.
Romanichels. Preponderantes en Gran Bretaña y Estados Unidos. Algunas comunidades hablan el anglo-romaní y otras el welsh-romaní (Gales).

 

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