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Viernes 27 de Agosto de 2010

Redes sociales

Hiperconectados

por Nicholas A. Christakis & James H. Fowler / Fotos: Gentileza Editorial Taurus

En los últimos años, redes sociales como Facebook, Twitter o MySpace han disparado tanto la información sobre las redes sociales como el deseo de entenderlas. Christakis y Fowler, dos de los teóricos de las redes sociales más reconocidos del mundo, presentan una novedosa concepción de estas redes humanas basada en descubrimientos recientes en campos tan dispares como la genética, las matemáticas, la psicología o la sociología. Conectados aclara el origen y funcionamiento de éstas, y revela sus efectos concretos en nuestra vida cotidiana. Según Christakis y Fowler, el amigo del amigo de un amigo ejerce una influencia mayor en nuestro estado de ánimo que cinco mil dólares en el bolsillo. Compartimos fragmentos de un libro que nos ayudará a la hora de “saber quiénes somos, para comprender cómo estamos conectados”.

¿Demasiados amigos?

 

Aunque muchos usuarios de redes sociales virtuales tienen centenares o incluso millares de personas que citan como amigos, la realidad es que el usuario medio de Facebook tiene aproximadamente cien amigos. Y está claro que sólo una parte de ellos son amigos cercanos. Para averiguar quién es un amigo cercano y quién no lo es, hemos desarrollado el método de "la foto del amigo", basado en las fotografías que la gente publica en su página de Facebook. La idea es que dos personas que publican y etiquetan fotos el uno del otro probablemente estén más cerca socialmente que aquellas que no lo hacen. Estudiamos todas las caras en el Facebook de una universidad (no podemos revelar cuál) y contamos el número de fotos de amigos que los estudiantes tenían en sus páginas. Descubrimos que, de media, sólo 6,6 eran amigos cercanos.

 

Sorprendentemente, estos estudios ponen de manifiesto el gran parecido que existe entre las redes sociales virtuales y las reales. El número de amigos que la gente tiene en las redes sociales está cerca de 150, el número de Dunbar. Y el número de amigos cercanos tampoco se aleja de cuatro, el tamaño esencial de red. Las redes sociales virtuales no parecen aumentar el número de personas con las que de verdad mantenemos una relación estrecha, y tampoco mejoran de manera esencial nuestra relación con nuestros grupos centrales. Todavía estamos gobernados por nuestras tendencias y capacidades en tanto primates.

 

Sin embargo, las redes sociales virtuales sí ofrecen nuevas oportunidades. Un grupo de "amigos" de Facebook es muy distinto de un grupo de habitantes de una aldea paleolítica, no tanto en términos de quiénes somos, sino más bien en lo que se considera una interacción social normal y coherente. Los portales de redes sociales pueden extender y redefinir lo que constituye un "amigo", y al mismo tiempo facilitar el mantenimiento de vínculos entre este grupo de gente más amplio. Los portales de redes sociales se utilizan para seguir los pasos de amigos y parientes reales, por supuesto, pero la mayoría de la gente mantiene conexiones virtuales con personas de las que, por ejemplo, no tiene el número de teléfono, a quienes serían incapaces de reconocer en la calle y con las que, francamente, podrían no sentirse cómodas charlando en un bar.

 

Los amigos que tenemos en nuestras redes sociales virtuales se distinguen de nuestros amigos reales en otros aspectos: estas amistades tienden a ser acumulativas (en el mundo virtual la gente tiende a añadir conexiones y no a cortarlas) y la naturaleza de la interacción se ve fuertemente influida por el medio (pequeñas llamaradas de actividad en lugar de conversaciones sostenidas, por ejemplo). Además, en las redes virtuales no sólo gestionamos nuestra relación directa con todas estas personas; también seguimos las relaciones entre todas ellas en mucho mayor grado del que haríamos en el mundo real. Cada ruptura entre nuestros amigos se anuncia con un pequeño corazón roto junto al nombre del amigo; en las redes virtuales de institutos y universidades, la web media probablemente contenga docenas de almas necesitadas de consuelo. De repente tenemos mucha más información sobre las vidas cotidianas de personas que habríamos olvidado o con las que habríamos perdido el contacto en nuestras redes sociales del mundo real.

 

(...)

 

 

Reinventarse a uno mismo

 

Y mientras algunas personas trasladan sus delirios al mundo virtual, otros utilizan internet para dejar atrás sus experiencias reales. En el mundo virtual es posible llevar una "segunda vida" e interactuar sin las restricciones del mundo real. Gente con discapacidad física puede tener avatares normales, o los hombres pueden pretender ser mujeres y experimentar con los roles sociales de una forma que hubiera sido imposible antes de Internet. Estos comportamientos constituyen nuevas formas sociales, no una mera modificación de las interacciones en una red social ya existente.

 

Y estas nuevas formas pueden difuminar las fronteras entre los mundos real y virtual. En un juego virtual, una mujer japonesa de cuarenta y tres años se casó con un oficinista de treinta y tres años al que afirmó no conocer en persona. El juego transcurrió con normalidad, hasta que él se divorció de ella sin previo aviso. Aunque el matrimonio era puramente virtual e imaginario, la mujer se enfadó tanto que utilizó la información que tenía sobre el hombre para matar a su avatar. No había planeado ninguna venganza en el mundo real; aun así fue detenida por la policía, y posteriormente se enfrentó a una condena de hasta cinco años de cárcel y una multa real de 5.000 dólares por su comportamiento destructivo en internet.

 

Aún más extraña es la siguiente secuencia de acontecimientos. En 2003, Amy Taylor, de veintitrés años, conoció a su esposo, Dave Pollard, de treinta y cinco, en un chat de internet. Se casaron en la vida real en 2005 y celebraron una boda extremadamente lujosa en Second Life. Después de su boda, Taylor sorprendió al avatar de su marido manteniendo relaciones sexuales con el avatar de otra mujer que hacía el papel de prostituta. Llevaba tiempo albergando sospechas y, por surrealista que parezca, había contratado a una agencia de detectives virtual para seguir las actividades online de su marido. "Nunca hizo nada en la vida real", admitió ella, "pero yo tenía mis sospechas sobre sus actividades en Second Life". En su demanda de divorcio, Taylor calificó las actividades de su marido de "adulterio". Pollard admitió haber mantenido una relación virtual pero negó haber sido infiel (en la vida real). Tiempo después, Taylor inició una relación con un hombre al que había conocido jugando en World of Warcraft.

 

¿En qué se diferencia el comportamiento de Pollard del de, por ejemplo, un hombre al que su pareja descubre consumiendo pornografía? La diferencia podría muy bien ser la existencia de una conexión. Pollard no buscaba simplemente a alguien desnudo en la pantalla del ordenador, ni siquiera un avatar desnudo, sino que estaba estableciendo una conexión. O por lo menos eso le pareció a Amy Taylor, y para ella éste fue el factor decisivo.

 

De todas formas, si las personas se perciben a sí mismas de manera distinta en el mundo virtual -aquellas con avatares más atractivos actúan de forma más gregaria o se comportan más generosamente- entonces puede ocurrir que en las comunidades virtuales se den características que no se producen en comunidades del mundo real, características que aún no hemos experimentado ni imaginado. Nuestros mundos virtuales podrán parecer mejores que el mundo real, no sólo por lo que los programadores han construido en ellos, sino por nuestra manera de comportarnos, en tanto seres humanos, en estos nuevos entornos.

 

 

Lo mismo pero diferente

 

Podemos usar internet para encontrar a gente que ya conocemos en el mundo real y trasladar nuestras relaciones a la esfera virtual. También podemos usar internet para conocer gente en el mundo virtual con la esperanza de establecer conexiones en el mundo real. O bien nuestras conexiones pueden empezar y permanecer en su mundo respectivo, virtual o real. Nuestras conexiones virtuales se parecen en muchos sentidos a las reales, pero en otros aspectos reflejan maneras y patrones de interacción completamente nuevos. La hiperconectividad que hace posible el mundo virtual explota una ancestral maquinaria biológica de maneras novedosas, pero que todavía están al servicio de objetivos ancestrales.

 

Las redes virtuales ofrecen nuevas vías para la influencia y el contagio social. La rápida organización facilitada por las interacciones electrónicas en Netville, las manifestaciones online de impulsos tan diversos como el racismo y el altruismo y la manera en que Obama y los activistas colombianos utilizan internet para movilizar a sus seguidores sugieren que la influencia social puede difundirse a través de internet de la misma forma en que lo hace en las redes sociales del mundo real.

 

Sin embargo, algunas cosas se podrán propagar más fácilmente que otras. Como vimos, la difusión de emociones parece requerir interacción cara a cara. Así, aunque las conexiones virtuales aumentan la frecuencia de contacto, no está claro si tienen el mismo efecto que estar presente en carne y hueso. Por el contrario, mostramos cómo la frecuencia de contacto no es tan importante en la difusión de normas sociales. Las costumbres de comer, beber y fumar de amigos que viven a centenares de kilómetros parecen tener la misma influencia que las de los amigos que viven al lado. Esto significa que las ideas sobre el comportamiento pueden difundirse incluso en ausencia de contacto personal directo y frecuente. Aun así, parece que la difusión de estas ideas está basada en conexiones sociales profundas, y que por tanto unos vínculos virtuales débiles adicionales tendrán poco o ningún efecto sobre nuestra capacidad para cambiar las normas. Desde el punto de vista global, la experiencia de las redes sociales reales indica que las redes virtuales pueden usarse para mejorar los flujos existentes entre amigos y parientes del mundo real, pero aún desconocemos si internet aumentará la velocidad o el ámbito del contagio social en general.

 

Nuestras interacciones, apoyadas y promovidas por nuevas tecnologías, pero que existen incluso en su ausencia, crean nuevos fenómenos sociales que trascienden la experiencia individual enriqueciéndola y agrandándola, y esto tiene importantes repercusiones en el bien colectivo. Las redes pueden ayudar a que el conjunto de la humanidad sea muy superior a la suma de sus partes, y la invención de nuevas formas de conectar promete fortalecer nuestro poder para lograr aquello que la naturaleza nos tiene destinado.

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