por Jim Lobe / Fotos: archivo EFE,
Las esperanzas a partir de la llegada de Obama a la Casa Blanca y sus propias promesas de un cambio de rumbo se ven amenazadas por otras prioridades.
El gobierno de Barack Obama no ha cambiado la forma habitual que tiene Estados Unidos de relacionarse con América Latina y las esperanzas surgidas en ese sentido cuando asumió hace casi un año se han desvanecido.
La peor crisis económica desde la Gran Depresión de los años 30, una fuerte batalla legislativa por la reforma del sistema de salud y las dos guerras en Asia heredadas de su antecesor, George W. Bush (2001-2009), dejaron poco tiempo a Obama para ocuparse de las relaciones con los vecinos situados al sur de su frontera, tras iniciar su presidencia el 20 de enero de 2009.
Varios de sus nombramientos más importantes, como el de Arturo Valenzuela para subsecretario de Asuntos del Hemisferio Occidental y el de Thomas Shannon para embajador en Brasil, demoraron meses en confirmarse porque senadores republicanos presionaban así para bloquear la vuelta al poder del presidente de Honduras Manuel Zelaya.
El ala más derechista del opositor Partido Republicano ve al mandatario institucional hondureño, depuesto el 28 de junio por un golpe cívico-militar, como un aliado del presidente venezolano Hugo Chávez, adversario frontal de las políticas de Washington.
Aunque Obama tuvo un comienzo auspicioso cuando prometió buscar una "relación basada en el respeto mutuo" durante la Cumbre de las Américas celebrada en abril en Trinidad y Tobago, Washington manejó con torpeza varios asuntos relacionados con la región, lo cual contribuyó con la creciente desilusión con su gestión.
Más recientemente, el gobierno repentinamente dejó de reclamar, a diferencia de la casi totalidad de los gobiernos latinoamericanos, que Zelaya fuera reincorporado al poder antes de las elecciones de noviembre en ese país centroamericano.
Estados Unidos tampoco consultó ni tranquilizó por adelantado a los países América Latina con respecto a un nuevo tratado con Colombia, que le otorga a Washington el acceso durante 10 años a siete bases militares en esa nación sudamericana.
"El cambio radical del gobierno con respecto al reconocimiento de la legitimidad de las elecciones en Honduras antes de la restitución de Zelaya, al parecer tuvo que ver más con la presión de los republicanos en el Senado por la confirmación de Valenzuela en su cargo", dijo Cynthia Arnson, del Centro Internacional para Académicos Woodrow Wilson.
"El caso de Colombia tuvo que ver más con un proceso profundamente inadecuado de consultas y análisis con los aliados regionales", agregó Arnson, directora del departamento latinoamericano de ese centro de investigación con sede en Washington.
En ambos casos, Washington quedó aislado de la mayoría del resto del hemisferio, especialmente del presidente brasileño Inácio ‘Lula’ da Silva, en cuya embajada en Tegucigalpa está refugiado Zelaya desde septiembre.
Obama ha cortejado ostentosamente a Lula como el socio más importante de Washington en América del Sur, al que definió como "mi hombre" y el "político más popular de la Tierra" en la cumbre del Grupo de los 20, celebrada en Londres en abril.
Sin embargo, Lula acusó recientemente al presidente de Estados Unidos de "ignorar a América Latina" y de incumplir las promesas asumidas en Trinidad.
"Obama comenzó con el propósito de forjar una asociación realmente estratégica con Brasil", según Geoff Thale, de la no gubernamental Oficina de Washington sobre América Latina.
"Pero el mal manejo de la crisis en Honduras y el tratado de las bases en Colombia, cuyas consecuencias precisas para la región siguen sin estar claras, pese a los esfuerzos de la administración por tranquilizar a sus gobiernos, causaron una seria fricción y dañaron la relación bilateral", analizó Thale.
Aparte de esos traspiés, el gobierno de Obama tampoco se ocupó de los problemas que más perduran en sus relaciones con América Latina.
Tuvo varios gestos conciliatorios hacia Cuba, pero no llegó a levantar el embargo comercial, detestado casi universalmente, ni a normalizar las relaciones con La Habana, como esperaban muchos de sus partidarios en Estados Unidos y la región.
Obama "se distanció de la política de Bush, al restablecer los viajes con Cuba, otorgar visas a algunos artistas y reanudar las negociaciones por la política migratoria", sostuvo Sarah Stephens, directora del Centro por la Democracia en las Américas.
Sin embargo, puntualizó, "mantuvo gran parte de la esencia de Guerra Fría de nuestra política, como todos los presidentes desde (Dwight D.) Eisenhower", el general que gobernó el país entre 1953 y 1961, "y como el resto no tiene que mostrar".
"Aunque Cuba no es muy importante para Estados Unidos estratégicamente, simbólicamente es tremendamente importante para América Latina. Mucha gente de la región esperaba que el gobierno de Obama, aunque no pusiera fin al embargo, al menos sí diera pasos significativos en esa dirección", dijo Thale.
"Lo que hemos visto por ahora es muy poco y muy limitado. El mensaje para la región es que no cambió mucho desde Bush", opinó.
Tampoco ha cambiado la política de Washington hacia Colombia, por mucho el mayor receptor de la ayuda extranjera estadounidense, ni la "guerra contra las drogas" que Estados Unidos lleva a cabo principalmente en los países andinos, aunque también cada vez más en México y América Central.
Nada más llegar a la Casa Blanca, Obama reconoció expresamente que se debía otorgar una mayor prioridad a la reducción de la demanda de drogas en Estados Unidos, una opinión que respetados ex presidentes de Brasil, Colombia y México compartieron en una declaración pública realizada en febrero.
"Aunque reconocemos el lado de la demanda del problema, parecería que seguimos combatiéndolo por el lado de la oferta", aseguró William LeoGrande, un experto en América Latina y decano de la Escuela de Gobierno de la American University, en Washington.
"El problema real es ¿cuál es la estrategia de largo plazo que cambie el objetivo de tratar de detener la oferta a reducir la demanda? Porque hace casi medio siglo que combatimos la guerra por el lado de la oferta, y es bastante claro que la estamos perdiendo", agregó.
Entre tanto, la reforma de las leyes de inmigración en Estados Unidos, otro factor de irritación en las relaciones con América Latina, fue dejada de lado por prioridades nacionales más urgentes.
Parece poco probable también que el tratado de libre comercio con Colombia se presente para su ratificación al Congreso durante este año con elecciones legislativas parciales, aunque está pendiente hace tiempo y algunos lo consideran otra prueba clave del compromiso de Washington hacia la región.
"El gobierno de Obama aún no dejó su marca en las relaciones hemisféricas sencillamente porque está abrumado por otras crisis y prioridades", según Arnson.
Ha habido "una continuidad significativa en la práctica", a pesar del "profundo cambio en el tono y el estilo diplomático, a favor de una estrategia de mayor colaboración", agregó.
Sin embargo, LeoGrande ve un problema estructural mayor. "Cada gobierno que llega promete una política nueva hacia América Latina y ninguno, con la excepción del de Ronald Reagan (1981-1989), la ha tenido. Todos tuvieron que lidiar con problemas mucho más acuciantes en otras zonas del mundo", afirmó.
"Así que la política hacia América Latina está en una especie de piloto automático, porque (los principales funcionarios) no tienen tiempo para dedicarle, y los subsecretarios no tienen la autoridad para adoptar cambios fundamentales", agregó.
Fuente: IPS (Jim Lobe blog)
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