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Jueves 26 de Agosto de 2010

Roma

La ciudad eterna

por Felipe Real / Fotos: Chris Steele-Perkins / Derek Croucher / Rene Mattes / Jose Fuste Raga

La gran urbe soñada por Rómulo y Remo sigue latiendo. La antigua sede del imperio romano todavía continúa asombrando a los viajeros con las ruinas de un pasado lleno de opulencia. Más tarde se convirtió en la sede del catolicismo y las paredes de sus muros resguardan tantas obras de arte como secretos. Con una decena de sitios declarados patrimonio de la humanidad, Roma es una de las cunas de la civilización occidental. Su centro histórico es un museo a cielo abierto que puede recorrerse a pie bajo el tibio sol del otoño mediterráneo. Descubra los encantos de la ciudad eterna y pruebe “la dolce vita”.

Inmensa e inabarcable. Roma, la capital de Italia, no necesita presentación y la enumeración de todos sus atractivos es una tarea imposible que nos llevaría una eternidad. Hace dos mil años, desde este punto en el centro de la península itálica, se logró dominar media Europa y toda la cuenca del Mediterráneo. Los restos de ese imperio superlativo siguen dando cuenta del poder por entonces alcanzado. Con la misma pompa, más tarde, se trazó el dorado camino hacia un paraíso administrado por el Vaticano, cuya influencia se extiende hasta nuestros días. A la herencia del pueblo etrusco y los antiguos romanos se suma el legado de los mejores artistas de los últimos 700 años. Sin embargo, para tomar contacto con la belleza y el talento no hay más que dejarse llevar por sus agitadas callejuelas: cada esquina nos sorprende con la impronta de sus edificios, la sensualidad de sus habitantes, el lujo de sus tiendas y el aroma de sus restaurantes.

 

Coliseo. El recorrido se inicia con su mayor ícono. Este anfiteatro del siglo I de nuestra era fue la obra más grandiosa de la arquitectura romana. Con 620 pies de largo por 511 de ancho y otros 157 de alto, tenía una capacidad para 50 mil espectadores. Representado repetidas veces en las películas de gladiadores, en las cercanías de la arena se situaba el podium encabezado por el Emperador y los senadores. A medida que sus gradas ascendían, se situaban los estratos inferiores de la sociedad. No sólo allí se libraban las peleas y ejecuciones públicas sino también se recreaban guerras célebres, actos de cacería y obras de teatro. Tal vez las funciones más fabulosas ocurrían cuando el escenario se llenaba de agua utilizando un complejo sistema de cañerías para realizar batallas navales y riñas con cocodrilos. Su funcionamiento se extendió por 500 años, incluso después de la caída del imperio en el año 476. En la Edad Media comenzó a ser desguazado para utilizar sus piedras en la construcción de otros edificios hasta que alguien decidió salvarlo; ésa es la causa de que hoy en día se encuentre algo mutilado.

 

El foro. Este yacimiento arqueológico fue el centro del imperio romano. El milenario camino de adoquines fue la avenida principal de la ciudad más poderosa del momento. Trazado por César Augusto, a ambos lados de la acera emergen los restos de los edificios más ilustres. Entre las ruinas tendidas a lo largo de la Vía Sacra sobresale el Templo de Venus y Roma, cuyas columnas se elevan firmes y rectas. En estas veredas transcurría la vida social de los romanos: aquí cerraban negocios y acuerdos políticos o también se consagraban a los dioses y a los placeres mundanos. Ubicado detrás del Coliseo, el foro siempre está repleto de turistas. Esto hace que sea conveniente llegar temprano.

 

Campo de' Fiori. Si bien su nombre indica un campo con flores, hace varios siglos que dejó de ser un alegre prado para transformarse en una plaza cubierta de adoquines rodeada por los pintorescos edificios del rione (barrio) Parione. En su centro, en el año 1.600, el sacerdote Bruno Giordano fue ejecutado por postular la existencia de muchos soles y varios universos. Siglos más tarde, se levantó una estatua para homenajear a aquel valiente iconoclasta. Y, actualmente, es frecuentando por aquellos que buscan diversión nocturna. Bien vale acercarse hasta uno de sus numerosos y económicos bares para alzar una copa en honor a Giordano.

 

Piazza Navona. Es una plaza popular en el mundo entero por las delicadas obras que la engalanan. Aunque se aprecian varias ruinas, su principal atractivo es la Fontana dei Quattro Fiumi, una fuente que representa a un gran río por cada continente: así se homenajea al Nilo, al Ganges, al Danubio y al Río de la Plata. Tallada en 1651, está compuesta por una piscina elíptica y en su centro yace un gran obelisco. Basta dar una vuelta a toda la fuente para descubrir cómo se modifican las diferentes figuras de piedra. Esta reliquia escultórica aparece en Angels & Demons (2009), película protagonizada por Tom Hanks. Después de visitar los arcaicos templos, llega la hora del recreo en los animados cafés y selectos comercios de la zona.

 

Monte Palatino. Es la más céntrica de las siete colinas de Roma. Según la leyenda, en este escenario estaba la cueva donde una loba crió a Rómulo y Remo, quienes fundaron la ciudad e inauguraron su historia de magnificencia y sangre. Luego de dar una vuelta por el foro, es adecuado caminar hasta este monte para apreciar el Circo Máximo, los restos del impresionante hipódromo donde se daban emocionantes carreras de caballos. A lo largo de sus 2 mil pies, se solían juntar más de 150 mil espectadores. La excitación del público era tal que, a veces, se producían avalanchas humanas y la diversión terminaba en tragedia. En estas pistas, con un poco de imaginación, se sentirá como Charlos Heston en Ben-Hur (1959).

 

La Fontana di Trevi. Es la más grande, admirada y fotogénica de todas las fuentes. Este punto marcaba el final de Aqua Virgo, un antiguo acueducto romano que nutrió a la ciudad por 400 años. Cuando las huestes godas rompieron esa cañería, la suerte de los pobladores quedó echada: al comenzar a beber agua de los pozos contaminados por los deshechos, los vecinos enfermaron y quedaron débiles para repeler a la invasión bárbara. Pero en el Renacimiento este ducto se reparó y fue decorado con una bella fuente, tal como la tradición mandaba. Si bien el proyecto pasó por las manos de varios maestros, Giuseppe Pannini realizó los últimos arreglos y en 1762 finalizó esta maravilla, en la cual se aprecia al dios Neptuno domando a dos hipocampos gigantes. El telón de fondo es el Palacio Poli con sus blancas columnas corintias. En 1960, aquí se filmó una de las escenas inmortales de la historia del cine: muchos de los que vieron La dolce vita habrán sentido ganas de estar en la piel de Marcello Mastroianni para refrescarse junto a la sensual Anita Ekberg.

 

Piazza di Spagna. Un recoveco pintoresco como pocos. La plaza está rodeada por la embajada de España ante la Santa Sede y la memorable escalinata que sube hasta la preciosa iglesia de Trinità dei Monti. Con 135 peldaños, esta gran escalera al aire libre une ambos edificios sorteando el desnivel del terreno. Varias terrazas, ornamentadas con coloridos arreglos florales, matizan el ascenso. La obra, obsequiada por el rey español Fernando el Católico, terminó siendo inaugurada por el Papa Benedicto XIII en el Jubileo de 1725. Este escenario se realza aún más con la Fontana della Barcaccia, una fuente en forma de barca, esculpida por Pietro y Gian Lorenzo Bernini. La leyenda cuenta que, cuando se retiraron las aguas de la gran inundación de 1598, allí fue encontrado un barco. Para recordar ese hito, se eligió montar una chalupa de mármol que asombra a los transeúntes de hoy, como en su momento sorprendió a los antiguos vecinos. A pocos pasos vibra la Via Condotti, una arteria insigne por sus lujosas tiendas.

 

El puente del ángel. Es la puerta de los cielos. Anteriormente se lo denominaba "el puente de San Pedro" y era el paso obligado para aquellos que se dirigían al Vaticano. Pero su nombre fue cambiado cuando, en 590, el Papa Gregorio I vio al arcángel Gabriel desenvainando su espada sobre los tejados de un castillo cercano para anunciar el fin de la peste que azotaba a Roma. El celestial suceso generó tal entusiasmo que decidieron aprovechar para trocar al puente en una especie de paseo temático dedicado a estos mágicos seres alados. Con esa idea, se decoró la pasarela con una decena de estatuas de querubines, serafines y arcángeles en cuyos pedestales figuran frases en latín que pueden leerse a modo de rezo o como un misterioso conjuro. Después de decirlas, se sentirá como en una novela de Dan Brown. Con mucha atención, podrá observar el Passetto di Borgo, un pasadizo camuflado que servía para que los Papas se escaparan en tiempos de guerra.

 

El Vaticano. Es una ciudad-estado enclavada en el territorio de Roma. Su nombre proviene del Monte Vaticinium, que en latín quiere decir "predicción" ya que en esta colina funcionaba uno de los oráculos del pueblo etrusco. Con una extensión de 108 acres y una población de 900 habitantes, esta "aldea" es considerada un Estado independiente. Al ser tan pequeño, el 7% de su superficie es abarcado sólo por la Basílica de San Pedro. Este templo emociona tanto a los que sólo aprecian su magnífica arquitectura como a los fieles católicos. No sólo es el edificio más grande de esta religión (633 pies de longitud y 144 de altura) y el sitio donde el Papa celebra las ceremonias litúrgicas, sino que además es el lugar donde San Pedro, apóstol de Jesús y primer Papa, estaría enterrado. Sobre su cúpula figura la frase "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi iglesia". Emplazado sobre las ruinas de un templo paleocristiano, comenzó a edificarse en 1452 y se terminó en 1626 gracias a la venta de indulgencias, grandiosas sumas entregadas por los nobles para conseguir el perdón de sus pecados. Su diseño es obra de eminencias como Bramante, Rafael, Miguel Angel y Gian Lorenzo Bermini, artífice de varias gemas de Roma. La excursión a las sombrías catacumbas es increíble.

 

La Capilla Sixtina. Es un tesoro artístico. Dormida a la derecha de la citada basílica, fue levantada entre 1471 y 1484 y está conformada por un rectángulo de 131 pies de longitud por 42 de ancho. Si bien es pequeña, ningún recinto concentra tantas obras maestras del arte sacro. Para algunos expertos, es el momento culmine del Renacimiento y otros se atreven a afirmar que se trata del summum supremo de las artes. Allí dejaron su huella personalidades del siglo XV como Botticelli, Luca Signorelli, Perugino y Pinturicchio, entre otros. Años después, fue convocado Miguel Angel para plasmar su visión sobre La creación de Adán, la célebre obra en la cual dios y el hombre se tocan las manos. Sobre el altar mayor, este genio pintó El juicio final, un espléndido mural que, pese a su magistral factura, indignó a los jerarcas eclesiásticos por incluir desnudos humanos que terminaron siendo cubiertos con unos ridículos taparrabos.

 

Museos vaticanos. Así se denomina a una serie de galerías que reúnen la extensa colección artística de la iglesia católica. Su mentor fue Julio II, elegido Papa en 1503. La iniciativa fue continuada por otros que hicieron crecer este conjunto museístico compuesto por diferentes predios, galerías y jardines. Ya que es imposible recorrerlo todo, conviene comenzar por las dieciocho salas de la pinacoteca vaticana: estos cuadros le gustaron tanto a Napoleón Bonaparte que decidió llevárselos a su casa. Estas quinientas pinturas representan los puntos más altos de cada escuela pictórica italiana: Da Vinci, Fra Angelico y Caravaggio son algunos de los más notables nombres. Para sentir el clima íntimo del Renacimiento hay que inmiscuirse en los Aposentos de los Borgia y en la Estancia de Rafael. Para avanzar en el tiempo, debe conocerse la Colección de Arte Religioso Moderno. Inaugurada en 1973 bajo los criterios renovadores del Concilio Vaticano II, está formada por 800 piezas de Rodin, Gaugin, Kandinsky, Van Gogh, Chagall, Klee, Dalí y Picasso. Aunque todavía falta mencionar varias galerías, el cierre de este paseo debe ser la puerta de la biblioteca vaticana, que conserva 75 mil manuscritos y más de un millón de libros. Entre ellos, se destacan los primeros evangelios.

 

Trastevere. Al sur del Vaticano, en la ribera oeste del Tíber, hay un barrio que mantiene cierta encantadora parsimonia. Aunque está enmarcado por los restos de la muralla alzada en el año 271 para repeler a los invasores bárbaros, ahora permite defenderse del tráfico y los bocinazos. Si bien las arboledas del Jardín Botánico le dan sombra en verano y colorido en otoño, su principal atractivo son los restaurantes. En la vía della Lungaretta 85, Gino in Trastevere devela los secretos de la típica cocina italiana. Durante la tarde, con una copa de vino tinto o un buen Campari con jugo de naranja, puede disfrutar de las focaccia, un sándwich armado con un pan saborizado con romero y excelentes embutidos. Si quiere algo más formal, la opción es el aroma de los spaguetti con cacio y pepe (queso y pimienta) o el abbacchio, un tierno cordero acompañado por punterelle romane, una popular ensalada. A la hora del postre: la tarta de pera y chocolate. Más innovadora es la propuesta de la hostería-restaurante Glass. Con una estética desenfadada y el espíritu del pop, sus puntos altos son las entradas de quesos de Parma, los medallones de cerdo en salsa de manzana y los creativos postres. También encontrará románticas trattorias, tentadoras pizzerías e infinidad de cafés para beber los fuertes ristrettos. Por la noche, este barrio atrae a numerosos jóvenes y turistas dispuestos a celebrar los placeres fugaces y su transitorio paso por este mundo. Después de todo, tanto la vida como las vacaciones son finitas. Y lo único eterno es Roma.

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