por Federico Lisica / Fotos: AP
Pocos episodios tan simples y personales tuvieron consecuencias tan sorprendentes y colectivas como el realizado por la llamada "Madre de los derechos civiles". Su acto llevó a que Martin Luther King manifestara su sueño. Nacida en Alabama, cuando la segregación era ley, vivió como costurera hasta convertirse en ícono social. Condecorada infinidad de veces, hizo gala de la decencia, la fortaleza y el bajo perfil, siempre en pos de un cambio.
En su caso, el proverbio chino sobre lo que puede provocar el aleteo de una mariposa en otra parte del mundo se pudo apreciar con bastante rapidez. Y habida cuenta de lo que sucedió el pasado 4 de noviembre, a nivel emocional y político (incluso más allá de las fronteras de Estados Unidos), no quedan dudas de que ese pequeño movimiento sigue resquebrajando cimientos. Claro que después viene la creación de algo mayor. Algo nuevo e igualitario. En cada pequeño gran cambio nacido de las minorías siempre estará presente el acto de Rosa Parks.
Nacida y criada
Rosa McCauley nació en 1913 Tuskegee, Alabama. Por sus venas corría sangre afroamericana, cherokee y hasta escocesa. La relación entre el carpintero y su mamá Leona no prosperó, por lo que se mudó junto a ella y su hermano menor, Silvestre, a Pine Level, un pequeño pueblo a la salida de Montgomery, el lugar en el que fue criada y donde sucedió, algunas décadas después, el hecho que la volvió célebre.
Para ese entonces ya sabía lo que era la segregación. Antes de cumplir los 5 años, su abuela le dijo que no debía contestarle a ese pequeño chico blanco llamado Franklin. "Fue muy severa y me indicó cómo tratar con los chicos blancos, simplemente no había que hablar con ellos o actuar a su alrededor", afirmó en su autobiografía. "Me advirtió que si no era cuidadosa probablemente me lincharían antes de cumplir los 20. Aunque sintiese que era mi derecho defenderme, debía salir de la situación". Rosa era pequeña, más de lo normal, y soportaba una salud precaria. Vivía en una época y espacio donde los linchamientos eran moneda corriente. Estaban los jinetes vestidos con túnicas blancas, igualmente no fueron los únicos que impusieron su código con antorchas. Sobrevivir era el único derecho para los de su color de piel.
Las llamadas leyes de Jim Crow heredadas de la esclavitud del siglo XIX –nombre tomado de una canción popular– habían sido diseñadas para que los afroamericanos vivieran como seres inferiores. Las normativas estaban en plena vigencia, por lo que la marginación era algo real en el día a día. “Separados pero iguales” era el infame lema que se estampaba en carteles a la entrada de cafeterías, peluquerías, transportes públicos, restaurantes, salas de espera, parques, baños y hasta fuentes de agua. No era extraño que los letreros especificaran "sólo blancos" o directamente "negros no". Entonces cuando el Ku Klux Klan marchaba frente a su casa, su abuelo hacía guardia en el porche con una escopeta de doble cañón.
Si bien la educación era algo importante para la familia McCauley, el acceso no era fácil. Su abuelo le permitía ir al “colegio” de una habitación al lado de la iglesia metodista episcopal africana (donde iban niños de primero a sexto grado) sólo si no la necesitaba para plantar algodón en el campo. Estudiaba a tientas, entre ese recinto y lo que le impartía su mamá, hasta que fue enrolada en Industrial School for Girls de Montgomery. Esa enseñanza fue vital para el destino de Rosa. Establecida por un grupo de mujeres blancas liberales del norte, les impartían a las alumnas el auto-respeto y la conciencia de que los afroamericanos tenían derecho a la seguridad, la dignidad y la oportunidad que los blancos daban por sentado para sí mismos. Aunque la mayoría de la ciudadanía no estuviera tan de acuerdo. De hecho, el sitio fue incendiado dos veces, y asistir a clases se volvía traumático por los tratos al volver a su hogar.
Para llegar al colegio debía ir caminando ya que sólo los estudiantes blancos podían viajar en transporte público. "Veía los buses pasar todos los días. Sin embargo, para mí eso era una forma de vida, no teníamos más opción que aceptar la costumbre. El bus fue una de las primeras cosas que me demostró que había un mundo para los negros y otro para los blancos", diría sobre los días en que le arrojaban basura desde esos vehículos. Parks luego asistió al Alabama State College for Negroes, pero debió abandonar la preparatoria para cuidar a su madre enferma.
Antes de cumplir dos décadas de vida conoció –a través de un amigo en común– a un barbero diez años mayor que ella. Era Raymond Parks. Un impecable self made man que no había tenido instrucción formal, pero que por su forma de vestir, conocimientos y ganas de aprender (amaba la lectura y en especial la poesía) daba la impresión de ser un universitario. Pese a que no llamó la atención de Rosa, su convicción y amor propio terminaron por convencerla. Se casaron en diciembre de 1932 en la casa de su madre. "Parks", como llamaba Rosa a su esposo, era la primera persona además de su abuelo que no le demostraba temor a los blancos.
"Muchos afroamericanos sentían que debían soportar la suela de Mr. Charlie –así llamábamos a los blancos– y no podíamos hacer nada para enfrentarlo. En otras palabras, Parks creía firmemente en ser un hombre y en ser tratado como tal". Su marido, quien la motivó a que terminase sus estudios –menos del 7% de los afroamericanos lo lograba y además pudo registrarse a votar en su tercer intento–, era un importante colaborador de la Asociación Nacional para el Progreso de la Gente de Color. La NAACP (por sus siglas en inglés) era uno de los más prestigiosos grupos de defensa de derechos humanos del país. De hecho, la pareja participó de la militancia por los Scottsboro boys –nueve jóvenes negros injustamente acusados de violar a dos mujeres blancas, condenados a muerte y cadena perpetua–, finalmente liberados 20 años después del “incidente”. "Cuanto más me involucraba con la NAACP, más aprendía sobre discriminación, linchamientos, violaciones y asesinatos irresueltos". Más allá de que Rosa fuera elegida la secretaria de la NAACP en Montgomery en 1943, la militancia no alcanzaba para el sustento diario por lo que trabajaba como doméstica, diaconisa en hospitales y costurera.
Ese día
El 1 de diciembre de 1955 Rosa volvía a su casa de trabajar. No quería cruzarse con James Blake, un conductor de la Montgomery City Lines en la línea de Cleveland Avenue, que hacía respetar a rajatabla las leyes segregacionistas, particularmente a las que podía añadir su estilo. El mismo Blake, en 1933, la había obligado a bajar del bus tomándola de la ropa. Según la ley de Alabama, las 10 filas delanteras del transporte público se reservaban a los blancos (aunque no hubiera allí ningún pasajero debían quedar libres), las 10 últimas eran para los afroamericanos y las 17 intermedias dependían del conductor. En cambio, aquella tarde no.
Ya había subido cuando lo reconoció. Rosa pagó su boleto por la puerta delantera, bajó y entró por la parte trasera, como establecía la normativa. Con frecuencia Blake pisaba el acelerador y dejaba de a pie a los que ya habían pagado. Por eso, cuando podía, Rosa dejaba pasar su bus y esperaba al siguiente. Al rato de arrancar, Blake vio que un joven blanco estaba de pie y le exigió a ella y a otros tres que se movieran al sector posterior. No obstante, Rosa permaneció sentada, mirando por la ventanilla hacia el cine de enfrente donde proyectaban A Man Alone, un western sobre un pistolero que escapa de un linchamiento. Blake le dijo que iba a hacerla arrestar. Su respuesta se volvió célebre con el correr de los años: "You may do that" ("Podrías hacerlo").
"Se dice que no dejé mi asiento porque estaba cansada, pero no es verdad. No estaba cansada físicamente, o no más de lo que solía estar al final de un día de trabajo. No era vieja, sin embargo se tiene una imagen de mí como la de una anciana. Tenía 42 años. De lo único que estaba cansada era de ceder y ceder", alegó la entonces costurera. Rosa Parks era la tercera mujer detenida en pocos meses por el mismo motivo. Incluso, en junio de 1946, la Corte Suprema falló contra la ley de Virginia que dictaminaba la separación racial en el transporte de pasajeros. Eso no importaba, allí estaba frente al oficial preguntándole: "¿Por qué todos ustedes están empujándonos por todos lados?". Posteriormente Rosa fue detenida y se le impuso una multa de 14 dólares.
"De allí en más estuvo con nosotros como un símbolo persistente de dignidad humana en la cara de la brutalidad de la autoridad", destacó la revista Time al elegirla como una de las personas más influyentes del siglo XX. Al apelar la decisión, el movimiento contra las medidas fue imparable. Las congregaciones afroamericanas hicieron causa común, comandados por un joven pastor bautista de 26 años llamado Martin Luther King. Cerca de 30 mil afroamericanos iniciaron un boicot al servicio de bus: caminaban, se reunían para viajar en auto y hasta algunos taxistas bajaron sus tarifas solidarizándose con ellos. La acción duró 382 días. Durante su transcurso, la pareja Parks fue acosada sistemáticamente y una bomba estalló en la casa de Luther King. Por último, la ley local de segregación entre afroamericanos y blancos fue levantada en 1956. El 21 de diciembre, día en el que se efectivizó la medida, Rosa se subió al bus y se sentó con calma en la parte delantera: le tomaron una foto en la que aparece un hombre blanco por detrás. Esa imagen que irradiaba tranquilidad, no violencia, aplomo, se transformó en una imagen representativa de una nueva América.
Pero para Rosa las cosas no mejoraban. Podía sentarse en cualquier lugar del bus, pero tenía serios problemas para encontrar empleo en Alabama. Luego de que Raymond tuviera un colapso nervioso, decidieron mudarse a Detroit en 1957. Ahí, en la ciudad industrial símbolo de Estados Unidos, con una gran población urbana afroamericana (la cuna del sello Motown), gradualmente rehizo su vida, trabajando nuevamente como costurera. No obstante su militancia seguía firme. Cuando el 28 de agosto de 1963, en la gran marcha a Washington, Martin Luther King pronunció las palabras "Yo tengo un sueño", Parks estaba cerca del reverendo.
"Había sido invitada por la Conferencia Cristiana del Sur, que la había organizado. Me sentía emocionada de estar entre más de 250 mil personas congregadas en apoyo de los derechos civiles en el país. Sentí que todo aquello por lo que habíamos trabajado estaba sucediendo allí mismo, y podía verlo con mis propios ojos". Parks recordaba a quien sería asesinado cinco años después de ese acto como una persona muy bondadosa, y con una gran compasión por los demás. "Me encantaba oírlo hablar y enseñar. Ya lo había escuchado pronunciar ese discurso en junio en Detroit. No importaba cuántas veces hubiera escuchado al Dr. King, siempre quería oír más y aquel día no era una excepción".
Parks también tuvo su encuentro personal con otra figura importante del movimiento afroamericano: "Tuve la suerte de conocer personalmente a Malcolm X. Ello sucedió poco después de su viaje a la Meca, luego de que abandonara el movimiento de los Black Muslims". Fue justo una semana antes de que muriera: "Parecía una persona amigable y cálida. Era un hombre brillante". Por suerte, al tiempo se haría efectiva el acta de derechos civiles que erradicó las leyes de Jim Crow.
El otoño de Rosa
"La libertad no es gratis", repetía quien desde 1965 fue asistente del congresista demócrata John Conyers, rol que ocupó hasta su jubilación en 1988. Su esposo no llegó a ver con vida el centro destinado a la promoción juvenil que Rosa creó (Raymond murió en 1977). Los tiempos cambiaban en Estados Unidos. En su largo otoño, calles y centros comerciales tuvieron su nombre y los sucesivos presidentes la invitaban a la Casa Blanca. Sin embargo, en 1989 le reclamó a George Bush padre: "En lugar de tener mejores ceremonias, necesitamos mejores programas". No todos los cambios eran para bien. En 1994, fue atacada en su hogar en Detroit por Joseph Skipper, un joven que le robó poco más de 50 dólares: la reconoció pero eso no impidió que la golpeara, por lo que debió ser hospitalizada.
Su vuelta a la palestra pública se dio en 1999 al recibir de manos del ex presidente Bill Clinton la Medalla de Oro del Congreso, el máximo galardón al que puede acceder un civil otorgado por el gobierno. Un poco menos le gustó la letra del tema del dúo de raperos Outkast que llevaba su nombre. Decidió demandarlos, aunque al parecer los abogados fueron los que más intercedieron para sacar una tajada del asunto, aprovechándose de una mujer octogenaria que batallaba contra arranques seniles.
Falleció a los 92 años en 2005 mientras dormía una siesta. Fue velada en el Capitolio de Washington, y se convirtió en la primera mujer y segunda personalidad afroamericana en ser homenajeada en un ámbito por el que habían pasado con los mismos honores, entre otros, Abraham Lincoln, Dwight D. Eisenhower, John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson y el general Douglas MacArthur. Una zona no muy lejana a la Casa Blanca, edificación construida por esclavos, y que en pocos días será la residencia de Barack Obama.
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