por Felipe Real / Fotos: Nelson Jeans / Danny Alveal Aravena / Philippe Lissac / Vladimir Godnik / Jim Craigmyle
Para algunas mujeres, ir a un salón de belleza es un momento de placer. Para otras, se transforma en lo más cercano a una cita con un psicoanalista o un confesor. Como son universos vedados, prácticamente, para los hombres, las concurrentes pueden hablar con total confianza sobre aquellos temas que callan frente a sus maridos, padres, novios y amantes. Desde hace un tiempo, en Nueva York, han decidido entrenar a las estilistas para que puedan asesorar a las víctimas de la violencia intrafamiliar. Los secretos de alcoba y las historias de matrimonios fallidos se narran entre tijeras y tinturas.
Los salones de belleza son templos. Lugares sagrados donde las mujeres no sólo se dedican a cultivar la belleza sino también a difundir sus certezas y misterios, sus vivencias y sus prácticas ocultas. Las sacerdotisas de estos santuarios son las peluqueras, las santas señoras de las tijeras, damiselas avezadas en las técnicas de estética y el arte de la seducción que también ofician como consejeras sentimentales, asesoras espirituales y confesoras atentas. Este espacio libre de hombres es propicio para que las clientas realicen revelaciones profundas e íntimas. Allí pueden abordar temas como la crianza de los niños, las miserias laborales y las cuestiones domésticas, y también indagar sobre la relación que mantiene el género femenino con los hombres.
Mientras les cortan sus mechas o tiñen sus canas, muchas verbalizan historias que jamás se atreverían a contar en otros sitios: narran sus deseos subrepticios y sus encuentros furtivos, sus expectativas incumplidas y sus orgásmicos anhelos. Pero no todo son secretos de alcoba. Además de difundir técnicas efectivas para conducir a sus parejas, comparten y aprenden las formas de cómo son y cómo deben ser tratadas. Ante esto, una funcionaria del vecindario de Washington Heights de Manhattan ha diseñado un programa dedicado a capacitar a las peluqueras para detectar a las mujeres golpeadas y ayudarlas a salir de este drama. Con esta intención, profanamos uno de los muchos templos sagrados de la feminidad y nos inmiscuimos para conocer a sus habitantes.
Raquel, la peluquera. Hace más de 20 años que ella se dedica a una cosa: domesticar los rizos que dominan su cabellera. "Gran parte de la población femenina de República Dominicana vive obsesionada con sus rizos. Más precisamente con sus ganas de no poseerlos", detalla esta mujer de piel sedosa y de facciones levemente africanas. Del continente negro no sólo heredó una nariz amplia y unos labios carnosos, sino también una melena que tiende a encresparse. "Es increíble que el desprecio a la población de origen africano siga vigente al punto de avergonzarse una por tener el cabello crespo: allá se lo llama coloquialmente como 'pelo malo' mientras que 'pelo chino' se le dice a las cabelleras lacias", ilustra demostrando la influencia del "colonialismo cultural". "Por eso nosotras pasamos gran parte de nuestro tiempo intentando alisarlo. Después de invertir tantas horas, decidí convertir esa necesidad en mi profesión", comenta orgullosa antes de pararse frente al espejo.
Por deformación profesional, y ante su imagen, se figuró por un instante con otro corte, con otra tintura y, principalmente, con otro cabello. "Todas las técnicas las pruebo primero yo", aclara apurada al salir de su ensoñación. "En Dominicana el alisado es muy solicitado, aunque en Nueva York es menos requerido porque muchas caribeñas se dan licencia para ser más auténticas", explica la maestra del desrizado artesanal.
En general, este tratamiento dura cuarenta minutos y puede ampliarse si se requieren otros servicios. Como se recomienda repetir este proceso cada dos meses, las clientas y las estilistas logran forjar un vínculo de amistad, entre shampoo, acondicionadores y cepilladas. Para mantener una clientela fiel, según Raquel, hay que saber conversar y escuchar a las concurrentes. "Es parte del trabajo. Una las tiene que oír, atender y dar una palabra de aliento o un consejo. A veces poseen un peinado correcto y sólo vienen a buscar conversación", sugiere la anfitriona de este santuario.
Karin es la reina del salón. En la calle, los hombres voltean su cara para mirarla pasar. Al ingresar a su reino, las mujeres le brindan una reverencia de bienvenida, acorde a su envestidura, y las empleadas hacen fila para saludarla: ella, como buena soberana, les agradece llamándolas por su nombre de pila y las hace sentir importantes.
Así se comporta habitualmente Karin, la clienta favorita de este local perdido en las calles del norte de Manhattan. Ella supo llegar a la cima de este pequeño reino por mérito propio. Su belleza, carnosa y exagerada, está a punto de volverse cursi y chabacana. Pese a eso, o por eso mismo, cuenta con un gran número de seguidores para los cuales su cabellera rojiza es el faro de sus deseos. En cambio, las mujeres la aceptan por su gran carisma: con su estilo, traba confianza con todas, buscando que la vean más como aliada que como rival.
Pero el precio que Karin paga para mantener su reinado es alto. Conjuntamente de trazar vínculos diplomáticos con sus congéneres, debe asistir seguido al gimnasio, delinear una rigurosa dieta y entregarse a largas sesiones en el salón de belleza. En esas maratónicas jornadas, la reina divulga las dichas y desdichas de su vida de divorciada. "¿Qué les pasa a los hombres? Cada vez vienen peor: la otra vez salí con uno. Divorciado por tercera vez. Era un encanto, cortés y educado, pero cuando nos acostamos no sabía hacerlo. 'Con razón tus esposas te dejan, querido', le dije a la mañana siguiente para arruinarle el desayuno", relata nuestra Cleopatra para risa de todas sus cortesanas.
"Peor otro que la primera vez que salimos quería dividir los costos de la cena. Eso es lo menos sensual que puede haber", sentencia. "Karin, se ve que tienes muchos pretendientes para elegir", replica una muchacha de treinticinco años, hostigada por la soltería y el paso del tiempo. "Querida, todas tenemos para elegir. Aunque ellos se crean que nos seducen con sus payasadas, somos nosotras las que los elegimos a ellos", responde provocando sonrisas que ayudan a matizar la espera. Con ese mismo afán, aconseja: "Hazlos gastar. En este mundo nadie valora nada si no es oneroso el precio". "Ya que dices eso, te aumentaré la tarifa", bromea Raquel provocando más risas en el local.
Mabel, la dama escondida. Ella jamás se entregaba a las risas ni entraba en la ronda de confesiones. Esta muchacha de pelo negro y piel aceitunada solía permanecer oculta en un rincón poco transitado del salón de belleza y, con cierto esfuerzo, bajaba su cabeza para pasar inadvertida. Su mayor temor era que la inviten a hablar de hombres o le pregunten sobre sus últimos eventos sexuales. "Tengo la cabeza puesta en mis hijos", argumentaba Mabel porque es habitual que las mujeres como ella sobredimensionen e idealicen la importancia de la familia. "Si ellos están bien, yo estoy bien", se justificaba.
Pero ella no es una mujer pacata ni anticuada. Tampoco se tapa por pura timidez entre sus ropas ni resguarda su intimidad por recelo. Ella es una mujer golpeada y ha intentado ocultar su condición y, presa de la confusión, protegía a su marido. En ese errado intento, había optado por aislarse. Poco a poco, había abandonado los lugares que frecuentaba y hasta dejó de visitar a sus amigas; ya no hablaba ni con sus primas ni con sus hermanas. Sin embargo, por suerte, no dejó de concurrir a la peluquería que, lejos de ser un oasis de banalidad, terminó siendo su espacio de redención personal.
Este escenario, con su clima de intimidad y confianza, en muchas ocasiones permite que las mujeres maltratadas rompan el cerco de silencio. "Como aquí recibes un trato cordial, amable, entonces sueltas la lengua más de lo que debes", explica una clienta. "Tal vez sea porque las delicadas cepilladas que nos brindan, te hacen acordar a los tiempos en que eras una niña y tus abuelas te cuidaban", expone otra. "Es extraño que una mujer quiera quedarse callada en este sillón", indica Raquel que, además de ser una experta en rizos, se transformó en una asistente social muy eficiente.
Cuando Mabel comenzó a frecuentar este local, tenía su cabello hecho un desastre. "Se había descuidado mucho. Sus propias necesidades estaban relegadas: una la veía y encontraba a una muchacha linda pero abandonada", apunta Raquel. "Ella nos miraba asombrada por nuestra forma de tratar a los hombres, sin esas arcaicas normas de respeto", evoca Karin al hacer memoria de las primeras veces que se cruzó en el salón con Mabel. Hasta que, en una oportunidad, Raquel detectó que el cuero cabelludo de esta callada muchacha estaba lleno de contusiones. "Me caí por las escaleras", intentó argumentar con cara de desesperada. No obstante, nadie le creyó. Fue entonces cuando la sensible peluquera desplegó sus dotes de líder espiritual y la ayudó a hablar sobre su drama.
El camino de superación. "Con sus preguntas, mientras me peinaba, me fui dando cuenta yo misma de lo que ocurría. Fue como si, además de ordenar mi cabello, acomodara también mis ideas", rememora Mabel aquel momento. "Al principio, ella intentaba defender a su marido. Decía que él se arrepentía de lo que hacía y que cambiaría", reconstruye Raquel, con sus aires de sacerdotisa, las típicas promesas que los golpeadores acostumbran realizar para jamás cumplir. "Mabel se sentía culpable de lo que pasaba", remarca para exponer una situación reiterada, donde las víctimas se sienten responsables de su propia tragedia. Las damnificadas, aparte de sufrir y poner en peligro su vida, enfrentan otro riesgo: se tornan irritables y trasladan la violencia vivida hacia sus hijos.
Por su experiencia, Raquel considera que el espejo de los salones de belleza cumple un rol muy importante en este proceso. "Creo que la imagen que nos devuelve, invita a pensar si es así como queremos vernos y si ésta es la vida que pretendemos llevar." Con el asesoramiento recibido, Mabel se comunicó con las asistentes de la oficina de la ciudad de Nueva York dedicada a la atención de las ciudadanas que sufren la violencia doméstica. Allí le explicaron todo lo necesario para actuar y proteger a los niños en estas situaciones. Asimismo la ayudaron a afrontar los obstáculos propios de una separación matrimonial urgente y de un divorcio complicado.
"En este punto, también me sirvieron los consejos que recibí de las chicas de la peluquería. Estoy muy agradecida. La verdad es que nos hemos hecho muy amigas", confiesa sonriendo Mabel, quien ha aprendido a valorarse y a afrontar la vida de manera distinta. Ahora lejos de esconder su femineidad entre sus ropas, se ha animado a salir con Karin y sus amigos. "Con el tiempo comprendí que poseo derechos y que no tengo que soportar los maltratos", admite esta mujer que, por el mismo valor de un corte de cabello, recibió la guía necesaria para encontrar el camino de la superación.
Para tener en cuenta
La creadora del proyecto Concientización sobre violencia doméstica en salones de belleza es Ingrid Domínguez, directora de la agencia de servicios familiares del distrito de Washington Heights y Central Harlem. Con el apoyo del Programa de Preservación Familiar de la Administración de Servicios para Niños de Nueva York (ACS, por sus siglas en inglés), su iniciativa experimental se implementó, en una primera etapa, en varios establecimientos de Manhattan, y pronto se extenderá a otras áreas. Dentro de este marco, las trabajadoras de las peluquerías reciben un entrenamiento especial para poder identificar signos de violencia doméstica y brindar ayuda e información a sus clientas. El entrenamiento es dictado completamente en español por estudiantes de trabajo social y expertos en problemas intrafamiliares. Cabe aclarar que también han reclutado a barberos y estilistas masculinos para ayudar a los muchachos que sufren la violencia doméstica en manos de sus padres o de sus esposas. No sólo es una cuestión de mujeres.
Perfil de una mujer maltratada
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