por Roque Casciero / Fotos: Guido Cozzi / Atlantide Phototravel/ Gentileza Alan Courtis
Un músico latinoamericano fue parte de un equipo de quince participantes que viajaron al archipiélago noruego de Svalbard para tocar en las ciudades más al Norte del mundo, dentro del círculo polar ártico. El nombre de la travesía lo dice todo: Super Ultra North of Everything Project. O sea, Proyecto Super Ultra al Norte de Todo. Crónica de un viaje al fin del fin del fin del mundo.
Super Ultra North of Everything Project: vaya nombrecito para un festival de música. Pero, por más rimbombante que suene, cada palabra tiene plena justificación, porque este proyecto soñado por un grupo de noruegos amantes de la escena experimental se hizo en el archipiélago de Svalbard, dentro del círculo polar ártico, el lugar habitado más al norte de la Tierra. En la isla de Spitsbergen, la población no llega a las 2 mil personas, de las cuales tres cuartas partes están en la capital Longyearbyen, donde se asienta la delegación gubernamental noruega. Sin embargo, pese a que el archipiélago es de esa nacionalidad, otros países pueden establecer ciudades. Por eso, las otras dos localidades con habitantes son rusas y fueron fundadas durante la era soviética: Barentsburg, donde unos 400 mineros extraen y refinan carbón, y Pyramiden, abandonada a mediados de los años 90, en la cual quedan sólo tres cuidadores y un gato. Vaya uno a saber qué vigilan durante el invierno, cuando la temperatura baja más allá de los -31ºF, en ese paraje fantasmal cubierto por la nieve. Pero fue allí donde el Proyecto Super Ultra al Norte de Todo hizo su primera parada, con más de performance conceptual que de hecho musical en sí mismo.
El lugar de encuentro para los organizadores, los músicos, un pequeño grupo documentalista y las dos personas que oficiaron de “público itinerante” fue Longyearbyen, pero, paradójicamente, allí no hubo presentaciones: los rusos mostraron más interés que los noruegos en la realización del festival. Hasta la capital de Svalbard se llega en un avión que sale de Tromso, en la Noruega continental, y que lleva sobre sus alas un robot que las rocía con líquido anticongelante. Como para que la sensación de aventura empiece apenas se pisa el suelo de Svalbard, la pista de aterrizaje de Longyearbyen está cubierta de hielo. Y la única forma de viajar hasta las otras ciudades durante el invierno –la estación durante la cual se hizo el festival– es montarse a unos scooters, contratar a un guía, cargar un fusil Mauser por si le da hambre a algún oso polar de 1500 libras y encomendarse a alguna divinidad a elección.
Si un grupo de músicos que improvisan en cada una de sus presentaciones ya era suficiente rareza en ese paisaje helado, ¿qué decir de la presencia entre ellos de un latinoamericano, el argentino Alan Courtis? Este guitarrista fue parte del trío Reynols, liderado por el baterista Miguel Tomasín –quien tiene síndrome de down–, que, entre un centenar de trabajos en los formatos más diversos, publicó el primer disco “desmaterializado” de la historia (dentro de la cajita… no había CD). Tras la disolución de ese grupo, además de cruzarse en vivo y en grabaciones con músicos como Lee Ranaldo (Sonic Youth) o Damo Suzuki (Can), grabó con una guitarra sin cuerdas y editó en vinilo un Tributo al calcio. Por eso, sus palabras resuenan fuerte cuando asegura que la experiencia del Super Ultra North of Everything Project fue “la más extrema” de su vida y que el festival en sí fue “el más experimental” de todos los que conoce. “Estar ahí es como salir del planeta. Estás casi al borde de una no-civilización y al borde de las posibilidades físicas”, explica Courtis, quien, lógicamente, nunca antes había viajado en un scooter a 40 millas por hora durante una tormenta de nieve, con una visibilidad de diecisiete pies y vestido con cinco capas de ropa debajo del traje aislante.
A pesar de que habían llegado a Longyearbyen a la medianoche, Courtis y sus compañeros de aventuras no pudieron descansar mucho, porque a las 8 a.m. debían empezar los preparativos para el viaje a Pyramiden. La delegación del festival se compuso de cinco músicos, tres organizadores y un guía que, a pesar de que ahora cuenta con un GPS, durante años hizo el trayecto “a ojo”. “Vadim solamente habla en ruso y noruego, pero de alguna forma nos comunicábamos”, recuerda Courtis. “El andaba con un casco como de bombardero, era muy gracioso. Y fue un tipo increíble que manejó muy bien al grupo, porque no se sabe lo que puede pasar en esa situación.” Con los viajeros enfundados en sus trajes, con tres pares de calcetines bajo las botas, máscaras “como de terrorista” y antiparras, los preparativos para la primera expedición en scooter duraron más de una hora. Sobre los trineos había que poner un generador eléctrico, instrumentos y equipos, pero muy asegurados porque un movimiento en falso durante el trayecto equivale a una caída peligrosa. Courtis: “En los pasajes más fáciles conduje el scooter, cosa que nunca había hecho en mi vida. Había partes que eran realmente difíciles, porque no es todo plano, hay que subir montañas y cruzar lagos congelados. El que conducía en mi scooter era Odd Geir, un cineasta noruego que fue el director de fotografía de David Lynch en Inland Empire. El, que tiene más de 70 años, gran sabiduría y un espíritu increíble, filmó todo para hacer un documental”.
La llegada a Pyramiden enfrentó al grupo con “un sitio perdido en el tiempo y el espacio, una ciudad fantasma congelada”, según el guitarrista. Bajo el manto blanco, apenas se veían la cantina, la grúa, los edificios donde alguna vez vivieron los trabajadores y la estatua de Lenin. “Todo está como si lo hubieran metido en un freezer.” Los cuidadores de los fantasmas del lugar les dieron la bienvenida y les dijeron que se acomodaran dentro de una de las dos casillas construidas en el garage, el único lugar de la ciudad que tiene energía eléctrica. Los nueve viajeros pasaron dos noches ahí, en bolsas de dormir, mientras afuera la nieve caía sin parar. El baño quedaba en el exterior, así que había que aguantar las ganas o los -31°F. Los tres cincuentones que “habitan” Pyramiden estaban un poco alborotados por la presencia de la artista británica Kaffe Matthews, la primera mujer que veían en mucho tiempo. “Ella fue muy cortés y cuando nos fuimos se despidió muy afectuosamente, tal vez para darles alguna esperanza sobre el género femenino, pero igual… ¡estaba con todo el traje puesto!”, se ríe Courtis.
Con el grupo ya instalado en la casilla, el paso siguiente fue mover los equipos hasta la piscina olímpica cubierta, tan cargada de iconografía de la vieja URSS como el garage. “Lo que queda del comunismo soviético está hibernando ahí. ¡Tal vez la próxima revolución salga de Pyramiden!”, bromea Courtis. “Mover los equipos” suena sencillo después de haber viajado en scooter durante seis horas, pero el centro deportivo de la ciudad abandonada carece de electricidad y las lámparas que había llevado Geir se habían quebrado por la baja temperatura. El músico argentino, acostumbrado a las performances conceptuales, decidió que su primer acto debía ser dejar allí su guitarra y su amplificador Marshall durante toda la noche. “En parte, el objetivo era tocar para los fantasmas de esa ciudad. Cada uno podía hacer la performance que quisiera.”. Al día siguiente sí usó el instrumento, con dos pares de guantes puestos por los -11°F que hacía en la piscina cubierta. “La idea era ver qué se podía hacer con eso, porque no conseguíamos tocar como normalmente lo hacíamos; entonces tuvimos que descubrir qué técnica era posible aplicar para llevarlo a cabo a esa temperatura. Los cables de la guitarra estaban completamente rígidos.”
El día del regreso a Longyearbyen los músicos bromeaban con sacarse el traje térmico, porque había nevado y la temperatura andaba por los 14°F. Pero eso hacía que en el camino, que en buena parte era un lago congelado, el piso estuviera más blando. Atravesar las montañas fue muy difícil: los scooters se atascaban y el guía Vadim volvía echando fuego por el casco de aviador. “A veces estábamos diez minutos levantando a mano los scooters hasta ponerlos sobre algún lugar donde no giraran en falso para que así pudieran arrancar. Un scooter casi se hunde en el lago, porque había una parte que se había descongelado. Uno de los músicos se mojó la pierna y lograron sacarlo, pero no sé cómo íbamos a extraerlo si se caía. Sin embargo, el tramo más complicado para conducir fueron las subidas, porque puedes darte vuelta. Nos caímos dos o tres veces, y eso que quien conducía conocía el terreno.” La tormenta de nieve hacía que la visibilidad fuera casi nula, aunque cuando paró, los visitantes se encontraron con un barco holandés encallado, cuyos tripulantes viven en medio del hielo hasta que llega el verano y pueden seguir navegando.
Tras doce horas de viaje –el doble que la ida–, con los cuerpos agotados, los viajeros llegaron a Longyearbyen: “¡No puedo ni empezar a explicar la alegría que me dio regresar a ese hotel!”, se emociona Courtis con el recuerdo. “Hubo momentos en que dudaba: qué estoy haciendo acá, qué pasa si viene un oso polar, qué pasa si se pierde el guía… Normalmente uno vuelve sano, pero está al límite. Y el festival es al límite.” Apenas hubo tiempo para recuperar fuerzas, porque al día siguiente la caravana partió rumbo a Barentsburg. “Por suerte, el viaje era más viable y mejor, al costado de unos fiordos preciosos; y había una especie de señalización, así que era más parecido a un camino. Los paisajes eran increíbles, a cada minuto cambiaban los colores, según cómo diera la luz.” Con la baja temperatura, hasta tomar fotos era una odisea, porque las cámaras indicaban que se habían agotado las baterías luego de dos o tres tomas. Finalmente, los viajeros descubrieron que había que dejarlas “aclimatarse” dentro de sus trajes térmicos para que volvieran a funcionar.
La actividad minera en Barentsburg dura todo el año, pero recién en el verano, con el deshielo del mar, los barcos llegan para llevarse el carbón. La vida ahí es el trabajo, unos vodkas y a dormir, por eso el Super Ultra North of Everything fue una bienvenida anomalía para los mineros. “Les explicaron que era música de improvisación y nos escucharon muy respetuosamente”, rememora Courtis. “Tocamos en un teatro con una estética muy vieja, pero muy cuidado. Hicimos dos conciertos, formaciones de dúos, tríos y finalmente todos juntos. Ahí toqué la guitarra con una antena de televisor y unos tenedores rusos. Los había sacado del hotel donde nos hospedábamos, que quedó anclado en los años 60. Después de los conciertos hablamos con algunos que vinieron al hotel; unas chicas rusas me pidieron que nos tomáramos una foto, supongo que les resulté muy exótico.”
El segundo regreso a Longyearbyen fue tranquilo y se coronó con un brindis con champagne ruso. Desde allí, cada uno de los viajeros regresó a su hogar. En Buenos Aires, a Courtis las palabras todavía le suenan pobres a la hora de describir sus sensaciones en Svalbard, tan cerca del Polo Norte. Por eso repasa las fotos en su notebook y las imagina parte de un libro; por eso, también, espera el documental de Odd Geir para ver si hay alguna explicación que a él no se le ocurrió. Por lo pronto, tiene la certeza de que asumir tantos riesgos valió la pena. “Fue increíble porque uno está completamente alterado como ser humano: te sacan de tu hábitat y estás como si te llevaran a la Luna, te sientes distinto físicamente con toda esa ropa, y el paisaje es casi de otro mundo… Lo musical fue casi una excusa: la idea del proyecto era principalmente llevar artistas a este lugar remoto. Y por supuesto luego de viajar horas en una caravana de scooters a -22°F, con un guía ruso y un hombre armado con un rifle por si aparece un oso polar, la experiencia humana es mucho más fuerte que todo lo que puedes llegar a tocar.”
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