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Jueves 1 de Diciembre de 2011

Tawakkul Karman

La primera Nobel de la Paz árabe

por Amy Goodman & Juan González (Democracy Now) / Fotos: Asharq al Ama / Steve Rieff / Ghaffar Al-Awsat

Esta joven yemení se destacó por su activismo político, que durante años le llevó a defender los derechos humanos en su país hasta transformarse ahora en un ícono de la oposición contra el régimen. Antes de que la oposición al presidente de Yemen iniciase la revuelta el pasado 27 de enero, esta mujer nacida en 1979 ya era conocida por organizar manifestaciones y acampadas contra el gobierno desde 2007. Encuentro con una de las Premio Nobel de la Paz 2011.

Tawakkul Karman, activista yemení, es una de las mujeres recientemente laureadas con el Premio Nobel de la Paz junto a la presidente de Liberia Ellen Johnson-Sirleaf y la pacifista liberiana Leymah Gbowee. El jurado noruego adujo que el logro se debió a "su lucha pacífica en pos de la seguridad y del derecho de las mujeres a participar plenamente en la construcción de la paz".

 

Con 32 años, Karman es madre de tres hijos y una destacada periodista y activista. Como luchadora por la libertad de prensa y organizadora de demandas semanales para la liberación de los presos políticos de la cárcel en su país, fundó el grupo Women Journalists Without Chains. Además, ha desempeñado un papel de liderazgo en la lucha por los derechos de la mujer y por la democracia en Yemen. En los últimos tiempos ha encabezado manifestaciones de protesta contra el régimen del mandatario Ali Abdalá Saleh. "Tenemos un sueño y contamos con la capacidad. Sabemos lo que significa ser libre y lo lograremos", asegura.

 

"Soy una ciudadana del mundo, la tierra es mi patria y la humanidad es mi nación", escribió Karman en el perfil de su página de Facebook, que utiliza, al igual que otros sitios web, para difundir su lucha por las libertades y los derechos. Cabeza visible del movimiento opositor, fue arrestada incluso antes de que estallaran las protestas, el pasado 24 de enero, aunque poco después fue liberada y en seguida volvió a la carga contra el régimen.

 

Tanto es así que el 27 de enero participó en la manifestación que dio nacimiento a la revuelta. Impulsó el "Día de la Rabia" del 3 de febrero, similar a los que habían inspirado las revueltas árabes en Egipto y Túnez, y el 17 de marzo volvió a ser detenida. Como si de una premonición se tratara, sus artículos publicados en 2006 y 2007 ya anunciaban el estallido revolucionario en Yemen, lo que le costó la cárcel. Actualmente son reeditados por los periódicos partidarios de la revolución y leídos por unos ciudadanos que claman "Saleh, vete a casa".

 

Karman, que se define ideológicamente como moderada, pertenece al Partido de Reforma Islámica (Al Islah), brazo político del grupo conservador Hermanos Musulmanes y principal fuerza política opositora. La activista viste el tradicional velo islámico o hiyab en vez del niqab que cubre todo el cuerpo de las musulmanas y que es muy habitual en este país profundamente conservador. Lo hace para compatibilizarlo con su trabajo de activista social, a pesar de las críticas de los islamistas radicales.

 

Karman es la primera mujer árabe que recibe el Premio Nobel de la Paz y se cree que es la ganadora más joven de dicho galardón hasta la fecha, luego de desplazar por poco a la activista irlandesa Mairead Corrigan que lo recibió en 1976. La periodista británica Iona Craig, que ha seguido de cerca el levantamiento en Yemen, señaló: "En realidad, este Premio Nobel de la Paz servirá de alguna manera para protegerla a ella. De ahora en más, Karman se convertirá en una figura internacional aún mayor y, sin duda, si el régimen llega a tratar de volver a detenerla, creo que se va a meter en un gran problema".

 

Su vocación de periodista ya le puso en 2007 en contra de las autoridades, que se negaron a concederle una licencia de radio y prensa para su organización feminista y no tardó en recibir amenazas de muerte por teléfono. Hasta ahora, Karman era más conocida en el interior de Yemen que en el exterior, a pesar de que en marzo de 2010 fue galardonada en Nueva York con el Premio Internacional de Mujeres de Valentía.

 

Periodista, activista, luchadora y madre, esta yemení obtuvo la máxima distinción mundial en el terreno de la paz en un momento en que la situación en su país parece derivar hacia un conflicto armado. Ella, mientras tanto, sigue confiando en la revolución pacífica.

 

ALMA MAGAZINE: El mundo entero quiere conocerla. ¿Cómo se convirtió en activista?

TAWAKKUL KARMAN: Vengo de Yemen, uno de los países más grandes de la civilización mundial, y que fue liderado por dos mujeres. Lamentablemente en los últimos años estamos siendo gobernados por una dictadura, un régimen corrupto. Fundado en 1990, este régimen se erigió a través de crímenes. Se sostuvo promulgando la violencia y la muerte entre sus propias tribus. Es un sistema que atenta contra la democracia. Aquí lo que reina es el peligro de la disminución de los derechos humanos y el aumento de la corrupción. En la actualidad, mi país tiene mucha pobreza y muchas enfermedades, la mayoría de ellas causadas por la ignorancia. Estas son algunas de las razones que nos llevaron a liderar esta revolución. Nuestra lucha comenzó en 2005 y quizás antes con el propósito de recuperar nuestra dignidad y la libertad de expresión. Organizamos protestas semanales en un lugar que llamamos la Plaza de la Libertad, justo frente a la oficina donde se reúne el gabinete del mandatario Ali Abdalá Saleh. Y le pedíamos al gobierno que permitiera a la gente tener libertad a la hora de expresarse para que pudiesen poseer revistas y periódicos en internet. Sabíamos y sabemos que la libertad de expresión es la puerta a la democracia y la justicia. Y también una parte importantísima de la libertad de expresión es la libertad de movimiento. Mientras, la lucha y la protesta por la libertad de la cultura se han extendido por todos lados. Pero cada vez que defendemos nuestros derechos, el gobierno desparrama más violencia contra nosotros y nuestros derechos. La primera parada de esta lucha fue levantada en Túnez y ese acontecimiento nos dio lo que necesitábamos para derrocar al régimen.

 

AM: Su trabajo no comenzó en febrero con el "Día de la Rabia". Usted ha venido levantando la voz por años. No es sólo una activista, sino una mujer activista en una sociedad muy machista. ¿Cómo comenzó todo? ¿Qué le dio la fuerza para consagrarse a esta lucha?

T.K.: Creo que tanto el hombre como la mujer deben estar juntos en esta lucha y que no podemos salvaguardar nuestro país sólo con un brazo. Las mujeres también pueden proteger a su país. Eso lo corroboró muy bien la revolución árabe. Nunca se había mostrado la verdadera imagen de la mujer árabe. Ahora somos líderes, pero no sólo como dirigentes políticos sino en todos los frentes. Y los gobernantes nos temen.

 

AM: ¿Su esposo fue arrestado?

T.K.: No. Fue acosado en varias ocasiones cuando querían detenerme a mí.

 

AM: Hay reportes que lo muestran caminando delante suyo.

T.K.: Sí, vamos juntos.

 

AM: Supongo que es para enfrentar los golpes, cuando usted sale en defensa de la libertad y la democracia.

T.K.: Soy muy afortunada de tener una familia que me apoya en todo. Mi esposo, mi padre, mi madre, mis hermanas y hermanos... son ellos los que están cuidando de mis hijos. Vengo de una familia que cree que las mujeres deben participar en los asuntos públicos. Pero también tiene mucho miedo por todas las dificultades a las que me enfrento.

 

AM: ¿Cree que el Premio Nobel de la Paz la protegerá?

T.K.: En cierta medida. Aunque honestamente me siento incómoda. Ustedes saben que mi pueblo se enfrenta a dificultades mayúsculas. ¡Está siendo asesinada mucha gente en las calles! Las personas se encuentran en las calles hace diez meses, tras haber renunciado al uso de las 70 millones de ametralladoras y armas pesadas que teníamos a nuestro alcance. Las dejaron de lado y se fueron a manifestar a las calles con el pecho abierto. Y lo único que recibieron fueron todo tipo de matanzas por caminar por las calles pidiendo paz y democracia. Así que personalmente no me siento amparada si mi pueblo no lo está. Por lo tanto, la comunidad internacional debe proporcionarnos protección. Estados Unidos tiene que tomar una posición clara con el pueblo yemení. Fui a hablar a las Naciones Unidas para hacerles saber que mi pueblo hace diez meses que está durmiendo en las calles y que merece la libertad porque ha dejado las armas de lado para llevar adelante un movimiento pacífico. El pueblo norteamericano debe decirle a la gente de Yemen y Siria: "No están solos". Somos un solo mundo, somos una sola nación. Por eso, lo que es común entre nosotros, lo que debería ser común entre nosotros, son el amor y la paz. Martin Luther King dijo: "Tengo un sueño". Y nuestros pueblos tienen sueños. Y los vamos a hacer realidad. Antes, sin embargo, la comunidad internacional debe establecer una comisión mundial para que se investiguen las matanzas que están ocurriendo. Segundo, no debe proporcionarle inmunidad al tirano Saleh. Deben congelar sus activos, aunque en realidad sus activos básicamente pertenecen al pueblo, son el tesoro que le robó a la gente. Es inaceptable que tanto la ONU como el Consejo de Cooperación del Golfo quieran darle inmunidad. Es inaceptable no sólo para el pueblo yemení sino también para el mundo entero. La idea de brindarle inmunidad debe ser rechazada por respeto a mi pueblo y a los principios de transparencia y justicia sobre los que la ONU fue fundada.

 

AM: ¿Qué significa el asesinato de Muamar el Gadafi para el pueblo de Yemen?

T.K.: Significa mucho. Es una muestra de que las dictaduras están cayendo y terminando, y que hay muchos escenarios para el final de los dictadores. Una forma es escapar como lo hizo Ben Ali en Túnez o de ser responsable y juzgado como Mubarak, o tal vez ser asesinado como Gadafi. En Yemen tendremos nuestro propio escenario. No queremos ir hacia la violencia. Por eso le pido a la comunidad internacional que no permita que Yemen tome ese camino. Estoy segura de que el nuevo Yemen será un Yemen civilizado, democrático, sin terrorismo y sin extremismo. Y sabemos que crearemos un camino profundo hacia la democracia por la paz y la seguridad internacional.

 

AM: Usted ha estado sentada en una carpa en la plaza Saná, reportando como periodista y siendo testigo de las muertes y la gente herida. ¿Qué es lo que le da fuerzas para hacerlo?

T.K.: Nuestro sueño de poder empezar a ver soluciones desde que se originó esta revolución. Desde su inicio hemos podido deshacernos de muchas de las cuestiones y problemas creados por este régimen. Por ejemplo, la venganza, el subsidio a las mujeres, las guerras en Sa'dah que dieron comienzo antes de esta revolución y el terrorismo al cual Saleh apoyó. Tenemos un sueño y contamos con la capacidad, y hemos comenzado a lograr muchos de nuestros objetivos. Y no pararemos aquí. Construiremos nuestro país. Y no hablo sólo de Yemen, sino de cada nación y de cada pueblo que mira hacia la libertad.

 

AM: ¿Y el papel de Estados Unidos, aliado de Arabia Saudí que apoya a Saleh?

T.K.: Arabia Saudí cumple un papel importante en todo esto. Ellos deberían saber que tienen que apoyar al pueblo yemení, y que si no lo hacen, en algún momento se convertirán en perdedores. Sabemos lo que significa ser libres y lo lograremos. Los intereses de los países son del pueblo y no de los regímenes, porque las dictaduras desaparecerán.

 

AM: ¿Por qué usa los medios de comunicación como una forma de liberación?

T.K.: Porque la libertad de expresión es el camino hacia la libertad y la justicia que la nación está buscando. Estábamos en contra de la opresión, y ahora hemos elevado nuestra lucha a exigir nuestros derechos. Vamos a ir contra todos los dictadores, para así poder difundir la paz.

 

 


 

 

El dictador de Yemen firmó su renuncia


El tirano yemení Ali Abdalá Saleh se ha resistido durante diez meses antes de convertirse en el cuarto autócrata árabe que pierde su trono. Tres veces anunció que firmaría el acuerdo para entregar el poder, pero siempre se arrepintió en el último instante. Finalmente, Saleh, tras haber sufrido un ataque con cohetes en su palacio de Saná en junio y después de haberse aferrado a la presidencia a riesgo de hundir el país en una guerra civil, claudicó el miércoles 23 de noviembre. Saleh -protegido por Estados Unidos durante años por el apoyo del régimen a la lucha norteamericana contra Al Qaeda- y la oposición firmaron en Riad, capital de Arabia Saudí, el acuerdo auspiciado por los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) para poner fin a la crisis que sacude a Yemen desde que estallaron las protestas contra un régimen que se perpetuaba desde hacía 33 años.


En las protestas y la consiguiente represión, que han asolado el país con virulencia cambiante desde enero, han muerto más de 200 personas. Al cierre de esta edición, decenas de miles de yemeníes salieron a las calles de la capital y de Taiz, la segunda ciudad yemení, para exigir que Saleh sea juzgado por sus delitos. "Ni garantía ni inmunidad", coreaba la multitud, que, no obstante, celebraba en las calles de Saná, bailando y saltando, la dimisión del tirano. Pero la cláusula de la inmunidad sienta a cuerno quemado. En las imágenes difundidas por varias emisoras se veía a algunos hombres pasando una mano por su cuello. Es el destino que desean para Saleh.


Otros factores siembran dudas sobre el porvenir de Yemen, donde la violencia difícilmente desaparecerá como por ensalmo. Para empezar, algunos líderes de la rebelión contra Saleh consideran que los partidos de oposición firmantes del pacto han traicionado la revuelta al admitir la inmunidad del dictador y su camarilla. Pero, además, Yemen sufre arraigadas tensiones tribales; las aspiraciones separatistas del sur toman aliento, y Al Qaeda es sumamente activa en algunas zonas del país lindantes con Arabia Saudí. Además, ¿quién controlará un ejército fracturado durante la rebelión? Sea como fuere, Arabia Saudí, tal como demostró con la invasión de Bahrein para sofocar el alzamiento en este diminuto Estado, no tolerará que la inestabilidad se adueñe de la península.

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