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Miércoles 9 de Septiembre de 2009

Vida cotidiana en Medio Oriente

Resistir entre píldoras y promesas

por Erin Cunningham, Jerrold Kessel & Pierre Klochendler / Fotos: Suhaib Salem

Recientemente, el presidente estadounidense Barack Obama estuvo de gira por Medio Oriente, buscando sentar las bases de la posibilidad de un futuro de paz en la convulsionada región. Pese a estas expectativas nobles, la realidad es que tanto en los campamentos de refugiados de Gaza como en los asentamientos judíos en Cisjordania la vida cotidiana sigue su curso. ALMA MAGAZINE se propuso investigar cómo viven sus pobladores y qué formas encontraron para zanjar sus pesares.

Buscando evadirse de años de guerra, de una pobreza punzante y del implacable bloqueo económico, los habitantes de Gaza han desarrollado una seria adicción al analgésico y narcótico tramadol, según funcionarios médicos de la Franja. Las píldoras son pequeñas, de color blanco, amarillo o verde, y están disponibles en casi cualquier parte, tanto en farmacias como en el mercado. Son baratas y adictivas. “Las tomo porque, aunque sea por un momento, me hacen olvidar que estoy en Gaza”, dijo Abu Ala'a, habitante de la Franja y padre de cuatro hijos.


Las fronteras del conflictivo enclave palestino han estado selladas herméticamente durante dos años, tanto por Israel como por Egipto, y un ataque militar israelí entre el 27 de diciembre y el 17 de enero mató a unos 1.500 habitantes de la Franja. Gaza tiene la mayor tasa de desempleo del mundo: 45% de su población económicamente activa está desempleada, declara la Organización de las Naciones Unidas (ONU), y 75% de sus habitantes se sienten inseguros, de acuerdo con otro estudio del foro mundial.


En los últimos dos años, los rumores sobre la capacidad del tramadol para mejorar el estado de ánimo y el hecho de que no se requiera una receta médica para acceder a él impulsaron a miles de palestinos desesperados a refugiarse en las diminutas pastillas. Utilizado con fines médicos para tratar dolores moderados a severos, este fármaco es un opioide sintético relacionado con la morfina y, un poco más lejos, con la adictiva heroína. Aunque altera la percepción del dolor, sus efectos colaterales incluyen una leve euforia, resistencia sexual y una sensación de relajación generalizada. Del mismo modo alivia los síntomas de la ansiedad y la depresión.


“Los habitantes de Gaza están en constante estado de pánico. Con la guerra y el sitio, su trauma continúa. Necesitan sentir que tienen control sobre sus vidas”, sostuvo Abdel Aziz Mousa Thabet, psiquiatra clínico e investigador del Programa de Salud Mental de la Comunidad de Gaza. Pero el medicamento, que también se comercializa mundialmente bajo la marca Tramal, genera dependencia física y mental, aseveran los funcionarios de salud. Además, puede ser extremadamente peligroso si se lo utiliza con fines recreativos y en altas dosis o sin control médico.


Ni el gobierno liderado por Hamás ni las organizaciones no gubernamentales locales dedicadas a la salud tienen cifras oficiales sobre cuántos habitantes de Gaza toman el fármaco, aunque señalan que su uso se ha difundido peligrosamente. “Lo están usando personas de todos los estratos sociales. Hombres, mujeres, jóvenes, estudiantes universitarios. Realmente está fuera de control”, afirmó el portavoz de la policía civil de Gaza, Islam Shahwan. “La epilepsia es el efecto secundario más serio”, advirtió el director del Departamento de Drogas Farmacéuticas del Ministerio de Salud, Waseem Saqer. Sin embargo, el tramadol asimismo puede causar hipertensión y daños hepáticos y renales a largo plazo. “Causa confusión y mareos, y es muy peligroso cuando se lo ingiere con alcohol. La gente no sabe esto porque no obtiene el fármaco a través de un médico. La situación es muy grave”, sostuvo.


Comercializado en píldoras o en pequeñas cápsulas de gel, “el tramadol es más discreto que otras sustancias como el alcohol o la marihuana”, especificó Mazen Al-Sakka, profesor de farmacología en la Universidad Al-Azhar de Gaza. Por lo tanto, es más probable que pase inadvertido en la sociedad de la Franja, conservadora en materia de religión. En Gaza, los consumidores del tramadol disuelven las píldoras –que vienen en dosis de 100 o 200 miligramos– en tazas de té o café, o incluso las aplastan para fumarlas con el hookah, pipa tradicional en Medio Oriente. Así ingresan a otro mundo, calmo, feliz y sin los problemas que conlleva ser obligado a vivir en una gran prisión. “Lo tomo cuando estoy estresado, y cambia completamente mi estado de ánimo. Pero ahora necesito tomar más para sentirme tan feliz como la primera vez”, dijo Abu Moustafa, desempleado y padre de ocho hijos.


Si bien por orden del Ministerio de Salud el tramadol ya no está oficialmente disponible en farmacias sin una receta, se lo contrabandea a través de túneles que serpentean bajo la frontera de Gaza con Egipto para alimentar la creciente adicción de la población. Diez píldoras de 100 miligramos cuestan entre 20 y 25 shekels (de cinco a seis dólares) con una receta médica. Incluso se pueden comprar individualmente en el mercado negro, a un dólar cada pastilla. “Ingerir más de 400 miligramos en un período de 24 horas puede ser letal”, apuntó Saqer.


Se sabe que los farmacéuticos locales guardan existencias del medicamento, que venden para obtener ganancias extra, de modo clandestino, o lo distribuyen entre sus amigos. “No nos dimos cuenta de cuán serio era el problema del Tramal hasta que, el año pasado, iniciamos nuestra ofensiva contra el narcotráfico. Al comienzo hallamos 80 mil píldoras de una vez. Una sola farmacia necesita apenas entre 50 y 60 pastillas cada seis meses”, detalló Shahwan.


El fármaco se vendió legalmente en el mercado palestino de los narcóticos durante una década, pero según Shahwan los usuarios de drogas pesadas comenzaron a tomarlo solamente después que el bloqueo obstruyó sus suministros normales. Luego su uso se propagó como el fuego entre una población convulsionada por la guerra y aislada tanto psicológica como geográficamente del resto del mundo. Su empleo prevalece particularmente en los campamentos de refugiados de Gaza, que son cada vez más.


“La gente está ansiosa e irritada. No puede dormir, se siente desesperanzada e indignada”, alertó Thabet. “Y en una sociedad normal, si uno se siente así, ¿qué hace? Recurre a ciertos mecanismos que le permitan afrontarlo: trabajar más, estudiar más, canalizar su energía. Pero en Gaza no hay economía. No hay esperanzas en relación al futuro. No hay nada. Así que acuden al Tramal”, agregó.


Pese a todo esto, “Hamás continúa sus esfuerzos por erradicar tanto el abuso del Tramal como su disponibilidad en Gaza”, mencionó Shahwan. El Ministerio de Salud, liderado por Hamás, y algunas organizaciones no gubernamentales locales, realizan talleres sobre cómo abordar el creciente problema, así como educar y tratar a los adictos. “Los contrabandistas que sean atrapados transportando o vendiendo tramadol serán multados y posiblemente encarcelados”, señaló Shahwan. De igual forma hay planes de abrir centros de tratamiento para adictos dentro de las prisiones. Aunque si la situación política y económica está estancada, y continúa la amenaza de guerra, es poco probable que la población de Gaza abandone su adicción al analgésico en el corto plazo.


Shahwan teme que, cuando se levante el sitio, a la sociedad no sólo se le encargue la reconstrucción, sino también rehabilitar a una población adicta a los narcóticos. “El sector de la salud en Gaza no tiene la capacidad de tratar con los adictos. Este problema que tenemos con el Tramal se convertirá en una catástrofe”, opinó Al-Sakka.


La paz empieza y termina en los asentamientos

El fin del conflicto palestino-israelí ha estado atado durante años a un dilema paralizante: ¿qué discutir primero? ¿Las cuestiones de fondo o la situación de los asentamientos judíos en Cisjordania? La persistencia de núcleos de vivienda habitados por judíos en territorio árabe ocupado por Israel ha impedido avanzar en el diálogo sobre las fronteras de un futuro Estado palestino, la seguridad y sobre el destino de los refugiados y de Jerusalén, reivindicada como capital por ambas naciones.


En los últimos años, Estados Unidos ha estado promoviendo incansablemente la opción de resolver primero las cuestiones definitivas y luego el problema de los colonos. El proceso de paz quedó, así, bloqueado. El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, eligió desde su investidura en enero el segundo enfoque y, por lo tanto, presiona a Israel para que ponga fin a su política de ampliación de los asentamientos. El acuerdo de paz que impulsa Obama está supeditado tanto a la respuesta de Israel como a la de los países islámicos.


Entrevistado por la televisión estatal israelí, el ex embajador de Estados Unidos en este país, Martin Indyk, vinculó la política de su país con la propuesta de la Liga Arabe de normalización gradual de relaciones entre los miembros del bloque y el Estado judío. Para Washington es imposible convencer al mundo árabe y musulmán sin que primero haya acciones tangibles de Israel, remarcó Indyk. El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu debe demostrar que se toma en serio el actual proceso de paz.


Sin embargo, Netanyahu sigue creyendo que puede desbaratar el desafío planteado por Obama. La intención de Israel es revertir lo que en círculos oficiales israelíes se considera una fijación de Estados Unidos con la estrategia “asentamientos primero”. “Obama cree que si logra avances verdaderos hacia la paz con los palestinos en particular, y con el mundo árabe en general, disminuirán de forma considerable los reclamos sobre los asentamientos”, dijo a ALMA MAGAZINE una fuente del gobierno israelí. Israel y Estados Unidos ya acordaron que todos los “asentamientos no autorizados” se eliminarán “en un plazo de semanas o meses”, y que no se construirán otros nuevos ni se confiscarán más tierras palestinas. Pero hay grandes desacuerdos sobre el destino de las obras en curso. Al parecer, Israel considera detener de forma temporal toda construcción, salvo los proyectos empezados, si Estados Unidos le promete que, pasado un tiempo, podrán reanudar las obras en los asentamientos existentes para satisfacer el “crecimiento natural” de las colonias.


A fin de reforzar el argumento de Israel de que los asentamientos son un asunto secundario, Obama ya emprendió una iniciativa paralela. Hubo un cambio drástico en las últimas semanas en la política de control carretero en Cisjordania, según el periódico israelí Ha'aretz. El ejército levantó algunos puestos de control permanentes que durante años impidieron el libre tránsito de los palestinos dentro de su propio territorio. A excepción de los puestos en la frontera propiamente dicha entre Cisjordania e Israel, el ejército mantiene sólo 10 controles en ese territorio palestino. Hace 18 meses funcionaban no menos de 35.


La medida responde a un reconocimiento de Israel de que la seguridad en Cisjordania mejoró gracias al esfuerzo de Estados Unidos de robustecer las fuerzas del orden de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), encabezada por el presidente Mahmoud Abbas. Como la iniciativa fue implementada por funcionarios de Defensa, Netanyahu no necesitó la aprobación del gabinete y evitó así un enfrentamiento con sus aliados de extrema derecha. No obstante, la reducción parcial de un símbolo de la ocupación fácil de eliminar, como son los puestos de control, no alcanza para que el primer ministro se libre de Obama. La insistencia del presidente estadounidense en los asentamientos demuestra que aspira a remover los símbolos permanentes de la ocupación y que no se desviará de su propósito.


En los 20 años de fallidos acuerdos de paz, el modus operandi de Israel, respaldado por Estados Unidos, resultó ser problemático. Hubo gobiernos israelíes que demostraron un compromiso genuino con la paz, pero las iniciativas se vieron frustradas por el surgimiento de nuevos escenarios en el terreno. Por su parte, Estados Unidos dio un consentimiento tácito a la expansión de los asentamientos, lo que, inevitablemente, frustró un avance real y desgastó la confianza de los árabes en Washington.


Con Obama, Estados Unidos está menos dispuesto a cuestionar las aspiraciones de paz de los árabes. En cambio, al exigirle al primer ministro israelí voluntad real de terminar con su política en los asentamientos, pone a prueba su compromiso con la solución de crear un Estado palestino para poner fin al conflicto. Esto asimismo se volvió una prueba de credibilidad para el propio presidente estadounidense.


Además del intento de acercamiento de Obama a los musulmanes en su discurso en El Cairo, lo que realmente hace cambiar la actitud de esa comunidad hacia Estados Unidos es la incansable insistencia de su presidente en que el cese de la actividad en los asentamientos es una cuestión de “interés nacional” para Washington, no sólo para los países de la región. Netanyahu no está entendiendo cabalmente ese cambio de política de Washington. Durante cuatro décadas, Israel fue la clave de toda estrategia de Washington en Medio Oriente. Eso podría cambiar si Netanyahu no acepta el reclamo estadounidense respecto de los asentamientos. Estados Unidos no abandonará a Israel ni pondrá en riesgo su seguridad, pero puede considerarlo tan sólo “un aliado clave más en la región”. Al aceptar, aunque de mala gana, la necesidad de crear un Estado palestino, Netanyahu puede haber iniciado la desarticulación de la ideología de la derecha israelí. Sin embargo, Obama quiere algo más de él: que deseche su política respecto de los asentamientos.

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