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Domingo 31 de Enero de 2010

Winston Churchill

Político de raza

por Federico Lisica / Fotos: Bettmann

Considerado el último de los grandes estadistas, fue el hombre más popular y el más criticado de Inglaterra durante gran parte del siglo XX. Prometió a su pueblo “sangre, sudor y lágrimas” y “la hora más gloriosa”. Cultor de la buena vida, frases ingeniosas y una imagen bonachona, a Winston Churchill no le tembló el pulso a la hora de bombardear ciudades, espiar como si fuera un juego o arremeter contra la inmigración. El bulldog británico que peleaba contra la depresión; el premio Nobel de Literatura; el pintor; el esposo; el político.

"Tal vez seamos un pequeño país, pero uno grande también. La nación de Shakespeare, Churchill, The Beatles, Sean Connery, Harry Potter", lo dice Hugh Grant en la cinta navideña Love Actually donde encarna al ocupante de la residencia situada en 10 Downing Street -es decir, al primer ministro británico-. Puede parecer superficial, o directamente desvergonzado, referirse a Winston Churchill a través de una comedia. Pero en la actualidad, la estampa del último de los grandes hombres y el mayor estadista del siglo XX -según la visión del historiador John Lukacs- se entremezcla con la imaginería de ciertos filmes de interiores tan propios de la BBC. Cada tanto aparecen encuestas que eligen a Winnie como el inglés más respetado; el europeo con quien los conciudadanos quisiesen charlar; hasta hay quienes creen que fue un personaje de ficción. Pocos saben que sus Memorias sirvieron de principios para la intervención en Irak. Churchill será por siempre el de la "V" de la victoria, el del sombrero bombín, whisky en mano, un puro en la otra, aunque con la mente al servicio de Gran Bretaña.

 

Travieso, corresponsal y soldado

 

Un mito persistente señala que Jennie Jerome, hija de un acaudalado empresario norteamericano, inventó el trago Manhattan durante una celebración política de la clase alta de Nueva York en 1874. Nada de eso es cierto. Ese otoño, una de las más bellas mujeres de la época ("con el garbo de una pantera", escribió un admirador), se hallaba en Inglaterra a punto de dar a luz a su primogénito, cerca de ocho meses después de haberse casado con Lord Randolph Churchill, un noble descendiente del duque de Marlborough. El 30 de noviembre de ese año, Jennie y Randoplh acudieron a un baile en un palacio en Blenheim, Oxfordshire. La mujer tuvo los primeros síntomas del parto y fue llevada a un cuarto guardarropa. Allí nació Winston Leonard Spencer Churchill. Randolph se dedicaría de lleno a su carrera política. La inteligente y fresca Jennie, por su lado, le inyectaría espontaneidad al ambiente victoriano y rompería corazones por doquier (incluido el del rey Eduardo VII).

 

Como se acostumbraba entonces, la niñera Elizabeth Everest se ocupó de los primeros cuidados de Winston y de John -su hermano menor-. Al poco tiempo los internados fueron el lugar natural para un pequeño al que le gustaban las linternas, las colecciones de soldados y los sistemas de ingeniería. "Parece que me enviarán lejos de casa por muchas semanas", advertía en su diario. A los 14 años ingresó a Headmaster's House de Harrow School para reprobar en la mayoría de las asignaturas, ser alistado en la clase de los alumnos más retrasados, y castigado por su comportamiento (llegó a volar una choza de madera con un arma artesanal). El desolado escolar prefería volcarse a la esgrima, mostraba destellos de una memoria prodigiosa y le escribía largas cartas a su madre, quien casi nunca lo visitaba.

 

Esa mujer, de la que se rumoreaba tenía el tatuaje de una serpiente en el brazo y sangre iroquois, impuso su magnetismo en el joven Winston. Para el estupor de los de su clase, Winston solía llamarla "mi pájaro", admirándola como hacían todos. Con su padre la relación era aún más distante, y según sus palabras en el libro My Early Life, su conducta adolescente era un acto de rebeldía por la poca atención recibida. El Chancellor of the Exchequer (suerte de ministro de Economía) no llegó a ver el lucimiento de su hijo: murió en 1895 -las malas lenguas dicen que de sífilis-, aunque una década después su mismo hijo le dedicó una biografía vindicatoria. En el mismo año de aquella pérdida, Churchill se graduó en la Academia Militar de Sandhurst (había reprobado dos veces en su ingreso).

 

Allí había descubierto su madera de soldado. Fueron los tiempos de la verdadera preparatoria para Churchill. Viajes, libros y batallas de primera fuente; además, la comprensión del valor de portar un apellido notorio. Con el Cuarto de Húsares, un reputado regimiento de caballería, en India, descolló en polo. En Cuba, observó los combates de las tropas españolas y las detalló para el periódico Daily Graphic. Uno de los amantes de su madre -quien se casaría en dos ocasiones más- lo presentó a la alta sociedad de Nueva York y en Sudán movió influencias para participar en la reconquista colonial. Al regresar a Inglaterra, Winston publicó The Story of the Malakand Field Force -sus vivencias de campaña- y The River War.

 

Para 1898, alejado del ejército, mordió el polvo de la política en su primer intento por un escaño. Se calzó nuevamente el traje de periodista cubriendo para The Morning Post la guerra anglo-bóer. Entonces Churchill se halló frente a una encrucijada a la que supo sacarle jugo. En Sudáfrica tomó el mando de las operaciones de un tren descarrilado, fue prisionero de los bóers, hasta que escapó espectacularmente de su confinamiento para volver al combate y vencer.

 

En 1900, el distrito de Oldham le dio su confianza a este joven de sangre fría convertido en héroe nacional. Fue un conservador heterodoxo por sus planteos y actitudes. Algunos partidarios jamás le perdonaron el desliz de abandonar su partido para hacerse liberal, ni siquiera cuando retornó en 1924. Churchill escalaba cargos con la misma velocidad con la que se granjeaba una reputación de hombre elocuente, perspicaz, algo soez y directo. Circulan esas anécdotas que lo pintan de cuerpo entero. En el medio de una discusión, Bessie Braddock (una dura laborista de Liverpool) le lanzó: "Winston, estás borracho". A lo que respondió: "Bessie, tú eres horrible, pero en la mañana ya estaré sobrio". O una ocasión en la que Nancy Astor (la primera mujer en ingresar a los Comunes) le dijo: "Si fuera tu esposa te pondría veneno en el café". Las palabras no se hicieron esperar: "Si fuera tu esposo lo bebería".

 

La actriz Ethel Barrymore fue, acaso, una de las pocas que le dijo que no al futuro mandatario. Despechado, cayó en los brazos de Clementine Hozier con quien se casó en 1908. Esa típica belleza londinense fue la madre de sus cinco hijos y a quien amó toda su vida. La relación entre ambos ya es parte del imaginario británico: ella influenciándolo sobre algunas decisiones diplomáticas y escribiéndole pequeñas cartas para mantener la intimidad en los horarios trastocados. En la política no había lugar para los mensajes de amor. Como ministro de Asuntos Internos forzó a unos anarquistas, cercados en un edificio en llamas, a elegir entre la rendición o la muerte, y durante la gran huelga de 1924 sugirió utilizar ametralladoras contra unos mineros. Algunos años antes, a cargo del primer lord del Almirantazgo, impulsó las reformas necesarias como para que Inglaterra mantuviese el orgullo de su flota naviera. Sin embargo, la misma fama de intransigente casi acaba con su carrera por decisiones tan polémicas como osadas. Entre ellas el desembarco británico en Constantinopla o su negligencia en el hundimiento del RMS Lusitania (un lujoso barco de pasajeros) que provocó la entrada de Estados Unidos a la Primera Guerra Mundial.

 

La década del 30, la de los años de la triple D (depresión, descolonización y descontento generalizado), estuvo impulsada por el gobierno de Neville Chamberlain, la otra cara de la moneda conservadora. La llamada política de apaciguamiento externo no iba con Winston. Alejado de los cargos, Churchill atravesó el punto más bajo de su trayectoria. Se dedicó a escribir varios libros (Marlborough y The History of the English Speaking People, entre otros), pintar cuadros impresionistas bajo el seudónimo de Charles Morin, y luchar contra una depresión a la que denominó "el perro negro". Llamativamente utilizó a ese animal como figura para referirse al nazismo ("Si un perro se abalanza contra mí, le pego un tiro antes de que me muerda").

 

En reiteradas ocasiones denunció el rearme impulsado por Adolf Hitler y cuando Chamberlain volvió de firmar el pacto de Munich, Churchill le reprochó: "Les dieron a elegir entre el deshonor y la guerra... Eligieron el deshonor, y tendrán la guerra". Cuando ésta fue declarada, la opinión pública reclamó su vuelta al Almirantazgo. En pocos meses sería primer ministro. A los 65 años, subió al estrado de la casa de los Comunes, y pronunció con cierto tartamudeo natural unas palabras originales de Theodore Roosevelt: "No tengo nada que ofrecerles salvo sangre, sudor, lágrimas y esfuerzo". Así estrenó el cargo. Luego brindó otro gran discurso (aún más célebre entre los británicos): "Vamos a asumir nuestros deberes considerando que si el imperio británico y la Commonwealth duran mil años, la gente dirá: 'Esta fue su hora más gloriosa'".

 

Por algo se afirma que Churchill fue el último y más influyente exponente de la ideología whig, idea que asocia al pueblo británico con un horizonte de grandeza innata. De este modo, cumplió el doble rol: padre espiritual de la nación y encargado de su defensa. Lo recordaría en sus Memorias: "Siento como si estuviese caminando con el destino, y que toda mi vida pasada sólo había sido una preparación para esta hora y para esta prueba". También cultivó esa imagen de dandy con un puro Hoyo de Monterrey Doble Coronas en su mano al salir de cualquier encuentro ("es así como me quiere ver la gente"). De hecho, cuando una bomba aérea alemana destruyó el local de Alfred Dunhil en Londres, una de las primeras cosas que hizo el comerciante fue llamar a Churchill para comunicarle que sus puros estaban a salvo.

 

En lo ejecutivo, fue el mayor hacedor de la alianza con la Unión Soviética y Francia (en plena guerra había invitado a los galos a unirse a Inglaterra en una sola nación); indujo a Roosevelt (su verdadero gran aliado) a que Estados Unidos se involucrase en la contienda; sembró las ideas que dieron lugar a las Naciones Unidas. Viajó miles de kilómetros. Postdam. Yalta. Stalingrado. Incluso a los campos de batalla. Esa osadía le valió el sobrenombre de "bulldog británico" puesto por los soviéticos. Los norteamericanos, pensando en su figura, bautizaron "fat man" a la bomba lanzada sobre Nagasaki. En tiempos de guerra avaló tal medida, como el trágico bombardeo a Dresde. Y pese a que la victoria aliada llevó su sello, no fue respaldado por los ingleses en 1945 para que continuase en el cargo. Algunos historiadores lo consideran una traición. Al fin de cuentas, Churchill era un soldado. Su fuerte no eran las mejoras del sistema sanitario o la sensibilidad en la educación pública. Lo cierto es que en esos tiempos de paz, el electorado británico decidió no darle carta blanca al héroe.

 

El bulldog sin descanso

 

Bronquitis pesada, dos ataques de corazón, exceso de peso, sedentarismo crónico. La primera década de posguerra no le regalaba buenos augurios. No obstante, Churchill no sería por mucho tiempo líder de la oposición, menos un mito viviente avejentado. Durante su segundo mandato (obtenido en 1951) renovó la "relación especial" con Estados Unidos: su admiración por el pragmatismo norteamericano está presente en varios escritos. Seguía siendo un enfant terrible. En el último viaje que realizó como primer ministro al otro lado del Atlántico, una azafata guardó por escrito su desayuno: huevo pasado por agua, tostadas, mermelada, manteca, café con leche, jugos, pollo, carnes, pomelo, whisky y cigarros.

 

Su otro vicio era el espionaje. Los mensajes secretos, las operaciones especiales y los servicios de inteligencia se volvieron una obsesión. Y a dos años de su regreso a Downing Street, obtuvo el premio Nobel. No sería el de la paz, sino el de literatura. La presentación del Comité Nobel Noruego lo compara con grandes estadistas y guerreros que también fueron hábiles con la pluma ("uno piensa en Julio César, Marco Aurelio, y hasta en Napoleón"). Si ese galardón le valió el oro, la política externa le significó el barro. En Irán apoyó golpes de Estado, mientras que la rebelión mau mau keniata y los levantamientos en Malasia le demostraron una verdad dolorosa: Las colonias eran cosa del pasado. Con la política migratoria enseñó su estirpe victoriana: "Vamos a tener serias dificultades si mucha gente de color empieza a residir aquí". Su idea de una Gran Bretaña blanca avalaba bloquear totalmente la inmigración y deportar "elementos antisociales".

 

En 1955, un accidente cerebro vascular que le paralizó parte de su cuerpo adelantó su dimisión. Se tomó unas largas vacaciones en el Mediterráneo, rara vez junto a Clementine, para volver a la pintura y escritura. Pero el perro negro seguía ladrando. Sus capacidades física y mental menguadas (se cree que el Alzheimer tuvo que ver) le impidieron visitar a JKF cuando lo nombró el primer Ciudadano Honorario de Estados Unidos. Falleció el 24 de enero de 1965, exactamente setenta años después que su padre. Su funeral se realizó en la catedral de San Pablo bajo la mirada de mandatarios de todo el mundo. Fue transportado por el río Támesis, la artillería real hizo sus detonaciones y volaron aviones de la RAF.

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