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Martes 31 de Marzo de 2009

Yanomamis

Nómades en peligro

por Felipe Real / Fotos: AP/AFP/ ONG Suvirval (Fiona Watson)

Son el grupo étnico más numeroso del Amazonas. Desde tiempos pretéritos habitan al sur de Venezuela y al norte de Brasil. Son nómades, comparten sus chozas, conocen los secretos de la flora del Amazonas y realizan un ritual en el cual ingieren las cenizas de los muertos. Pero su cultura puede perderse para siempre. Tildados de salvajes, perseguidos por los buscadores de oro, acosados por predicadores, los yanomamis se convirtieron en un símbolo que representa a otras 60 etnias sudamericanas que viven de manera aislada: al contactarlas, al acercarlas a la modernidad, su mundo milenario comienza a desvanecerse.

Había una vez una selva infranqueable que constituía un verde reino, perdido en el tiempo. Su fangoso suelo había sido pisado sólo por un grupo humano, los Yanomamis. Su hogar, ubicado al sur de Venezuela y al norte de Brasil, fue un secreto que resistió siglos. La primera y única vez que se tuvo noticias de ellos fue en 1758, cuando una expedición fijó los límites entre las entonces colonias de Portugal y España. Luego, su rastro se disipó en la jungla y nada más se supo. Se los creyó extintos, extraviados para siempre. Pero a mediados del siglo pasado, los antropólogos confirmaron lo que parecía un mito inventado por aventureros: varias tribus yanomamis sobrevivían aisladas en un área inaccesible, en las sierras donde emerge el caudaloso río Orinoco. Allí, protegidos por un terreno irregular, cubiertos por la foresta, permanecían en un estadio evolutivo similar al del neolítico. Su “reencuentro” fue el principio del fin de su ancestral forma de vida.

Hoy, sobreviven 22 mil yanomamis que poseen el contradictorio título de ser “el pueblo más famoso sin descubrir”. Sin embargo, no son los únicos: todavía existen 60 pueblos indígenas no contactados en Perú, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Colombia y Venezuela. Sólo en Brasil, hay 42 referencias de tribus desconocidas y sólo 22 están confirmadas. Los yanomamis han saltado de la prehistoria a las primeras planas de los periódicos a raíz de las matanzas orquestadas en los años 80 por los garimpeiros, buscadores de oro que azolaban la región. Sus atrocidades causaron preocupación en la opinión pública mundial y se logró la intervención de las autoridades brasileñas. Sin embargo, el infortunio y la degradación de la cultura yanomami prosiguen desde el primer contacto.

La presencia de antropólogos, periodistas y misioneros –al menos los más irresponsables– generaron desde trastornos culturales hasta epidemias. Hubo expediciones de etnógrafos estadounidenses que fueron acusados por sus colegas de describir a los nativos con altas dosis de fantasía y de vacunar a la población logrando que, en vez de impedir el sarampión, se multiplicase. Hubo documentalistas que repartieron objetos ajenos a su cultura (botellas de plástico, gafas, golosinas), generando peleas entre los aborígenes. Ciertos grupos evangélicos, las New Tribes Mission, fueron acusados de manipularlos para que sintiesen vergüenza de sus creencias y de hacer sospechosos relevamientos geográficos.

Los párrocos salesianos –pese a su labor sanitaria y protectora frente a los garimpeiros– también interfirieron en su cultura. Incluso, los misioneros italianos han difundido al periodismo erróneamente el gentilicio de este pueblo que debería ser yanomamo y no con la i final, como en la lengua de Dante Alighieri. Después del contactarse, algunas tribus comenzaron a cambiar, por ejemplo, sus pautas de vestimenta, volcándose a usar camisetas y pantalones pero sin adquirir las normas de higiene que requieren ese tipo de prendas. Y aunque sigan limpiando su cuerpo como antaño, la suciedad de sus ropas favorece los problemas dermatológicos. Es claro que sus costumbres ancestrales son un tesoro conservado durante milenios que se pierde a medida que el hombre blanco penetra en el Amazonas.

Cualquiera podría pensar en el Jardín del Edén o en las descripciones de los primeros cronistas que llegaron con Cristóbal Colón al verlos caminar por su paraíso terrenal sin más que un cordón que enlaza el prepucio de los guerreros y una pequeña piel a modo de falda en las mujeres. Con una estatura de hasta 1,60 metros, son musculosos, fuertes y de movimientos estilizados. A falta de ropa, adornan su cuerpo con zigzagueantes líneas, brazales y collares. Ellas se perforan las orejas y se colocan flores. También se usan finas cañas de bambú en el tabique nasal o en los labios. No hay muchas opciones para peinarse: todos tienen un corte de cabello circular y rapado en la nuca. Es notable la salud de su dentadura si se la compara con la de los pobladores blancos de la región. El secreto está en sus genes y en su dieta.

En pleno siglo XXI, siguen siendo seminómadas. Si bien se dedican a la agricultura, deben trasladar a toda la comunidad a otro sitio debido al rápido agotamiento de los suelos. Los científicos se preguntan cuándo exactamente dejaron de ser meros cazadores y recolectores para sumar la agricultura a su economía. Es un misterio que no han podido develar. Los yanomamis tienen pocos objetos, su único mueble son las hamacas, pero cuentan un bien escaso al mundo moderno: tiempo. Tiempo para charlar, enseñar, reflexionar y de ocio. No conocen el apuro para cumplir sus actividades: los hombres son los encargados de cultivar plátanos, tubérculos y yuca o subirse a los árboles para recoger frutos o insectos. Más tarde, junto a las damas, realizarán la cosecha de los alimentos y los vegetales usados con fines rituales como colorantes y alucinógenos.

Los hombres son grandes cazadores, usan flechas con un veneno vegetal en la punta que detiene los músculos de las presas: capturan tapires, monos, venados y aves. Jamás matan águilas porque en ellas, sostienen, vive “el otro yo” de cada guerrero; si alguien lo hace, debe guardar varios días de luto. Después hay una caza ritual en la cual participa toda la comunidad y que sirve como preludio de los funerales, evento clave en su cultura.

Los senderos son hilos invisibles que sólo los yanomamis pueden usar para guiarse por el laberinto verde hacia la aldea ubicada en una teca, un hueco abierto en la selva. En cada aldea viven entre 30 y 200 personas y yacen en círculo las shabono, chozas de forma cónica con techos de hojas de palma de hasta 6 metros de altura. Son, según todos los testimonios, a prueba de tormentas y su tamaño, de 20 a 50 metros, varía dependiendo de la cantidad de familias que habiten en cada una.

No sólo comparten el espacio, sino también los alimentos y la crianza de los hijos. En general, los grupos familiares son poco frecuentes: recién llega otro hijo cuando el primero cuenta con tres años. El padre participa de la crianza al igual que la madre y, prácticamente, no posee trato con su suegra. Gran debate se produce entre los antropólogos para determinar la forma en la que regulan la poligamia.

Los juguetes no existen dentro de esta cultura. No obstante, los varones usan arcos y flechas de un tamaño inferior al de los mayores como forma de ir vinculándose con sus actividades. Lo mismo ocurre con las niñas que, si bien carecen de muñecas, suelen llevar pequeños simios entre sus brazos. En el centro de la aldea se encuentra ubicado el elemento que ha congregado a todas las comunidades desde los orígenes del tiempo: el fuego. Junto a su calor, las mujeres preparan los alimentos provistos por los hombres. Ahí, entre las brasas y cenizas, los ancianos relatan sus historias y describen los peligros.

Al no conocer ni la escritura ni el dibujo, utilizan el canto, no como actividad de placer estético, sino para difundir sus relatos y símbolos. Uno de los mitos centrales de su cosmovisión narra que: “La luna vivía en el cuerpo de un gran shamán. Cuando éste murió, ella regresó a la tierra para comer la ceniza de sus huesos. Cuando la vieron, los parientes del shamán le dispararon flechas y empezó a derramar sangre que caía sobre la tierra. De estas gotas de sangre nacieron los yanomamis”.

Para comprender el mito hay que describir primero sus creencias y rituales. Ellos creen en la existencia de los yawari, espíritus que habitan en los árboles, la selva o las lagunas. Aunque a veces pueden ser encontrados por casualidad, habitualmente son convocados por el shamán –que utiliza ebena, un vegetal con propiedades alucinógenas– para tratar a los enfermos o actuar contra sus enemigos.

Cuando alguien muere, sus pertenencias deben regresar a la selva. Por eso es que sus hamacas y sus aretes se queman, dispersándose las cenizas. El nombre del muerto no será pronunciado nunca más, lo llorarán por un tiempo y mientras tanto las mujeres de la familia se pintarán de negro. Al tiempo, se realiza un segundo ritual, el más importante de su cultura: sus huesos serán calcinados en la hoguera y serán triturados antes de ser guardados en una calabaza blindada con cera de abejas. Meses después, prepararán una bebida, casi una papilla, con plátano y esas cenizas, que será ingerida por todos.

Algunos estudiosos debaten si ésa es una forma simbólica de apropiarse de los conocimientos del difunto o de aceptar su desaparición y asumirlo como recuerdo. Algo muy diferente pensaron los primeros testigos occidentales y algunos etnógrafos que los bautizaron “el último pueblo caníbal” cuando, en realidad, se trata de un acto de necrofagia ritual. Ese mote y las descripciones exaltadas sobre su carácter guerrero provocaron que la protección de su cultura y la ayuda estatal tardase varios años en concretarse.

El reconocido explorador brasileño Sydney Possuelo, considerado un héroe por National Geographic, dirigió en la década del 90 la Fundación Nacional del Indio y consiguió duplicar los santuarios indígenas al anexar una extensión de 1.300.000 km2. Para eso, tuvo que enfrentarse con poderosos políticos y ricos empresarios. Si bien ha contactado a 7 etnias aisladas, hoy parece pensar distinto. “Nuestra presencia los arruina. Lo mejor sería que no los encontremos. Además, los pueblos indígenas son los mejores conservadores de la riqueza natural; si los protegemos a ellos, también estamos preservando la naturaleza”, suele decir al denunciar el avance de las empresas madereras, mineras y agrícolas sobre el Amazonas.

Lejos de ser un problema ya superado, la minería es una amenaza constante. Davi Kopenawa Yanomami, portavoz de la comunidad, reveló junto a Survival, reconocida ONG, el avance de nuevas cuadrillas de garimpeiros y aventureros. En febrero último, una tribu debió trasladarse debido a la presencia de mineros ilegalesque ya habían sido expulsados del área por una orden judicial. Aunque no se produjeron nuevas masacres, el peligro de la expansión de enfermedades siempre está latente. Una quinta parte de los yanomamis murió en los 80 debido a enfermedades desconocidas en su universo como la gripe o el sarampión, ya que carecían de anticuerpos. También han causado estragos las patologías venéreas, el HIV y la malaria.

De todos los riesgos que enfrentan los yanomamis, el más peligroso es que su cultura sea desvalorizada por quienes deberían protegerla: las instituciones estatales, las organizaciones no gubernamentales y la opinión pública. Más peligroso aun es que ellos mismos, por el violento contraste cultural, se sientan inferiores y crean que no vale la pena luchar por sus ancestrales formas de vida. Si alguna de estas dos cosas ocurre, la suerte de este antiguo universo que evolucionó en contacto con la naturaleza durante milenios estará echada.

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