ENTRE COPAS: LA MISTICA LITERARIA DE LOS BARES DE NUEVA YORK

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Fue George Stein quien dijo que los bares, tabernas y cafés habían jugado un rol fundamental en la cultura europea, ya que en esos lugares, filósofos, escritores, políticos, artistas e intelectuales maduraron y perfeccionaron sus ideas y obras, debatiendo y compartiendo puntos de vista bajo la atmósfera de complicidad y distensión que sólo se pueden encontrar frente a un par de cervezas o un buen café. Nueva York es una ciudad única. Capital cultural del mundo, sus bares fueron refugio y musa de algunos de los escritores más importantes de las letras universales. Recorrer sus mesas y sus barras es descubrir los secretos de una parte imprescindible de la historia.

Texto y fotos: Héctor Velarde

NY BAR

Los bares de Nueva York atesoran una larga tradición de escritores y trasnoches literarias.

Fue en el famoso bar El Cordano en donde el gran poeta peruano Martín Adán escribió algunos de sus más célebres poemas en servilletas de papel, y bebiendo vino. Fue también en un café de la calle Maipú de Buenos Aires donde tuvo lugar el famoso encuentro entre Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, que luego daría lugar a un célebre libro titulado Diálogos. Borges dijo entonces, con su ironía característica: “Pienso que toda la historia de la humanidad puede haber comenzado en forma intrascendente, en charla de café, en cosas así”. Nueva York tiene cientos de estas historias que contar. La ciudad se convirtió, con los años, en el centro cultural del mundo, un lugar que antes ocuparon París y Londres. No es sencillo ser original al describir a una ciudad a la que le pertenecen la voz de Frank Sinatra, la neurosis de Woody Allen, el teatro lumpen de Piñeiro, los musicales de Mel Brooks, el timbal de Tito Puente, la prosa de Truman Capote, las imágenes de Andy Warhol, la destreza escénica de Robert De Niro y Al Pacino. En Nueva York nacieron Carl Sagan y Stanley Kubrick, rieron los hermanos Marx, dibujó Alberto Vargas, imaginó a la distancia Kafka, recreó alguna vez Chaplin y dio su último suspiro John Lennon. Cada ladrillo tiene su historia en Nueva York, y entre los muchos tesoros que esconde la ciudad, algunos de los más coloridos y originales son sus tabernas y bares. Allí donde cada día se reúne la gente, después de las jornadas de trabajo, se han tejido partes fundamentales de la historia literaria de la humanidad.

EL ESPIRITU DEL BLUE BAR

McSorleys NY

McSorley´s abrió sus puertas en 1845. Hasta el año 1970 allí estaba prohibido el ingreso a las mujeres.

Un buen ejemplo es el Blue Bar del Hotel Algonquin, fundado en 1902 como El Puritano, en uno de los distritos más elegantes de la ciudad (entre la Quinta Avenida y la Calle 44). Con los años, este hotel se convirtió en el corazón de la vida literaria y teatral del Nueva York de la década de 1920, en parte gracias a su legendario dueño Frank Case, quien amaba el teatro y la literatura y decidió cambiarle de nombre y lo bautizó Algonquin, palabra tomada del habla nativa de los neoyorquinos de la época. Fue Case quien originalmente invitó a los primeros dramaturgos y escritores al bar del hotel y a rentar sus habitaciones. Figuras como Booth Tarkington, Douglas Fairbanks, John Barrymore lo visitaron con asiduidad, y H. L. Mencken lo llamó “el hotel más cómodo en América”. Muchos de estos autores tenían crédito en el bar, pues no siempre podían pagar sus cuentas. También fue de los primeros hoteles en recibir mujeres solas, cuando esto aún era mal visto, entre ellas Gertrudis Stein, Mariana Anderson, Simone de Beauvoir, Helena Hayes, Eudora Welty, Nadine Gordimer, Edna O’Brien y Maya Angelou. Otros clientes habituales del bar eran el legendario periodista Willian Shawn, y más adelante los escritores John Updike y James Thurber. También, cuando visitaban Nueva York, era habitual ver en la barra a los escritores británicos Graham Greene y Noel Coward, y a los actores Olivier, Gielgud y Peter O’Toole. Tres premios Nobel fueron asiduos visitantes de la barra del Algonquin: Sinclair Lewis –quien además quiso comprar el hotel–, Derek Walcott y el más legendario de todos, el gran William Faulkner, quien escribió su discurso de aceptación del Premio Nobel en una habitación de Algonquin, en 1950. En el mismo bar del hotel se creó la Round Table, grupo conformado por algunos de los mejores periodistas y críticos de la época, entre ellos Harold Ross, quien crearía The New Yorker (1925). La primera edición fue financiada con sus juegos de poker en el mismo hotel.

Sobre el Chumley’s, Simone de Beauvoir escribió: “La habitación es cuadrada, absolutamente simple, con pequeñas mesas pegadas contra la pared, que está decorada con portadas de viejos libros. Tiene esa cosa rara de encontrar en América: ¡una atmósfera!”.

ENTRE COCKTAILS Y ESTRELLAS

El Bridge CafE NY

El Bridge Café es el más antiguo de Nueva York. Fundado en 1794, sirvió de escenario para la película Pandillas de Nueva York.

La escritora mexicana Carmen Boullosa, que vive en Brooklyn desde hace algunos años, dijo alguna vez que en Nueva York también Salman Rushdie toma el subterráneo, porque en esta ciudad las estrellas se disuelven entre tantas estrellas. Nada más cierto, especialmente al mencionar al PJ Clarke’s, un bar/restaurante ubicado justo en la esquina de la Tercera Avenida con la calle 55. Fundado hace 120 años, es un clásico cuyo éxito lo ha terminado de convertir en una cadena, con bares en el Lincoln Center y en el World Financial Center. PJ Clarke’s tiene fama de preparar las mejores hamburguesas de la ciudad y, como está ubicado en pleno centro financiero de la ciudad, su clientela son sobre todo ejecutivos y millonarios. Sin embargo, hasta hace algunos años era habitual ver en su bar y en su pequeño comedor a Frank Sinatra y Jacqueline Kennedy- Onassis disfrutando de cócteles y susurros cómplices. Aún hoy, cualquier visitante asiduo podrá compartir el aroma de las hamburguesas con Salma Hayek, Benicio del Toro, Andre Agassi, Johnny Depp, Sandra Bullock o Renée Zellweger. Pero Nueva York es bastante más que la capital cultural y financiera del mundo. Sus calles, que inspiraron a Federico García Lorca para escribir Poeta en Nueva York, son, sobre todo, una constante caja de Pandora. Un mega experimento social, una visión del mundo. En ningún otro sitio confluyen, con tanta naturalidad, gentes de tantas partes, diversas y exóticas; pueblos que en el resto del mundo estarían desencontrados, pero que aquí conviven con armonía, y hasta recelo, algunas veces. Esto sucede porque detrás de las características particulares, de las historias y circunstancias personales que alimentan los prejuicios, subyace el denominador común de querer empezar una vida, de cambiar, de ser otro, de hacer realidad los sueños. García Lorca se había percatado de la inmensidad de la ciudad con sólo permanecer un año estudiando inglés en la Universidad de Columbia, entre 1929 y 1930. Esa experiencia sería vital para su obra y la poesía hispanoamericana. Por aquellos años reflexionó, luego de visitar Wall Street: “En ningún sitio del mundo se siente como allí la ausencia total del espíritu; manadas de hombres que no pueden pasar del tres y manadas de hombres que no pueden pasar del seis, desprecio de la ciencia pura y valor demoníaco del presente. Y lo terrible es que toda la multitud que lo llena cree que el mundo será siempre igual, y que el deber consiste en mover aquella gran máquina día y noche y siempre”. Luego escribiría un verso magistral, Nueva York (oficina y denuncia): “No es el infierno, es la calle. / No es la muerte, es la tienda de frutas”. Para el escritor cubano Reinaldo Arenas, en cambio, la ciudad significó una nueva y delirante vida. Luego de ser encarcelado en Cuba En el McSorley’s fue donde el famoso poeta norteamericano E. E. Cummings escribió el poemario: I was sitting in McSorley’s, ya que era su barra preferida de Nueva York. Era, según decía, el sitio desde donde miraba al mundo. por su oposición a Fidel Castro, y de escapar de la isla clandestinamente durante la crisis de Mariel, se instaló primero en Miami pero al poco tiempo se fue a vivir a Nueva York. Eran los comienzos de los años ’80, y se instaló muy cerca del Times Square. Visitaba constantemente los bares gays de la zona, del Harlem y del Village, y en sus propias palabras, lo que encontró fue “una Habana en su máximo esplendor”.

En el McSorley’s fue donde el famoso poeta norteamericano E. E. Cummings escribió el poemario: I was sitting in McSorley’s, ya que era su barra preferida de Nueva York. Era, según decía, el sitio desde donde miraba al mundo.

UNA DECENA DE CIUDADES, UNA CIUDAD

ChumleyS BAR NY

Desde sus orígenes, el Chumley´s se caracterizó por no tener letrero en su puerta, lo que aún hoy dificulta su identificación.

No existe un Nueva York sino decenas. Y justamente es en el Village y en el Soho –en el Downtown de la ciudad– donde se encuentran algunos de los bares más antiguos y con más personalidad. Estos son el McSorley’s, el Chumley’s, el White Horse y el Ear Inn. A diferencia del Blue Bar del hotel Algonquin y del PJ Clarke’s, estos bares son frecuentados por multitudes, especialmente jóvenes artistas, inquietos universitarios, bohemios y turistas. El McSorley’s es sorprendente. Allí, donde sólo venden cerveza fabricada en casa, apenas ingresando se descubre que aún limpian el suelo con aserrín; y que las mesas son viejísimas y están marcadas, pero impecables. Las paredes muestran fotos que cuentan la historia de los Estados Unidos y Nueva York. En una de ellas, una foto de Lee Harvey Oswald, el asesino de Kennedy, es testimonio cierto de su celebridad trágica. Todo en la atmósfera remite al pasado. El bar abrió sus puertas en 1854 gracias a John McSorley, y hasta 1970 estaba prohibido el ingreso de mujeres. Los grupos feministas tuvieron que demandar al bar para conseguir que también a ellas se les abrieran las puertas. Durante muchos años, McSorley’s –ubicado entre la Tercera Avenida y la Calle 7–, fue el centro de reunión de la izquierda neoyorquina, especialmente sindicalistas, quienes aprovechaban la discreción de sus dueños para conspirar. Fue también allí –un sitio que visitaban con frecuencia Abraham Lincoln y John F. Kennedy– donde el famoso poeta norteamericano E. E. Cummings escribió el poemario: I was sitting in McSorley’s, ya que era su barra preferida de Nueva York. Era, según decía, el sitio desde donde miraba al mundo. Cuenta la leyenda que el Ear Inn era una casa, originalmente propiedad de un ex esclavo negro llamado James Brown que luchó en la Guerra Civil. La casa se construyó en 1817 y es una verdadera reliquia histórica que ha mantenido sus puertas abiertas por más de 180 años. Entre 1999 y 2001 fue completamente renovada, por intervención de la Fundación de Propiedades Históricas de Nueva York. Su clientela primitiva estaba compuesta por marineros, ratas del puerto y desempleados. Pero a partir de las tres últimas décadas, gracias al renacimiento de todo el vecindario, la barra adquirió una nueva vida, y Ear Inn se convirtió en el lugar predilecto de jóvenes artistas y estudiantes.

DE HEMINGWAY A WOODY ALLEN

Blue Bar NY

Cliente habitual del Blue Bar del Hotel Algonquin, William Faulkner redactó -en una de las habitaciones- el discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura.

Chumley’s es probablemente el bar con mayor tradición literaria de la zona. Aunque la casa fue construida en 1830, recién abrió sus puertas como bar en 1922, paradójicamente, durante los años de la prohibición. Desde esos años se mantiene la tradición de no tener letrero en la puerta, lo que hace difícil, para los nuevos visitantes, descifrar su ubicación. El primer dueño fue Leland Stanford Chumley, sindicalista, soldado, mesero, artista, caricaturista de periódicos y editorialista. Su intención era crear un bar Speakeasy, pero debido a su afición a la literatura, rápidamente se convirtió en un bar literario. Sobre este bar, Simone de Beauvoir escribió: “La habitación es cuadrada, absolutamente simple, con pequeñas mesas pegadas contra la pared, que está decorada con portadas de viejos libros. Tiene esa cosa rara de encontrar en América: ¡una atmósfera!”. Durante años era frecuente encontrar tomando whisky en una esquina de la barra, a Ernest Hemingway y a Scott Fitzgerald, o al mismo T. S. Elliot. Pero también a John Steinbeck, John Dos Passos, William Styron, Lillian Helman, Upton Sinclair, James Agee y E. E. Cummings. Aún hoy son clientes del bar Ric Burns, Woody Allen y David Mamet. De hecho, Chumley’s ha servido de escenario para dos películas: Reds, de Warren Beatty, y Sweet and Lowdown, de Woody Allen. Muy cerca del Chumley’s se encontraba el Cornelio Café, en la calle del mismo nombre –en el corazón del Village–, donde solían reunirse escritores beat como Allen Ginsberg y Jack Kerouac. Ahora, en el mismo sitio ha nacido un nuevo bar llamado The Cornelia Street Café, que no es el mismo, pero que también cuenta con una rica oferta cultural.

Aún hoy, en el PJ Clarke’s cualquier visitante asiduo podrá compartir el aroma de las hamburguesas con Salma Hayek, Benicio del Toro, Andre Agassi, Johnny Depp, Sandra Bullock o Renée Zellweger.

EL ÚLTIMO REFUGIO DEL POETA

Hotel Algonquin NY

En el Blue Bar se creó la Round Table, un grupo formado por algunos de los mejores periodistas y críticos de la época, entre ellos Harold Ross, creador del New Yorker.

El White Horse es conocido sobre todo porque en ese lugar murió el gran poeta Dylan Thomas, luego de una noche de borrachera descomunal. La historia dice que se tomó dos botellas de whisky él solo, trago a trago, hasta caer rendido. Algún testigo ocasional de la tragedia recordó que sus últimas palabras fueron: “He bebido 15 whiskies. Creo que batí un record”. Sea cual fuere la verdad, lo cierto es que este bar es uno de los más pintorescos del Village. Ubicado en la esquina de 567 Hudson St., todo en su interior y exterior recuerda al poeta galés, como una placa en su honor y memoria que recibe a los clientes. El bar es un sitio obligado de peregrinación para todos los admiradores del poeta y de la literatura. El Bridge Café fue, en sus inicios, una taberna de pescadores, prostitutas y maleantes, pues estaba estratégicamente próxima a la fábrica de pescado de Nueva York. Su espíritu de cueva también se debía a que estaba muy escondido, debajo del puente Brooklyn. Muchos son los bares y tabernas de Nueva York que disputan el privilegio de ser los más antiguos de la ciudad, pero es el Bridge Café –fundado en 1794– el que merece el reconocimiento. A diferencia de los demás bares, éste ofrece un magnífico menú, y no sólo tragos. En los últimos años su historia cambió radicalmente y, al igual que el Ear Inn, las modificaciones fueron inducidas por el renacimiento del barrio. Mucho más en este caso, ya que el Lower Manhattan en el que está ubicado se ha convertido en un emporio financiero. La barra de madera de este bar es la más antigua que se pueda encontrar en Nueva York, y su prestigio culinario es tan célebre que desde hace algunos años es natural ver a Bono de U2 comiendo y bebiendo en alguna de sus mesas, mientras visita la ciudad. Otro de sus clientes habituales fue, hasta que lo atraparon, el capo de la mafia italiana John Gotti. Inspiración para el cine, al igual que el Chumley’s, y por los mitos que indican que allí se derramó sangre alguna vez, Martin Scorsese utilizó sus instalaciones para grabar escenas de Pandillas de Nueva York, cuya historia se basó en esa zona de Manhattan.

DE CORAZON LATINO

McSorleyS NY BAR

Inspirado en este bar –que era frecuentado por John F. Kennedy-, el poeta E.E. Cummings escribió su poemario I was sitting. in McSorley’s.

La comunidad latina también tiene sus bares que la representan, pero ninguno con el carisma del Nuyorican Poets Café. Fundado hace apenas 27 años, es joven en comparación con los demás cafés literarios. Sus fundadores fueron Miguel Algarín, Miguel Piñeiro y Pedro Pietri. Sólo Algarín sigue vivo, pero sus dos compañeros se han convertido en verdaderas leyendas de la cultura puertorriqueña en la ciudad –casi un sinónimo de Nuyorican–. Pedro Pietri tuvo una especial relevancia en la historia, ya que representó como pocos la identidad puertorriqueña en los Estados Unidos, llegando hasta denunciar la realidad colonial de la isla de Puerto Rico. Su sepelio, en su barrio natal del Bronx, fue multitudinario. Había muerto un hombre que era el corazón de la escena poética bilingüe que caracterizó al Nuyorican por años. Miguel Piñeyro tenía, según Algarín, todas las condiciones para convertirse en una leyenda, lo que finalmente sucedió: era gay, drogadicto, lumpen, delincuente. Fue prácticamente analfabeto hasta que llegó a la cárcel, pero tenía un gran talento para la poesía y el teatro. Esta última disciplina lo llevó a ganar –por primera vez para un hispano– el prestigioso premio Tony. Este cóctel de personalidades, compromiso e historias subterráneas hizo que lo que había comenzado como un sueño –nacido en la pequeña sala del departamento de Miguel Algarín como tertulias literarias– se convirtiera con el tiempo en una barra que hoy es todo un centro cultural. Allí se recita poesía en español y en inglés, laten sonidos de hip hop, latin jazz, salsa; se montan obras de teatro, se proyectan películas y se dictan conferencias a cargo de jóvenes artistas y también figuras consagradas de la cultura hispana de Estados Unidos y Latinoamérica. Nueva York vive en las plumas de sus artistas, y a cada momento es objeto de celebraciones, loas y dedicatorias. ChumleyS NYEl español Eduardo Lago, que ganó el último Premio Nadal con su novela Llámame Brooklyn, señaló: “He querido reflejar los 18 años que llevo viviendo en Brooklyn. Tardé mucho en ver los personajes con claridad, pero había un bar en Atlantic Avenue en el que coincidía una serie de personajes interesantes, y de ahí fue saliendo mi novela”. Entre copas y tazas semivacías; entre libros y grandes firmas, y los fantasmas de los grandes escritores que hoy ya no caminan por Nueva York, casi terminamos creyendo en Octavio Paz, cuando dijo: “El equivalente del poema pastoril es la meditación solitaria en el bar”. Salud.


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