ERIK SATIE: EL FUGITIVO DE LAS FORMAS

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Extravagante, genial y divertido, el compositor Erik Satie fue un pilar de la vanguardia francesa. Tan diferente como fascinante, su ruptura con el romanticismo enfureció a sus detractores tanto como inspiró a talentos gigantes, que lo han considerado un precursor. Su compromiso con la originalidad instigó la creación del surrealismo, el minimalismo y el teatro del absurdo, entre otros movimientos, que cambiarían por siempre la manera de concebir el arte del siglo XX. A 150 años de su nacimiento, lo celebramos recordándolo.

Texto: Silvina Miguel / Fotos: Jacques Hullier / Roger Digne / Laurent Martial / Bernard Batts

Innovador. Por su desfachatada habilidad para sacar las cosas del contexto acostumbrado y presentarlas con nuevos enfoques.

Innovador. Por su desfachatada habilidad para sacar las cosas del contexto acostumbrado y presentarlas con nuevos enfoques.

El 18 de mayo de 1917, sobre el escenario del Teatro del Châtelet de París, la compañía Los Ballets Rusos de Sergei Diaghilev presentó Parade. En la obra, un prestidigitador chino, una pequeña y dos acróbatas intentaban –cada uno a su tiempo y sin suerte– captar la atención de unos espectadores que parecían incapaces de apreciar su encanto. Curiosamente, lo mismo estaba sucediendo en la vida real: el estreno de esta obra de ballet generó un gran escándalo, originado en el repudio tanto del público como de la crítica, y desde todo punto de vista, plástico, musical, narrativo y coreográfico.

Con argumento del poeta, novelista, dramaturgo, pintor y cineasta francés Jean Cocteau, coreografía del bailarín ruso Léonide Massine, escenografía y vestuario del pintor y escultor español Pablo Picasso y partitura del compositor y pianista francés Erik Satie, Parade fue el primer ballet moderno. Una revolución artística en cuya partitura se escuchaban por primera vez hélices de aviones, teletipos de telegrama, el sonido de una máquina de escribir y la sirena de un barco, y en cuyo programa se mencionaba también por primera vez en la historia la palabra “surrealismo”, uno de los tantos movimientos del que Erik Satie sería precursor, escapándole a las convenciones con las que jamás se había sentido cómodo.

Infancia y desarraigo

Alfred Eric Leslie Satie nació el 17 de mayo de 1866, en Honfleur, Normandía, en el seno de una familia de padres escoceses que, al poco tiempo de su nacimiento, se trasladaría a París por compromisos de trabajo de su procreador, Alfred Satie. Sin embargo, en 1872, tras la muerte de su madre Jane Leslie, Eric y su hermano Conrad regresaron a Honfleur para quedar bajo el cuidado de sus abuelos. Allí, Eric tomó sus primeras clases de piano con un maestro local. Seis años más tarde, su abuela fallecía y los hermanos se reencontraban en la capital francesa con su padre y su nueva esposa, una profesora de piano con la que el pequeño Erik compondría sus primeras piezas musicales; las que, en 1880, su progenitor se ocuparía de publicar.

El Conservatorio de París lo había aceptado, para luego impugnarlo por considerarlo inútil, incompetente y perezoso.

Un año antes, el Conservatorio Nacional Superior de Música y Danza de París lo había aceptado, para luego impugnarlo por considerarlo inútil, incompetente y perezoso. Tras un par de años alejado de las aulas, Satie se dio una segunda oportunidad, sin suerte. Sus maestros ya lo habían encasillado y rotulado para su beneficio, y fue su propia desidia la que los privó de valorar la novedad que representaba el talento del muchacho. El rechazo académico lo condujo a una sorpresiva carrera militar, que abandonaría por razones de salud: una bronquitis le haría el favor de devolverle la posibilidad de una vida bohemia.

La era de la diferencia

En 1887, ya con 21 años, se mudó al barrio parisino de Montmartre, y desde allí, con la complicidad y la lealtad de sus amigos artistas, detonaría su revolución, basada en la simpleza y en el alejamiento de las formas preestablecidas, cuya onda expansiva, aun hoy, moviliza, inspira y despierta. Mary E. Davis, autora de la biografía Erik Satie (2007), describe así su relevancia artística: “Desde su aparición como ‘gimnopedista’ bohemio en el Montmartre parisino de finales del siglo XIX hasta su encuentro con el dadaísmo tras la Primera Guerra Mundial, la vida del compositor Erik Satie fue un continuo desafío a las convenciones. Satie propuso una música nueva, basada en el contacto de los elementos cotidianos, con géneros y formas estilizados. Desafió siempre los límites del arte y se expresó en una mezcla de palabras, artes visuales y música. Se anticipó a la cultura de la fama creándose su propia personalidad pública como ‘caballero de terciopelo’, y su figura ataviada con uno de sus muchos trajes idénticos se convirtió en uno de los iconos de esos cafés y cabarets de París donde también se estaban labrando su fama Picasso, Braque o Cocteau”.

Sus días de devoción lo fueron también por Suzanne Valadon, la pintora francesa con la que tuvo un estruendoso y breve romance.

Fue precisamente durante la época en la que residía en Monmartre que comenzó a publicar sus hermosas obras para piano Gymnopédies (1887) –aludiendo a una danza practicada por jóvenes bailarines griegos–, que fueron las primeras composiciones con las que intentó alejarse del entorno convencional de su padre, su madrastra y la “música de salón” del siglo XIX. Y fue desde aquel pequeño refugio en la ciudad de la luz que Satie marcó a toda una generación de compositores que buscaban escapar de la dominación formal del romanticismo, identificándola con la figura y el legado del compositor, director de orquesta, poeta, dramaturgo y teórico musical alemán Richard Wagner. Satie, con su sencillez, sus armonías innovadoras, su libertad manifiesta en la exploración constante y su maestría de la sutileza, influenció a compositores franceses como a su amigo Claude Debussy, Maurice Ravel, Francis Poulenc, Darius Milhaud y al filósofo, teórico musical, poeta y pintor estadounidense John Cage.

Misticismo y cabaret

Vestía algún que otro traje aterciopelado, un sombrero de hongo, llevaba paraguas, gafas y se dejó crecer una distinguida barba.

Vestía algún que otro traje aterciopelado, un sombrero de hongo, llevaba paraguas, gafas y se dejó crecer una distinguida barba.

En 1891, Satie se unió a la Orden Rosacruz, un sistema místico, creado en el siglo XVII en Alemania, basado en los registros de una hermandad secreta concebida para mejorar a la humanidad por el descubrimiento de la verdadera filosofía. Satie fue maestro de capilla y compositor de la fraternidad, para la cual escribió varias obras. Sin embargo, en 1893 se desvinculó de ella para levantar la Iglesia Metropolitana de Arte de Cristo el Guía, de la cual era su único miembro, y para la que compondría, entre 1893 y 1895, su único trabajo litúrgico al que bautizó Messe des pauvres (Misa para los pobres).

Sus días de devoción lo fueron también por Suzanne Valadon, la pintora francesa con la que tuvo un estruendoso y breve romance de seis meses que terminaría siendo el único de su vida. En un artículo sobre las diez composiciones primordiales de Satie, el crítico canadiense Robert Rowat cuenta que fue durante esa febril y devastadora temporada que el músico escribió sus doce Danses Gothiques, a las que describe como posiblemente “sus mejores obras” después de las exquisitas Gymnopédies.

Además, ella hizo un retrato del compositor que se lo regaló. Y Satie concibió dos piezas musicales inspiradas en Valadon pero, en su caso, se las quedó. Las partituras aparecieron juntas, tras su muerte, en su habitación de Arcueil. Se trata de Bonjour, Biqui, bonjour! y de Vexations, una hermética obra con la que Satie, de forma casi catártica, buscó exorcizar el dolor que sentía por el fin de su relación con Valadon, que lo dejó por un banquero millonario.

En 1896, su situación económica lo alejaría de París y de la vida religiosa, rumbo a los suburbios de Arcueil y a la vida de cabaret.

En 1896, su situación económica lo alejaría de París y de la vida religiosa, rumbo a los suburbios de Arcueil y a la vida de cabaret. Durante esa época elaboraría, por dinero, cientos de piezas musicales que, en su mayoría, se volverían populares, pero que Satie negaría con el paso del tiempo porque representaban lo opuesto a todo aquello que de alguna manera definía su naturaleza artística y porque habían sido concebidas con el único propósito del sostén económico. Solo algunas pocas obras de ese momento fueron tomadas en cuenta por Satie como, por ejemplo, Jack In The Box (1899), música para una pantomima del ilustrador francés Jules Dépaquit, y Geneviève de Brabant (1900), una breve ópera cómica sobre un tema serio, con texto del poeta J.P. Contamine de Latour.

El gran instigador

En octubre de 1905, mientras continuaba presentándose al piano en un cabaret de Arcueil, Satie se matriculó en la Schola Cantorum de Vincent d’Indy para estudiar contrapunto clásico. Esta decisión sorprendió a sus amigos, sobre todo a Debussy –a quien lo unía para entonces una amistad de más de una década–, ya que la historia académica de Satie no había sido para nada satisfactoria y, además, porque el compositor y profesor de música francés Paul Marie Théodore Vincent d’Indy era un fiel discípulo del compositor, director de orquesta, pianista y militar francés Camille Saint-Saëns, por el que Satie no sentía mucha estima.

Ya graduado de la Schola Cantorum, en 1912, sus miniaturas para piano se volvieron populares. Por primera vez, Satie se veía cobijado por un sistema que lo había repelido toda la vida. Sin embargo, esa aceptación a la que no estaba acostumbrado terminó por incomodarlo, motivándolo a salir a la búsqueda de nuevas ideas que desafiaran los límites de ese reconocimiento. Así fue como se asoció con los compositores franceses Alexis Roland-Manuel y Georges Auric como con el multifacético Cocteau.

Y a través de Picasso conocería a Georges Braque, el pintor y escultor francés, cocreador del cubismo junto al genio malagueño, y en 1919 Satie se asoció con el poeta, escritor y ensayista rumano Tristan Tzara, promotor del dadaísmo, el movimiento artístico y literario que abogaba por la liberación de la fantasía y la puesta en tela de juicio de todos los modos de expresión tradicionales.

Un legado sin límites

El año pasado, el pianista Nicolas Horvath interpretó en la Radio de París Vexations, una pieza que dura entre 12 y 24 horas.

El año pasado, el pianista Nicolas Horvath interpretó en la Radio de París Vexations, una pieza que dura entre 12 y 24 horas.

El interminable tejido de la ascendencia de Erik Satie se despliega extendiéndose inclusive, dadaísmo mediante, al nacimiento del movimiento punk de la década de 1970. Siempre a la vanguardia de la vanguardia, la irreverencia y extravagancia de Satie infundieron brisas de cambio en talentos que han dejado una herencia inmortal como el del mismísimo Tzara, el pintor, ilustrador y escenógrafo francés André Derain o el inclasificable artista francés Marcel Duchamp, entre tantos.

Además de su revolucionaria obra musical, Satie fue un pensador y ensayista que dejó como parte de su patrimonio contribuciones literarias que fueron publicadas tanto en la revista dadaísta 391, editada por el pintor francés Francis Picabia, como en la popular Vanity Fair estadounidense (en 1922). Aunque se empeñó por nunca definirse como un músico –“Mis trabajos son pura fonométrica. Se verá que ninguna idea musical ha guiado la creación de mis obras. La reflexión científica es lo que domina. Por lo demás, me lo paso mejor midiendo un sonido que escuchándolo”–, Satie terminaría inventando varias nuevas técnicas musicales.

El pianista y compositor Gene Tyranny menciona algunas de ellas en su recuerdo del genio francés: “El uso de escalas de tonos enteros, acordes construidos en cuartas, melodías patrón, disonancias no resueltas utilizadas por su valor como sonidos, abrir grandes formas sin contraste y el desarrollo de las secciones”.

La sabiduría del absurdo

Contrario a la inercia del establishment, Satie produjo piezas que han sido descriptas como “antiemocionales”, “antivirtuosas”, “antiwagnerianas”, y que básicamente venían a poner patas para arriba todas las tendencias de la música clásica del siglo XIX, al tiempo que tendían el camino hacia formas que terminarían definiendo la modernidad. Al estar más allá de las reglas, el mundo se convierte en un desfile del absurdo del que Satie se burlaba en sus comentarios más célebres, en los nombres de sus composiciones y en sus costumbres cotidianas.

Si nada de lo que existe tiene sentido, entonces no acatar las formalidades se convierte en ley. Véritables Préludes flasques (pour un chien) –Verdaderos preludios blandos (para un perro)–, Vieux sequins et vieilles cuirasses –Oro viejo y viejas corazas–, Embryons desséchés –Embriones disecados–, Descriptions Automatiques –descripciones automáticas– y Sonatine bureaucratique –Sonatina burocrática–, son algunos de los nombres con los que jugaba. Asimismo, su música estaba poblada de bromas e instrucciones absurdas como “pregúntate por ti mismo” o “abre tu mente”.

Trágicamente, con su muerte llegó el reconocimiento que a él nunca le interesó pero que su obra merecía.

En su vida privada, atesoraba en un archivador una serie de dibujos de edificios imaginarios que realizaba en tarjetas y trozos de papel y, en algunas ocasiones, publicaba pequeños anuncios en los periódicos locales ofreciendo estos edificios en venta o alquiler.

El comienzo en el final

Satie falleció el 1 de julio de 1925, víctima de una cirrosis provocada por un excesivo consumo de alcohol. Con motivo de su muerte, las puertas de su refugio de Arcueil volvieron a abrirse para sus amigos el día de su entierro. Allí, además de telarañas, encontraron una colección de cien paraguas, siete trajes de terciopelo de su período como “caballero de terciopelo”, sus dibujos de edificios medievales y el retrato que había pintado de él su amante Suzanne Valadon.

Trágicamente, con su muerte llegó el reconocimiento que a él nunca le interesó pero que su obra merecía. Satie fue tildado de charlatán toda su vida, sobre todo por sus colegas músicos, que dejándose obnubilar por su irreverencia fueron incapaces de ver la riqueza que yacía en el reto que Satie estaba planteando. El de dejar ir algo para poder darle la bienvenida a la novedad, y así enriquecer la realidad.


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