ESTHER WILLIAMS: LA SIRENA QUE PERDIO EL MAR

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Nadó con alma y vida. Inauguró el cine acuático. Tuvo cuatro maridos. Sus amigos fueron legión. Nada se sabe de su infancia. Ni de sus días fuera de cámaras. A los 85 años, quizás haya regresado al océano. Esta es su recóndita historia, contada por quienes la amaron.

Texto: Raúl García Luna / Fotos: AFP / AP

Esther Williams posa junto al equipo de natacion de Los Angeles Athletic Club

Esther Williams posa junto al equipo de natación de Los Angeles Athletic Club, antes de romper un record nacional en 1939.

Pocas celebridades de Hollywood pueden ser mejor comprendidas a través de sus vínculos afectivos que por su propia biografía, como en el caso de Esther Williams. En su libro de memorias, escuetas y recatadas como ella misma, nada perturba ni sorprende al lector. Coherente con su legendario sentido de la lealtad, en ese texto no se incomoda ni a los vivos ni a los muertos. De manera que, aquí y ahora, su salobre historia no se narrará sólo desde sí misma, sino básicamente a partir de lo que ella significó para los demás, en el amor y en la amistad: un paño de lágrimas, se diría en la jerga popular. Muy conocida fue su alegría natural de nadadora, pero no tanto ese extraño hábito o ritual de sollozar al salir de la piscina, a solas, fuera de cámaras. Y que cuando alguien le preguntaba si se sentía bien, o qué le pasaba, Esther siempre contestara que tal o cual colega del reparto, actriz o galán de fama, le había contado una triste situación personal o familiar. Vale decir, nunca lágrimas por algún problema suyo: siempre por los otros. Y sabido es que, en tierra, con su cola transitoriamente convertida en humanas piernas, las sirenas no deben llorar: retener el agua dentro de sus cuerpos es, para esas criaturas de fábula, vital. Estrella emblemática del Hollywood de los ’40 y ’50, Esther Williams nació en Los Angeles, California, el 8 de agosto de 1922, aunque otras fuentes citan 1921. Era una adolescente curvilínea que descollaba en todos los deportes acuáticos: como si hubiese nacido con cola de pez, según sus maestros e instructores. Fue una joven campeona y recordwoman estadounidense en numerosas pruebas de natación, y no pudo intervenir en los Juegos Olímpicos de 1940 porque, al estallar la Segunda Guerra Mundial un año antes, el certamen se canceló. Y entonces sí que lloró.

Y lo hizo junto a su primer y servicial amigo: el nadador rumano Johnny Weismüller (1904- 1984), ganador de cinco medallas de oro en las Olimpíadas de 1924 en París y 1928 en Amsterdam, quien después, en San Francisco, ofrecía a los turistas de hoteles de lujo, y no tanto, un show de altas zambullidas y brazadas a flor de agua, aptas para el sustento cotidiano. En él, Esther encontró a su primer hermano de oficio, que supo apreciar sus agallas en el trampolín y le dio empleo.

PEOPLE ESTHER WILLIAMS

Cinco años después participaría del film Bathing Beauty, uno de los primeros pasos hacia la constelación Hollywood.

Tanto que, desilusionada, rápidamente decidió ganarse el pan de cada día en ámbitos menos profesionales, pero más rentables a la hora de comer. No se sabe si sus padres eran gente de opulenta o de modesta posición, pero lo cierto es que, a los 21 años, Esther ya necesitaba trabajar en lo que fuese para mantenerse. Y lo hizo junto a su primer y servicial amigo: el nadador rumano Johnny Weismüller (1904-1984), ganador de cinco medallas de oro en las Olimpíadas de 1924 en París y 1928 en Amsterdam, quien después, en San Francisco, ofrecía a los turistas de hoteles de lujo, y no tanto, un show de altas zambullidas y brazadas a flor de agua, aptas para el sustento cotidiano. En él, Esther encontró a su primer hermano de oficio, que supo apreciar sus agallas en el trampolín y le dio empleo. En 1932, Johnny había hecho un inicial Tarzán de los monos, con Maureen O’Sullivan como su compañera Jane, y en 1936, al rodar La fuga de Tarzán, el tercero de los seis títulos de la saga que protagonizaría para la MGM, le presentó a Esther al director Richard Thorpe. Indudable mentor de la Sirena de América, como la rebautizaría luego otro admirador suyo, nada menos que Clark Gable (1901-1960). Y Clark le reveló a Esther un temor que el boom de Lo que el viento se llevó no disipaba: repetía que era el actor favorito de Hitler y que éste ofrecía una fuerte recompensa a quien lo secuestrara y entregara en Berlín, pero a lo que más miedo le tenía era a que sus pares creyeran que él fuese un agente pronazi. Ella sólo parpadeaba. En lo que hace al buen Johnny, lleno de matrimonios frustrados e hijos demandantes, enredado en las lianas de la RKO como un eterno Tarzán y otras 16 películas de bajo presupuesto como Jim de la jungla, más una serie de TV con ese personaje emitida entre 1948 y 1955, a su amiga Esther le confesaba su desesperación: soñaba que ya no era él, sino el Rey de la Selva. No está de más consignar que en los ’80, poco antes de fallecer en Acapulco víctima de un penoso deterioro mental, Johnny fue llevado a la lejana Argentina para hacer un vergonzoso papel ante los micrófonos de un ágape anual de la Sociedad Rural: golpearse el pecho y aullar como el Hombre Mono.

Entretanto, para tener a raya su imprevisto estrés y su confusión emocional, se volvió adicta al más novedoso paliativo existencial de aquella época: el ácido lisérgico, difundido en Estados Unidos por el controvertido doctor Timothy Leary. ¿Y quién le conseguía las dosis de LSD? Sí, claro: el plañidero Cary, que incluso en la película “Charada” habría rodado una graciosa escena nocturna en la que andaba en bicicleta, completamente alucinado, en 1962.

On an Island with You

Durante la década del 40 participó de numerosas comedias y musicales. A la izquierda, Williams es besada por Peter Lawford en el film On an island with you.

Y Esther nadando junto al buen Johnny, también modelo de ciertos grandes almacenes de ropa, en 1941 recibió la visita de un cazatalentos de la MGM, que le ofreció firmar un contrato cinematográfico. Y en 1942 debutó en un acotado papel en La doble vida de Andy Hardy, secundando al contrahecho y fanfarrón Mickey Rooney, quien venía de trabajar con Judy Garland y que pronto poseería el ranking de ocho matrimonios despedazados, incluyendo el de Ava Gardner en menos de un año. Otro que le pediría el hombro para llorar más de una vez, porque no podía olvidar sus mejores días de 1939, cuando filmaba Las aventuras de Huckleberry Finn, basada en el libro homónimo de Mark Twain y dirigido por Richard Thorpe, antes de interpretar al travieso Hardy dieciséis veces seguidas. Raro fue que el caliente Rooney no pretendiera acostarse con Esther, sino sólo tomarla como confidente de sus tropelías sentimentales, y hasta sexuales. Lo que habla muy a las claras de la enorme paciencia, y acaso del vasto sentido del humor y la inagotable ternura de nuestra carismática sirena. Que en 1944, precisamente gracias a la película Escuela de sirenas, un musical repleto de números acuáticos dirigidos por George Sidney, conquistaría el sobrenombre asignado por Gable, para luego protagonizar Juego de pasiones (1945), Fiesta brava (1946) o En una isla contigo (1948), todas dirigidas por el entrañable Richard Thorpe, más La hija de Neptuno (1949), de Edward Buzzell, y Llévame a ver un partido (1949), de Busby Berkeley, coprotagonizada nada menos que por el coreógrafo y bailarín Gene Kelly, y el cantante Francis Albert Sinatra. No se alejaban los años belicosos, y Esther ya contraía matrimonio con uno de sus cuatro maridos: Leonard Kovner, con quien permanecería unida sólo desde 1940 hasta 1944, para casarse en 1945 con Ben Gage, con quien convivió hasta 1959. Mejor suerte esa segunda vez, no obstante lo cual ciertas olvidables revistas del corazón deslizaban el nunca probado chisme de que tras la inocente Sirena de América se escondía una comehombres como cualquier otra diva de Hollywood. Si esto fuese así, entonces todos los varones mencionados en esta nota no habrían sido sus amigos, sino sus amantes. Por su parte, ella jamás lo desmintió: no concedía reportajes, y punto. En los ’50 continuó sembrando éxitos de taquilla: Serenata en el valle del sol (1950), de Robert Z. Leonard; La primera sirena (1952), de Melvyn LeRoy; La amada de Júpiter (1955), de George Sidney; y otras películas que de pronto, misteriosamente, ya cerca de los dorados ’60, comenzaron a perder su poder de convocatoria. Tanto que la MGM se lo reprochó, y ella lloró y rompió sus ataduras contractuales con ese desagradecido estudio. Y se lanzó como actriz independiente, pero no le fue bien con Sombra en la noche (1956) ni con El gran espectáculo (1961), coprotagonizada por el veterano Cliff Robertson, actual padre ficcional de El Hombre Araña, que en 1968 asombró con su composición de un disminuido mental transformado en genio, lo que le aportó un Oscar como mejor actor: Charly. Viene a cuento, porque durante El gran espectáculo, Robertson le confiaba a Esther todas sus cuitas amorosas, no exentas de ambiguos matices.

La sirena de America

“La sirena de América”. Así se conocía a Williams en aquellos tiempos en los cuales brillaba sobre y bajo el mar.

Y ella lo escuchaba, como lo escuchó a su mejor amigo, Cary Grant (1904-1986), casado cuatro veces y padre de familia, cuando le preguntó si ella creía lo que se decía de él entre bambalinas: a saber, que se acostaba con su colega Randolph Scott, con quien había compartido un apartamento en sus inicios hollywoodenses. Así las cosas, difícil le resultaba a Esther mantener la calma en un ambiente plagado de acusaciones de bisexualidad encubierta, que también a ella la afectaban directa o indirectamente. Y aún faltaba lo mejor, o lo peor. Entretanto, para tener a raya su imprevisto estrés y su confusión emocional, se volvió adicta al más novedoso paliativo existencial de aquella época: el ácido lisérgico, difundido en Estados Unidos por el controvertido doctor Timothy Leary. ¿Y quién le conseguía las dosis de LSD? Sí, claro: el plañidero Cary, que incluso en la película Charada habría rodado una graciosa escena nocturna en la que andaba en bicicleta, completamente alucinado, en 1962. Año en que Esther le dijo adiós al cine y se esfumó de la vista del público y la prensa, como un conejo en la galera de un mago. Hasta 1969, cuando reapareció casada con su tercer esposo, el galán latino y ex marido de Arlene Dahl, ya padre de Lorenzo y actor argentino aunque, por error, muchos lo consideraran mexicano: Fernando Lamas (1915-1982). Se habían conocido años atrás, durante el rodaje de una película titulada Peligrosa humedad, o cosa semejante, y ambos se amaron serenamente hasta el deceso de él, en 1982, por un cáncer de páncreas, a los 67 años. Lamas había actuado en varias películas argentinas y norteamericanas, y dirigido a Esther en la española La fuente mágica (1962) y a Lorenzo en la saga de TV Falcon Crest, además de Starsky & Hutch y otras series. Para la Sirena de América, el adiós de Fernando fue el dolor más grande que soportó en su vida terrenal: se dice que lo lloró más que a ningún otro, tanto que casi pierde sus reservas de agua corporal en una interminable crisis de llanto, afortunadamente detenida vía sedantes. Es que Lamas, en su morosa agonía, había dejado de hablar en inglés y retomado su lengua de origen: un extraño español lleno de alocuciones rioplatenses y estrofas de tango, que ni Esther ni los médicos acertaban a descifrar.

Como sea, y esto sí que no lo oculta Esther en su amable biografía, Jeff Chandler era un tipo muy especial: tocaba el violín, tenía su propio sello discográfico, cuidaba por demás su atlético cuerpo, y le encantaba disfrazarse de mujer. Sí, tal cual, y es más: no podía hacer el amor sin pintarse los labios, calzar tacos aguja y lucir vestidos de seda negra con puntillas, que tomaba del guardarropas de su confundida enamorada. Agobiante travestismo que pronto derrumbó sus relaciones íntimas…

Women of Los Angeles 'Hope Is A Woman' Awards

Esther Williams posa junto a su marido, Edward Bell, en Beverly Hills.

De su cuarto y postrer marido, Edward Bell, nada se sabe. En cambio, sin precisarse origen ni duración, entre sus amantes se habría destacado un lacónico actor de prematura cabellera canosa que en su hora de gloria fue el indio apache Cochise, a pesar de sus ojos claros y un inverosímil maquillaje hollywoodesco: Ira Grossell, más conocido como Jeff Chandler (1918-1961), cuyo sonado romance con Esther trascendió los límites del anonimato en 1958, presuntamente cuando ella aún no se había divorciado de Ben Gage. Como sea, y esto sí que no lo oculta Esther en su amable biografía, Jeff era un tipo muy especial: tocaba el violín, tenía su propio sello discográfico, cuidaba por demás su atlético cuerpo, y le encantaba disfrazarse de mujer. Sí, tal cual, y es más: no podía hacer el amor sin pintarse los labios, calzar tacos aguja y lucir vestidos de seda negra con puntillas, que tomaba del guardarropas de su confundida enamorada. Agobiante travestismo que pronto derrumbó sus relaciones íntimas, más allá de conservarse la amistad por tres años más, hasta que él falleció a causa de un enigmático envenenamiento sanguíneo derivado de una fallida operación de hernia de disco, con sólo 42 años. En cuanto a su director de cabecera, Richard Thorpe, que filmó no menos de cuatro Tarzanes entre 1936 y 1942, además de Ivanhoe y El prisionero de Zenda, y otras aventuras de capa y espada, nadie se hubiera atrevido a decir que era su amante, siendo un hombre de limpia reputación y que le había entregado a Esther al verdadero genio creador de esa revolución acuática que ella encarnó: Busby Berkeley (1895-1976), coreógrafo que resucitó los viejos musicales de Broadway con enormes puestas escénicas e innovadoras técnicas, y cuando llegó el cine sonoro llevó a los sets el máximo glamour del mundo. Movía a las bailarinas en grupos, las individualizaba con algún close-up, y también las filmaba desde el techo. Revitalizó los estáticos giros de Judy Garland, entre otras, y en los años ’40 trabajó en la puesta a punto del technicolor, flamante proceso que la MGM destinó especialmente a Esther en sus espectaculares danzas natatorias, también diseñadas por Busby. Sin él, ella no hubiera existido, esto es seguro. En cuanto al resto, todo es materia opinable, y acaso infundada: sus amoríos, sus amistades, sus virtudes, sus vicios. Lo único realmente cierto es que Esther sabía escuchar a los demás, y que a través de ellos se realizó como persona y como artista. Y si así no hubiese sido, muy poco sabríamos de ella. Excepto que lloraba a solas, como una sirena que añorara su infancia marina, su sobrio hogar bajo las olas, su cola perdida al pisar tierra.


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