EX GOBERNANTES: EL PODER DESPUES DEL PODER

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Cadillacs, guardaespaldas, sueldos millonarios y conferencias de pocos minutos a precios siderales. Limusinas, suites presidenciales en hoteles de lujo, cenas exclusivas y viajes en primera clase. No se trata de estrellas de cine ni famosos de ocasión, sino de ex presidentes y funcionarios de primera línea que cobran cifras exorbitantes por asistir o protagonizar determinados eventos –cenas, charlas, presentaciones– y tienen exigencias dignas de stars. El negocio de las memorias, el asesoramiento a empresas y otros recursos que utilizan para seguir estando cerca del poder… después del poder.

Texto: Agustín Atir / Fotos: AFP / AP

HENRY KISSINGER

Universidades de Asia distinguieron a Henry Kissinger por su activa labor.

El 16 de mayo último, cuando tuvo que entregar el Palacio del Elíseo a Nicolas Sarkozy, el ex presidente francés Jacques Chirac pensó que la vida había perdido sentido definitivamente. Después de haber dirigido durante doce años uno de los países más poderosos del mundo, supuso, nada podría ser igual a la embriagante sensación de omnipotencia que produce el poder. La misma angustia acechó al primer ministro británico, Tony Blair, antes de abandonar Downing Street, y al presidente ruso Vladimir Putin, que concluye su mandato en 2008. Años antes, conocieron el mismo vacío el ex presidente Bill Clinton, el ex presidente francés Valéry Giscard d’Estaing y el último líder que tuvo la URSS antes de la disolución, Mijail Gorbachov. Para esos personajes que alcanzaron la oportunidad de oprimir el botón atómico –símbolo supremo del poder–, el ocaso político constituye un golpe tan duro que, en ciertos casos, suele alterar el equilibrio psíquico: Valéry Giscard d’Estaing admitió en sus memorias que, después de haber entregado el mando al socialista François Mitterrand, pasó varios años sin poder mirar las noticias porque no podía soportar las críticas de sus adversarios y los comentarios de la prensa. La ex primera ministra británica Margaret Thatcher estalló en lágrimas en el interior de su Jaguar cuando debió partir de Downing Street y, tiempo después, reconoció que había pasado días enteros llorando sin poder resignarse a la idea de volver a una vida normal. La Dama de Hierro –al igual que Clinton, Giscard d’Estaing y el ex canciller alemán Gerhard Schroeder– sólo pudo recobrar el equilibrio, y el vigor, cuando comprendió que su condición de ex gobernante estaba a punto de convertirla en millonaria. Hasta hace poco, la revancha política –o el rencor– era el único consuelo que tenían los hombres que perdían el poder. Pero desde hace uno o dos lustros, existe un premio consuelo: concluir un mandato político en un gobierno occidental –y ahora también en los países de Europa Oriental– representa un pasaporte a la riqueza. Los ex presidentes y primeros ministros se retiran con una excelente jubilación, más un presupuesto para mantener una oficina y, en algunos casos, hasta reciben gastos de representación. Pero además de esos ingresos, pueden ganar auténticas fortunas con la publicación de sus memorias, con el precio que cobran por sus entrevistas en televisión, los artículos que escriben para la prensa y, sobre todo, las conferencias o participaciones en cenas-debate a 5 mil o 10 mil dólares el cubierto. Los mejores ejemplos de esa categoría de súper stars retirados de la política son, sin duda, Bill Clinton, Margaret Thatcher, Mijail Gorbachov, el ex presidente de la Reserva Federal (Fed), Alan Greenspan, el ex secretario de Estado, Colin Powell, y, más recientemente, Gerhard Schroeder y Jacques Chirac. También Tony Blair ya forma parte de esa elite de estrellas de la política. Por estos días se encuentra negociando un acuerdo multimillonario para publicar sus memorias. La principal fi gura de ese dream team es, sin duda, Bill Clinton. Al dejar la Casa Blanca, su fortuna comenzó con el lanzamiento de sus memorias. En 2001, la editorial Knopf pagó 12 millones de dólares por un libro que recién salió en 2004 y vendió más de dos millones de ejemplares en Estados Unidos y otro millón en sus diversas traducciones. Esa fortuna le permitió pagar los 11 millones de dólares que debía a los abogados que lo defendieron durante el famoso caso Lewinsky. Pero su mayor fuente de ingresos es su actividad como conferencista. Al estilo de los artistas de Hollywood, Clinton confió su agenda a la agencia Harry Walker, de Nueva York, que se encarga de negociar sus intervenciones en cenas, convenciones y congresos a un promedio de 250 mil dólares por un discurso de 30 minutos, más una breve sesión de preguntas y respuestas. A pesar de esos precios, Clinton recibe propuestas de todo el mundo y para asegurar su presencia hay que inscribirse uno o dos años antes. Su mejor retribución la obtuvo el 18 de octubre de 2005 en Toronto, donde recibió 475 mil dólares. Es decir, el doble de su salario anual en la Casa Blanca cuando era presidente. A un ritmo de 352 conferencias anuales – como ocurrió en 2006–, Clinton gana casi 100 millones de dólares. Pero su ganancia real el año pasado fue de 9 a 10 millones. Una parte de sus ingresos la conserva su agencia y el resto está destinada a la fundación que creó para ayudar a luchar contra el VIH. Cada vez que se desplaza, Clinton utiliza un Cadillac blindado, conducido por un chofer y con un guardaespaldas a bordo, y es seguido por un vehículo de seguridad con cuatro agentes armados. Como los otros dos ex-presidentes aún vivos —Jimmy Carter y George Bush padre—, Clinton tiene a su disposición un equipo de 40 agentes del FBI. El presupuesto global de seguridad, que asciende a 10 millones de dólares por año, forma parte de los privilegios que conservan los ex presidentes cuando terminan su mandato: según un proyecto de Dwight Ike Eisenhower, aprobado por el Congreso en 1958, los mandatarios de la Casa Blanca reciben una pensión vitalicia que en la actualidad asciende a 148 mil dólares anuales; sumado a 126 mil dólares de gastos de oficina, 25 mil dólares suplementarios en los treinta y seis meses posteriores al cese de funciones y los gastos de seguridad. Además, desde 1955, el Estado financia la construcción de una biblioteca para que cada ex presidente pueda conservar los documentos de su gobierno. Otras grandes estrellas del circuito de conferencistas son Colin Powell, el general Norman Schwarzkofp (ex comandante de las fuerzas aliadas en el Golfo), el príncipe Carlos de Inglaterra y el ex secretario de Estado, Henry Kissinger. Ninguno recibe menos de 50 mil dólares por presentación. Pero algunos de ellos tienen, además, exigencias dignas de estrellas de Hollywood. Los contratos de Colin Powell estipulan que sólo viaja en jet privado, una limusina debe ir a buscarlo al aeropuerto y se aloja en las suites presidenciales de hoteles de cinco estrellas. Si después de su intervención debe quedarse a la comida, exige el doble de sus honorarios.

Los mejores ejemplos de esa categoría de súper stars de retirados de la política son, sin duda, Bill Clinton, Margaret Thatcher, Mijail Gorbachov, el ex presidente de la Reserva Federal (Fed), Alan Greenspan, el ex secretario de Estado, Colin Powell, y, más recientemente, Gerhard Schroeder y Jacques Chirac. También Tony Blair ya forma parte de esa elite de estrellas de la política.

DESPUES DE LA CAIDA

KUWAIT-GERMANY-SCHROEDER

Durante su gestión, el canciller alemán Gerhard Schroeder cultivó buenas relaciones con la industria de los combustibles. Tras su dimisión, obtuvo excelentes réditos.

Otro ex gobernante que alcanzó el firmamento en el circuito internacional es Mijail Gorbachov, el último líder que tuvo el imperio soviético antes de derrumbarse como un castillo de naipes. Gorbachov advirtió rápidamente que esa situación incomparable podía convertirlo en una curiosidad internacional. Pero, a diferencia de Buffalo Bill, que terminó su vida en un circo relatando las aventuras del lejano oeste, Gorby –como lo bautizaron los occidentales– decidió utilizar su celebridad para hacer fortuna. Como Clinton, pronuncia entre 20 y 25 conferencias por año, a un promedio de 100 mil dólares cada una, y realiza entre seis y ocho giras que le dejan entre 1,5 y 2 millones de dólares adicionales. Su récord lo obtuvo, aparentemente, durante la visita que hizo en abril de 1992 a Japón, organizada por dos importantes grupos de prensa: los diarios Asahi Shimbun y Yomiuri Shimbun. Al margen de las entrevistas que mantuvo con el emperador Akihito y el primer ministro Kiichi Miyazawa, esa gira sobresalió por las fotos que se sacó en Disneylandia con Mickey y Minnie. Por ese viaje de doce días cobró una cifra cercana a los 400 mil dólares. El dinero que recauda con sus actividades internacionales le permite financiar las actividades de la Fundación Gorbachov, una institución que funciona en un macizo edifi cio ubicado en el 59 de Leningradski Prospekt en Moscú. Si bien otras instituciones similares tienen 3 mil empleados asalariados (como la fundación alemana Konrad Adenauer), la Fundación Gorbachov trabaja apenas con una dotación de 157 personas asalariadas y un equipo de investigadores, entre los cuales figuran algunos de los principales protagonistas de la Perestroika, como Alexander Iakovlev, Vadim Zagladin y Andrei Gratchev. El objetivo oficial de ese equipo consiste en preparar una nueva generación de dirigentes rusos “sin distinción ideológica”. Pero, en la práctica, esa institución funciona como un think tank que, en este momento, trata de impedir que Putin se perpetúe en el poder.

A diferencia de Clinton –que se dedica full time a convertir el tiempo en oro–, Jimmy Carter es el único ex presidente que nunca volvió a la actividad privada y consagra todos sus esfuerzos a la fundación que creó para ayudar a los países del Tercer Mundo. Pero, como esa misión le consume tanto su energía como sus fi nanzas, Carter suele aceptar propuestas para dictar conferencias en universidades y organizaciones académicas. Esas instituciones pagan 20 mil dólares por un discurso de 45 minutos, seguido de otros 45 minutos de debate con el público.

EL TIEMPO ES ORO

A diferencia de Clinton –que se dedica full time a convertir el tiempo en oro–, Jimmy Carter es el único ex presidente que nunca volvió a la actividad privada y consagra todos sus esfuerzos a la fundación que creó para ayudar a los países del Tercer Mundo. Pero, como esa misión le consume tanto su energía como sus finanzas, Carter suele aceptar propuestas para dictar conferencias en universidades y organizaciones académicas. Esas instituciones pagan 20 mil dólares por un discurso de 45 minutos, seguido de otros 45 minutos de debate con el público. George Bush, por su parte, después del tremendo impacto psicológico que sufrió tras su derrota frente a Bill Clinton, se negó hasta el momento a participar en ese show político. Es cierto que, además, Bush pertenece a una rica familia de patriarcas de Nueva Inglaterra que siempre concibió la política como un acto de servicio al país. A diferencia de sus predecesores en la Casa Blanca, Bush (que hizo fortuna en la industria petrolera) posee un considerable patrimonio inmobiliario, que le permitirá vivir sin sobresaltos el resto de su vida. Las cifras indican que, en correspondencia con su rango de primera potencia mundial, Estados Unidos es el país que acuerda el más alto nivel de remuneración a sus mandatarios cuando se retiran de la vida política. En el resto del mundo, la suerte que aguarda a los políticos cuando abandonan el poder tiene relación directa con la tradición democrática de cada país y su concepción del rol del Estado. Jacques Chirac, que dejó el mandato de Francia no hace mucho, recibe una jubilación de 6.300 dólares mensuales más aguinaldo, en su calidad de ex jefe de Estado. A esa suma se agregan los retiros de todas las funciones oficiales que cumplió en casi medio siglo de vida política. Por todos esos conceptos, percibirá en total unos 40.000 dólares por mes. Además, como todo presidente al concluir su gestión, dispone de ofi cinas, un equipo de colaboradores, un automóvil con chofer y guardaespaldas, todo pagado por el Estado. El único proyecto concreto de Chirac, por el momento, consiste en organizar una fundación que promoverá la ecología, el desarrollo sostenible y el multiculturalismo. El nuevo organismo, que se llamará “Fundación Jacques Chirac para el desarrollo durable y el diálogo de las culturas” se inspira en el modelo de la Fundación Clinton. De todas formas, las ventajas que acuerda Francia a sus ex gobernantes –para que éstos puedan seguir viviendo con dignidad– no siempre alcanzan a saciar la ambición de estos dirigentes. “Es relativamente normal que, cuando pierde el poder, un responsable político trate de gratificarse económicamente”, interpretó, como psicólogo de la política, el analista Alain Duhamel.

Hasta hace poco, la revancha política –o el rencor– era el único consuelo que tenían los hombres que perdían el poder. Pero desde hace uno o dos lustros, existe un premio consuelo.

PODER Y VORACIDAD

Jimmy Carter

Tercer sector. Carter impulsó la construcción de casas populares en Miami.

Famoso por su codicia sin límites, el ex canciller alemán Gerhard Schroeder –al dejar el poder a fines de 2005– fue contratado como consejero especial de la North European Pipeline Company (NEGP), que le paga un salario de 325 mil dólares por año. Pocas semanas antes de retirarse, Schroeder acordó con esa fi lial del imperio ruso del gas Gazprom la construcción de un gasoducto de 1.200km entre Rusia y Alemania. No satisfecho con eso, también comenzó a redactar sus memorias, que aparecerán antes de fi n de año. Pero, sobre todo, el ex canciller parece decidido a valorizar su agenda, en la que fi guran los nombres de todas las personalidades importantes del mundo. Su mejor carta de presentación es su amistad con el líder ruso Putin. Por esa razón, sin duda, fue contratado por el banco Rothschild y por un grupo minero, para aconsejarles en sus actividades en Europa del Este. Por último, también fi rmó como conferencista con la agencia Harry Walker a un promedio de 90 mil dólares por intervención. Sin embargo, antes de iniciar esa nueva actividad, pasó un mes en Escocia perfeccionando su pronunciación del inglés. Además, como todos los ex cancilleres alemanes, Schroeder recibe una pensión vitalicia que equivale a 70% de su salario. Actualmente, esa cifra se eleva a unos 15 mil dólares mensuales. Sin embargo, no sólo las grandes estrellas de la política ganan auténticas fortunas cuando se alejan del poder. Otros dirigentes de menor jerarquía se convierten en consultores, asesores de empresas o ingresan a las grandes sociedades en el momento en que dejan sus cargos oficiales. Paul Volcker, que fue presidente de la Reserva Federal, se convirtió en gran asesor de fondos privados de inversión. Su sucesor, Alan Greenspan, otro pupilo de la agencia Washington Speakers, comenzó verdaderamente a hacer fortuna el día que dejó la presidencia de la Fed, en enero de 2006. Para comenzar su nueva vida, recibió 8,5 millones de dólares de anticipo por la publicación de sus memorias. A pesar de haberse alejado de la vida pública, continúa haciendo temblar el mundo de las fi nanzas con las interpretaciones económicas que destila en sus conferencias, por las que recauda entre 90 mil y 150 mil dólares. Son muchos los ex dirigentes –primeros ministros, cancilleres y ministros– que suelen capitalizar su experiencia política como asesores de empresas. “Tener nombres importantes en el staff de una empresa, ayuda a abrir puertas”, suele decir Samuel Hayes, profesor de la Harvard Business School. Ese principio, tan viejo como las relaciones entre el mundo político y el universo de los negocios, no reconoce fronteras: sin duda, tiene tanto valor aquí como en el resto del mundo. El mayor negocio de los ex políticos es, sobre todo, haber ejercido el poder. Después, sólo se trata de saber administrar ese capital.


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