F1 EN INDIANAPOLIS: CELOS AL VOLANTE

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El Gran Premio de Estados Unidos fue acaparado por las peleas dentro de la escudería McLaren. El actual campeón, Fernando Alonso, buscó detener el ascenso de su compañero, el británico Lewis Hamilton, que a meses de su debut pretende conquistar el torneo y el mundo. Envidias y traiciones matizaron una jornada de sol y altas velocidades sobre la mítica pista de Indianápolis.

Texto: Carlos Saveiro / Fotos: AP

F1 US Grand Prix Auto Racing

Belleza americana. Las muchachas animaron el Gran Prix de Indianápolis.

Indianápolis, la ciudad del Medio Oeste, se disponía a vivir una fiesta. Los organizadores habían hecho grandes esfuerzos por difundir el Gran Premio de F1 entre el público local y parecían haberlo logrado. No sólo asistieron los habituales amantes de la velocidad, sino también gran cantidad de muchachas que se doraron al sol, entre ellas, numerosas brasileñas que se sintieron como en su país y rápidamente aflojaron sus ropas. En cambio, para otras, la jornada fue menos placentera, una de las bellas encargadas de sostener el cartel con el nombre de los pilotos se desmayó debido al calor y a sus nervios. Algunas de las concurrentes, como en un concierto de música pop, vivaban a los más apuestos automovilistas. Uno de los más favorecidos era el español Fernando Alonso, piloto del equipo McLaren-Mercedes, ganador de los dos últimos campeonatos mundiales con la escudería Renault. Tras el retiro del alemán Schumacher y con el arribo a una escuadra con mayores aspiraciones, el ibérico pensaba convertirse en el principal animador del circo de la Fórmula 1. Pero un nubarrón desdibujó sus sueños de gloria. Ni los suspiros de sus admiradoras, ni los tiempos registrados en los días previos parecían contrarrestar la tensa calma que envolvía a su entorno.

Hamilton sufrio el acoso de Alonso Gran Prix

Enemigo interno. Las principales pugnas se libraron dentro de cada escudería. Hamilton sufrió el acoso de Alonso mientras las Ferraris luchaban por el tercer puesto.

Si bien el piloto había logrado el mejor tiempo en las vueltas preparatorias (1:11:925), temía que se repitiera la “inadmisible” actitud de su ladero, Lewis Hamilton, piloto número dos de McLaren. Entusiasmado y sin reparos por las envestiduras, el británico –proveniente de un hogar humilde, hijo de un inmigrante de Trinidad y Tobago– ha cosechado cuatro segundos puestos en Malasia, Bahrein, España y Francia. Pero unas semanas antes había dado el golpe más certero: logró subir a la cima del podio en el Gran Premio de Montreal mientras su coequiper lograba un olvidable sexto puesto en una carrera caótica –el polaco Robert Kubica chocó su BMW Sauber a 300 km/h y casi pierde la vida–. Con lo cual, miraba desde la cima de la tabla de posiciones al español, quien sin haber realizado un mal campeonato tenía dos puntos menos. Lo cierto es que después de las felicitaciones iniciales, Alonso comenzó a sentirse como aquellos alumnos aplicados que gozan del favoritismo de la maestra hasta que un día otro niño, más obsecuente, logró desplazarlo. Con cierto tono confidencial, musitó: “Desde el primer momento no he estado del todo cómodo en McLaren”. Los tabloides británicos, lejos del equilibrio, arremetieron contra el español que, como quien declara una guerra, disparó: “Estoy con un compañero inglés, que viene trabajando muy bien, en un equipo inglés, y sabemos que todo el apoyo y las ayudas son para él”. Y para colmo, acotó: “Me es indiferente lo que diga la prensa inglesa. Sabemos cómo es”.

Si bien Fernando Alonso, el bicampeón mundial, había logrado el mejor tiempo en las vueltas preparatorias de Indianápolis, temía que se repitiera la “inadmisible” actitud de su ladero, Lewis Hamilton, piloto número dos de McLaren. El británico ha cosechado cuatro segundos puestos en Malasia, Bahrein, España y Francia. Pero unas semanas antes había dado el golpe más certero: logró subir a la cima del podio en el Gran Premio de Montreal mientras su coequiper lograba un olvidable sexto puesto.

Con sus dichos, se abrió el fuego entre ambas orillas del Canal de la Mancha, un enfrentamiento inédito desde la batalla de Trafalgar, y el ruido duró hasta que el director de la escudería, Ron Dennis, con voz de mando, afirmó: “Los dos pilotos disponen de un equipamiento idéntico, de una ayuda idéntica y de oportunidades iguales para ganar”. Según trascendidos, las palabras de concordia de Dennis y un acuerdo tácito habrían logrado frenar la “Guerra Civil de los McLaren”. Aparentemente, el piloto que lograra el mejor tiempo en el primer entrenamiento del sábado, previo a la competencia, escogería la estrategia a seguir. Es decir, la cantidad de gasolina y la vuelta en la que realizarían la asistencia en boxes. Considerando que Indianápolis era el primer lugar donde se ratificaría el concordato, Alonso se lució en los entrenamientos y superó en tres oportunidades al británico: entonces, la estrategia estaría a su cargo. Eso creía. Pero Dennis dio marcha atrás sobre sus palabras y replanteó la estrategia antes de realizar la famosa prueba Q-3, tercer ensayo de gran relevancia –ya que decide la pole position del domingo y marca la posibilidades de coronarse ganador–. De ese modo, a Hamilton le tocó –al igual que en Canadá– realizar primero el reaprovisionamiento en boxes. Pese a sus buenos tiempos, Alonso debía resignar en pos de los intereses de McLaren el primer puesto en la línea de partida. Sabiendo que su suerte estaba cantada, el español cruzó la línea de meta sin acelerar al máximo, mientras su compañero lograba la primera posición para la gran carrera. Intentando tomar ánimo frente al desplante de su jefe, Alonso declaró: “En lo personal, Indianápolis es muy importante para mí. Tengo un trofeo de todos los circuitos en los que hemos competido, ya sea por llegar primero, segundo o tercero; en todos menos en Indy”.

Las pistas de Indianápolis servían nuevamente de escenario para una emocionante batalla. Fernando, sin descanso, acorralaba a Hamilton como un perro de presa. En la vuelta 38 se vivió el punto culminante, cuando el español alcanzó a su colega en la curva de entrada a la recta y su victoria parecía cantada: maniobró hacia ambas puntas para pasarlo. Pero el inglés zigzagueó –de manera discutible–, cerrando su paso. Alonso, luego, diría que aminoró su presión porque “es mejor ocho puntos, que ninguno”.

EL GRAN DIA

Lewis Hamilton, Fernando Alonso

Hamilton bebe la gloria mientras Alonso saborea las amargas mieles de la derrota.

Indianápolis es una de las paradas más emotivas del calendario, tanto para los aficionados como para los conductores. Es habitual verlos admirar los viejos adoquines que constituían la mítica pista donde se libraron arduas batallas del automovilismo y que ahora yacen expuestos en la línea de llegada. Las 73 vueltas se realizan en el circuito que –tras haber sufrido ciertas remodelaciones– mantiene parte del tradicional óvalo de 2,5 millas (4,023 kilómetros), empleado para las 500 millas de Indianápolis. A diferencia de este certamen, los bólidos de la F1 circulan en el sentido de las agujas del reloj, debiendo enfrentar curvas ciegas y una extensa recta en la que llegan a alcanzar una velocidad de 320 km/h. Aunque las 250.000 localidades parecen imposibles de cubrir, desde la mañana del domingo 17 de junio los seguidores llegaron dispuestos a disfrutar del llamativo ambiente: mujeres ligeras de vestimenta, locales de comida de todo tipo, promociones y obsequios para seducir a los consumidores; sumado a locuaces vendedores de merchandising que se combinaban con una babélica hueste de fanáticos de los motores, curiosos que van a las carreras como al zoológico, ingenieros ultraespecializados, periodistas trilingües, corsarios de ocasión y empresarios de todo el mundo. Por lo visto, el sol salía para todos menos para Fernando. El descortés debutante británico intentaba alivianar la cuestión diciendo a la prensa: “Estoy como en una nube. Me siento feliz por el equipo”. Y para callar a los suspicaces, mitigó: “No me esperaba este resultado, sobre todo después de ver que Fernando ha sido todo el fin de semana el más rápido”. Así fue que el bicampeón volvió a ubicarse tras la máquina del inglés, nuevo hijo dilecto de la compañía. Mascullando broncas, invocando a su Dios, Alonso se dirigió a su McLaren jurando tomar venganza. Los segundos iniciales de una carrera son puro vértigo. Tanto los espectadores como los pilotos contienen la respiración. Éstos deben sopesar sus ánimos e impedir que la ansiedad los desborde para encontrar tácticas y estrategias acordes a sus expectativas. Algunos pretenden –simplemente– culminar la carrera, otros piensan en mejorar sus antiguas marcas y sólo algunos sueñan con una corona de laureles. Pero podemos sospechar que ese día, el español sólo pensaba dejar atrás al “imberbe” de altaneros modos, derrocar a la nueva promesa y demostrarle a los directivos de McLaren que por algo lo habían contratado a él como piloto insignia. A su vez, dos Ferrari partían en el tercer y cuarto puesto, conducidas por el brasileño Felipe Massa y el finlandés Kimi Raikkonen.

Lewis Hamilton

La Mc Laren del ganador en el momento preciso que cruza la línea de llegada.

Su amenaza no atemorizaba tanto a Fernando como el espectro de Hamilton alzándose con el trofeo. Pero el automovilismo es generoso y pocos segundos después del arranque, Alonso tuvo una oportunidad para colmar su sed de venganza: en la primera curva colocó su auto a la par de la del inglés, pero éste tornó su McLaren hacia la derecha e impidió el paso. “Era mi compañero de equipo”, dijo más tarde para justificarse cuando se le preguntó por qué no se jugó entero en ese fugaz instante. En la primera parada en boxes, se comprobó que ambos implementarían estrategias similares. No cambiaron nada para continuar con el mismo juego. Sin embargo, con el correr de los minutos, Alonso se volvió más y más agresivo. Vuelta a vuelta, esperaba quebrar la resistencia de un Hamilton con serios problemas: debido a las altas temperaturas, en sus neumáticos aparecieron ampollas que sólo se corrigen reduciendo la velocidad. Por lo cual, la suerte del debutante parecía agotada y el campeón –ahora convertido en retador– amenazaba con recuperar su honor y volver a España con la frente en alto. Es posible que Lewis haya recordado los célebres duelos protagonizados por Schumacher y Alonso durante el campeonato pasado, en donde él, todavía espectador, admiraba desde las gradas. Las pistas de Indianápolis servían nuevamente de escenario para una emocionante batalla. Fernando, sin descanso, acorralaba a Hamilton como un perro de presa. En la vuelta 38 se vivió el punto culminante, cuando el español alcanzó a su colega en la curva de entrada a la recta y su victoria parecía cantada: maniobró hacia ambas puntas para pasarlo. Pero el inglés zigzagueó –de manera discutible–, cerrando su paso. Alonso, luego, diría que aminoró su presión porque “es mejor ocho puntos, que ninguno”, sin dejar traslucir si, realmente, se conformó con el segundo puesto o quiso evitar que las fricciones en la pista terminaran por dejar fuera de carrera a ambas McLaren. Debe haber calculado que su objetivo individual no podía atentar contra el bien colectivo. Mientras tanto, a pocos segundos de diferencia, las Ferrari libraban un duelo análogo –sin la manifiesta enemistad– por el tercer puesto que, para alegría de las ruidosas espectadoras de Brasil, lo alcanzó Massa. Terminada la carrera, un Hamilton victorioso y un Alonso agridulce se cruzaron en el podio. Otra vez el “Tiger Woods de la F1” miraba desde la cima. Aunque muchos creen que el debutante se mareó en las alturas, lo cierto es que Lewis extendió su brazo y le propinó unas palmadas al hombro del asturiano con cierto dejo de burla, como diciendo “Oh, baby, no llores”. Como un torero enardecido, como un rey depuesto, Fernando respondió con una mirada odiosa. Por suerte, esto no llegó a mayores y después de abrir las botellas de champagne, los compañeros regalaron unos abrazos y unas sonrisas para el público, las cámaras de TV y sobre todo para los directivos de McLaren, preocupados por las rencillas. Cuando las cabezas comenzaron a enfriarse y las botellas a calentarse, las riñas volvieron a resucitar. Tras su periplo en Indianápolis, el bicampeón amenazó: “Ahora comienza realmente mi campeonato mundial. Francia, Inglaterra, Alemania y Hungría son las carreras que me gustan y que he ganado”. Mientras la prensa británica lo tildaba de “niño llorón” y de “mal perdedor”, los rumores sobre invitaciones de otras escuderías para captar al nada despreciable talento de Alonso comenzaron a circular. Sus asistentes están tan defraudados como él y aseveran que: “El niño le copia todo y aprende deprisa. ¡Es una esponja!”. Ante tan ruidosas murmuraciones, desde los altos mandos de la escudería ordenaron a sus pilotos evitar las declaraciones sobre problemas internos. Los expertos aseguran que con la irrupción de Hamilton asistimos al nacimiento de una estrella. Además de gozar de los mismos dotes que su consagrado compañero, el británico saca ventaja de las atenciones especiales de los mecánicos del equipo, ya que él se crió en el seno de McLaren. Es habitual que si un debate técnico surge entre el piloto y los ingenieros, la razón sea de los segundos. Asimismo, es factible que la cúpula del equipo quiera sacar usufructo de la figura fotogénica de Hamilton, dueño además de una interesante historia, y que –por ser inglés– despierta notables proyecciones económicas. En las próximas fechas podremos observar si Lewis se conforma con ser el único piloto afroamericano en ganar un Gran Premio, o si quiere ser el primer novato que sale campeón del mundo en el año de su debut. Hasta ahora sólo se sabe que Hamilton es ambicioso y que el único capaz de impedir sus sueños de loas y laureles es su mejor rival, Alonso.


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