FELLINI: MENTIROSO Y GENIAL

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Empezó como dibujante y cuentista en Rimini, la ciudad veraniega de Italia donde nació. Pero en Roma, el cine lo ganó definitivamente. Debutó como director en el neorrealismo italiano de posguerra. Pero pronto su estilo subjetivo, onírico, voluptuoso, impuso un sello propio e intransferible. Aún hoy se dice que hay situaciones fellinescas. Junto a su musa y compañera de toda la vida, Giuletta Massina, hizo inolvidables películas. Flaco en su adolescencia, más gordo en el exito, sostenía con humor que como era un gran mentiroso, no desmentía todo lo que se decía de él porque nadie le creería. Cuando murió, en 1993, Federico Fellini había recibido cinco Oscar de la Academia de Hollywood.

Texto: Vicente Battista / Fotos: AFP

La Strada 1955

En 1955, el estreno de La Strada, uno de sus films más conocidos.

La escena tuvo lugar en Rímini, en esa ciudad veraniega al norte de Italia, acariciada por el mar Adriático. Sucedió el 20 de enero del año 1920. Al caer la tarde, Ida y Urbano no hicieron nada por disimular su alegría. Había razones para tanta felicidad: se acababan de convertir en padres, había nacido ese hijo que tanto esperaban y, para mayor fortuna, era varón. Un bello primogénito, sin duda, aunque algo flaco. Acerca de cómo se llamaría no hubo duda: Federico. Ida Barbiani creía en los horóscopos. Urbano Fellini no. Sin embargo, aceptó que su esposa acudiera a lo de una astróloga amiga: quería la carta astral de Federico. El niño era de Capricornio, con ascendente en Virgo. –Todo indica que será un artista –señaló la astróloga. Ida, ama de casa, y Urbano, viajante de comercio, poco tenían que ver con las artes. Sonrieron ante ese quimérico vaticinio y pusieron toda su atención en la crianza del pequeño. Cinco años más tarde comprobaron que la astróloga no estaba del todo errada. Federico había ingresado en el jardín de infantes del asilo San Vincenzo y ya asombraba a sus maestras por el modo desenvuelto con que hacía sus dibujos. Cuando ingresó a la escuela primaria ya no quedaron dudas de que el niño sería dibujante. Sin embargo, el dibujo, sobre todo esas caricaturas que hacía a mano alzada, le trajeron más de un disgusto. A veces el rector del colegio, el mismo que les obligaba a cantar: “Giovinezza giovinezza, primavera di bellezza”, los versos del himno fascista, lo sorprendía en mitad de una caricatura y el castigo era duro. No obstante, sus primeros dibujos los publicará en el primero y último número de La Diana, un boletín de la Opera Nacional Balilla de Rímini. Son las caricaturas de los participantes de un campamento de la organización juvenil del Partido Nacional Fascista: Campamenteros 1936, se titula el conjunto de dibujos. Los firma el joven Federico Fellini. Entonces tiene 16 años y más que las caricaturas le interesa su vecina de casa, la esquiva Bianchina Soriani, una adolescente de 14 años de quien se ha enamorado perdidamente y a la que retrataba sin descanso. Los padres de Bianchina se mudaron de Rímini dos años más tarde. Federico sabe de su primer desengaño amoroso, pero ahora le importa el Negocio de Artista que acaba de inaugurar. Se trata de un pequeño local que junto a su amigo Demos Bonini, también dibujante, han abierto cerca del duomo. Federico y Demos se ocupan de hacer caricaturas a pedido. Federico hace los dibujos, Demos los colorea; los firman con el nombre de Febo. A Urbano Fellini no le hace feliz la profesión que ha elegido su hijo, hubiera preferido algo menos artístico. A Ida, madre al fin, sólo le preocupaba que el chico no aumentara de peso. Se ha ganado el mote de Mahatma Gandhi y bien ganado lo tiene. Delgado hasta la exageración, Federico se niega a ponerse trajes de baño para evitar que se burlen de él. En tanto, su calidad como dibujante crece. Carlo Massa, el dueño del cine Fulgor, lo acaba de contratar para que haga las caricaturas de los actores y de las actrices que están de moda. Es el año 1938, los padres de Federico no tienen de qué quejarse: el nene por fin se gradúa en el Liceo. No por ello abandona su pasión por el dibujo. Una tarde entra en el living de casa agitando La Domenica del Corrieri. –¡Miren, miren! –grita.  Sus padres y su hermano Ricardo miran lo que Federico les señala. Se trata de una de sus caricaturas, la han publicado en la sección Colaboraciones de los Lectores, para Federico ése es el paso previo a la consagración. –Y hay más –dice, y de inmediato anuncia la otra buena nueva: 420, el semanario político-satírico de Florencia lo ha aceptado como colaborador permanente. Publicará sus dibujos y las viñetas y cuentos breves que firma con el seudónimo Fellas. –Es el destino –dice Ida ante el asombro de Urbano–, estaba escrito en la carta astral.

LAS LUCES DE ROMA

Fellini tras la camara,

Fellini tras la cámara, en las locaciones de Amarcord, una película en la que evocó a la ciudad de Rimini y a su infancia.

Unos meses más tarde se realiza una inesperada reunión familiar: Federico, su hermano Ricardo y su hermana Magdalena se enteran de que mamá Ida, Magdalena y Federico se establecerán en Roma. Papá Urbano y Ricardo se quedarán en Rímini. No son del todo claras las causas de esa decisión. Federico, por otra parte, no se ocupa de preguntar. Establecerse en Roma es uno de sus sueños imposibles que de pronto se hacen realidad. De Rímini quedarán mil recuerdos y otras tantas experiencias que se plasmarán en películas como Los inútiles y Amarcord. Roma abre sus brazos a Federico y lo recoge con el cariño que sólo se les brindan a los buenos hijos. Fellini sabrá responder a ese cariño; desde el mismo momento en que llega a la ciudad eterna se siente ligado a ella y jamás la abandonará. Le dedicará una de sus mejores películas –Fellini-Roma– y otras muchas tendrán sus calles por escenografía. Pero para esto aún falta. Ahora es el año 1939, ya Hitler invadió Polonia y poco después, el 10 de junio de 1940, Italia entrará en la Segunda Guerra Mundial. Federico, en tanto, se ha hecho muy amigo del pintor Rinaldo Geleng y comienza a colaborar intensamente en el bisemanario humorístico Marc’Aurelo; allí publica cuentos breves, viñetas y dibujos. Se aventura con los primeros guiones para espectáculos teatrales, de ese modo conoce a Ruggero Maccari, el autor que se ocupa de escribirle los gags al cómico de moda: Aldo Fabrizi. Una tarde, Maccari le presenta a Fabrizi. Fellini entrará en el mundo del espectáculo, ámbito que no abandonará jamás. Sin embargo, todavía no piensa que alguna vez estará detrás de las cámaras. En este momento sólo le interesan las caricaturas y los guiones que escribe junto a Maccari para el Ente Italiano de Audiciones Radiofónicas. La guerra ya es un hecho irreversible y el ejército italiano llama a los jóvenes a que se incorporen en sus filas. Fellini desoye ese llamado, y aunque aún no se lo puede considerar un desertor, es consciente del peligro que corre. En 1942 la guerra está en pleno apogeo. Fellini sigue rehusándose a ir al frente. Ahora tiene otro motivo para permanecer en Roma: acaba de conocer a una actriz, un año menor que él. Giulietta Masina se llama y es la integrante más joven de la compañía del Teatro Cómico Musical de la EIAR. ¿Amor a primera vista? Es difícil de precisar. A Federico le gustan las mujeres altas, voluminosas; Giulietta, en cambio, es pequeña y frágil, no llega a pesar 42 kilos. Sin embargo, queda inmediatamente prendado. No resulta fácil planear citas, Giulietta vive bajo la vigilancia de su tía Giulia. Pero el amor todo lo puede. Federico insiste hasta que la tía Giulia acepta conocer a ese joven que pretende a su sobrina. Con el mismo arte con que supo conquistar a Giulietta, Federico conquista a Giulia. La exigente tía nada tiene para decir en contra de ese joven tan delgado y tan responsable, quien por  esos días trabaja en la oficina de la Alianza Cinematográfica Italiana, una empresa de Vittorio Mussolini, el hijo del ducce. Para Fellini, lo único positivo de ese trabajo es haber conocido a Roberto Rossellini a quien, de inmediato, considerará su maestro.

EL DESERTOR SE CASA

Fellini Junto a su esposa Giulietta Masina,

Junto a su esposa Giulietta Masina, en el club “Area” de New York.

A comienzos de 1943, las escuadras Camisas Negras salen a la búsqueda de aquellos jóvenes que no se alistaron para defender a la Italia fascista. Federico Fellini es uno de esos jóvenes. Sabe que haber trabajado en una empresa del hijo de Mussolini no amortiguará la pena. –He hablado con tía, puedes refugiarte en casa –dice Giulietta. La tía Giulia es declaradamente antifascista, y gustosa esconde en su hogar al novio de su sobrina. Federico casi no sale a la calle; sin embargo, muchas noches trepa por los techos con el único fin de dejarse caer en cualquier esquina y caminar aunque sólo sean unos metros. Al regreso de una de esas escapadas le pide a Giulietta que se case con él. Ella piensa que se trata de otra de las bromas de Federico, pero él se lo ha dicho de verdad. –Sabes que de ninguna manera puedes salir a la calle, ¿dónde celebraremos la boda? –pregunta Giulietta. –Aquí mismo –dice Fellini y antes de que Giulietta se lo pregunte, le explica de qué modo se hará–: En nuestro mismo piso vive el monseñor Luigi Cornagia dei Medici. Como es muy viejito, el Vaticano le permite dar misa en su casa. En el salón de su departamento tiene un esquinero que se abre y se convierte en un altar. Ya hablé con el monseñor y él está de acuerdo en celebrar la boda. –¿Cuándo? –pregunta Giulietta. –El 30 de octubre –dice Federico. A la ceremonia asisten Rinaldo Geleng y el actor Vittorio Caprioli, en calidad de testigos, y apenas ocho personas más. La luna de miel se celebra en el mismo departamento: Fellini continúa sin poder salir a la calle. Por fortuna, es un castigo que se extiende por unos pocos meses más: el 4 de junio de 1944 las tropas aliadas entran en Roma. Es el fin de Mussolini y el final de la guerra. Ahora hay que buscar el modo de ganarse la vida. Junto a otros caricaturistas, Fellini abre un local: The Funny Face Shop-Profiles, Portraits, Caricatures. Se ocupan de hacer, a pedido, la caricatura de los soldados norteamericanos que ocupan Roma. El negocio marcha sobre ruedas. Pero aunque la astróloga no lo haya dicho, el destino de Fellini será el cine: Roberto Rossellini va a buscarlo para que lo ayude a escribir el guión de Roma, ciudad abierta, la película que fundará el neorrealismo italiano. También lo necesita para que con su especial seducción Federico convenza a Aldo Fabrizi a que haga el papel de don Morosini, el cura asesinado por los nazis. Fellini lo convence. El 22 de marzo de 1945, Federico y Giulietta celebran la llegada de un hijo. Federichino lo llaman, pero la alegría dura apenas dos semanas: el bebé muere como consecuencia de una neumonía. Nunca más se plantearán tener otro hijo. En tanto, Rossellini termina la filmación de Roma, ciudad abierta. Contrariamente a lo que se esperaba, la crítica especializada y la mayoría del público reniegan de la película, tal vez no quieren recordar los horrores de la reciente guerra. Todo cambia cuando se estrena en los Estados Unidos. La consideran una auténtica obra de arte y de inmediato crítica y público adhieren a ese juicio. Alentado, Rossellini se consolida como director, invita a Fellini para que lo acompañe a recorrer la Italia devastada por la guerra: buscan escenarios para Paisà, su próxima película. El dibujo, la caricatura, han pasado a ser un mero hobby. Decididamente se vuelca al séptimo arte, aunque por ahora sólo escriba guiones e incluso dé algunos pasos como actor: en El milagro, una de las dos partes de la película El amor, dirigida por Rossellini, compone a un vagabundo que cree ser San José. Aún falta para que se ponga detrás de las cámaras. La invitación llega de parte de Alberto Lattuada. Giulietta Masina le aconseja que la acepte. –Recuerda que yo trabajo en esa película –le dice.

HOMBRE DEL NEORREALISMO

Una escena de La dolce vita,

Una escena de La dolce vita, estrenada en 1960.

Lattuada lo ha convocado para que codirija Luces de varieté. Fellini acepta. Lo que ha aprendido de Rossellini le sirve mucho. La experiencia junto a Lattuada también será positiva. Por fin, en ese mismo año 1951 dirige en solitario su primera película: El sheik blanco. Giulietta aprueba que Alberto Sordi haga el papel protagónico. De la música se ocupará Nino Rota. Fellini y Ennio Flaiano se ocupan del guión en base a una idea de Michelangelo Antonioni. El filme no seduce a la crítica. Esto no amilana a Fellini, que ya ha elegido su destino. Al año siguiente dirige Los inútiles, sus días de juventud en Rímini estarán fielmente reflejados en esa notable comedia dramática. En 1953 la película gana el León de Plata en el Festival de Venecia. Ese mismo año lo convocan para que realice uno de los episodios de El amor en la ciudad, un film colectivo que también tiene como directores a Carlo Lizzani, a Dino Risi, a Michelangelo Antonioni, a Maselli y Zavattini y a Alberto Lattuada. Fellini acepta esa propuesta y poco después convoca a su esposa para su próxima película. –Trabajarás junto a Anthony Quinn –le dice–, tu papel será el de Gelsomina Di Costanzo. Es justo para ti. No se equivoca. La strada gana el León de Plata en el Festival de Venecia, el Oscar en Hollywood y obtiene más de cincuenta premios en otras diferentes muestras. El nombre de Federico Fellini comienza a sonar con fuerza en el mundo entero. Junto a Giulietta llega a Estados Unidos, allí Burt Lancaster le propone que se integre a su productora con el fin de filmar una película en tierra norteamericana. Fellini prefiere Cinecittá y regresa a Italia. Su próxima película es El farsante, con Broderick Crawford en el papel protagónico. El nuevo gran éxito será Las noches de Cabiria. Giulietta Masina interpreta a Cabiria y la película conquista un nuevo Oscar.

LA DOLCE VITA

Federico Fellini Oscar de manos de Sophia Loren y Marcello Mastroianni

El director recibe el Oscar de manos de Sophia Loren y Marcello Mastroianni, actor por el que desechó alguna vez a Paul Newman.

Fellini comienza a abandonar las pautas del neorrealismo, impone su propio y personal estilo y, sobre todo, su independencia frente a los grandes productores. Cuando decide filmar La dolce vita, tratan de imponerle que Paul Newman haga el papel del periodista Marcello Rubini. –Es un gran actor –dice Fellini, pero lo rechaza sin más vueltas. Había decidido que Marcello Mastroianni le diera vida a ese periodista y nadie podrá modificarle esa decisión. La dolce vita de inmediato conquista admiradores y detractores. Muchos críticos la consideran una joya cinematográfica. Los grupos ultracatólicos sostienen que se trata de un mensaje satánico. Durante una exhibición en Milán, Fellini debe aguantar insultos de todo tipo, más de un exaltado lo escupe. Sabe que esas son las leyes del juego y sabe que el triunfo está de su parte: La dolce vita obtiene la Palma de Oro en Venecia. El apellido Fellini gana la categoría de adjetivo; hay gestos y objetos que comienzan a ser “fellinescos”. En 1962 Cesare Zavatini lo invita a participar de Boccaccio ’70, un film colectivo en el que también intervienen Vittorio De Sica, Luchino Visconti y Mario Monicelli. El feretro de FelliniAl año siguiente filma 8 y 1/2. La película consolida definitivamente el nombre de Fellini: obtiene un nuevo Oscar y el Gran Premio en el Festival de Moscú. Ya no hay quien se atreva a discutir su genio y él mismo lo pone a prueba en las siguientes producciones. Fellini-Satyricón; Fellini-Roma; Amarcord; Y la nave va; y Ginger & Fred, son la mejor prueba de ello. En 1974, con Amarcord conquista su cuarto Oscar. Casi veinte años después, en 1993, la Academia de Hollywood le entrega el quinto Oscar en mérito a toda su carrera. Allí va Federico Fellini a recibirlo, lo acompañan Giulietta Masina, Sophia Loren y Marcello Mastroianni. También lo acompaña una artritis dolorosa que apenas le permite moverse. Sabe disimular ese malestar y recibe el premio con una sonrisa. Es Giulietta Masina quien desde la platea no cesa de llorar. Son lágrimas de emoción o porque oscuramente intuye que a Federico no le queda mucho tiempo de vida. Lamentablemente, no se equivoca. Al regresar a Italia, Fellini sufre un ataque cerebral. Lo internan en el Hospital Policlínico de Roma, pero ya hay poco que hacer: muere el 31 de octubre de 1993. A lo largo de su vida se proclamó un gran mentiroso. Dijo que no se preocupaba por desmentir las mentiras que en torno de él se labraban: “Ya que soy un mentiroso, nadie me creería”, aseguraba. Tal vez tenía razón, poco importa. La única verdad son sus películas; algunas de ellas verdaderos hitos en el cine de todos los tiempos.


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