FRANK GEHRY: VIVITO Y COLEANDO

0

A sus 86 años recién cumplidos, el creador del Museo Guggenheim de Bilbao no piensa en retirarse, sino en seguir haciendo historia con sus espectaculares construcciones. Si algo ha dejado claro la muestra antológica que acaba de clausurar el Centro Pompidou en París es que Frank Gehry es uno de los arquitectos fundamentales del siglo XX, y también del XXI. Una de sus últimas gemas es el espectacular edificio que levantó en la capital francesa de la Fundación Louis Vuitton.

Texto: Javier Villagarcía (Euronews) / Fotos: Monica Sorkin / Jonathan Silver / Oscar Rodríguez / Amy Sullivan / Evan Sherwood

ARCHITECT FRANK GEHRYEs el arquitecto del momento, una estrella que muchos países e inversores soñarían con contratar. Frank Gehry (Toronto, 1929), premio Pritzker 1989, es probablemente el arquitecto vivo más buscado del mundo. A los 86 años se ha convertido en máximo protagonista cultural. En España ha recibido el Príncipe de Asturias. Y en París, además de la retrospectiva que ha clausurado semana atrás el Centro Pompidou –con 204.626 visitantes, cifra nunca alcanzada antes por una exposición de arquitectura y que sitúa la muestra en la lista de récords históricos de la institución–, ha inaugurado recientemente la nueva sede de la Fundación Louis Vuitton, espectacular edificio construido por Gehry en el Bois de Boulogne, al noroeste de París.
Otra de sus últimas gestas se dio en Sidney (Australia). Se trata de un edificio ondulante que costó 140 millones de dólares. Bautizado “Dr. Chau Chak Wing” en honor a un empresario y filántropo chino-australiano, se transformó en la sede de la University of Technology Sydney (UTS, por su sigla en inglés). La construcción ha llamado la atención por su estética y rareza, que la ha llevado a ser comparada por el gobernador general de Australia, Peter Cosgrove, como la “más hermosa bolsa de papel arrugada”.
Cuando terminó el Museo Guggenheim de Bilbao en 1997, este arquitecto-inventor-artista, al que le gusta decir que muchas de “sus locuras” son un homenaje a Don Quijote, se encontró a sí mismo en una posición no demasiado alejada a la de Miguel Angel tras su intervención en San Pedro del Vaticano: ser un revolucionario de la arquitectura contemporánea
ALMA MAGAZINE: En estos últimos meses inauguró un impresionante museo en París mientras el Centro Pompidou celebró su trayectoria. En España, le han otorgado el Príncipe de Asturias. ¿Qué siente ante tanto reconocimiento?
FRANK GEHRY: Es muy sospechoso. (Risas) Siempre trabajo con una inseguridad saludable, así que no me acabo de creer todo esto. Es bonito, te sientes bien, pero es secundario. Es algo que no puedo explicar.
AM: El presidente francés ha descrito la Fundación Louis Vuitton como “una catedral de luz”. Otros invitados de la inauguración nocturna han visto un barco de vela, un pez, una nube. ¿Qué es al final?
F.G.: Todo. Hay todo tipo de metáforas. Soy marinero, navego, y cuando utilizas vidrio no puedes colgar cuadros, por lo que el auténtico edificio que está dentro es un doble edificio, y se ha convertido en un conjunto de velas en el interior del parque.
AM: ¿Dónde obtuvo la inspiración para proyectar un edificio tan extraordinario?
F.G.: Primero me inspiró París, luego lo sagrado del lugar. El Jardín de Aclimatación es un parque del siglo XIX, donde jugaba el escritor Marcel Proust. Eso ha sido muy inspirador. Todas las decisiones están ahí: la base líquida, que hace referencia a los estanques y los lagos del bosque, los reflejos de las copas de los árboles. Además, tengo un cliente, Bernard Arnault. En cierto punto, es una especie de artista. Es ingeniero, pero tiene mucha experiencia en el mundo del diseño, por lo que sabe trabajar con los artistas, con gente creativa.
AM: Usted habla de Bernard Arnault, propietario de Moët Hennessy – Louis Vuitton. El le encargó el proyecto tras su visita al Museo Guggenheim de Bilbao. ¿Cómo es de importante el museo en su carrera?
F.G.: ¿Bilbao? ¡Dios mío! No sé qué porcentaje, pero fue muy importante. Sin embargo, esto no es una remake. Veinte años después, ni el mejor arquitecto puede repetir el mejor edificio. El Guggenheim transformó la ciudad, económicamente todo el mundo salió ganando. Y fue un proyecto modesto, de 97 millones de dólares en 1997. En Bilbao teníamos el río cerca de una ciudad del siglo XIX, un puente gigante, y una capital deprimida por la crisis de la industria del acero y los astilleros. Así que usamos el acero para ayudar a la economía local, y buscamos esa aleación de titanio porque en Bilbao llueve mucho y el titanio con el agua se vuelve de color oro, es un milagro. Dieciocho años después la ciudad se ve muy diferente, ahora tiene una apariencia próspera y estoy muy contento por ello; es un milagro de alguna manera.
AM: Muchas ciudades querrían tener su propio Guggenheim y contar con usted.
F.G.: Sí, pero no me contratan. Contratan a otros arquitectos. Pero es interesante, ¿no? Es gracioso. No me quieren a mí, quieren a otra persona para que haga el proyecto y a veces no es posible.
AM: Como arquitecto, ¿puede prometer el mismo impacto a otra ciudad o a un inversor rico? ¿Es posible?
F.G.: No lo puedo prometer, pero ha ocurrido varias veces. Sucedió en Disney Hall, también en Chicago… Tal vez haya tenido suerte.
AM: ¿No considera que los arquitectos piensan demasiado en sus edificios y se olvidan de las ciudades?
F.G.: El urbanismo está en manos de las corporaciones de constructores, las grandes firmas del ladrillo y el paisaje. Nosotros somos arquitectos y servimos a los clientes. Ellos nos invitan, nosotros no podemos llegar e imponernos. Las grandes firmas no llaman a los arquitectos, tienen los suyos. Yo lo intenté en Brooklyn, pero fracasé. Habrá que seguir intentándolo. Quería hacer un plan de ciudad escolar, y no salió. Lo retrasaron varias veces, llegó la crisis y fue imposible. En Estados Unidos, el urbanismo está muerto. Y los arquitectos no contamos para nada. Hay que meterse demasiado en política. Y a veces ni eso sirve.
AM: Hace nueve años, en un documental que dirigió Sidney Pollack, usted dijo: “Quiero esconderme bajo las sábanas cuando mis edificios abran al público. Me da pánico lo que pueda pensar la gente”. ¿Lo sigue pensando?
F.G.: Sí. (Risas) Si dejamos de lado mi caso, sé que algunas personas, cuando han realizado construcciones importantes u otras cosas, se sienten muy orgullosas de ellas mismas. Para mí es difícil comprenderlo, quizá sea falsa modestia, pero así es como soy, no puedo evitarlo. Cuando trabajo en una nueva construcción, lo llamo inseguridad positiva porque nunca estoy seguro de mí, nunca sé si lo que voy a hacer lo haré bien.

“Cuando trabajo en una nueva construcción, nunca sé si lo que voy a hacer lo haré bien.”

AM: Algunas personas describen su talento como una ‘brillante locura”’.
F.G.: ¿Brillante qué?
AM: Locura.
F.G.: ¡Locura! En realidad, no es tanta locura. Soy un ser humano, tengo ADN humano y no puedo escapar a la limitación humana. Muchos grandes artistas han sido tildados de locos, así que debería sentirme halagado.
AM: Usted tiene muchos proyectos en marcha. Un nuevo Guggenheim esta vez en Abu Dhabi, un campus de Facebook en California, el Memorial Eisenhower en Washington. ¿Ha pensado en rebajar el ritmo o en retirarse?
F.G.: Lo estoy pensando justo ahora, me gustaría acostarme, pero no sé hacerlo. (Risas) Aún disfruto de este oficio, aunque no sea perfecto. He tenido mis altos y bajos, pero todavía me gusta. Además, adoro conocer gente. Cuento con un gran equipo. En cierto modo, tengo la misión de reautorizar al arquitecto en mi ecuación. Hoy en día un arquitecto es menos importante que un contratista y quiero volver al punto en que el arquitecto debe ejecutar el proyecto. La única razón de construir edificios más expresivos es la de humanizarlos. Las cajas de cristal opaco son elementos fríos, poco amables, por lo que intento cambiar eso.
AM: ¿Qué arquitectos jóvenes le resultan interesantes en este momento?
F.G.: Esa es una pregunta algo comprometida. Me interesan mucho Greg Lynn, Zaha Hadid, Rem Koolhaas, Thom Mayne y Kevin Daly.
AM: ¿De dónde surge su imaginación?
F.G.: La inspiración está en esa papelera. Mire ahí dentro; piense en las cavernas; los espacios, las texturas que contiene esa papelera. Buena parte de mi imaginación está ahí. Los escritores, los pintores tiran sus errores a un cesto. En mi caso, saco los míos, arrugo trozos de papel y los transformó en torres y palacios para la música; en hospitales de metal que parecen derretirse bajo el sol; en edificios de oficinas que bailan abrazados.


Compartir.

Dejar un Comentario