GENOCIDIO ARMENIO: EL GRITO QUE NO CESA

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Aquella “limpieza étnica” ejecutada por Los Jóvenes Turcos hace 92 años, en lo que era el Imperio Otomano, arrasó con la vida de 1,5 millones de armenios. Unos eran cristianos, primera minoría y considerados ciudadanos de segunda. Los otros, musulmanes, detentaban el poder. Turquía sigue rechazando el término “genocidio” y aduce que aquello fue un enfrentamiento racial, agravado por las condiciones de la Primera Guerra Mundial. Los testimonios de aquel horror lo desmienten. Esta nota los evoca.

Texto: Oscar Rolando / Fotos: AP

Mientras la Cámara de Representantes de Estados Unidos parece inclinarse por reconocer la existencia del genocidio armenio –cruel exterminio planificado de un millón y medio de personas en el Imperio Otomano, en 1915–, los gobiernos de Armenia y Turquía aceleran sus gestiones de lobbying, uno para que la resolución sea aprobada y el otro para que el gobierno de George W. Bush bloquee la iniciativa. Todo hace suponer que en este momento Armenia está en mejores condiciones que nunca para conseguir el reconocimiento de ese trágico hecho del pasado. En primer lugar, porque varios países de peso en Europa –como Francia y Rusia– se han alistado entre quienes condenan el genocidio; y en segundo lugar, porque Armenia está organizada democráticamente, con un Parlamento pluralista. A comienzos de febrero, el propio canciller turco, Abdullah Gul, viajó a Washington para convencer a la Casa Blanca de que no deje avanzar la resolución. Pero la nueva mayoría demócrata parece resuelta a no ceder. Sugestivamente, el ministro pudo ver a Condoleezza Rice, pero no fue recibido por Nancy Pelosi, la nueva speaker de la Cámara Baja. El genocidio armenio sigue teniendo vigencia, a pesar de los años que han transcurrido y de tantos cambios políticos que se produjeron en el mundo. Y aún hoy es un violento revulsivo dentro mismo de Turquía. El asesinato del periodista turco-armenio Hrant Dink en enero de este año, crítico del genocidio, en manos de un fanático nacionalista, lo de muestra. Mucho más, cuando ese hecho apresuró el exilio en Estados Unidos del Premio Nobel de Literatura turco Orhan Pamuk. El escritor, que dejó Turquía en febrero pasado, había recibido múltiples amenazas ultranacionalistas por sus comentarios sobre el genocidio y hasta había sido llevado a juicio por ofender la “identidad turca”, pero finalmente no fue condenado. Pamuk se había negado a vivir acosado y rodeado de guardaespaldas. La dimensión de aquella “limpieza étnica” de los armenios, mayoritariamente cristianos, a manos de los turcos-musulmanes, en el Imperio Otomano entre los años 1915 y 1916, la dan las dramáticas cifras: de los 2,5 millones de armenios que vivían en el territorio imperial, 1,5 millones sucumbieron ante esa verdadera cacería. En todo el mundo, la tragedia se conmemora cada 24 de abril, ya que en ese día de 1915 trescientos líderes, escritores, pensadores y profesionales armenios residentes en Estambul (en ese entonces Constantinopla) fueron rodeados y asesinados, y en otros casos deportados. Pero mucha más sangre corrió ese día: en la misma ciudad, otros 5.000 armenios pobres fueron muertos en las calles y en sus hogares. Aunque casi todo el mundo coincide en la condena al genocidio, Turquía se niega a que sea utilizado ese vocablo para los sucesos de 1915. Para ellos no se trató de una matanza planeada, sino que las muertes se produjeron por igual entre armenios y turcos, a raíz de la violencia étnica, agravada por la existencia de un conflicto mayor como la Primera Guerra Mundial.

Los armenios que formaban parte del ejército fueron desarmados, ubicados en “batallones de trabajo” y finalmente masacrados. Los políticos y líderes intelectuales fueron rodeados… y también asesinados. Por último, las restantes víctimas fueron llamadas a sus casas, se les dijo que iban a ser “relocalizadas” y debieron marchar hacia campos de concentración…

Armenios1

Los Jóvenes Turcos

El genocidio fue planeado por Los Jóvenes Turcos, nombre popular con que era conocido un partido nacionalista y reformista, el Comité de Unión y Progreso (CUP). El grupo, que llegó al poder, tenía sus bases en sociedades secretas integradas en gran parte por jóvenes universitarios y cadetes militares. En el Comité convivían tres siniestros personajes: Mehmed Talat, Ismail Enver y Ahmed Djemal. Los tres ostentaban el titulo de Pasha, que equivalía al mayor rango oficial. Y se trataba de un trío eminentemente racista. El operativo de exterminio fue dirigido por una Organización Especial (Teshkilati Mahsusa), establecida por el Comité de Unión y Progreso, que regía la vida del imperio en esos años. Se crearon batallones dedicados a la matanza de armenios, integrados por criminales liberados expresamente de la prisión para hacerse cargo de esa funesta tarea. No todos los funcionarios del Imperio aceptaron las órdenes de efectuar el exterminio. Algunos gobernadores, como los de Ankara, Aleppo y Kastamonu, fueron depuestos y reemplazados de inmediato por no cumplir con las indicaciones. En general, los turcos humanitarios que intentaron proteger a los armenios terminaron asesinados por los batallones del CUP. Para los que han documentado la ignominia del genocidio armenio, la prueba central de que se trató de un operativo de esas características es que todo se produjo de una manera sistemática y centralizada, a cargo del gobierno de Los Jóvenes Turcos. En primer lugar, los armenios que formaban parte del ejército fueron desarmados, ubicados en “batallones de trabajo” y finalmente masacrados. Los políticos y líderes intelectuales fueron rodeados el 24 de abril de 1915 y también asesinados. Por último, las restantes víctimas fueron llamadas a sus casas, se les dijo que iban a ser “relocalizadas” y debieron marchar hacia campos de concentración levantados en el desierto ubicado entre Jerablus y Deir ez-Zor. En el camino, dadas las rígidas condiciones de temperatura y la falta casi completa de agua y alimentos, una gran parte de los armenios murió sin llegar a destino. Durante la marcha, además de negárseles con frecuencia agua y alimentos, muchos fueron víctimas de la violencia de sus temibles guardias (“marauders”). En algunas ciudades, como en Trebizond, ciudad de la costa del Mar Negro, hubo un ligero cambio de procedimientos: allí cargaron a los armenios en barcazas y luego se las volcó al mar. La historia oficial turca, al mencionar estos hechos, sostiene que los armenios sólo fueron retirados de la “zona de guerra” oriental. No hay documentos que avalen esa teoría: las muertes ocurrieron en toda la superficie de Anatolia (hoy Turquía), y no sólo en la zona de guerra.

“El gobierno turco sentía un desprecio indescriptible por ellos. Los armenios (y los griegos) eran como perros y cerdos, gente ideal para ser salivada en las calles, especialmente si sus sombras caían sobre un turco; se los ultrajaba todo el tiempo. Era el resultado de siglos de esclavitud, o sujeción al insulto y el desprecio, siglos en los cuales nada podía pertenecer a un armenio…”.

Ciudadanos de segunda

ARMENIA DEATH IN TURKEY

Recuerdos del dolor. Los 24 de abril se conmemora el aniversario del genocidio armenio.

En cambio, los testimonios de lo ocurrido en esos dos años trágicos son numerosos, y provienen de fuentes muy variadas. El embajador alemán, conde Von Wolff-Metternick (aliado de Turquía en la Primera Guerra), le escribió a su gobierno en 1916: “El CUP demanda la aniquilación de los últimos remanentes de los armenios, y el gobierno otomano debe inclinarse ante sus demandas”. Los cónsules germanos en Turquía –entre ellos Max Erwin von Scheubner-Richner, de Erzerum, que fue asesor político de Hitler en los años ’20– fueron testigos de los hechos. Años después, en las vísperas de enviar sus unidades mortales a Polonia, Hitler dijo a sus generales: “Vayan, maten sin piedad a todos aquellos que hoy recuerdan la aniquilación de los armenios”. Henry Morgenthau senior, embajador (neutral) de Estados Unidos ante el Imperio Otomano, envió un cable al Departamento de Estado en 1915 en estos términos: “Las deportaciones y excesos contra pacíficos armenios están aumentando y tomando en cuenta los crecientes informes de testigos; parece que estamos frente a una campaña de exterminación racial, bajo el pretexto de una represalia contra una rebelión”. Un año después, el sucesor de Morgenthau en Turquía, Abram Elkus, envió otro cable al Departamento de Estado: “Los Jóvenes Turcos continúan una política incontrolada de exterminación a través del hambre, el agotamiento y la brutalidad de un tratamiento nunca visto, incluso dentro de la historia de Turquía”. Sólo hubo un gobierno en Turquía, el de Damad Ferit Pasha, que reconoció oficialmente en 1918 la existencia del genocidio. Ferit fue más allá: presentó cargos de crímenes de guerra contra los líderes responsables del operativo, y las cortes turcas concluyeron que los jefes del gobierno de Los Jóvenes Turcos eran “culpables de asesinato”. El tribunal agregó sobre el genocidio: “El hecho ha sido probado y verificado”. Para la Corte, “la fachada pública fue la de ‘relocalizar’ a los armenios”. Agregó que los asesinatos se perpetraron a través de una “red secreta”, y que la decisión de erradicar a los armenios “no fue una decisión a las apuradas, sino el resultado de profundas y extensas deliberaciones”. Los condenados por la justicia fueron Ismail Enver, Ahmed Cemal, Mehmed Talât Bey y otros protagonistas de aquel gobierno. La pena fue de muerte.

El turco Premio Nobel de Literatura

Orhan Pamuk, el turco Premio Nobel de Literatura en 2006, debió exiliarse tras reconocer la “limpieza étnica” entre 1915 y 1923.

En 1914, al comenzar la Primera Guerra Mundial, la gran mayoría de los 2,5 millones de armenios que vivían en el Imperio Otomano profesaba la fe apostólica y a ellos se sumaba un número pequeño de católicos y protestantes, todos ellos cristianos. Aunque la población de armenios en Anatolia Este (Armenia Occidental) era grande y muy agrupada, también había importantes concentraciones en la parte Oeste del Imperio. Muchos vivían en la capital, Constantinopla. El estatus que tenían los armenios hasta fines del siglo XIX los sindicaba como ciudadanos de segunda clase, con muchos menos derechos legales que los musulmanes. Los armenios estaban exentos de servir en el ejército (debían pagar una tasa especial por esa gracia); sus testimonios en las cortes islámicas eran inadmisibles contra los musulmanes; no se les permitía usar armas y sus bienes eran fuertemente gravados. Al ser la más grande de las minorías del Imperio, los armenios eran “los más infieles” a los ojos de los musulmanes. El etnógrafo inglés William Ramsay describió la situación con estas palabras: “El gobierno turco sentía un desprecio indescriptible por ellos. Los armenios (y los griegos) eran como perros y cerdos, gente ideal para ser salivada en las calles, especialmente si sus sombras caían sobre un turco; se los ultrajaba todo el tiempo. Era el resultado de siglos de esclavitud, o sujeción al insulto y el desprecio, siglos en los cuales nada podía pertenecer a un armenio. Ni su propiedad, ni su casa, su vida, su persona o su familia estaban a salvo de la violencia –caprichosa, no provocada– que, si era resistida por medio de más violencia, llevaba a la muerte”. En la parte final del siglo XIX, el extenso gobierno del sultán Hamid suspendió la constitución en el reino, y el gobernante dispuso de vidas y haciendas a su antojo. A pesar de la presión de los países europeos centrales para que se tratara con menos rigor a las minorías cristianas, los abusos fueron in crescendo. Tras la victoria de Rusia sobre el Imperio Otomano en la guerra ruso-turca (1877-78), los vencedores tomaron el control de una parte del territorio habitado por armenios, pero luego cedieron el control con el Tratado de Berlín. Los rusos decían ser “los protectores de los cristianos” dentro del Imperio Otomano.

Reconocimiento

Para malhumor de Turquía, que ahora busca pisar firme en la Unión Europea, en las últimas décadas, varios países de gran influencia han reconocido sin reparos el genocidio armenio.

• El Parlamento Europeo votó una declaración especial en 1987.

• El presidente Bush (padre) llamó en 1990 a todos los norteamericanos a unirse con los armenios el 24 de abril para conmemorar “el más de un millón de personas que han sido victimizadas” en esa fecha.

• El presidente Clinton conmemoró la “tragedia” en 1994.

• La Cámara Baja del parlamento ruso –la Duma– votó en 1994 el reconocimiento del genocidio armenio.

• También en 1994 Israel condenó el exterminio, cuando el ministro Yossi Beilin proclamó en la Knesset, en respuesta a los reclamos del embajador turco, que “aquélla no fue una guerra. Fue una masacre y genocidio, algo que el mundo debe recordar”.

• El parlamento francés aprobó una moción que declaró “un crimen” negar la existencia del genocidio. La decisión enfureció a Turquía y constituyó una gran satisfacción para el pueblo armenio.

Genocidio Armenio 1

Después de la derrota, el gobierno otomano se fue debilitando durante los quince años subsiguientes, y esa situación hizo creer a los armenios que algún día podrían ganar la independencia frente al poder turco. Pero cinco años antes de que se desatara la Primera Guerra Mundial, el Imperio Otomano cayó bajo el control de Los Jóvenes Turcos. Hubo un tiempo de indefinición y algunos cambios de gobernantes que no guardaban relación con las verdaderas fuerzas del poder, y se llegó a situaciones paradójicas, como un fugaz apoyo armenio de Los Jóvenes Turcos. Incluso una de las figuras del liderazgo armenio, Gabriel Noradoungian, fue electo por el parlamento para servir brevemente como ministro de Asuntos Exteriores del país. Pero entre 1910 y 1912, el liderazgo de Los Jóvenes Turcos se dividió en varias fracciones. Algunas más liberales, prometían equilibrar el estatus de todas las minorías, y otras más extremistas se ubicaron en un terreno ultranacionalista y radical. Estas fueron las que predominaron, con su enfoque racista, hasta desembocar en la formación del CUP, que rechazó de plano los ideales liberales y tomó firmemente las riendas del país luego del asesinato del ministro de Guerra, Nazim Pasha, un liberal que cayó en enero de 1913. Al comenzar la Gran Guerra, el Imperio entró en ella apoyando los “poderes centrales”, y unidades de su armada atacaron bases navales y barcos rusos en el Mar Negro. Enver, nuevo y duro ministro de Guerra, lanzó una campaña desastrosa contra las fuerzas rusas, en pleno Cáucaso. Su ejército fue destruido en un 90%, y al retornar a Constantinopla, acusó duramente a los armenios que vivían en la región de la guerra de haber apoyado activamente a los rusos. Allí comenzó una acción creciente de propaganda contra los armenios que culminó con el genocidio.

 

 


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