GITANOS: UN PUEBLO NOMADA CUYA TIERRA ES EL MUNDO

0

Hace mil años sus ancestros partieron de la India y arribaron a América. Un millón de gitanos viven en Estados Unidos y otros tres en Latinoamérica. La sociedad los mira con atracción y prejuicio. Compran a sus mujeres, valoran la virginidad. Pero viven una sexualidad sin culpas. Un periodista rastrea costos y beneficios de ser gitano y latinoamericano. Un anciano quiere morir viajando; una adolescente chilena seducida y abandonada; un mexicano criado en un circo. Fragmentos de un mundo errante que nunca termina de desaparecer.

Texto: Felipe Real Fotos: Daniel Pessah y AFP

Vestimenta Gitanas

Coloridas, las faldas largas y abundantes ocultan las partes “impuras” de la mujer.

Los gitanos son uno de los pocos pueblos sin estado ni territorio. Su historia es una gran fuga que comenzó en el siglo X, cuando la antigua India fue invadida por musulmanes. Entonces se transformaron en nómadas. Así recorrieron Asia, Grecia, los Balcanes, el norte de Africa hasta pisar Europa en el siglo XIV. En cada reino ocurría lo mismo: aparecían con sus carros crujientes, carpas coloridas, mujeres adivinas y niños gritones. Si de pronto faltaba algo –un trozo de pan, un caballo, una joya– o una mujer amanecía embarazada, la culpa era –inevitablemente– de los gitanos. Acusados de prácticas contrarias a la moral, acababan acorralados y expulsados con o contra su voluntad. Tras su partida, siempre quedaron más preguntas que respuestas; más mitos que certezas se tejieron sobre el modus vivendis de estos inquietos vecinos, cuyo origen se pierde en las neblinas del tiempo al igual que sus caravanas en el polvo de los caminos. La sociedad europea les tendió una mirada ambigua. Los admiraban por sus espirituosos campamentos, animales exóticos y sus dotes como jinetes, músicos y amantes. Pero, además, germinaban visiones peyorativas. Los tildaron de ladrones, incultos, sucios, herejes, primitivos, adivinos, embusteros, irracionales, vagabundos, y caníbales. Los acusaron de ser demasiado astutos para los negocios y hasta de raptar niños para venderlos. Los vilipendia ron por maldecir a sus enemigos con sortilegios eternos, por no respetar autoridad alguna ni profesar amor por un dios único. Incluso los acusaron de robar las cartas del tarot a los Caballeros Templarios durante las Cruzadas y hasta de construir los clavos con los cuales se crucificó a Jesús. Esa incomodidad se cristalizó con el fin de la Edad Media, cuando comenzaron a ser sistemáticamente perseguidos ante la desarticulación de los feudos y el surgimiento de las alianzas nacionales con ideologías y religiones oficiales. Por lo cual, dominar al pueblo indómito fue una cuestión de estado. Desde el siglo XV hasta el XVIII, las nacientes naciones europeas establecieron políticas de persecución, tortura, destierro y exterminio hacia el pueblo Rom, verdadero nombre de los gitanos, también conocido como romaníes. En ese contexto, muchos fueron deportados a las colonias americanas. Con el tercer viaje de Cristóbal Colón, según documentos, arriban al Nuevo Mundo los primeros gitanos. Desde entonces no han cesado de llegar contingentes. Pero la migración se tornó masiva durante los conflictos de los Balcanes, preludio de la Primera Guerra Mundial. La tendencia se repitió en la Segunda Guerra, ya que el régimen nazi exterminó a casi un millón de los suyos. Muchos no pudieron enjuiciar al Estado alemán por carecer de documentos, consecuencia de su cultura ágrafa. América, para ellos, siempre fue un continente próspero que podría transitarse ejerciendo libremente sus oficios ambulantes. Sus caravanas se expandieron y hoy superan los 4 millones de integrantes, divididos en tres grandes grupos étnicos. En Norteamérica, abundan los kalderash: de origen húngaro, ruso y moldavo que solían viajar en carretas e instalar circos. Mientras que en Latinoamérica se encuentran, mayoritariamente, los boyash, provenientes de la ex Yugoslavia, Serbia, Montengro y Rumania. En todas las principales ciudades viven gitanos calé, de origen español, afamados por el baile flamenco. Tanto en Estados Unidos como en Brasil habitan un millón de gitanos. Camuflados e integrados en sus respectivas sociedades, se tornaron invisibles para mantener ciertos rasgos culturales. En cambio, la comunidad argentina, que supera los 400 mil integrantes, mantiene el estilo de vida de sus antepasados sin ocultarlo. México, por su parte, posee 500 mil romaníes, considerados impulsores de las artes escénicas y de los entretenimientos populares. En Colombia y Venezuela viven unos 14 mil. Aunque su tradición oral fue complementada por la escolarización, pese a los cambios que impone el mundo, su espíritu persiste.

Casamientos gitanos

Las fiestas de bodas duran días e incluyen “supervisar” la consumación del matrimonio.

Tanto en Estados Unidos como en Brasil habitan un millón de gitanos. Camuflados e integrados en sus respectivas sociedades, se tornaron invisibles para mantener ciertos rasgos culturales. En cambio, la comunidad argentina, que supera los 400 mil integrantes, mantiene el estilo de vida de sus antepasados sin ocultarlo. México, por su parte, posee 500 mil romaníes, considerados impulsores de las artes escénicas y de los entretenimientos populares. En Colombia y Venezuela viven unos 14 mil. Aunque su tradición oral fue complementada por la escolarización , pese a los cambios que impone el mundo, su espíritu persiste.

El viejo Nicolás

Dote gitanos

El padre del novio debe pagar una dote para casar a su hijo. Las vírgenes duplican el valor.

“Siempre serás bienvenido”, sugirió con afecto un gitano de piel dorada y cabello canoso, y rápido apuñaló: “Mientras no te camatrimoses con nuestras mujeres”. Una nariz peninsular marca la procedencia asiática y un bigote ancho surca su magullado rostro. El traje gris es tan arcaico como la entonación de sus palabras. Nicolás nació en una carreta repleta de baratijas junto a sus cinco hermanas y un mono que bailaba al son del acordeón. Por entonces, Argentina carecía de peajes y su familia recorría la Patagonia durante el verano e iban en invierno al norte. Entregado a la vida sedentaria, añora los tiempos en los cuales podía “gitanear”. Posa su mano en la nariz para recordar el aroma de los manzanos y el aire puro de las pampas. “Ahora mis nietos prefieren mirar televisión”, rumió el octogenario proponiéndose morir con el camino bajo los pies. Su familia encontró la manera moderna de ser nómadas: son camioneros, administran una lucrativa firma de transportes. Cualquier vecino de clase media envidiaría su amplio chalet, decorado con estilo“Gipsy kitch”: elefantes de cerámica, jarrones gigantes con rosas plásticas y caracoles marinos. La puerta de entrada, como en una carpa, está siempre abierta. Pero los cuartos internos se cierran celosamente con llave. La habitación matrimonial, en cambio, está dominada por una cama king size roja, con flores, corazones y arabescos. Las alfombras cubren todos los ambientes, ya que a veces comen en el piso, simulando estar en el campo. Sus ojos se encienden al hablar del matrimonio, institución que marca la dicha de su linaje. El amor gitano nace en secreto. Los adolescentes se besan a escondidas hasta que deciden vivir juntos y se fugan. Con la ausencia, el padre del enamorado se reúne con el de la novia para comenzar la negociación por el precio de la dote. “Pedir la mano de una chica, si no se tiene plata, queda feo. Pero aumentar el precio cuando el hombre llega con el dinero acordado, también”, sermoneó Nicolás al explicar que el clan audita la transacción. “Hace una década, todos los gitanos argentinos fijamos los precios por 100 años: 10 monedas de oro para las vírgenes y 5 las separadas, porque ya están usadas”, comentó. El valor de las primeras ronda los 3.000 dólares y debe ser en efectivo. “Mi casamiento lo arregló mi padre. No me puedo quejar: eligió bien. Pero yo ya dejé que decidiera mi hijo”, confesó el hombre, que poco a poco flexibiliza sus criterios. Lo que nunca aceptará es que su hija se haya casado con un payo (no gitano). “Es un deshonor para mí, para ella. Degrada a toda la familia”, protestó con una mano en el corazón. La ruptura de la endogamia, según sus creencias, produce la maldición de toda la descendencia. En caso de divorcio, la mujer regresa a la casa del padre y la comunidad analiza el hecho. Si la culpa es de ella, debe devolver un porcentaje de la dote. Si la mujer tiene razón, queda libre. “No gastamos en abogados”, se jactan. La virginidad de la novia también cincela el orgullo familiar. Las fiestas nupciales antes duraban tres días de diversión y bullicio. Ahora, por motivos económicos, suelen sintetizarse. Durante la noche de bodas, la pareja se acuesta en una cama con sábanas blancas. Al día siguiente, las abuelas deben controlar que las telas estén manchadas con sangre, señal de que la niña amaneció siendo mujer. ¿Qué pasa si los jóvenes vivieron otros momentos de pasión? Habitualmente, manchan las telas con sangre de gallina; aunque existen viejas malhumoradas que las refriegan a mano para averiguar su origen. Comprobada la hombría de él y la castidad de ella, la dama se presenta ante los invitados para que el padre le coloque un pañuelo alrededor de su cabello: señal de que ha sido una buena hija y será una digna esposa. Entonces, la alegría extrema sacude el tolderío. Impulsado por los recuerdos, Nicolás tomó el acordeón, mientras su hijo se sumaba al órgano. De pronto comenzaron un improvisado concierto. Atraídas por el sonido, las mujeres del barrio entraron a la casa y empezaron a bailar, moviendo el cuerpo como serpientes encantadas. Su música arrastra sonidos de todas las regiones transitadas por sus antepasados. Aires hindúes, compases griegos y arabescos se funden junto a zarzuelas, pasodobles y ritmos populares latinoamericanos. Para despedirse, el viejo alzó la mano: “Todos los criollos son bienvenidos”. Y como si hiciera falta, acotó: “Mientras no intenten casarse con nuestras mujeres”.

Gitanos kalderash

En EE.UU., donde viven 1 millón de gitanos, son mayoría los kalderash (rusos y moldavos).

Princesa gitana Con su pelo renegrido y piel broncínea, dejaba al andar un halo encantador y misterioso, como una sugestiva sombra hindú. Al caminar sus brazos largos y delicados flotaban con la gracia de la seda. La blusa minimalista (gad) exponía un escote de mujer floreciente, resaltado por un corpiño de menor talla, que contrastaba con la falda colorida (sunia), larga hasta los tobillos que intentaba esconder las redondas caderas y su fértil vientre. Según su tradición, la vestimenta tiene la misión de ocultar las partes prohibidas e impuras del cuerpo femenino (de la cintura hacia abajo) y exponer las nobles, de la cintura hacia arriba. Estela, de 16 años, embrujaba. A su paso, los hombres giraban la cabeza. Pero no con desprecio, habitual en Chile, sino todo lo contrario. La humilde familia –dedicada a reparación de sartenes de cobre– comprendía que había llegado el momento de conseguirle un buen marido y cerrar el enlace con una faraónica dote. Durante el pasado verano, Estela solía tomar fresco bajo los árboles de la Plaza de Armas de la ciudad balnearia chilena de La Serena, junto a sus amigas, mientras sus tías leían las manos a los crédulos, actividad con la cual sienten consagrada su astucia. Hasta que un día –sin darse cuenta– conoció a Enrique, un criollo de 17 urgentes años, vendedor de DVD’s falsificados y corsario de ocasión. Las hormonas fueron más fuertes que sus prejuicios y el muchacho la invitó a salir. Ella, por su parte, rompió el cerco tendido por los suyos y pudo verlo a solas. En medio de la clandestinidad, el donjuán apuntó: “Bolito but” (te quiero mucho), frase estudiada para la ocasión. Inventaron un sinfín de estrategias para lograr más instantes de intimidad. Los padres, mientras tanto, negociaban el enlace de su hija con el primogénito de una familia rica, dedicada a la venta de automóviles. Un día, las mentiras se tornaron insostenibles. Entonces, Estela insinúo a Enrique que sería suya si la albergaba en su casa. Los cíngaros entienden esta práctica como el inicio de las gestiones hacia el casamiento. No así los criollos. Semejante grieta cultural quedó al descubierto cuando todo el clan golpeó la puerta del “nido de amor”. El férreo hojalatero estallaba porque su nena había sido “profanada” justo cuando la familia del pretendiente iba a desembolsar una fuerte suma. Temiendo por su vida, el galán llamó a la policía para despejar su puerta y proteger a la adolescente, mientras el padre anunciaba potentes maldiciones gitanas y pedía la presencia de un médico para comprobar si había sido desflorada. Hoy Estela luce oxidada y sin magnetismo. Aunque el criollo la abandonó, ella no quiere regresar a la tribu. Por ese motivo quedó al cuidado de un juez, en una residencia estatal. Todavía sueña con usar el pañuelo que la marque como felizmente casada. La contrafigura de la princesita gitana es Graciela, una docente de un colegio católico, reducto aristócrata y conservador. Pelo lacio, sonrisa discreta, mantenía su belleza con esmero, aunque sus mejores primaveras ya habían pasado. Separada, su único pasatiempo era alquilar películas francesas y releer a Neruda. Nunca jamás imaginó que su príncipe azul sería romaní. Por sus clases habían pasado niños de la comunidad, destacados por su rapidez para las matemáticas, su talento musical y su carácter dulce. “Eran demasiado libres. Se descalzaban, dibujaban en el piso. Me daba pena ‘civilizarlos’ y los ataques que sufrían”, ensayaba la maestra hasta que un día conoció a un enigmático vendedor de carros usados, Marcus, quien galantemente la invitó a beber té gitano, una infusión de frutas hervidas. Ella percibió que la fuerza penetrante de esos ojos negros la cautivaba. Hasta que una noche él pasó a buscarla y la llevó a un motel. Allí realizó un rito: primero recitó versos indescifrables. Luego preguntó si quería ser su amiga, su amante o su esposa. Harta del celibato forzado, apostó por la segunda opción. El explicó que para amarlo, su entrega debía carecer de objeciones y sólo así podría descubrir la pasión de un gitano.

“Pedir la mano de una chica, si no se tiene plata, queda feo. Pero aumentar el precio cuando el hombre llega con el dinero acordado, también”, sermoneó Nicolás al explicar que el clan audita la transacción. “Hace una década, todos los gitanos argentinos fijamos los precios por 100 años: 10 monedas de oro para las vírgenes y 5 las separadas, porque ya están usadas”, comentó. El valor de las primeras ronda los 3.000 dólares y debe ser en efectivo. “Mi casamiento lo arregló mi padre. No me puedo quejar: eligió bien. Pero yo ya dejé que decida mi hijo”, confesó el hombre, que poco a poco, flexibiliza sus criterios.

Graciela experimentó, en carne propia, el talento oculto de los Rom. Se sentía la elegida y disfrutaba fogoneando su erotismo, por primera vez, sin culpas ni remotas ideas de pecado. Pese a la exigencia de la virginidad en el casamiento, desde siempre este pueblo asoció su libertad territorial a una sexualidad libre; la vida errante con la búsqueda de placer. Fascinada con la lección privada de cultura romaní, satisfizo los caprichos de su avezado amador, como si fuese el patriarca del campamento. Sin embargo, un día se topó con un deseo que no podía cumplir y dio un portazo: Marcus quería verla iniciar a su hijo de 16 años en semejantes menesteres. Sin dudar, lo abandonó. Desde entonces visita al psicólogo. “Pero palpito como loca cuando veo un gitano”, suspira.

Circo y cine trashumante

Bailes gitanos

La música de sus bailes evoca melodías griegas, arabes, flamenco, zarzuelas y pasodobles.

En un tiempo los gitanos eran los responsables de llevar diversión a los pueblos más olvidados y polvorientos de México. Caseríos de Sonora, Michoacán, Chiapas –incluso de Guatemala, Belice, Nicaragua– descubrieron las imágenes fílmicas gracias a las familias que peinaban el territorio con destartalados proyectores y generadores portátiles. Sus andanzas están registradas magistralmente por Lorenzo Armendáriz García, nieto de cíngaros, a través del proyecto Testimonios de vida de los Bojar-ludar, una minoría étnica de México. La introducción del home-video y las antenas parabólicas sellaron el final del épico oficio, interpretado por personajes homéricos, brotados del mismo celuloide. Actor, cantante y domador de fieras, Antonio, con ropas de mariachi y rostro de beduino, explicó que sus ancestros, en 1898, cruzaron el océano desde Rumania hasta un puerto a la vera de Mississippi. Ignorantes de la lengua, creyeron estar en México y desembarcaron para descubrir que pisaban un suelo equivocado, Estados Unidos. Transitaron un largo periplo para reencontrarse con sus hermanos. Por entonces, la frontera era porosa y los guardias más crueles y discriminatorios estaban del lado sur. Para ingresar a México, su bisabuelo trocó su apellido balcánico, Dominich, por otros más castizos: González Blancos. “Los soldados creyeron la mentira y los dejaron pasar. Aquí encontraron libertad y se quedaron para siempre”, comentó orgulloso. Otro aporte a la cultura mexicana, sostiene Antonio, es el impulso que sus paisanos les dieron a las artes escénicas en general y al circo en particular. Innumerables artistas surgieron de carpas y escenarios montados por los gitanos en suelo azteca. Osos amaestrados y fakires famélicos, simios bienpensantes y bailarinas adiestradas entusiasmaron a multitudes. “Junto a mis hermanos se crió un mico. Sentimos coraje cuando pensamos su muerte”, lamentó al recordar que un trastornado espectador lo alimentó con fruta envenenada. A veces lo nombran al realizar el chechúm, homenaje comparable con el Día de los Muertos que, además de honrar a sus ancestros, permite conocer la fortuna de la tribu. “Una vez, cerca de Monterrey, el chechúm anunció días difíciles de sortear”, confió el errático artista. Los preparativos comenzaron en la noche del 5 de enero. Asaron el puerco –que anuncia la suerte– y nombraron al polesnick, un niño que debía despertar a todos con una olla de café al amanecer. Como lo indica la tradición, removieron las brazas y oraron deseando que por cada chispa recibieran una moneda; que la familia permaneciera unida y dichosa; que las “cosas malas” pasaran por otros caminos. Mientras tanto, se realizaba la parte más importante del rito: un anciano trozaba el cerdo y cada pedazo de carne era acompañado por una taza de café y una tortilla (pogachi). A su vez cada integrante debía nombrar a sus muertos, si ya no tenía a quién mencionar, dejaba su lugar a otro. Después de un rato, terminaban citando a finados de los cuales no recordaban ni sus caras. “A veces siento que debo nombrar a Chango, nuestro mono”, descargó Antonio. Tras finalizar esa parte de la ceremonia, continuaron arrojando la cabeza del cerdo en un lugar húmedo. A los tres días, la buscaron para comprobar que tuviera gusanos, signo de que “lo malo” había sido eliminado, anuncio de abundancia y felicidad. Pero ese año, extrañamente, la mollera del marrano seguía intacta, impoluta. “Pésimo augurio”, vaticinaron los mayores. Todos quedaron intranquilos. Así fue que pasó lo que pasó. Cerca de Monterrey, una bestia alzó sus garras contra un insolente infante, con tanta mala fortuna, que era el hijo del alcalde. De milagro, nada grave sucedió. Sin embargo, los cirqueros, asustados, desmontaron sus carpas en tiempo record y salieron a la ruta. A los pocos kilómetros, las tropas los alcanzaron: golpearon a los hombres, insultaron a las mujeres e intentaron incautar sus carros, elemento sacro, hogar ambulante del gitano. Todo terminó como es habitual: el padre dio una grosera mordida (coima) para retirar cargos. “¿Cuántos gitanos en prisión conoce usted? Después dicen que los ladrones somos nosotros”, inquirió Antonio, que todavía lamenta el año de vacas flacas que soportaron para purgar la pena. Pese a todo, los gitanos aún recorren América. Otros ya fijaron domicilio, pero su alma sigue libre. Tanto el viejo Nicolás, como Estela y Antonio, son fósiles vivientes de un universo acosado, que desde sus nebulosos orígenes parece destinado a perderse en el olvido. Con sus contradicciones, pese a la modernización social y tecnológica, los Rom mantuvieron las pautas matrimoniales, el celo de sus valores, el culto a la memoria de sus ancestros. Esos factores –según expertos– les permitieron subsistir y conservar su identidad en escenarios hostiles. Desde la India hasta Alaska pasando por Polonia, hoy viven 14 millones de paisanos, con idiomas disímiles, ante religiones diversas. Estrategias exitosas del más libre de los pueblos, que reclama al mundo como su única patria.

Otro aporte a la cultura mexicana, sostiene Antonio, es el impulso que sus paisanos le dieron a las artes escénicas en general y al circo en particular. Innumerables artistas surgieron de carpas y escenarios montados por los gitanos en suelo azteca. Osos amaestrados y fakires famélicos, simios bienpensantes y bailarinas adiestradas, entusiasmaron a multitudes. “Junto a mis hermanos se crió un mico. Sentimos coraje cuando pensamos su muerte”, lamentó al recordar que un trastornado espectador lo alimentó con fruta envenenada.


Compartir.

Dejar un Comentario