GOOD BYE, PUTIN

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Un grupo de mujeres que, colgadas de tejados y monumentos históricos que recortan la fría estepa rusa, visten ropa de colores estridentes, glamorosos pasamontañas con brillos, sobre sus hombros cuelgan guitarras eléctricas. La consigna es “Good bye, Putin”. Así se las conoció de este lado de una cortina de hierro que baja y sube a las Pussy Riot, un colectivo ruso de punk rock feminista. Corría septiembre de 2011. “Tenemos como bandera la imprudencia. Nuestras letras tienen una gran carga política y nos importa llevar un discurso feminista y una imagen femenina no convencional”, decían al diario The St. Petersburg Times en agosto de 2012.

Lo que sigue es conocido: en febrero de ese mismo año, como parte de las acciones de protesta contra la reelección del presidente ruso Vladimir Putin, las chicas de las “vaginas amotinadas” irrumpieron en la catedral ortodoxa de Cristo Salvador de Moscú y, señal de la cruz mediante, realizaron una performance en el altar. En la canción que entonaron, le pedían a la Virgen que intercediera para que se llevara a Putin y para que el Papa de la iglesia rusa fuera menos condescendiente con él. La respuesta del premier ruso no tardó en llegar: treinta días después, María Aliójina, Yekaterina Samutsévitch y Nadezhda Tolokónnikova, tres integrantes de la banda, eran detenidas acusadas de “vandalismo” y posteriormente sentenciadas a dos años de prisión por “socavar el orden social”. Hubo huelgas de hambre, denuncias del maltrato que las mujeres reciben dentro de las cárceles rusas. Las tres integrantes de Pussy Riot fueron reconocidas como “presas políticas” por organizaciones como Amnesty International y Union of Solidarity with Political Prisoners que pusieron luz y alerta sobre los límites de la libertad en la Rusia contemporánea. Putin debió ceder a la presión internacional y liberar por medio de una amnistía a las mujeres. Una imagen icónica de ese proceso: una de las Pussy Riot es trasladada desde la cárcel por un policía para dar declaración y levanta el puño en alto a las cámaras de televisión de todo el mundo. Lleva una remera con una leyenda: “No pasarán”.

Los límites entre arte, feminismo, acción política y vida cotidiana son difusos en este siglo. Y el riesgo es convertirse en una pieza de museo. Lo cierto es que este grupo de mujeres rusas salió a las calles a sacudir el orden establecido, a despertar posibilidades de nuevas ideas y horizontes. Las Pussy Riot fueron el umbral para que un gran número de minorías, como el colectivo LGTB, tomara acción en el reclamo por ser reconocidos como sujetos de derecho. Buscaron un compromiso real en los planos políticos y artísticos para vencer los espacios de dominación masculina que se manifiestan en el discurso público actual. La disputa es contra los símbolos de poder. La misma que emprendió Simone de Beauvoir en la Francia del siglo pasado.

Milla Jovovich, la actriz ucraniana que encarnó a Juana de Arco en el filme del mismo nombre dirigido por el francés Luc Besson, dejó inmortalizada en la historia del cine su cara de porcelana. Pero debió cortar su largo y vaporoso pelo con un cuchillo para que el ejército galo la reconociera como la doncella de Orleans que liberaría al pueblo de Francia de la opresión inglesa y someterse a la revisión rigurosa de un grupo de médicos que debían dar fe de que la joven ¡era virgen! Corría el siglo XV. Juana fue quemada en la hoguera, acusada de brujería y herejía.

Recientemente, se filtró en internet un video de una mujer iraní bailando sin velo islámico. Irán es uno de los primeros países de Medio Oriente que ha permitido que las mujeres accedan a la educación universitaria y que ha dejado en manos de las autoridades de cada ciudad la regulación del uso de velo. Sin embargo, es obligatorio en las calles. Si una mujer no lo lleva en la vía pública, el castigo es de entre diez días y dos meses de prisión. Además, está mal visto que las mujeres se maquillen. La disputa es contra los símbolos de poder que limitan los derechos de las mujeres. Lleva siglos. Recién empieza.

 


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