GRETA GARBO: SIMPLEMENTE SOY UNA OBRERA EN HOLLYWOOD

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“La vida sería algo maravilloso si supiéramos qué hacer con ella.” Se la llevó, se la robó al mundo la muerte, a los 85 años. Y quizá hasta ese último día no haya sabido qué hacer con su vida. Fue maravillosa sin saberlo. O quizá sin creerlo demasiado. Distinta de pies a cabeza, con una distinción que le caía como un guante –con ese garbo que la bautizó a los veintipocos años, tan merecidamente– Greta Garbo fue uno de los primeros mitos del siglo XX. Una heroína del cine. La diva fatal y sombría. Pocas veces, tan pocas se nombró a sí misma con esa modulación de carraspera profunda, que poco se sabe de su historia. Tal vez a su pesar, ha logrado trascender su accidentado tropiezo con la vida, tornándola en una leyenda colosal. A un siglo de su nacimiento, nombrarla, es invocar a lo femenino en su forma más cruda y soberbia. Un reportaje histórico, de los pocos que concedió durante su vida, echa algunos rayos de luz acerca de la verdad detrás de Greta Garbo. Una mujer triste. Una hidra de hielo.

Texto: Luciana De Luca

Incomprensible. Díscola. Bisexual. Icono. Moderna entre sus contemporáneos. Al principio del principio destellando en el cine mudo. Una deidad en blanco y negro. Sin voz. Un cuerpo mudo asesinando a la cámara con ojos helados. ¿Qué había detrás de esa mirada fría? ¿A dónde estaba la sonrisa de la diva terrible de Hollywood? Silencio y más silencio. Adorada con énfasis pagano. Gigante, en la pantalla. Greta. “La única”. Luego la voz. “Greta habla. La Garbo habla”. Hollywood y el mundo callan, y escuchan.

Greta Garbo y el actor Rex Harrison intentando escapar de las camaras luego de una cena en un restaurant en Rapallo, Italia

Greta Garbo y el actor Rex Harrison intentando escapar de las camaras luego de una cena en un restaurant en Rapallo, Italia

El silencio reverencia la voz oscura y densa de la Garbo. El misterio de la esfinge –aún– sin descifrar. La esfinge era una criatura fantástica, con cuerpo de león y cabeza humana. Greta Garbo, mujer leona. Muda por miedo. Vampiresa de cejas agudas. Puro rostro, y detrás del rostro una pared de temor. Amantes por docenas. Mujeres, hombres. Da igual. La esfinge no ama, dicen, nunca amó. “La Garbo ríe”, y las carcajadas se auscultan, se estudian con precisión de entomólogo. Al igual que su vida. Turbadora. Exótica. Garbo ríe pero detrás hay una Garbo que recuerda la guerra. La infancia pobre en una Suecia pobre –para ella, siempre será hambrienta-. El padre; las calles salpicadas. Actuar para sobrevivir. Sobrevivir para actuar. Las piernas creciendo como juncos; los gestos, adorándose en el espejo. En la década de 1920 todos ríen en Hollywood. Todo es una mascarada luminosa. Todos bailan. Greta Garbo mastica humillaciones y calla. Actúa y calla. Aunque hable, calla. El idioma la cohíbe, los otros la asustan. El amor es una amenaza que acecha. A ella no. Con ella, nunca. Los años pasan, o pisan. El tiempo es poco gentil. Sigue siendo bella hasta causar daño, pero Greta Garbo va escondiéndose. Como un caracol en su carcasa. No importa lo que los otros digan -¡dicen tantas cosas!–. No importa lo que los demás busquen, hurgando, desesperados, entre los pliegues de su indiferencia. Es hora de retirarse, Greta Garbo. 35 años es el límite. Su límite. Como una mancha borrosa en el horizonte quedan los amantes, los premios Oscar perdidos; los ganados; las amadas; las veintisiete películas. El bronce eterno de la fama.  Greta Garbo dice adiós. Y esta vez, cuando habla, lo dice en serio. Hasta siempre.

1930

Dicen que, mirándola bien, no es hermosa.

GretaEs demasiado delgada, desgarbada, muy alta, tiene los pies excesivamente grandes y casi nunca sonríe. Dicen que cuando habla su voz suena como rota, el tono es altanero, soberbio y desafiante. Que con la mirada podría derretir un témpano. Que toda ella es arrogante y ningún hombre puede resistírsele. También dicen que tiene una mansión en Suecia de 20 habitaciones, que gana más de 12.500 dólares por semana, que tiene una inmensa fortuna que no comparte con nadie, que vive sola y no tiene amigos. Que es neurótica, antisociable y egoísta. ¿El amor? No le interesa. Dicen que sabe bien cómo manejar el personaje de diva misteriosa, de mito inalcanzable. Que su retraimiento y el odio a que la indaguen le da buenos resultados. Que es para todos “La esfinge”, “La Divina” Greta. La casa está ubicada sobre una suave colina en Santa Mónica. Una escalera de piedra se enrosca hasta la puerta blanca. La mansión tiene grandes arcadas y una galería estilo mexicano. Una mujer de piel oscura, robusta, que habla español, me conduce a través de un ancho comedor con pisos de baldosas. Hay un declive, dos escalones blancos, tallados en piedra, y un enorme ventanal con rejas. La mismísima Greta Garbo está de pie junto a la ventana. Por un momento me parece verla envuelta en una ancha y extravagante bata de satén, el cabello bordeándole los ojos y una larga boquilla humeándole en la boca. Pero no. Tiene zapatos bajos, una falda marrón y una camisa beige. No es desgarbada ni tan delgada, ni tiene los pies tan grandes.  Es cierto, no sonríe, pero entreabre la boca y todo su rostro se transforma. Es mucho más hermosa de lo que cualquiera pueda suponer. No usa maquillaje (¡no se maquilla!) y en su mirada no hay nada de ese vampirismo glacial que narra la leyenda; más bien derrama una suerte de caricia profunda y melancólica. Eso sí, es de verdad y en carne y hueso, la sueca con la que sueña todo el mundo.

“Dicen que tengo una voz profunda, de contralto, velada y profunda… Hablan del poder de seducción también en mi garganta. Cosas, cosas que se dicen. ¡Se dicen tantas!.”

–Bien, señora Garbo…

–Oh, ya sé qué va a decirme: que le parece un sueño. No pierda el tiempo. No será mucho lo que voy a contarle. Le habrán advertido que no acepto reportajes… –Sí, pero ¿puedo preguntarle por qué tanto misterio? –No hay ningún misterio. Son ustedes los periodistas los que están tratando de creármelo constantemente. Yo simplemente soy una obrera en Hollywood. –La mayoría de la gente no piensa igual que usted. La aman hombres y mujeres. El éxito del filme Anna Christie no le dejará dudas. Faltaba sólo eso: el cine sonoro para que se conociera su voz. ¿Leyó las críticas? –

GretaGarboDicen que tengo una voz profunda, de contralto, velada y profunda… Hablan del poder de seducción también en mi garganta. Cosas, cosas que se dicen. ¡Se dicen tantas! –¿Y cuál es la verdad? ¿Por qué no se anima a contarla de una vez? Me miró como si recién me descubriera. Tal vez iría a hablar de mi insolencia. Un leve destello le cruzó los ojos. Creo que era una sonrisa. Abrió la boca después de unos minutos y me dijo: –Porque nadie me creería. La verdad. Todos corremos detrás de ella, pero es escurridiza y nada fácil de alcanzar. Para Greta Garbo tal vez se haya quedado en algún húmedo rincón de la casa de inquilinato de la calle Blekingegaten 32, en Estocolmo. Allí vivió con su familia desde que nació, el 18 de septiembre de 1905. Allí la sorprendieron la guerra de 1914, el hambre y la miseria. Pero también las cosas bellas. Los paseos junto al mar de la mano de su padre, Karl, a quien amó profundamente. Los primeros sueños. Mirarse al espejo y verse despertar bajo la piel ensayando nuevas formas. Bailar descalza y pasear disfrazada por las calles mientras sus compañeras y  vecinas se burlaban y sus admiradores no entendían cómo a los 15 años podría preferir la soledad a los bailes. Es que en soledad se podía imaginar mejor. Llorar sin miedo. A los 14 años, Greta Gustafsson –ese era su nombre real– lloró sin recelo la muerte de su padre. También lloró el día que dejó la peluquería – su primer empleo– y la barba enja- b o n ada de los parroquianos para comenzar a trabajar como modelo en la tienda de sombreros de Paul Bergtrom. Y el día que le dieron el título de actriz en la Academia Dramática Sueca. Y quizá también lo hizo el día que abandonó Estocolmo para entrar de la mano de su descubridor –el director Maurice Stiller– a los estudios de la Metro Goldwing Mayer, en Hollywood. La mismísima Greta Garbo está de pie junto a la ventana. Por un momento me parece verla envuelta en una ancha y extravagante bata de satén, el cabello bordeándole los ojos y una larga boquilla humeándole en la boca. Pero no. Tiene zapatos bajos, una falda marrón y una camisa beige. –¿A qué le tiene miedo ahora?–A la burla. Será por eso que soy un poco retraída. Aquí en Hollywood, todo lo que se dice es mal entendido. Por más ingenuo que sea , todo cobra un sentido falso, exagerado. Es fácil acusar, y a mí me acusan: dicen que sufro de misantropía. Confieso que mi retraimiento es un acto de defensa propia. ¿Sabe? Mi inglés no es del todo bueno aún, y me humillaría que se burlasen de mí. –¿Quién iba a burlarse? ¡Hollywood la admira! –Usted no entiende. Es como un dragón que intenta devorarme. ¡Me costó tanto conseguirme un nombre! –Greta Garbo. Suena tan bien… –El verdadero es Gustafsson. Cuando Maurice (Stiller) me dio el primer papel en La leyenda de Gosta Berling me propuso cambiarlo. Me dijo “pongamos Garbo, que significa gracia”. –¿Qué fue en su vida Stiller, además de su descubridor, guía y protector, según se dice? –No me gusta meterme en la vida de la gente, tampoco me gusta que se metan con la mía. Pero le diré algo. Cuando lo vi por primera vez en la academia, me impresionó como un hombre muy diferente a los demás. Ha sido el hombre de más mérito y talento que yo haya conocido… No hizo falta que agregara que no iba a contarme nada más. Entre las miles de historias que se tejen, se asegura que “la esfinge” no habría amado nunca. Se habla de ella como si no fuera una mujer, sino una estatua.
Actriz G. GarboLos hombres que aparecieron en su vida habrían “muerto de amor no correspondido”. “Si encontrara a la persona debida, tal vez me casaría. No vaya a preguntarme con qué clase de persona me gustaría casarme. Lo sabré cuando dé con ella. Pero creo que lo más seguro es que no me case mientras dure mi popularidad. No quiero que mi esposo sufra la humillación de ser conocido como el señor Garbo.” –¿Piensa casarse alguna vez? –No lo sé. Si encontrara a la persona debida, tal vez me casaría. No vaya a preguntarme con qué clase de persona me gustaría casarme. Lo sabré cuando dé con ella. Pero creo que lo más seguro es que no me case mientras dure mi popularidad. No quiero que mi esposo sufra la humillación de ser conocido como “el señor Garbo”. –A todos les intriga que viva sola. ¿No tiene amigos? –Puro miedo, saque conclusiones, por eso vivo sola. Pero tengo amigos, no muchos, claro. John Gilbert, Lon Chaney, las dos escritoras Salka Viertel y Mercedes Acosta. En Suecia, mi hermana Alva, mi madre y una vieja amiga de la adolescencia, Mimi Pollack. –¿Viaja con frecuencia de visita a Estocolmo? –No demasiado, pero voy. Me gustan los paseos. Andar a caballo por las lomas y las playas de Santa Mónica. –¿Le preocupa que dure su popularidad? ¿Qué hará cuando sienta que la fama la abandona? –Lo he pensado. Cuando sienta que he fracasado, no esperaré a que me rechacen, yo sola me iré por donde vine. Y será para siempre; de esto no le quepa duda. Fue amable durante todo el tiempo que duró la entrevista. Aunque casi siempre permaneció de pie. Aunque me mirara muy pocas veces. Aunque pareciera que esta charla no la hubiera mantenido jamás conmigo, sino con ella misma. Pienso en cuántas cosas le habrán quedado por decir. ¿Cuántas? En cómo le duele la posibilidad de que alguna vez la humillen. Y en la sensación de que en cualquier momento se va a escapar en medio de la fiesta, vestida de gala, como la Cenicienta. Afuera, en los estudios de la Metro Goldwing Mayer, la esperan para filmar lo que será un seguro éxito: El beso, con Conrad Nagel. Un candidato más para incluirlo en la lista de sus enamorados. Como el conde Wachmeister, heredero del título y la fortuna de sus padres, o Max Gumpel, el hombre más rico de Suecia. Greta Lovisa Gustafsson“Aquí en Hollywood, todo lo que se dice es mal entendido. Por más ingenuo que sea, todo cobra un sentido falso, exagerado. Es fácil acusar, y a mí me acusan: dicen que sufro de misantropía. Confieso que mi retraimiento es un acto de defensa propia.” La acosan, la persiguen, la destrozan. Es 1930, ha desplazado a Marlene Dietrich. Todos la admiran y tiene fama para rato. ¿Encontrará alguna vez la fórmula para vivir tranquila? Quizá, dentro de muchos años nadie le preguntará si es verdad que no ha amado nunca. Porque entonces amará a su antojo.


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