GROUCHO MARX: EL GRAN HERMANO

0

Groucho Marx, que nació Julius pero se fue del mundo inmortalizado con el nombre de su personaje fue, sin dudas, la estrella del grupo cómico Los Hermanos Marx. El hombre del bigote pintado y del habano humeante no sólo fue un comediante revolucionario: también fue un crítico sagaz de la realidad, un fino pensador y un precursor dentro del teatro, el cine y la TV. Díscolo, irreverente y genial, el gran Groucho logró lo que únicamente consiguen los artistas grandes: trascender su propia muerte gracias a la enormidad de su obra.

Texto: Luciana De Luca 

Entrevista: Renee Sallas 

Fotos: Eduardo Forte/Magnum/Archivo Atlántida/AP

Una anécdota enseña el temperamento de Groucho Marx, el más popular de Los Hermanos Marx. En 1971 concedió una entrevista a quienes, él creía, eran dos periodistas de la Esquire Magazine. GROUCHOEl viejo cómico, gastado por los años y la ajetreada vida de artista, estaba confundido. Los dos jóvenes que lo interrogaban, de cabellos largos y barbas hippies, representaban al Berkeley Barb, un periódico intelectual de la Bahía de San Francisco. Mentiroso asumido y dueño de una inagotable e ingeniosa habilidad para insultar al prójimo, Julius Henry Marx, su verdadero nombre, había pasado su vida diciendo y desdiciéndose; inventando declaraciones jugosas para los medios; confundiendo a sus hijos, Melinda y Arthur, con órdenes y contraórdenes y enloqueciendo a sus esposas con su extraña manía de economizar y despilfarrar su bien habida fortuna. Y como buen mentiroso, Groucho solía abrir la boca para decir  cualquier cosa. Interrogado sobre los políticos de aquella época, el cómico soltó con ligereza: “Creo que la única esperanza para este país es que asesinen a Nixon”. La sentencia se propagó como un rayo por las agencias de noticias y las redacciones de los diarios: en los Estados Unidos, una opinión de ese calibre –y aún más en esa época– se consideraba un delito. El New York Times, y las revistas Time y Newsweek reprodujeron el reportaje. Cuando ya era demasiado tarde para arrepentirse, el anciano Groucho volvió a reír y, sin disculparse, esbozó una explicación que retrataba, como una radiografía, su modo de ver las cosas: “Niego todo porque nunca digo la verdad. Miento en todo lo que digo y hago: sobre hombres, mujeres y representantes de cualquier otro sexo”. Estas razones, sin embargo, no contentaron al FBI y mucho menos al históricamente denostado Richard Nixon. La entidad abrió un expediente –el CO 1297 009205– contra el artista, intervino su teléfono particular y lo observó durante largo tiempo, por considerarlo un conspirador y una amenaza potencial contra la vida del entonces primer mandatario. Sospechado de ser “simpatizante del comunismo” –acusación que también sufrió Charles Chaplin y que le valió la expulsión de los Estados Unidos–, por haberse visto relacionado con miembros del partido en actos y eventos públicos, Marx pasó a engrosar la lista de los enemigos públicos, a la que los sabuesos del FBI le olían los talones con fruición y avidez de espías. “¿Qué puede esperarse de un presidente que carece de sentido del humor?”, se preguntó Groucho. La ironía jugó con su apellido y lo transformó en un “marxista”. Sin embargo, la historia y el escándalo Watergate se encargaron de ofrecerle una muda pero concretísima respuesta.

UNA FAMILIA NORMAL

La madre de Groucho, Minnie Schoenberg, una inmigrante alemana que hablaba muy poco inglés, llegó a los Estados Unidos a fines del siglo XIX, a los 15 años, y se empleó en una fábrica de sombreros de paja en el East Side de Manhattan.

Chico, Groucho y Harpo en una escena del célebre film Una noche en Casablanca (1946).

Chico, Groucho y Harpo en una escena del célebre film Una noche en Casablanca (1946).

Sam Marx, el padre de los hermanos Marx, era alsaciano y también apenas hablaba inglés cuando llegó a Norteamérica huyendo del Ejército Francés. Urgido por la necesidad, fue instructor en una academia de danzas, justo al lado de la fábrica en la que Minnie se afanaba con los sombreros. Se conocieron y tuvieron citas silenciosas y a media lengua caminando junto a la orilla iluminada del río Hudson. Finalmente se casaron. El matrimonio alquiló un pequeñísimo apartamento en la East 92nd Street y allí abrieron una sastrería. Frenchie, el jefe de la familia, se convirtió, por azar o por necesidad, en sastre. De sastre vivía y desastres hacía, según relataba Groucho, cuando recordaba que era posible reconocer a los clientes de su padre porque las piernas de los pantalones que fabricaba eran totalmente asimétricas. Es que Sam no creía en los centímetros ni las medidas, y prefería medir con los ojos a los pobres incautos que requerían sus servicios. Además de intentar sobrevivir con unos pocos dólares a la semana, el matrimonio se dedicó a procrear: seis niños engendraron y sobrevivieron cinco. Leonard (Chico), nació en 1887; Arthur (Harpo), en 1888; Julius (Groucho), en 1890; Milton (Gummo), en 1897 y Herbert (Zeppo), en 1901. Groucho recordaba su pasado: “La casa era pequeña. Quedaba en la calle 78 y Avenida Lexington, una zona buena de New York. Mi padre tenía un taller de sastrería al frente. No ganaba mucho. Eramos judíos. Ahí nací yo el 2 de octubre de 1890. Mi madre llevaba el teatro en la sangre; su padre había sido mago en Alemania. Ella lo acompañaba en sus giras, tocando el arpa. Un hermano de ella era Al Sheean, integrante del famoso dúo de vodevil Gallagher y Sheean. Fue por mi madre que nosotros entramos en el mundo del espectáculo. Ahorró el poco dinero que tenía para que Chico, el mayor de todos los hermanos, recibiera lecciones de piano. A Harpo le dio 40 dólares para que se comprara un arpa. Ella misma le enseñó a tocar. De mí decía siempre que era muy feo, que tenía cualidades de bufón y una voz aceptable. Mi verdadero nombre es Julius Henry Marx. Pero como siempre estaba enojado, me bautizaron Groucho”. Minnie, Sam y los cinco niños, más algunos familiares que iban y venían por el pequeño apartamento, conformaron pronto una familia peculiar. Los pequeños, como una manada de cachorros juguetones, despuntaron tempranamente sus talentos histriónicos. Lo que comenzó como un juego –menos para Minnie, que de tanto transitar las tablas parecía decidida a acompañar a sus hijos hacia ese destino– con los dedos de Harpo niño (el futuro mudo del quinteto), rasgando y enredándose entre las cuerdas del arpa que le daría nombre y fama; con Groucho, feo y bufón, aprendiendo a tocar el piano de oído porque sólo había dinero (25 centavos por semana)

Hermanos Marx realizaron para la Metro Goldwyn Mayer, bajo la protección de Irving Thalberg, jefe de producción del estudio.

Hermanos Marx realizaron para la Metro Goldwyn Mayer, bajo la protección de Irving Thalberg, jefe de producción del estudio.

para que Chico tomara lecciones, y con los demás hermanitos, Gummo y Zeppo, corriéndose entre los apiñados muebles del ínfimo apartamento, terminaría en un éxito mundial, eterno y mítico. Los cinco hermanos estaban destinados, sin saberlo, a provocar carcajadas al mundo hasta que éste se muriera, estallara de la risa.

DEL VODEVIL AL MUNDO

Todo comenzó con el vodevil. Los hermanos Marx llegaron a Broadway a principios de 1920. El antecedente del grupo estaba enraizado en teatros pequeños, para audiencias reducidas. Los cuatro hermanos Marx (Harpo, Groucho, Chico y Gummo, que luego sería reemplazado por Zeppo, hasta su retiro), tal el nombre primigenio que los presentaba en las tablas, habían cosechado una fama creciente ofreciendo varietés que incluían canto, baile, pasos de comedia y toda clase de instrumentos musicales. Pero fue el humor extraño, novedoso y rupturista lo que los transformaría en un verdadero suceso. En Broadway, la Meca del teatro americano, alcanzaron el éxito masivo con las obras I’ll say she is (1923-1925), The Cocoanuts (1925-1928) y Animal crackers (1928-1929). Luego llegaría el cine. Primero fue una película perdida, independiente, realizada en New York y New Jersey con fondos privados. Esa comedia nunca fue proyectada. Después, el contrato con la Paramount. La enorme compañía, que buscaba  “nuevos talentos” para el cine sonoro, cayó seducida por el estrafalario estilo de los Marx –iconoclasta, burlón y asombrosamente absurdo– y tentó al grupo, en medio de su éxito en la calle de los teatros, con un contrato por cinco películas. De este trato nacerían las versiones cinematográficas de CASAMIENTO GROUCHO MARXThe Cocoanuts (1929) y Animal Crackers (1930), filmadas en el estudio de sonido de la Paramount, Astoria. Aún cuando el desarrollo del audio en el cine no era el ideal, los hermanos se valieron de sus ya definidos perfiles, gags y bufonadas para atrapar al público. Por aquellos tiempos, el grupo contó con algunas colaboraciones –en Una noche en la Opera, de 1935, y En el circo, de 1939– del inigualable Buster Keaton quien, retirado de las pantallas, pasó la década de 1930 escribiendo guiones para la Metro Goldwyn Meyer. Pronto, cada uno de los hermanos Marx pasó a ser un reconocible personaje para las grandes masas que buscaban, en épocas de guerra y crisis económicas, una distracción para sus preocupaciones. Groucho, con su bigote falso, era el inescrupuloso trepador, desalmado, que cantaba, insultaba y jugaba con las palabras, hasta desconcertar con la inteligencia de sus reflexiones. Chico, el pianista (bautizado así por su afición a las chicas, chicks), llevaba un sombrero extraño, vestía con desaliño y hablaba con un exagerado acento italiano. Harpo, el hermano “mudo”, tocaba el arpa con maestría y jamás, en toda la historia del grupo, se lo escuchó pronunciar una palabra en escena. Con gestos ampulosos, una peluca roja y remiendos en su ropa, Harpo era aniñado y tierno. Finalmente, Zeppo encarnaba al más meditabundo, al más triste de los hermanos-personajes, al que casi nunca conseguía conquistar a las señoritas. Tras varias películas, todas reconocidas por el público, llegaría una de sus más aclamadas obras, Sopa de ganso (1933). Esta pieza maestra del humor satirizaba hasta el espasmo las políticas de guerra. Groucho encarnaba allí al demente primer mandatario de Freedonia, y junto a sus hermanos parodiaba las ineptitudes y ridiculeces que cometen los políticos en el poder. Tras este éxito, la Paramount decidió romper relaciones con el grupo. Los ahora tres hermanos Groucho, Chico y Harpo (luego de que Zeppo decidiera dedicarse a ser agente teatral) fueron acogidos por el glamoroso estudio Metro Goldwyn Mayer y se convirtieron en los protegidos de Irving Thalberg, jefe de producción de la compañía. Adaptando el estilo de los Marx al estudio, y con el fin de aumentar su popularidad, Thalberg les dio una vuelta de tuerca a los guiones de las historias, volviendo más simpático al trío y dejando a un lado –al menos un poco– el espíritu destructivo y mordaz que los caracterizaba. Con estas medidas y una enorme producción detrás se lanzaron varios filmes, entre ellos dos de los más reconocidos de la época: Una noche en la Opera (1935), y Un día en las carreras (1937). Tras la muerte de su protector, cambios de estudios y rumores de separación, hacia 1946, en pleno fin de la guerra, Los Hermanos Marx filmaron la memorable Una noche en Casablanca. A partir de allí, Chico, Groucho y Harpo tomarían rumbos diferentes en TV, cine y radio. Cada uno de ellos apareció en la pantalla grande algunas veces más, sin volver a alcanzar el éxito pretérito. Jamás volvieron a actuar juntos.

GROUCHO SEGUN GROUCHO

HABANOGROUCHO

A los 64 años, Groucho Marx ya era una estrella cómica reconocida en el mundo.

Hillcrest Drive 1083. Beverly Hills se estira bajo el sol plácido de la tarde californiana. Dos periodistas hacen guardia frente a una preciosa mansión, típica de las colinas más famosas del mundo. Las puertas están cerradas. Ellos aguardan. Esperan a Groucho Marx y la oportunidad única de conversar con una verdadera estrella de todos los tiempos. A las cuatro de la tarde las puertas macizas se abren de par en par. Irene Fleming, secretaria y última pareja del cómico, les permite pasar como si se tratara de viejos amigos. La sala, enorme, de espesas alfombras, silencia el paso de la pequeña comitiva. Groucho, a sus 84 años, sentado de espaldas, encorvado y ligero como un pájaro, los aguarda. Estas son algunas de las frases más destacadas del histórico reportaje. Sobre los cómicos: “En primer lugar me enloquece Groucho Marx. Creo que fue un gran innovador. Por eso estoy enamorado de él. Después me gustan W. C. Fields, Chaplin, Buster Keaton. Mae West, Woody Allen y Jacques Tatí, Peter Sellers me gusta a veces, sólo a veces…”. Sobre Los Hermanos Marx: “La agresividad, la ironía demasiado cruel de la que hacíamos gala, nos trajo serios problemas. Un día, en Nacogdoches, Texas, llevamos sobre el escenario una carreta tirada por una mula. Era una clara alusión a un político de ese entonces. Fue tal el escándalo que se produjo en la platea que fue necesaria la intervención de la policía para calmar los ánimos. Durante la Primera Guerra Mundial, Harpo y Gummo entraron al ejército como voluntarios. Chico y yo elegimos salir en giras para entretener a los soldados. Cuando terminó la guerra, Gummo dejó el escenario y se dedicó a fabricar impermeables. Zeppo decidió convertirse en agente teatral. Los tres hermanos Marx hicimos entonces ‘Una noche en la ópera’, la mejor de todas las películas; ‘Un día en el hipódromo’, ‘Un día en el circo’ y ‘La gran tienda’. En 1941 decidimos retirarnos. Pero el público insistió tanto, que debimos volver, en 1946, para hacer ‘Una noche en Casablanca’. Después de eso yo me dediqué a escribir. Tengo ya cinco libros. También hice artículos para revistas y guiones para teatro. La televisión me atrapó también: durante 14 años hice un programa que se llamó ‘Apueste su vida’. Ahora, después de tanto tiempo, ese show vuelve a ser hit en la televisión de Los Angeles. Recibí algunos premios, también. En 1974 la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas me honró con su premio anual, en reconocimiento por la creatividad y la hazaña de los tres hermanos, en la dura época del primer cine hablado. Ahora ya vivo de los recuerdos. Me casé tres veces. Tengo cuatro hijos. Ninguno se dedica al arte. Creo que nunca fue fácil aguantar a Groucho Marx. Ocurre siempre con la gente que hace reír a los demás…”.

MAXIMAS DE UN HOMBRE UNICO

A los 84, Groucho, en su hogar de Beverly Hills. A pesar de la edad, aún mantenía vivo su amor por la comedia y la música.El celebérrimo Groucho basó su fama en su continuo parloteo; siempre parecía estar listo para dejar salir una cascada de jugueteos lingü.sticos capaces de dejar estático al más ágil de los espectadores. Su personaje y su identidad fueron creadas a partir de “ensayo y error”. Según él mismo reconoció, “iba probando cosas en las variedades de poca monta. Y si daban resultado, las conservaba”. Así nació el bigote más famoso del mundo: en cierta ocasión, Groucho llegó tarde a escena y como el tiempo no le alcanzaba para pegarse el postizo que utilizaba, se lo pintó con pintura grasa. Otro pilar de su popularidad fueron sus “máximas”. Si Epicuro escribió las Máximas para una vida feliz, en una época en la que la autoayuda siquiera era una amenaza, entonces Groucho fue el responsable –involuntario, pues es poco probable que hubiera deseado hacerle ese favor a la humanidad– de un sinnúmero de sentencias que muy bien podrían agruparse bajo el título de Máximas para la supervivencia en el siglo XX. En un tiempo en que la TV comenzaba a adueñarse de las masas, la radio peleaba cuerpo a cuerpo por la atención en un terreno cada vez más pantanoso, y las guerras entretejían un presente y un futuro enrarecidos, Groucho pensaba y declaraba, no siempre en el mismo orden, sus tremendas e hilarantes opiniones. Amigo personal del poeta T.S. Elliot –ferviente fanático del cómico, que insistió por carta hasta que recibió una foto autografiada por Groucho, con falso mostacho y habano encendido–, el más famoso de los Marx se hizo un sitio en la cultura popular, reflexionando, por ejemplo: “La televisión es ciertamente muy educativa. Cuando alguien enciende un televisor me voy a otra habitación a leer un libro”; “He disfrutado mucho de esta obra de teatro… especialmente en el descanso”; “¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?”; “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados”; “La humanidad, partiendo de la nada y con su sólo esfuerzo, ha llegado a alcanzar las más altas cotas de la miseria”. “Perdonen que no me levante” es la frase que reza el terco epitafio del gran Groucho Marx. Cuando recibió el Premio Oscar honorífico, aseguró que creía en la reencarnación, y esbozó su deseo: “En mi próxima existencia me gustaría venir al mundo con la brillante inteligencia de Kissinger, la fabulosa apostura de Steve McQueen, y el indestructible hígado de Dean Martin”. La muerte se lo llevó el 19 de agosto de 1977, a los 86 años. Lo lloraron sus esposas y sus hijos. Lo velaron y sobre su cuerpo aún tibio pelearon por la herencia y el dinero que el cómico había ganadodurante su vida. Groucho Marx, burlándose aún desde el más allá umbrío, dejó un legado indeleble de 18 filmes y esas sentencias que lo inmortalizaron como un pensador filoso y cínico. Como aquella que urdió cuando se le negaba la admisión a un exclusivo club, por su ascendencia judía: “Jamás aceptaría pertenecer a un club que admitiera como socio a alguien como yo”.


Compartir.

Dejar un Comentario