GUERRA EN IRAK: DISPAROS CONTRA EL PERIODISMO

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El Hotel Palestina será recordado por ser el escenario de los episodios más grotescos de la última guerra en Irak. Las imágenes del tanque disparando contra la morada de los periodistas serán evocadas como la más clara evidencia de que una cámara y un micrófono son el arma más difícil de enfrentar. A cinco años de aquel fatídico día, los familiares del camarógrafo español José Couso, asesinado mientras realizaba su labor, continúan reclamando justicia. Su nombre se convirtió en un emblema que denuncia el sinsentido de las miles de muertes de civiles –entre los que se encuentran 300 periodistas– en Irak. La causa judicial que impulsan podría terminar con un hecho histórico: sería la primera vez que un tribunal europeo juzgue a tres militares estadounidenses.

Texto: Felipe Real / Fotos: AFP / AP

US IRAQ WAR AT THE PALESTINE

Frente al Hotel Palestina, militares y periodistas conviven con tensión.

En la mañana del 8 de abril de 2003, Bagdad era un descomunal campo de batalla. La mayoría de los 300 periodistas que cubrían la invasión de Irak se quedaron por seguridad en el Hotel Palestina, hogar y oficina desde el cual registraban los movimientos de tropas. A poco más de un kilómetro se ubicaban en un puente sobre el río Tigris varios tanques estadounidenses M1 Abrams. De pronto, uno realizó unas maniobras simples y sorpresivamente disparó contra el hotel. El proyectil impactó en el piso 15, en la habitación 1503, donde se alojaba el equipo informativo de la agencia británica Reuters. Allí moriría el periodista ucraniano Taras Protsyuk. Un piso más abajo se encontraba el camarógrafo español de la cadena Telecinco, José Couso. “Un equipo de 19 médicos iraquíes luchó para salvarlo, aunque España era uno de los países invasores. Debido a sus heridas en el tórax moriría horas después”, explica uno de sus familiares, quienes desde entonces impulsan una batalla judicial para lograr que los tripulantes del acorazado sean juzgados por “crímenes de guerra”. “Somos una familia contra la nación más poderosa del mundo”, repite Javier Couso, una de las voces más fuertes a la hora de develar las tácticas desplegadas para impedir la correcta información sobre lo ocurrido en el lugar de la tragedia. José Couto distaba de ser el típico corresponsal de conflictos bélicos. Era de espíritu tranquilo, racional, divertido. Había nacido en Galicia 37 años atrás, tenía dos hijos y pisó Bagdad por primera vez en 1998: no simpatizaba con Saddam Hussein, pero sí con el pueblo iraquí, debido a la infinidad de lazos culturales que dejaron los árabes tras su paso por la península ibérica. Había conocido los horrores de Kosovo y también los encantos blancos de la Antártida. “Fue uno de los que propuso quedarse en el hotel, porque era un lugar más seguro”, explicó compungido uno de sus colegas. La historia de su último día forma parte del expediente de la Audiencia Nacional de Madrid –juzgado dedicado a investigar terrorismo y violaciones a los Derechos Humanos– donde los Couso intentan revertir la sensación de impunidad. Cada detalle es una victoria contra el ocultamiento. Debido a las imágenes registradas por los corresponsales del canal France 3 que muestran al tanque estadounidense disparando y a la pared del hotel cayendo, el Pentágono tuvo que asumir rápidamente la autoría del hecho y presentar explicaciones a la opinión pública mundial; explicaciones que fueron mutando con el correr de las horas y las declaraciones de los testigos. En un primer momento, el vocero del Ministerio de Defensa, Bryan Whitman, intentó desligar responsabilidades al declarar “no apuntamos a periodistas”. Pero expertos militares confirmaron a la familia Couso que a esa distancia “el visor del Abrams es capaz de ver hasta los rostros de las personas”. Luego el general Buford Blount, comandante de la 3ra. División de Infantería, se excusó diciendo que se respondió al “fuego de francotiradores iraquíes apostados en el hotel” y describió un supuesto escenario a la vera del río Tigris, donde era prioritario atacar la azotea del Palestina para que cesaran las emisiones de proyectiles. Cuando se le respondió que, a 1.500 metros, la acción de un francotirador frente a los acorazados es inocua, los generales agregaron que también recibían granadas retropulsadas. Si eso hubiera sido cierto, según sus propios manuales de guerra, los tanques –en tales condiciones– no podrían reposar sobre los puentes y deberían estar bajo resguardo. Además, ese tipo de granadas tiene un alcance de menos de medio kilómetro y las grabaciones sonoras, por su parte, confirman que hacía 35 minutos que no se registraban disparos. Tal vez Blount tenía algo de razón. Lo peligroso eran las emisiones –pero no de proyectiles– sino de las ondas transmitidas por las antenas –ubicadas en el último piso– que transportaban los contenidos periodísticos hacia las sedes centrales de cada empresa informativa. Cuando España pidió explicaciones a Estados Unidos, el Mando Central afirmó que 48 horas antes el hotel había sido declarado “objetivo de guerra”. Pero la esposa de Couso asegura que “habían tenido que cambiarse de hotel, del Rashid al Palestina, porque el Pentágono les había dicho que el Rashid podía ser objetivo militar”. No obstante el general Vincent Brooks, entonces subdirector de Operaciones del Mando Militar, sintió la necesidad de recalcar que los reporteros “nunca son objetivo militar de la coalición”. Sin embargo, Javier Couso, el hermano del camarógrafo arremetió: “Esa misma mañana, casualmente, habían atacado las sedes de las televisiones de Abu Dhabi TV y de Al Yazeera. Junto con Reuters eran las únicas que trasmitían en vivo. En menos de 24 horas murieron 3 periodistas. Es mucho para ser un mero error”.

MENTIRAS VERDADERAS

SPAIN-US-IRAQ-MEDIA-JUSTICE

José Couso, un símbolo para quienes denuncian las masacres de civiles en Irak.

“El ataque no sólo se realizó para atemorizar a los periodistas sino para distraer a la opinión pública mientras las tropas estadounidenses negociaban con los caudillos de la Guardia Nacional para que se rindan sin presentar combate”, deslizó un corresponsal sudamericano. La familia Couso amplía el debate: “El Generalato sabía que tenía que administrar la información y que los latinoamericanos y europeos eran los más difíciles de controlar”. Asimismo, sostienen que por entonces todavía era posible que “los soldados debieran ingresar a Bagdad dispuestos para el combate urbano, es decir, que iban a tener que bajarse de los carros, suspender los bombardeos y luchar cuerpo a cuerpo”. En tal escenario, victorioso o no, la fuerza de las imágenes socavaría el apoyo al conflicto como sucedió en Vietnam. Por eso, en esta guerra se prefirió “empotrar” (embedded en inglés) reporteros en unidades militares a fi n de controlar su labor. Angeles Espinos –corresponsal del diario español El País– acotó: “Las matanzas cuestionan la guerra limpia en Irak. Los heridos civiles que cada cinco minutos llegan a los hospitales, también. Los periodistas se han convertido en testigos molestos”. La manera de expresar esa molestia fue disparar contra el lugar en donde se alojaban; otros argumentos no habían funcionado. La periodista Mónica Prieto había denunciado la presión de Washington sobre los países europeos para que sus informadores salgan de Bagdad con el objetivo de “ocultar la matanza de civiles”. El 9 de abril fue, para el gobierno de George W. Bush, el día de la caída de Bagdad. En vivo y en directo, un grupo de hombres derribó la inmensa estatua de Saddam Hussein; los únicos testigos eran periodistas “amigos” y algunos de los corresponsales de Palestina que poco se interesaron por mostrar los detalles oscuros de ese “acto de liberación”. Según los análisis más optimistas, el fi nal de la guerra estaba cerca. El tiempo demostró que ese diagnóstico no era certero. Según las teorías más conspirativas, aquel acto iconoclasta sería parte de una “puesta en escena” destinada a desmoralizar a los soldados leales. Un mes más tarde, el entonces secretario de Estado, Colin Powell, visitó de forma ofi cial España y afi rmó que los soldados sabían que el Palestina era el hotel de los periodistas. Con tal declaración no sólo generó indignación en la prensa ibérica sino que dejó en serios problemas al presidente José María Aznar, uno de los principales aliados de Estados Unidos; quien en una visita al rancho tejano de Crawford en febrero de ese año, había recibido una primicia: George W. Bush pensaba atacar Irak en menos de un mes, con o sin una resolución de la ONU. Lejos de preocuparse por tal confidencia, el madrileño alzó la voz para exigir ayuda de la opinión pública local y para que se valore su esfuerzo destinado a cambiar la política española de los últimos 200 años en referencia a la pérdida de la neutralidad e independencia de las políticas exteriores. Sin embargo, el sinceramiento de Powell fue clave para reforzar la causa judicial encarada por la familia Couso. Los abogados, rápidamente, notaron que sus expresiones contradecían las primeras declaraciones del sargento Thomas Gibson, que el 8 de abril apuntó el cañón hacia el hotel y dijo “si lo hubiésemos sabido, no habríamos disparado”. De ese modo, pasó la responsabilidad al capitán Philip Wolford –al mando de la Unidad de Blindados de la Compañía A, apodados “The Killers”, del Regimiento nº 64 de la Tercera División de Infantería– y al Teniente Coronel Philip De Camp al mando de ese regimiento, quien habría gritado por radio con sorna “¿Has hecho un ´ fucking´ disparo contra el hotel Palestina?” y cuando bajó la adrenalina se disculpó diciendo: “Lamento decirlo, pero soy el tipo que mató a los periodistas”. Ante tales razones, Santiago Pedraz, el magistrado de la Audiencia Nacional, ordenó la búsqueda y captura de los tres militares por presuntos delitos contra la Comunidad Internacional, habitualmente llamados “crímenes de guerra”. El proceso se basa en la aparente violación al Estatuto de Roma que considera delito a “cualquiera de los actos contra personas o bienes protegidos por las disposiciones del Convenio de Ginebra”; así como “dirigir intencionalmente ataques contra bienes civiles, es decir, bienes que no son objetivos militares”. El mismo convenio señala que “los periodistas que realicen misiones profesionales peligrosas en la zona de conflicto armado serán consideradas personas civiles” y, según lo subscrito, “deberán ser protegidas como tales”. El magistrado consideró que había indicios para determinar que los ataques a los centros informativos correspondían a una estrategia deliberada. Además, se dejó constancia que el Departamento de Justicia rechazó las peticiones de interrogar a los imputados. “En Washington continúan defendiéndolos porque consideran que su procedimiento se desenvolvió de acuerdo a las reglas del combate. No admiten que violaron las normativas que determinan cuáles muertes en combate son legales y cuáles ilegales”, explican los familiares. La apertura del proceso es un hecho histórico, y de prosperar, sería la primera vez que militares norteamericanos sean juzgados en cortes europeas. Por el momento, los acusados no pueden salir del país ya que Interpol tiene orden de captura internacional para una posible extradición y sobre ellos pesa una fi anza de un millón de euros. “Que no puedan salir de su país ya es una pequeño acto de justicia, aunque allí trabajen como profesores universitarios”, alegan los familiares de José Couso mientras esperan que llegue el fi n de la impunidad.


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