GUSTAVO CERATI: TAN CHIC Y TAN POPULAR

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Su muerte retumbó en toda América Latina. Es que las canciones de Gustavo Cerati (nacido en Buenos Aires el 11 de agosto de 1959) educaron sentimentalmente a varias generaciones de todo el continente y su ausencia representa un vacío inmenso para la cultura rockera del hemisferio sur y más allá. Porque el eco de su fallecimiento se replicó en Estados Unidos (obituario en el periódico The New York Times incluido) y España; sí, las fronteras no existieron, como pontificó John Lennon, uno de sus referentes.
En el anecdotario quedará la duda de si el accidente cerebrovascular que le costó la vida –ese largo letargo de más de cuatro años en coma– no hubiese llegado a mayores si en vez de Venezuela –que no contaba con la infraestructura médica necesaria para ese tipo de casos– hubiese ocurrido en otro país. O el hecho de minimizar, por su parte, el precio que implicaba para su salud una dieta disoluta de drogas varias cuando había sufrido una trombosis en una de sus piernas un tiempo antes.
Ya está. No contaremos más con su voz exquisita y su magia como guitarrista. No contaremos más con ese álbum solista que pese a no ser tan notable como lo fue Canción animal (firmado con Soda Stereo, 1990) levantaba un poco la media de lo que se editaba. No contaremos más con su don de escenarios y su estirpe de príncipe. No contaremos más con su fina ironía y su magnetismo a prueba de balas. No contaremos más con un artista que resignificó el estatus de ídolo popular.
Duele estar escribiendo esto sobre un ídolo popular que corrió el límite en cada entrega en la que se embarcó. Porque el legado de la obra de Cerati –más allá de Soda Stereo, más allá de su trayectoria solista, más allá de las colaboraciones variopintas en las que se involucró– funcionará de acá en más como faro de una generación –en su término más amplio y laxo, el hecho de compartir una época– que no la tuvo fácil.
Amparado en las búsquedas estéticas de los años 60 y 70, Cerati fue uno de los tantos de miles de jóvenes latinoamericanos que eligieron la cultura rock como motor de cambio. Venía de convivir con el pasado heroico de sus antecesores generacionales, imbuidos de eslóganes políticos y subidos a luchas guerrilleras cruentas. No era ni hippie ni revolucionario. Antes que al Che Guevara y su halo de salvador mesiánico –me viene a la mente la obra de su compatriota Roberto Jacoby, “Un guerrillero no muere para ser colgado en la pared”–, él prefirió las enseñanzas pop de David Bowie. Contaba, a diferencia de sus congéneres continentales, con la labor pionera de grupos como Almendra, Manal y Los Gatos, que habían sentado las bases de un rock argentino producido en español.
Fue conmovedor ver la larguísima fila de manzanas y manzanas de gente que se acercó a la Legislatura porteña donde la noche del jueves 4 de septiembre fueron velados sus restos. La primera chica que ingresó estuvo hasta segundos antes vomitando. Lloraba, lucía demacrada. Como muchos de los jóvenes que le iban a dar el último adiós. Se escuchaban gritos de desconsuelo, de rabia. Se había ido uno de los nuestros, alguien que había luchado por un mundo mejor. Esa era la sensación.
Quizá quiera decir algo, pero esa mañana Cerati murió solo en su habitación de la clínica. Algo bastante inusual. Ya que cuando no estaba su hermana Laura, lo asistía su madre, Lilian Clark. Una de las canciones de Ahí vamos, su último álbum, se titula “Al fin sucede”. Otro de los tantos presagios que se desparraman, ahora, en vista de lo irreversible, si buceamos en las letras de muchas de sus canciones. En la zona del velorio en la cual se encontraban familiares y amigos, uno de los presentes dijo al pasar: “Esta vez no nos avisó”.
Que nos sea leve,
Gustavo Alvarez Núñez


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