HANNAH ARENDT: VIDA ACTIVA

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Pensadora, mujer, judía y alemana. Cuatro conceptos que, unidos en las primeras décadas del siglo XX, configuran el nombre y el pensamiento de Hannah Arendt. Cuatro categorías ardientes para su época, a las que no les fue esquiva y que determinaron un cuerpo filosófico humanista con todo lo universal y trágico que conllevan. Su relación con Martin Heidegger, sus amores, sus exilios, su vocación por los sistemas políticos y por la existencia misma siguen delineando el presente.

Texto: Federico Lisica / Fotos: AP

The promise of politicsPodrá decirse, según los cánones actuales en los que el alargamiento de la esperanza de vida se torna elástico, que Hannah Arendt “murió joven”. De hecho, tenía 69 años cuando expiró en Nueva York en 1975. Dos años menos que Susan Sontag, otra célebre pensadora del siglo XX, fallecida en 2004. ¿Y quién puede afirmar que la neoyorquina se despidió desde el mármol? Simples fechas, nombres, ideas, lugares que parecen juguetear con una frase de René Char y que a Hannah Arendt le gustaba repetir: “A nuestra herencia no la precede ningún testamento”. Y hablamos de una persona cuya misma existencia jugó a ser una parábola de la pasada centuria. Si bien nació en Hannover, Alemania, en 1906, su infancia la pasó en Königsberg, donde creció en el seno de una familia judía acomodada pero poco formal. Estaba libre de presiones religiosas, aunque pronto descubrió que a la mirada de los demás era “diferente” por ser judía. Su madre, Martha, admiraba a la anarquista Rosa Luxemburgo y estaba interesada en el feminismo; la matriz de esas directrices, principalmente el desatarse de los preconceptos, se imprimirán en una adolescente que a la edad de 17 años ya tenía una firme vocación filosófica, “una carrera para morirse de hambre” como diría ella misma. Algunas décadas más tarde, finalizada la segunda guerra y exiliada en Estados Unidos, su anhelo era recorrer la avenida Lichtenthaler Alle de Königsberg, para revivir ese caldo de expresividad: libros de Goethe, obras en griego y latín. Pero era imposible. La ciudad natal de su admirado Kant, a orillas del mar Báltico, había cambiado de nombre a Kaliningrado en homenaje a un héroe bolchevique, y estaba anexada a Rusia. No era un buen lugar para una pensadora que destacaba la democracia estadounidense: “No hay remedio, soy alemana hasta la médula. Siempre seré la joven que venía de lejos, como en el poema de Friedrich Schiller. Un poco menos extranjera en Alemania que aquí. A veces me lo oculto a mí misma: soy estadounidense de todo corazón político, pero mi memoria y mi lengua materna serán siempre alemanas”.

Los crímenes del nazismo –fue ella quien los definió como “crímenes contra la humanidad”– fueron la base de The Origins of Totalitarianism. Obra en la que, por primera vez, se comparaba el obrar nazi con el estalinista.

Hannah Arendt libroHeidegger y los demás 1924 es una fecha clave en la vida de Hannah Arendt. A los 18 años se matriculó en la Universidad de Marburgo para estudiar filosofía, teología y griego. Epoca de espasmos varios para la República de Weimar, con un altísimo desempleo, hiperinflación, la democracia parlamentaria en ascuas, y el lento, pero seguro, ascenso de Adolf Hitler como figura política. Ese enclave académico de aire provincial, donde enseñaban tres de los más importantes filósofos alemanes del siglo XX (Edmund Husserl, Martin Heidegger y Karl Jaspers), no era ajeno a lo que sucedía fuera del campus. En las discusiones en la cafetería, Arendt, con su melena corta, rasgos fuertes, vestida a la moda, atraía hacia sí todas las miradas. Compañeros, luego célebres intelectuales, como Hermann Mörchen o Benno Von Wiese, recordaron los ojos negros y expresivos de Arendt al tomar la palabra. Por aquel entonces la llamaban “la verde”, por el color del vestido que llevaba con frecuencia. Una de las razones por las que Arendt eligió estudiar allí fue para comprobar los comentarios sobre cierto profesor, que reformaba la metafísica con su propia personalidad. Martin Heidegger, a quien apodaban “el mago secreto del pensamiento”, era un hombre extravagante y poco convencional, con un hipnótico sistema de enseñanza, repleto de silencios que sedujeron a Fräulein Arendt. De bigote ralo, gesto adusto, vestía traje de esquí y estaba bronceado por el sol de las montañas a las que se retiraba para meditar. El profesor de 35 años, casado y con dos niños, tenía fama de seductor. El affaire entre el académico y la estudiante fue inmediato. Todo comenzó en su despacho como parte de una entrevista de estudios. Aunque como le confesó Arendt a Hans Jonas, el mago “había caído de rodillas ante ella”. Continuó durante un tiempo en la buhardilla de la estudiante bajo el máximo secreto. Fue por entonces que comenzaron las idas y vueltas epistolares entre ambos y duraron, con algunas interrupciones, toda su vida. Sus biógrafos suscriben que el profesor estaba fascinado por la entrega de la pensadora, y que ella fue su musa para Being and Time. Hannah, por su parte, conocía a disgusto los límites que se impusieron a la relación “prohibida”, entre ellos la negativa del maestro a escuchar las ideas filosóficas de la alumna. Entre el egoísmo y la timidez del catedrático esperó inútilmente por una respuesta. Lo que la propia esposa de Heidegger llamó “la gran pasión de su vida” duró unos cuatro años, entre tanto él acentuaba su importancia como pensador del pueblo y Arendt realizaba su tesis sobre “El concepto del amor en San Agustín”. Esa relación candente y estática se disipó antes de la adhesión de Heidegger al nazismo y la posesión del rectorado de la Universidad de Friburgo en 1933. Al abandonar Marburgo, Arendt recaló con Karl Jaspers como mentor en Heidelberg, donde se doctoró con su tesis en 1928. “¿Justifi ca esta combinación de atracción y repugnancia el creciente interés, en modo alguno desprovisto de obscenidad y de kitsch periodístico, que despierta la relación entre Hannah Arendt y Martin Heidegger? La celebridad de los dos protagonistas y las circunstancias políticas y filosóficas contribuyen a convertirla en un caso muy especial”, se preguntó y respondió George Steiner en su trabajo sobre el filósofo. Lo cierto y real es que tras la caída del III Reich, Arendt volvió a tratar con Heidegger e incluso le hizo algunos favores editoriales. Lo que le valió cierto rechazo por estar ligada con una figura que tuvo su idilio nazi. Bien vale recordar que en una de sus obras más importantes, The Human Condition, Arendt, influida por la ética agustiniana, dedicó un lugar importante al concepto de perdón: “La libertad contenida en la doctrina de Jesús sobre el perdón es liberarse de la venganza, que incluye tanto al agente como al paciente en el inexorable automatismo de la acción”. Y si bien su relación se mantuvo en el tiempo, también lo hicieron ciertas condiciones de su reserva. Cuando en 1955 aparece el gran libro de Hannah, The Origins of Totalitarianism, ella proyectó una visita a Heidegger, aunque al final desistió de su propósito. En una carta a Heinrich Blücher explicó el porqué: “El hecho de que precisamente ahora tiene que aparecer mi libro ofrece la peor de todas las constelaciones pensables. Como tú sabes, estoy completamente dispuesta a comportarme frente a Heidegger como si nunca hubiera escrito ni fuera a escribir una línea. Y esa es tácitamente la conditio sine qua non de todo el asunto”.

Los origenes del totalitarismoLos orígenes del totalitarismo Con su nueva pareja, Günther Stern, un ex alumno de Heidegger, malvivió de becas en los primeros años de la década del 30 y comenzó a trabajar sobre Rahel Varnhagen: The Life of a Jewish Woman, considerado uno de sus mejores libros. Algunos rasgos de Rahel parecen metáforas de su propia historia: Arendt siente la misma atracción que tuvo por otros filósofos, y se revela una constancia: a los judíos se les exige serlo, pero no parecerlo. El presente real era tan o más peligroso que lo que pensaba, aunque no tan sorpresivo: “Sabíamos de sobra quiénes eran nuestros enemigos, lo que nos sorprendió fue la reacción de nuestros amigos”, diría sobre la Alemania convertida en caldero nazi. Se exilió en París, luego de haber escondido en su casa a sionistas y comunistas. En Francia se mantuvo en contacto con refugiados, entre ellos intelectuales como Walter Benjamin, quien le entregó algunos manuscritos antes de suicidarse. Y allí conoció a Heinrich Blücher, un comunista autodidacta, su verdadero segundo amor, con quien se casó en 1941, tras el barranco de su matrimonio con Stern. Sin embargo, la ciudad luz tampoco era un lugar seguro. Luego de la ocupación nazi, la pareja cruzó el Atlántico para establecerse en Nueva York. Allí creó un pequeño círculo de pensamiento del que formaron parte Hermann Broch y Mary McCarthy. Blücher para ella fue todo: su amante, amigo, hermano, padre, compañero; junto a él pensaba y discutía sus ideas. “Me parece increíble todavía que haya podido conseguir las dos cosas, el ´gran amor` y la identidad con la propia persona. Y tengo lo uno por primera vez desde que tengo lo otro. Por fin también sé lo que es propiamente la dicha”, le confesó. Con mayor quietud personal, Arendt se volcó de lleno en lo que la convertirá en una de las pensadoras políticas más influyentes del siglo XX. Su objetivo: dar una respuesta racional a los exterminios perpetrados poco tiempo atrás. De preguntas “simples” surgió el cuerpo teórico ineludible para comprender su tiempo. ¿Cómo podrá actuar un ser moral en un mundo en el que la vida es excusable? ¿Cómo recuperar –entonces– la fe en la sociedad civil? ¿Qué hay de los valores de fraternidad prometidos por la modernidad? Los crímenes del nazismo –fue ella quien los definió como “crímenes contra la humanidad”– fueron la base de The Origins of Totalitarianism. Obra en la que, por primera vez, se comparaba el obrar nazi con el estalinista. El totalitarismo significaba la erradicación del poder de “la política” y la instauración como derecho de Estado del desprecio absoluto hacia los individuos, “objetos prescindibles”. Los campos de concentración constituían para Arendt una prueba fiel del aniquilamiento de la libertad como posibilidad humana y política. Los finales de los 50 la encontraron en su momento de apogeo reflexivo. En su obra siguiente, The Human Condition, alertó sobre los riesgos de automatización. Analizó las tres esferas fundamentales del ser: la labor, simples tareas biológicas; el trabajo, la producción que trasciende la existencia finita de quienes la producen; y la acción, destinada a nuestra pluralidad como individuos, partícipes de un actuar en conjunto en el espacio público. Somos lo mismo en tanto seres humanos, pero singulares dado que “nadie es igual a cualquier otro que haya vivido, viva, o vivirá”.

En 1961, Hannah Arendt fue la encargada de cubrir para el semanario The New Yorker el juicio contra Adolf Eichmann en la ciudad de Jerusalén. Para ella, Eichmann encarnaba un nuevo tipo de criminal, uno que actúa bajo circunstancias que le hacían “casi” imposible saber que estaba obrando mal. Un burócrata que respondía órdenes superiores.

Hannah Arendt libro en PortuguesLa cara de mal En 1961, Hannah Arendt fue la encargada de cubrir para el semanario The New Yorker el juicio contra Adolf Eichmann en la ciudad de Jerusalén. El hecho, que para la comunidad judía significaba purgar, espiritual y materialmente, a uno de los principales arquitectos del holocausto, fue leído por Arendt de una manera sorpresiva. Eichmann encarnaba un nuevo tipo de criminal, uno que actúa bajo circunstancias que le hacían “casi” imposible saber que estaba obrando mal. Un burócrata que respondía órdenes superiores. De allí la banalidad de este sujeto, gris y mediocre, un funcionario efi caz capaz de ejecutar un exterminio por su fidelidad al Estado. En Eichmann in Jerusalem: A Report on the Banality of Evil, además, Arendt criticó ciertas disposiciones jurídicas del caso y reveló el papel de los consejos judíos en las deportaciones. Las lecturas rápidas y sesgadas (Arendt no liberaba de culpa a Eichmann) provocaron una polémica mundial que se cristalizó en un titular de la publicación francesa Le Nouvel Observateur: “¿Es Hannah Arendt una nazi?” Lo difícil de aceptar era que tanto Eichmann como todos los que consumaron el holocausto eran gente “normal”. Por lo pronto, los años 60 la encontraron con mucho trabajo en distintas universidades estadounidenses, confeccionando artículos y dando conferencias por todo el mundo. Aunque otras tradiciones se mantenían para esa mujer de pelo negro, vigorosa, y que fumaba un cigarrillo Pall Mall tras otro. Quienes la trataron por aquellos días recuerdan sus ojos oscuros, vivos, y cierto aire distintivo. La muerte de su esposo y de Jaspers ensombrecieron sus últimos días. Los despidió con textos consoladores, pensando que la muerte era el precio que se debía pagar por haber vivido. Y si quedaban dudas de su identidad, en 1966 afirmó en una entrevista: “Soy judía, nunca lo he negado. Se trata de la raíz más poderosa de mi vida. Los judíos de cultura y lengua alemana fueron, sin duda, una expresión irrepetible en el proceso de asimilación del pueblo judío a otras culturas. La cultura judeo-alemana fue, al cambiar el siglo, una de las más modernas, ricas y sugerentes, más críticas y creadoras. En ningún otro país europeo surgió con la fuerza que asumió en Alemania y Austria. Pertenezco a ese mundo, soy una sobreviviente”.


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