HASTA LA VISTA BABY

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El idioma español está en el tapete. No por ser mal hablado, o por transpirar vergüenza. No. Más que nada porque es uno de los temas que ha levantado polvareda en los cruces entre algunos candidatos de las primarias republicanas. “Este es un país donde se habla inglés, no español”, le espetó el aspirante Donald Trump a Jeb Bush en pleno debate republicano semanas atrás. Trump había criticado al ex gobernador de Florida por el empleo del español en algunos momentos de la campaña. “Tenemos un país donde hay que hablar inglés para integrarse”, justificó el bocazas Trump. Por lo pronto, ni la Constitución estadounidense ni ninguna ley federal establecen la oficialidad del inglés.

Ni lento ni perezoso, aprovechando su visita a Estados Unidos a mediados de septiembre, el Rey Felipe VI realizó una vehemente defensa del idioma de Borges ante una audiencia constituida en su mayoría por estudiantes del Miami Dade College, de origen hispano. “La lengua en que ahora expreso mi agradecimiento, el español, o castellano, como gustan llamarla en algunas regiones de España y del conjunto de Iberoamérica, podría utilizarla en más de veinte países sin que en ninguno de ellos resultara ajena. Pero no deja de ser fascinante que pueda sonar como propia en un país que de facto tiene al inglés como idioma nacional, aunque ninguna lengua haya recibido el tratamiento de oficial para toda la Unión a lo largo de su historia”, señaló el actual monarca.

En todo el mundo, el español es hablado por unas 550 millones de personas. En Estados Unidos, lo profieren más de 55 millones de personas. Y el 73% de las familias hispanas lo utilizan para comunicarse. Otro visitante ilustre en estos días, el Papa Francisco, sólo dio cuatro de sus dieciocho discursos en inglés, mientras que habló en español en la gran mayoría de sus homilías, saludos y otras declaraciones en las tres ciudades estadounidenses que visitó.

Pese a la retórica bélica de Trump, los hispanoparlantes nos podemos quedar tranquilos. El español está en buenas manos, o capacitado para expandirse en los cinco continentes. Esa es la tarea en que se enfrascó el Instituto Cervantes con la venia de la Universidad de Salamanca y la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Se trata del Servicio Internacional de Evaluación de la Lengua Española (Siele), un nuevo sistema de certificación en línea abierto a todos los países hispanoparlantes y desarrollado por Telefónica. Empezará a funcionar en enero de 2016.

Con un objetivo similar a la Alianza Francesa (fundada en 1883), el British Council (creado en 1934) y el Goethe Institut (instaurado en 1951), el Instituto Cervantes –que el año que viene llega a sus dos décadas y media de vida– se encarga de promover el idioma español y la cultura hispana en el mundo. Su principal misión es enseñar el español como segundo idioma. Hoy en día cuenta con 90 centros en 43 países.

El Siele, un examen único internacional para certificar el dominio del español –al estilo del Toefl estadounidense o el Ielts británico–, englobará a todos los países hispanohablantes. La intención es transformarlo en el examen electrónico de referencia, que se podrá llevar a cabo de manera ágil y rápida. Y está pensado tanto para estudiantes de nuestra lengua en todo el globo –21 millones de personas, según el último informe del Instituto Cervantes– como a hablantes nativos.

En una primera fase esperan alcanzar a 300 mil candidatos, y llevarlos a 750 mil en el plazo de cinco años. Habrá centros de examen en los cinco continentes, aunque durante los tres primeros años se implementará especialmente en tres países: Brasil, donde está previsto que en ese período de tiempo haya 120 centros de examen que alcancen el 81% del territorio; Estados Unidos, en el que existirán 100 centros de examen con una cobertura del 70%; y China, con 60 centros de examen y cobertura del 61%.

Queda para otro “momento Trump” –esto recién empieza– discutir en qué grado el español –por su riqueza, por su diversidad– debe ser atomizado o circunscripto a un certificado. En todo caso, el uso en muchos países de América Latina del español neutro en los programas infantiles ha generado polémicas diversas, donde varios especialistas vieron con agrado la medida –“ayuda a enriquecer el lenguaje de los más pequeños”, sostuvieron–, mientras que los padres no lo vieron tan claro.

Que nos sea leve,

Gustavo Alvarez Núñez


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