HERNAN RIVERA LETELIER: DE MINERO A BEST-SELLER

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Su vida y sus relatos se fusionan hasta parecer casi una misma cosa. Su bitácora podría ser transformada en novela. De niño vivió en una mina de sal en el norte de Chile, y ya adolescente se inició en el arduo oficio. Luego se hizo hippie, recorrió Sudamérica y sintió el llamado de la escritura. Volvió a ser obrero del salitre y por las noches escribía escondido. Quemó gran parte de sus manuscritos. Hoy es el escritor más leído de Chile. Sus novelas son admiradas por un público poco habituado a la lectura y combatidas por la intelectualidad. Apasionado del fútbol y las mujeres, nostálgico de los trenes y la década del setenta, en esta entrevista con ALMA MAGAZINE elude toda corrección al opinar.

Texto: Felipe Real / Fotos: Gentileza de Editorial Alfaguara (Chile)

Si la vida fuera una mera sucesión de hechos aislados y la literatura fuese un fenómeno alejado de la vida, no habría peligro de contaminación entre ambos mundos: la realidad y la ficción andarían por carriles separados, sin confundirse. La vida no inspiraría bellas narraciones y los relatos no darían sentido a los episodios más disímiles. Desde la otra acera de esas ideas, Hernán Rivera Letelier (1959) luce humilde y campechano. Sus ojos brillosos evidencian su picardía chilena. Su rostro curtido lo muestra como un combatiente de mil batallas: vivió casi toda su vida en Antofagasta, conoció el rigor del clima de la pampa y el altiplano del norte de Chile, donde trabajó en las hostiles minas del salitre. De ese escenario rústico y desazonado, habitado sólo por bravos obreros y superpoblado de injusticias, extrajo la materia prima que nutren sus libros, que se convirtieron en un auténtico éxito de ventas. Sus seductores relatos sobre historias de nobles prostitutas, utópicos buscavidas, desesperados soñadores, futbolistas fantasmagóricos y pueblos olvidados le permitieron ganar prestigiosos premios, rígidas críticas en los círculos literarios y admiración en los sectores populares. Con una importante proyección internacional y más de 250.000 ejemplares vendidos en Chile, hoy es el escritor más leído en su país, superando a sus colegas Antonio Skármeta, Isabel Allende y, claro, el segmento de los autores de autoayuda.

ALMA MAGAZINE: Una vez dijo que le debe mucho a la escritura porque lo ha salvado. ¿De qué lo salvó?

HERNAN RIVERA LETELIER: Lo dije pensando en que yo trabajaba en la mina de sal en el desierto más inhóspito del planeta, que es Atacama; no había a dónde ir, no había qué ver. Mientras mis compañeros poblaban las cantinas para beber, yo me ponía a escribir. De alguna manera, la literatura, la poesía, la palabra me salvó, hasta de pegarme un tiro. Y creo que me sigue salvando. Me sigue salvando de la rutina, del hastío.

AM: ¿Cómo era la vida de un minero con vocación de escritor?

H.R.L.: Entré a trabajar a los salitres a los 15 años y terminé finalmente a los 45. Es uno de los trabajos más duros. Las minas están a flor de tierra. Se trabajaba con un sol de sacrificio. A veces hacía un calor de 40º centígrados y por la noche baja a cero. A la noche leía, escribía; las mejores ideas las tenía cuando salía del trabajo y me escondía para escribir.

AM: ¿Con quién compartía su pasión por la literatura y cómo corregía los relatos? Supongo que no se los mostraría al capataz.

Rivera en la presentacion de su ultimo libro, El fantasista.

Rivera en la presentación de su último libro, El fantasista. Aseguró que es la novela que les debía a sus amigos de la infancia.

H.R.L.: No, no. Jamás (risas). Yo me sentía como un náufrago en el desierto, no conocía a otra persona que le gustara la literatura, menos aún la poesía. Mis compañeros de trabajo eran gente muy buena, pero era gente buena para el trabajo, nomás. Para ellos, la literatura era cosa de señoritas o maricones. Lo que hacía era escribir, borrar, volver a escribir y quemar. Entonces comparaba mis textos con los de los grandes poetas y decía: “¡Cuánto que te falta, Rivera!”.

AM: ¿Quemaba sus relatos y poesías?

H.R.L.: Sí, yo hice dos hogueras con mis textos y arrojé todo. De pronto descubría cosas, porque yo a los 18 empecé a escribir sin tener idea de qué era la poesía, sin instrucción. Leía poetas chilenos como Neruda, la Mistral, Nicanor Parra y latinoamericanos, Ernesto Cardenal, Mario Benedetti.

AM: En su obra se ve la influencia de grandes narradores orales que habitan en los sectores humildes de este continente. ¿De dónde nace su atracción por ese tipo de historias?

H.R.L.: Una vez me puse a pensar de dónde me venía la necesidad de contar historias, y me acordé de cuando yo era muy niño y vivía en el campamento minero. Mi madre les daba pensión a los solteros. Tenía como cuarenta pensionistas, y los más viejos se sentaban frente a una vela a contar historias de desaparecidos, de aparecidos, de miedos. Con cinco años, me metía debajo de la mesa para oírlas. Y de eso me viene la necesidad de seguir contando historias. Creo que esta costumbre nace en el campo, a orilla de una fogata. Las llamas del fuego son sinópticas, y la gente mientras calienta una olla o toma mate aprende a inventar y contar historias.

“El fútbol es casi una religión en esta parte del mundo. El fútbol nos redime de la pobreza, de las suciedades, incluso de la tristeza. En este desierto era doblemente benigno. Nos redimía del hastío planetario y de un paisaje donde no había nada que ver ni a dónde ir. Entonces aparecía una pelota y cada tarde se volvía mágica”.

AQUEL AÑO

AM: ¿Cómo se sentía un joven en el páramo andino por aquel entonces?

H.R.L.: A 18 años me sentía aburrido y un día me enteré de que otros jóvenes del mundo querían hacer una revolución, combatir el hastío, practicar el amor libre y fumar hierba. Y no quise perderme eso. Me hice hippie, construí mi propia mochila con lona y escapé del colegio. A Chile lo recorrí de punta a punta cuatro veces, también pasé por Argentina, Bolivia, Perú y llegué a Ecuador. Era 1968 y regresé en 1972. En aquellas andanzas sentí que llevaba un poeta adentro.

AM: ¿Qué lo tomó haciendo aquel 11 de septiembre de 1973, cuando el general Augusto Pinochet derrocaba al gobierno del presidente Salvador Allende?

H.R.L.: Estaba trabajando en una mina para obtener un mineral que se llamó manto blanco. No recibí represión con características de tortura, aislamiento, encarcelación. Pero sí la represión que sufrimos todos los trabajadores al quitarnos de un plumazo toda las conquistas sociales que habíamos ganado con huelgas, marchas, sangre. Todo eso quitado de un culatazo. La represión era tener que aguantar que nos quitaran eso y no poder reclamar sin que te cagaran a palos.

AM: ¿Qué perdura de aquella década del ’70 en este Chile moderno?

H.R.L.: ¿Qué perdura? (Silencio) Perdura muy poco, la mística de los jóvenes ya no es la misma. Incluso la izquierda ya no es la misma. La izquierda se ha ido aburguesando y hamburguesando. Están todos gordos, usan ropa de marca, autos caros. Eso no sólo pasa en Chile, sino en todos los países. Ya no se nota la diferencia entre izquierda y derecha. La izquierda se ha derechizado y la derecha, derechizado aún más. La única brecha que se nota es la de ricos y pobres…

“Mis compañeros de trabajo eran gente muy buena. Para ellos, la literatura era cosa de señoritas o maricones. Lo que hacía era escribir, borrar, volver a escribir y quemar”.

MUJERES Y FUTBOL

AM: El libro que lo consagró se llama La Reina Isabel cantaba rancheras (1994) ¿Quién era esa “soberana”?

H.R.L.: Una prostituta del desierto, una de las putas más feas que he visto. Pero tenía una prestancia aristocrática y usaba un peinado como la reina de Inglaterra. Por eso la llamaban así. Una semana después de que la conocí, apareció muerta en su pieza, allá por 1974. Un curita que había en el pueblo no quiso darle una misa de cuerpo presente. Eso me apenó y le dediqué un poema. Casi veinte años después volví a pensar en ella.

AM: ¿Cómo eran los burdeles de los campamentos?

H.R.L.: En los campamentos no hay. Las muchachas se instalan en los “buques”, que son grandes depósitos donde viven solteros, divididos en piezas de 4 x 4 metros. En general llegaban desde las ciudades en los días de pago y permanecían una semana. Algunas se quedaban a vivir con algún obrero: de día realizaban el oficio y de noche, el novio tenía derecho de emperne. En ese libro escribí sobre todas aquellas mujeres. Luego, muchas que me cruzaron en la calle protestaron porque no había escrito sobre ellas. Se habían puesto celosas.

AM: Su último libro se llama El fantasista y cuenta la historia de un pueblo a punto de desaparecer. ¿Quién es el fantasista?

H.R.L.: Es una novela que tiene su germen en un capítulo de la Reina Isabel, que habla de un partido de fútbol en el desierto. Pero intuía que la sola historia de un partido no me alcanzaba para una novela. Hay miles de cuentos sobre fútbol, pero hay pocas novelas. Y me di cuenta de que faltaba una historia central. De pronto vi a un tipo que hacía fantasías con la pelota y me dije:  “Este es el personaje que le falta al relato”.

AM: ¿Por qué es tan importante el fútbol en la vida de los latinoamericanos?

H.R.L.: El fútbol es casi una religión en esta parte del mundo. El fútbol nos redime de la pobreza, de las suciedades, incluso de la tristeza. En este desierto era doblemente benigno. Nos redimía del hastío planetario y de un paisaje donde no había nada que ver ni a dónde ir. Entonces aparecía una pelota y la tarde se volvía mágica. Y nos juntábamos cuarenta y cinco a jugar un partido. Hasta los viejos venían. Ahí ya no había obreros, ni empleados, ni jefes, ni capataces. Ahí eran todos peloteros, nomás. Eso se daba en los niños, porque llegaban los hijos de los empleados administrativos que eran los únicos que usaban zapatos –el resto andábamos a pata pelada– y tenían que sacárselos. Los pies descalzos nos igualaban a todos, creo yo.

AM: Además, la novela relata el fin de los campamentos tras el cierre de las minas.

H.R.L.: Siempre que se escribe una historia sobre el salitre, ya sea una novela de fútbol o de amor, siempre va a aflorar lo social. La historia de la pampa (altiplano chileno) y los hombres está llena de injusticias. El pampino vivía en un éxodo permanente, porque los campamentos empezaron a cerrar uno a uno con la crisis del salitre cuando los alemanes inventan el sintético. Más de 300 campamentos tuvieron que cerrar, los obreros tenían que irse con sus pocas pertenencias, camas, colchones, todo. Yo viví la muerte de cuatro y eso lo cuento en la novela.

“El pampino vivía en un éxodo permanente, porque los campamentos empezaron a cerrar uno a uno con la crisis del salitre cuando los alemanes inventan el sintético. Más de 300 campamentos tuvieron que cerrar, los obreros tenían que irse con sus pocas pertenencias, camas, valijas, colchones, todo”.

LOCURA, AMOR Y MUERTE

Escritor Hernan Rivera Letelier

Escritor Hernan Rivera Letelier.

AM: Gran éxito logró Los trenes se van al purgatorio (2000). ¿Qué significan los ferrocarriles en el imaginario latinoamericano?

H.R.L.: Para mí en lo personal, es el último signo de los cataclismos del siglo XX. Para llegar al norte de Chile, teníamos un tramo de 1.800 kilómetros, cuatro días y cuatro noches de viaje. Fue un tren que corrió sesenta años y que lo hizo desaparecer el dictador Pinochet. El tren del desierto es otro desaparecido de mi país. Los trenes son una nostalgia tremenda para los chilenos y gran parte de los latinoamericanos.

AM: Buena parte de la crítica literaria, que suele ser adversa, aplaudió Santa María de las Flores Negras, que narra la matanza de más de 2.300 huelguistas en la ciudad de Iquique, en 1907. ¿Por qué se volcó a relatar ese episodio oscuro de la historia chilena?

H.R.L.: Un hecho que se estaba olvidando y no se enseñaba en el colegio. Es un hecho que estorba a varios sectores del país y a mí se me ocurrió desenterrarlo y mostrarlo a las nuevas generaciones para que no vuelva a ocurrir. Es un hito en la historia del proletariado no sólo chileno sino hispanoamericano. Tres años investigando y dos años para escribirlo, pero valió la pena, porque los profesores de historia me cuentan que leen mi libro en las clases.

AM: Ya pasaron varios años y su vida quedó salvada. Hoy por hoy, ¿para quién escribe?

H.R.L.: Difícil pregunta. Escribo para mí mismo. Para el lector que soy yo. Escribo las novelas que me gustaría leer. Antes pensaba que escribía para los lectores y en definitiva es lo mismo. Escribo para un lector ideal, y así para todos los lectores.

AM: Sin embargo, sus libros son muy populares y llegan a sectores que no poseen el hábito de la lectura.

H.R.L.: Tengo la fortuna y el privilegio de que mis libros llegaron a sectores que nunca antes habían comprado un libro. Puedo contar anécdotas de gente que empezaba a buscar mis libros y entraban a las “librerías”, pero de las que venden cuadernos y lápices, porque nunca antes habían comprado uno. Y eso es impagable, porque me dicen: “En mi casa nunca antes se compró un libro y ahora tenemos la colección completa de los suyos”. Eso es como obtener el Premio Nobel.


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