HONDURAS: EL SUEÑO MIGRATORIO ROTO

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Las masivas deportaciones no rompen los sueños migratorios de los hondureños. Muchos niños continúan huyendo de la violencia en su país en busca de seguridad y teniendo que enfrentar grandes riesgos en tierras lejanas. En los últimos meses más de 58 mil jóvenes han huido a Estados Unidos desde América Central. Visitamos el pueblo de Honduras que recibe a los menores de edad deportados, para conocer de primera mano qué hay detrás de la odisea que emprenden esas pequeñas criaturas.

Texto: Thelma Mejía / Fotos: Carlos González / Ana Vespa / Fernando Caputo / Gonzalo Chirico / Pablo Rossi

Central Americans Undertake Grueling Journey Through Mexico To U.S.

Fenómeno escabroso. En los últimos cinco años se incrementó la separación familiar como consecuencia de las deportaciones.

El reloj marca las 9:00 de la mañana, cuando un autobús procedente de la ciudad mexicana de Tapachula arriba a Corinto, en la frontera de Honduras con Guatemala. Es el primero del día con menores de edad y sus familias, retornados tras fracasar en su intento de coronar la ruta migratoria y llegar a Estados Unidos. En el bus hay 19 niños y niñas de entre 5 y 12 años, seis mujeres y siete varones, todos familiares. El viaje duró 10 horas. Un equipo de voluntarios de la Cruz Roja de Honduras, apoyado por el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), los recibe y sube al vehículo con bolsas de ayuda básica.
Es la primera parada que hacen en suelo hondureño, en el departamento noroccidental de Cortés. Su destino es la cercana ciudad de San Pedro Sula, donde en un albergue gubernamental instalado en julio les censan y les dan una bolsa de alimentos y una pequeña cantidad de dinero para que vuelvan a sus lugares de origen. Las autoridades prohíben a los periodistas entrevistar, fotografiar o filmar a los menores. Pero sí pueden subir al autobús, recorrerlo y observar rostros infantiles agotados y tristes, o en algunos casos ajenos a lo que sucede. Mientras, sus padres o sus parientes agachan la mirada para ocultar su pena, su derrota y su impotencia.
Así lo constata esta cronista en el lugar. Este día, por la aduana de Corinto ingresan cuatro buses con emigrantes deportados, dos con menores y otros dos sólo con adultos. Suman 152 personas. El flujo es diario, salvo en el caso de los menores, que solos o acompañados llegan los lunes, miércoles y viernes. “Los buses traen un promedio de entre 30 y 38 personas”, explica la voluntaria Yahely Milla, del equipo de la Cruz Roja. Detalla que “esta deportación masiva de menores empezó en abril” y que en mayo y junio, cuando estalló en Estados Unidos la crisis humanitaria de los niños y niñas centroamericanos, llegaron hasta 15 buses diarios. “Hubo una vez que venían menores desde tres meses a 10 años, unos solos y otros acompañados de sus padres; nos impactó porque no habíamos visto tantas deportaciones desde que estamos en la frontera”, reconoce.
La frontera de Corinto se encuentra a 362 kilómetros de Tegucigalpa. Es uno de los puestos más utilizados por los hondureños para iniciar la ruta migratoria. Antes de llegar a la aduana, existen al menos 80 puntos ciegos que los migrantes usan para pasar a Guatemala, proseguir hasta México y, con suerte, terminar en Estados Unidos. Las autoridades establecieron operativos de control que redujeron en alguna medida el éxodo. Aquí, la presencia institucional es casi nula y la única mano que brinda apoyo al migrante retornado es el centro de la Cruz Roja y el CICR, instalado desde hace casi dos años.

“Por la aduana de Corinto ingresan cuatro buses con emigrantes deportados, dos con menores y otros dos sólo con adultos.”

El único despliegue del gobierno, aseguran en el lugar, se produjo en julio, cuando arreciaron las deportaciones y llegó a recibir un grupo infantil Ana Hernández, esposa del presidente Juan Orlando Hernández. Más de un mes después, los campamentos prometidos no están y no hay siquiera un sanitario que preste servicio a los retornados en la parada. Entre uno y otro bus, Mauricio Paredes, responsable de Cruz Roja en el puesto de Corinto, expone a esta cronista cómo funciona el centro de atención. La dimensión de la crisis humanitaria obliga a medir la ayuda.
A los menores les entregan pañales desechables, agua, biberones y suero, y a los adultos les dan agua, papel higiénico, pasta y cepillo de dientes, toallas sanitarias a las mujeres y hojas de afeitar a los varones. También les facilitan una llamada de tres minutos para hablar con familiares. El sol arrecia cuando cinco horas después llega el segundo autobús, procedente de la localidad mexicana de Acayuca. Trae 38 migrantes, entre adolescentes y adultos.
Daniela Díaz es una de ellas, tiene 19 años, llama a su madre para decirle que ha regresado de su segundo intento por entrar a Estados Unidos, y luego cuenta su odisea. “Hace nueve meses que inicié este viaje y aunque es mi segundo intento, vengo impactada de lo que vi”, comienza. “Esta vez logré llegar y subirme a La Bestia (el tren mexicano de carga usado por los migrantes), pero allí se viven cosas horribles. Vi cómo violaban a las mujeres, como los coyotes (traficantes de migrantes) te vendían con las bandas criminales”, rememora entre silencios.
“Es feo ver cómo en el camino matan personas o se quedan tiradas por allí, gente de tu país. La cosa está muy fea allá, me siento aliviada de haber vuelto porque estoy viva, otros no, los mataron los delincuentes y a otros los arrojaron del tren. Yo vi todo eso y se siente muy mal”, relata con la voz quebrada.
“Es tan duro lo que se vive, que ya casi no tengo lágrimas. Me fui por necesidad, porque aquí no hay trabajo, mi familia es muy humilde, a veces comemos, a veces no, somos cinco hermanos, soy la menor y la más rebelde, dice mi madre”, agrega la joven, oriunda de Miramesí, un barrio pobre de la capital. Pero, pese a lo vivido, asegura que volverá a intentarlo. “Ir a Estados Unidos es mi sueño y lo haré aunque muera en el intento”, acota, mientras se apresta a emprender el camino a casa por la carretera, caminando o en “aventón” (autoestop), porque vuelve sin nada.
Así, sin dinero y sin cumplir su sueño retornan los deportados. La pobreza y la violencia delictiva son los principales factores que obligan a los habitantes de Honduras a emigrar a Estados Unidos, aseguran los expertos. Entre octubre de 2013 y mayo de 2014, se calcula que llegaron solos a aquel país 13 mil hondureños menores de edad. En el pasado semestre, unos 30 mil hondureños fueron deportados por Estados Unidos y por México, según el gubernamental Centro de Atención al Migrante Retornado.

“En mayo y junio, llegaron hasta 15 buses diarios.”

Familes and Children Held In U.S. Customs and Border Protection Processing Facility

Un millón de los 3,7 millones de menores de 18 no asisten a la escuela y medio millón están bajo explotación laboral.

David López, de 18 años, es originario de Copán Ruinas, en el occidental departamento de Copán, una de las zonas calientes del país donde campa el crimen organizado. David quiso huir de eso. Sin embargo, vuelve asustado, derrotado y frustrado. Fue asaltado en dos oportunidades por bandas criminales que operan en la ruta migratoria. “Me fui porque aquí ya no es seguro vivir, se ven cosas que es mejor no hablar. Me dije: ‘Es tiempo de dejar el campo’. Pero vengo derrotado, ¡vivo sí! pero derrotado”, exclama desconsolado a esta cronista. Su cara aguileña se descompone al recordar los asaltos, el maltrato, la sequía y el hambre que aguantó. “Yo pensaba que los caminos de la vida eran diferentes, pero esto está perro (duro), me avergüenza llegar a casa porque fracasé en esta ocasión, pero lo volveré a intentar, cuando las aguas están calmadas en la frontera”, afirma.
Tan sólo en agosto ingresaron por Corinto unos 19 mil deportados, lo que equivale al total de retornados forzosos de todo 2013, detalla Paredes. Con 8,4 millones de habitantes y el 65,5% de los hogares sumidos en la pobreza, Honduras es también uno de los países más violentos del mundo, con una tasa de homicidios de 79,7 por cada 100 mil habitantes, según el Observatorio de la Violencia de Honduras.

Madres y abuelas buscan a sus migrantes desaparecidos
Son abuelas, madres y familiares de los migrantes que hace 14 años, unidas por el dolor y la angustia, conformaron en El Progreso –una ciudad del norte– un comité destinado a la búsqueda de sus parientes desaparecidos en la ruta migratoria hacia Estados Unidos. Ahora el Comité de Familiares Migrantes de El Progreso (Cofamipro) es una de las organizaciones defensoras de los derechos humanos de este sector más reconocidas en Honduras.
Desde su surgimiento en 1999, conducen las tardes de los domingos el programa “Abriendo Fronteras”, que transmite Radio Progreso, una emisora de la Compañía de Jesús. Inicialmente el espacio se llamaba “Sin Fronteras”, pero a medida que fue creciendo la actividad del comité “decidimos ponerle Abriendo Fronteras, porque sí las hemos abierto, ahora nos escuchan más que antes, no sólo los migrantes, también los gobiernos”, rememora una sonriente Rosa Nelly Santos, integrante de Cofamipro.

“Tan sólo en agosto ingresaron por Corinto unos 19 mil deportados.”

Durante la hora del programa, ellas hacen una labor social desde donde orientan a los migrantes sobre cómo están las rutas, les ponen música de su gusto para darles ánimo y hacen labores de servicio social al facilitarles que envíen mensajes a sus parientes en Honduras. Su fundadora, Emeteria Martínez, falleció hace un año, meses después de lograr localizar a una de sus hijas, que llevaba desaparecida 21 años.
El Cofamipro tiene su sede en un centro comercial de la calurosa ciudad de El Progreso, en el norteño departamento de Yoro y a 242 kilómetros de Tegucigalpa. Antes se encontraba en la sede de los jesuitas, pero gracias a pequeñas donaciones las mujeres lograron alquilar un pequeño local donde llegan los que necesitan apoyo para ubicar familiares. Desde su creación, logró documentar más de 600 casos de personas desaparecidas. De ellas, se hallaron a más de 150. A las demás, continúan buscándolas, aunque creen que muchas de ellas murieron en el camino o cayeron en redes de trata de personas.
Inicialmente, el gobierno no reconocía al comité, aunque su trabajo en las caravanas mesoamericanas les ayudó a ser escuchadas y a poder presentar casos de migrantes desaparecidos ante la Cancillería. En junio, finalmente obtuvieron personería jurídica. Su lucha no fue fácil: funcionarios hondureños les llamaban “viejas locas”, cuando hace años, ellas, solas, marcharon hasta Tegucigalpa para demandar atención para sus desaparecidos.
La respuesta fue una canción que coreaban ante la sede de la Cancillería y que Santos entonó orgullosa: “Los de la cancillería, nos dicen las mentirosas, somos mujeres decentes y le probamos con hechos, lo que aquí exigimos, lo hacemos con todo el derecho”. Hallar a sus familiares fue el motor que las convocó, recuerda Santos: “Nacimos de la nada, descubriendo que el dolor de una era el mismo de la otra, nos reuníamos en la casa de una compañera y así nos fuimos armando de valor para salir a la calle a buscar a nuestros parientes”.
Comenzaron 20 y ahora superan las 40. Son mujeres sencillas y llenas de esperanza, pese al dolor de no saber nada de su familiar o de enfrentarse a tragedias tan impactantes como la matanza de Tamaulipas, en México, hace cuatro años, donde el cartel de Los Zetas, una organización criminal mexicana, asesinó a quemarropa a 72 migrantes en una finca en la localidad de San Fernando. De ellos, 21 eran hondureños.
La matanza de Tamaulipas mostró a Honduras la otra cara de la migración, la del sufrimiento, que va más allá de las remesas que llegan de los que logran alcanzar la meta estadounidense. “Eso fue como una derrota para nosotras. Una espera que su hijo le vaya bien en la ruta migratoria, que cruce la frontera, pero no que te lo devuelvan en un cajón masacrado. Eso es muy fuerte”, recalca Santos, quien como a otras compañeras de Cofamipro le tocó dar asistencia y consuelo a los familiares de las víctimas.
El comité lo constituyen mujeres voluntarias, que perdieron el miedo a lo desconocido y desde hace más de una década se sumaron a las caravanas del migrante que organiza la red del Movimiento de Migrantes Mesoamericano y que cada año, en septiembre, recorre la ruta del migrante en busca de sus parientes desaparecidos. Ese itinerario comienza en Guatemala y concluye en el norte de México.
“La primera vez que fui a las caravanas, hace tres años, entendí el trabajo de mi madre, aprendí de su dolor y tomé la decisión de integrarme de lleno al comité. Yo no tenía ni idea del número de madres y parientes que se suman en esta caravana, ni de la travesía que hacía mi madre. Recorren todos los caminos que atraviesa el migrante, preguntan con pancartas por ellos, buscan respuestas que a veces nunca llegan o llegan tarde. Cuando encontramos a uno de los nuestros, es algo indescriptible”, relata a esta cronista otra hija de la fallecida fundadora, Marcia Martínez, de 44 años.
“Cada vez que oía La Bestia, me daba escalofríos porque allí descubrí lo peligroso de la ruta del migrante, para ellos los rieles del tren son su almohada, duermen en las vías y cuando están en el lomo (techo de los vagones) del tren, esperan que arranque, pero unos se duermen del cansancio y caen cuando lo hace”, describe.
La labor firme y silenciosa del comité está salpicada de logros. No hace mucho, le salvó la vida con sus contactos mexicanos a un hondureño, familiar de un funcionario local de El Progreso. Una banda criminal lo secuestró y les pidió más de 3 mil dólares a sus parientes, antes de que acudieran al comité, donde gestionaron su liberación en un operativo de la Procuraduría mexicana.
A su vez, el grupo advirtió sobre la actual crisis migratoria hace cinco años, aunque nadie lo escuchó. Aseguran que los migrantes seguirán huyendo del desempleo y la violencia criminal. En El Progreso, una de las cinco principales ciudades hondureñas, se conocen casos de madres que escaparon cuando las pandillas les notificaron que sus hijos serían forzosamente reclutados cuando tuviesen edad para ingresar a la organización criminal y, mientras, les darían dinero para su crianza y estudios.

“Los migrantes seguirán huyendo del desempleo y la violencia criminal.”

Se estima que más de un millón de hondureños emigraron a Estados Unidos desde los la década de 1970, pero el éxodo se disparó desde 1998. Las autoridades hondureñas indican que en los siete primeros meses del año retornaron deportadas 56 mil personas. Del total, 29 mil llegaron de Estados Unidos por vía aérea y 27 mil lo hicieron por vía terrestre desde México. En 2013, los emigrantes aportaron a la economía hondureña 3.225 millones de dólares en remesas, según datos del Banco Central, cerca del 15% del producto interno bruto.
Para el Cofamipro, la crisis migratoria debe servir a los gobiernos para revisar sus políticas públicas, dejar de estigmatizarlos y criminalizarlos porque “no son delincuentes, son trabajadores internacionales”, define Santos con firmeza. Ella, tiene, al menos, el consuelo de haber hallado hace cuatro años al sobrino que buscaba.


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