INGRID BERGMAN: TOCALA DE NUEVO SAM

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Perdió a sus padres de niña. Se crió con unos tíos. Actuó desde pequeña. Debutó en cine a los 17 años, murió a los 67. Tuvo tres maridos y tres hijos. Rodó “Casablanca” en plena Segunda Guerra. Era sueca, rubia, emotiva, elegante y reservada. Su casamiento con el director italiano Rossellini escandalizó a Hollywood, que la rechazó durante años. El secreto de su éxito estaba en sus ojos, que expresaban pena o amor con sinceridad. Así vivió, esto hizo.

Texto: Raúl García Luna / Fotos: AP / AFP

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Perdió a sus padres de niña. Se crió con unos tíos. Actuó desde pequeña. Debutó en cine a los 17 años, murió a los 67.

Es 1942 y París está ocupada por los ejércitos nazis. Víctor Laszlo, líder de la Resistencia, escapa con su esposa Ilsa hacia Marruecos, colonia francesa ahora intervenida por el Tercer Reich. Allí, en Casablanca, los espera Rick Blaine, dueño de un café americano desde el que secretamente ayuda a los refugiados europeos a obtener pasaportes falsos para partir rumbo a países libres del fascismo. Allí, en un ambiente aparentemente distendido, pleno de humo de cigarrillos y brindis con alcoholes finos, el peligro se llama Ugarte, hombrecito bizco y corrupto capaz de medrar con la desgracia ajena. Allí, donde Ilsa y Rick se reencontrarán sin decirse una sola palabra acerca de su lejano romance parisino, ella le tararea una canción inolvidable al leal pianista negro, que primero se rehúsa a tocarla, pero finalmente accede. Y suena la dulce melodía de Según pasan los años, e irrumpe Rick hecho una furia y gritando: “¡Te pedí que nunca volvieras a tocarla, Sam!”, y entonces los ojos de Ilsa se llenan de lágrimas. El año es real en la vida y en la ficción, y por esta sola escena Ingrid Bergman (Ilsa) y Humphrey Bogart (Rick) saltan definitivamente al estrellato universal. Tanto, que aún hoy, en Hollywood, se llama a Casablanca The Movie, y así, con mayúsculas. Esto, además de no olvidarse el mítico y elocuente chiste de los años ‘40: “Sí, de vez en cuando se estrena alguna película interesante… en la que no actúa Ingrid”. Claro, entre el ’43 y el ’49 filmó Por quién doblan las campanas, dirigida por Sam Wood, sobre la novela de Ernest Hemingway, junto a Gary Cooper; Las campanas de Santa María, de Leo McCarey; Juana de Arco, de Víctor Fleming, y tres perlas negras del “maestro del suspenso”, Alfred Hitchcok: Recuerda, Encadenados y Atormentada. Por las tres primeras fue nominada al Oscar como mejor actriz, que en 1944 ganó por Luz que agoniza, de George Cukor, con Charles Boyer y Joseph Cotten. Después actuaría, hasta principios de los ’80, en 47 películas y series de televisión. Su segundo gran Oscar sería por Anastasia (1956), de Anatole Litvak, junto a Yul Brynner, y como actriz de reparto por Asesinato en el Orient Express (1974), de Sydney Lumet, basada en el célebre policial de Agatha Christie. Por cierto que 27 años antes de Casablanca, el 29 de agosto de 1915, cuando Ingrid nacía en Estocolmo, sus padres no imaginaban semejante futuro para ella, y menos fuera de Suecia. Eran gente reservada, casi fría, y no se vivían los días de expansión de una enigmática Greta Garbo o un emblemático Ingmar Bergman, por no mencionar el boom mundial de las “películas suecas”, sinónimo de sexo explícito y, desde luego, prohibidas a los menores de edad. Sin embargo, Justus Samuel Bergman era fotógrafo artístico y no evitó transmitirle a su pequeña hija el amor por la imagen. Sobre todo a partir de los 3 años, cuando falleció la madre de Ingrid, Friedel Adler, alemana y muy enferma desde antes del parto. Educación y amor doméstico que sólo durarían unos ocho años más, cuando también Justus moriría e Ingrid quedaría completamente huérfana, al borde de los 12 años. Era rubia y tímida, y quizá para no sufrir tanto se ensimismaba frente a los espejos y fantaseaba con plantarse delante de las cámaras fotográficas. Ahora vivía en la casa de unos ignotos tíos, de quienes no se sabe si tenían hijos ni cómo la criaron, aunque se supone que fueron amables y permisivos con una Ingrid que insistía en disfrazarse y “actuar”, ya fuera ante ellos y sus vecinos o en la escuela.

Der besuch

Con Anthony Quinn filmó El Puente, ganadora del Globo de Oro.

Y lo hacía excepcionalmente bien. Tanto, que apenas terminó el bachillerato sus tíos le permitieron inscribirse en el exigente Royal Dramatic Theater de Estocolmo para estudiar interpretación. Todo un acierto, porque en 1932, con sólo 17 años, fue seleccionada para hacer un mínimo pero promisorio papelito en la película sueca Lanskamp: el primer peldaño de su larga escalera rumbo a un alto reconocimiento profesional. Porque desde ese momento la contrataron para intervenir en numerosas representaciones teatrales, y en 1935 nuevamente la reclamó el cine, para filmar tres libretos más en un solo y mismo año. Curiosamente, a pesar de su juventud, no daba señales de cansancio. Era un dechado de sensatez, y no sabía que ya estaba en carrera. Pero en 1936 llegó Intermezzo, dirigida por Gustav Molander, e Ingrid, como Alicia en el País de las Maravillas, atravesó el espejo que la separaba de los demás. El público sueco la aplaudió a rabiar, y entre ellos estaba el productor norteamericano David O. Selznick, que se enamoró de esa blonda beldad sin aires de diva, completamente entregada a su rol y con un touch personal de fragilidad que la volvía atractiva más allá de los estereotipos hollywoodenses de “mujer fatal” o “calienta-plateas”, como se decía por entonces. E Intermezzo volvió a rodarse en los Estados Unidos en 1939, en una romántica remake que Selznick le confió al realizador Gregory Ratoff, con Ingrid ahora secundada por Leslie Howard. Y las taquillas reventaron. Misterios populares, todo el mundo parecía haber encontrado a una estrella cercana que no encandilaba con un glamour inalcanzable y, más aún, que demostraba ser un ser humano como cualquiera. Con una excepción: en sus ojos podían leerse el amor y el dolor sinceramente, y ésa fue la clave de su instantánea comunión con los espectadores, que también hechizó a los críticos.

De ella, Selznick dijo: “Apenas la veías, te dabas cuenta de que era una belleza rara, de pureza y nobleza fuera de serie”. Agregó Bogart: “Si ella te miraba con esos ojos adorables… tú te volvías un actor adorable”. Y su compatriota Ingmar Bergman, que la dirigió en “Sonata de otoño”, confesó: “Ingrid sentía el placer, el anhelo de actuar. Su emoción, fantasía y modestia no tenían límites. Por eso fue única”.

CASABLANCA

En 1942, filmó Casa Blanca con Humprhey Bogart.

Ingrid se estableció en los Estados Unidos en 1937, con su flamante marido, el doctor Peter Lindstrom, y su hija Pía. Y sólo en 1941 rodó El extraño caso del Dr. Jeckyll, con Spencer Tracy y Lana Turner; Los cuatro hijos de Adán, otro film de Ratoff, y Alma en la sombra, ya como primera actriz, junto a Robert Montgomery. El productor de Casablanca, Hal B. Wallis, la esperó hasta el año siguiente: había desechado ya a Ronald Reagan y Ann Sheridan, y a George Raft y Hedy Lamarr, para hacer de Rick e Ilsa. Wallis intuía que la “química” melancólica y antinazi que buscaba únicamente podría darse entre Bogart, ese “duro con cara de poker” que acababa de levantar cabeza como el detective Sam Spade de El halcón maltés, y esa “débil suequita que sabe hacer llorar”. De ella, Selznick dijo: “Apenas la veías, te dabas cuenta de que era una belleza rara, de pureza y nobleza fuera de serie”. Agregó Bogart: “Si ella te miraba con esos ojos adorables… tú te volvías un actor adorable”. Y su compatriota Ingmar Bergman, que en 1978 la dirigió en Sonata de otoño, confesó: “Ingrid sentía el placer, el anhelo de actuar. Su emoción, fantasía y modestia no tenían límites. Por eso fue única”. De sí misma, ella opinó: “No se me nota, pero soy alegre y distendida. Y actuar me resulta mucho más fácil que vivir”. Hoy, según las encuestas, Casablanca es juzgada como una de las tres mejores películas norteamericanas de todos los tiempos, junto a Lo que el viento se llevó y Ciudadano Kane. De ninguna estrella se sabía menos que de Ingrid fuera de los sets. Se decía que llevaba en su cartera fotos de su padre, y que era una esposa “poco fogosa”. Pero, repentinamente, un escándalo amoroso la catapultó al rango de “persona no grata” en Hollywood, matriz de traiciones y divorcios al por mayor. Entre 1945 y 1946 vio dos películas de Roberto Rossellini, Roma ciudad abierta y Paisá, y quedó prendada del talento del creador del neorrealismo italiano.

"ST. JOAN AT THE STAKE"

Junto a Roberto Rossellini.

Tanto, que le escribió una carta declarándole su “ardiente deseo” de trabajar con él. Decía allí: “Si necesita una actriz sueca que habla inglés a la perfección, que no olvida el alemán, que apenas entiende el francés y en italiano sólo sabe decir ‘ti amo’, estoy dispuesta”. Y lo logró en 1950 con Stromboli. Abandonó al doctor Lindstrom y a su hija y se casó con Rossellini vía México ese mismo año, ya embarazada de su primer hijo, Robertino. Una “imperdonable deserción”, según las “revistas del corazón” de la época, que le cerró las puertas de Hollywood durante más de un lustro. Entretanto, rodó otras cinco películas con su segundo marido y concibió otros dos hijos: las mellizas Isotta e Isabella. Esta última, famosa como “el rostro” de los perfumes y cosméticos Lancome y Lancaster, y de las portadas de más de 300 revistas de modas tipo Vogue, además de autora de un libro con sus memorias de modelo, una serie de televisión de 1986 en la que encarnaba a su propia madre y varias películas, destacándose en el “thriller perverso” de David Lynch Terciopelo azul. Sin embargo, nunca nadie dejó de llamarla “la hija de Ingrid”.

Vio dos películas de Roberto Rossellini y quedó prendada del talento del creador del neorrealismo italiano. Tanto, que le escribió una carta declarándole su “ardiente deseo” de trabajar con él. Decía allí: “Si necesita una actriz sueca que habla inglés a la perfección, que no olvida el alemán, que apenas entiende el francés y en italiano sólo sabe decir ‘ti amo’, estoy dispuesta”.

PARIS - OPERA - JEANNE D'ARC AU BUCHER

Sus ojos conquistaron al público al interpretar a Juana de Arco en 1948.

Cuando Hollywood la “perdonó”, lo hizo de manera concesiva y oblicua: sí, podía actuar en Anastasia, pero sólo si ésta se filmaba en Gran Bretaña. Claro que, al ganar el Oscar ‘56 por su extraordinaria composición de una supuesta hija del zar Nicolás de Rusia, todo abucheo de desaprobación se convirtió en aplauso de desagravio. Reglas del juego que, por otro lado, confirmaron su anunciado y reciente divorcio de Rossellini y su inesperado casamiento con el empresario sueco Lars Schmidt. Terminaba los ’50 dirigida por Stanley Donen en Indiscreta y por Mark Robson en El albergue de la sexta felicidad, e inauguraba los ’60 con más cine, teatro y televisión. Después de rodar Sonata de otoño, por la que otra vez fue nominada al Oscar, hizo para la pantalla chica un trabajo de primer nivel: la vida de la primer ministro israelí Golda Meir, por el que recibió el premio Emmy. Y muy pocas semanas después, el 29 de agosto de 1982, exactamente el día de su nacimiento y cuando cumplía 67 años, moría en Londres a causa de un cáncer del que el mundo no estaba ni remotamente enterado. Ese día hasta sus antiguos adversarios, que hipócritamente la habían maltratado por amar “a la sueca” a un “italiano lúbrico”, la lloraron como a una “ilustre americana adoptiva que supo dar todo de sí sin pedir nada a cambio”. Y recordaron que, en el triángulo amoroso de Casablanca, el vasto elenco hablaba de la “generosidad interracial” de los Estados Unidos para con sus “artistas inmigrantes”: su director, Michael Curtiz (o Mihaly Kertesz), era oriundo de Budapest, Hungría; Peter Lorre (el bizco y peligroso Ugarte) era eslovaco; Paul Heinrid (el líder de la Resistencia gala y esposo de Ilsa) había nacido en el Tirol austríaco, actualmente italiano; y tanto ellos como otros actores secundarios, por ejemplo el francés Marcel Dalio, o el germano Conrad Veidt, o el británico Claude Reins, eran repentinamente el epítome de un film que sintetizaba y enaltecía “lo mejor del espíritu democrático occidental”.

BERGMAN ROSSELLINI FAMILY

Junto a Roberto Rossellini y sus hijos Robertino, Isotta e Isabella, quien luego sería una reconocida actriz.

Lo cierto es que no pocas veces la ficción supera la realidad, por mucho que se diga lo contrario. Cuando el lacónico Rick ya ha renunciado al gran amor de su vida, Ilsa, y ha logrado ponerla a salvo junto a su marido, Víctor Laszlo; cuando ya decola el avión que los llevará fuera de esa Marruecos intervenida por el Tercer Reich, a través de un ambiguo cuerpo policial francés “colaboracionista”; cuando Rick, que para lograr todo esto ha debido asesinar a un jerarca nazi pero ahora está inerme ante la vista del comisario parisino o marsellés del caso, ambos se alejan despaciosamente por la brumosa pista aérea y uno le dice al otro: “Este es el principio de una bella amistad”. Como diría Ingrid: “Mejor final, imposible”.


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